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Columnas de opinión | Orsi |

Orsi y el portaaviones

Gestos

La visita del presidente de la República, Yamandú Orsi, al portaaviones USS Nimitz de los EEUU generó, como era muy previsible, reacciones de magnitud en el ámbito político y social.

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Desde lo que habitualmente se define como campo popular es notorio el malestar generado por dicha actitud presidencial. Esto se evidencia sin mayor dificultad desde la declaración del PIT-CNT y sus principales referentes, hasta algunos sectores frenteamplistas que se han expresado en sus redes sociales o mediante declaraciones de sus referentes, tanto en el Senado como a nivel ministerial e incluso podría agregarse la del presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, quien señaló que jamás hubiera aceptado semejante convite que, como también es obvio, no tuvo nada de inocente.

No es para menos porque la visita es improcedente desde todo punto de vista, sobre todo por el significado implícito: el portaaviones nuclear es una de las principales insignias de guerra de los EEUU. El buque actualmente se encuentra en su fase final de servicio, realizando una misión de circunnavegación por Sudamérica antes de su retiro programado para 2027. Sus principales misiones estuvieron en el Medio Oriente y el Indo-Pacífico. Fue pieza clave en la supuesta "Guerra contra el Terrorismo", liderando despliegues masivos durante la Operación Iraqi Freedom en 2003, donde sus aviones proporcionaron apoyo aéreo cercano, fundamental para el avance de las tropas terrestres hacia Bagdad y la destrucción del país.

En años más recientes, su actividad se centró en la lucha contra el Estado Islámico a través de la Operación Inherent Resolve (2014-2017), lanzando miles de incursiones sobre Irak y Siria desde el Golfo Pérsico. Además de su rol en combate, EEUU ha utilizado al Nimitz como instrumento de “disuasión” frente a potencias como China e Irán, participando en maniobras de "libertad de navegación" en el Mar de China Meridional y, actualmente, en la misión Southern Seas 2026, focalizada principalmente en Sudamérica.

Visitar un buque de guerra de los EEUU en este contexto mundial parece una provocación, no solo a las bases fundacionales de la izquierda uruguaya y a su razón de ser, sino que además lo es, en términos más generales, para con la paz mundial.

Más allá que se quiera reducir el problema esquivándolo de múltiples formas, el asunto es muy demostrativo del panorama que vive una parte sustancial de la fuerza política que gobierna. Simplificar la discusión traficándola como una discordia de raíz puramente gestual es infantil, además de irreflexiva y, podría decirse, antihistórica. Cuando nuestros antepasados bajaron de los árboles comenzaron a darse cuenta de la importancia de los símbolos y los gestos. No hay nada más humano que los símbolos y los gestos. Subirse a un portaaviones nuclear de EEUU en este preciso momento histórico es, antes que nada, un gesto. Lo tiene muy claro la Embajada, por eso invita y compromete a todo el que puede.

Se habrán dado cuenta las agudas seseras de la Torre Ejecutiva que a nadie importa si Orsi descifra las bondades del software que lanza misiles o cuál pudo ser la evaluación que hizo Orsi de los 332,8 metros de pista desde la cual despega el caza furtivo F-35C Lightning II de quinta generación, adaptado para operaciones embarcadas. No, a nadie le importa eso, ni siquiera a Orsi. Lo único que importa son los gestos. Por eso la actitud del querido compañero Yamandú Orsi es preocupante y comienza a generar, al menos en quien ésto escribe, ribetes de asombro.

Con todo sería injusto solo focalizarse en la actitud del presidente sin dejar de mencionar una deriva mucho más general del Frente Amplio - a pesar de las últimas declaraciones de Fernando Pereira - en cuanto a posicionamientos internacionales y, en particular, en su actitud antiimperialista, base de su condición de fuerza transformadora y esperanza. También sería injusto obviar las posiciones dentro del FA que luchan contra esa tendencia que, consciente o inconscientemente, va erosionando uno de sus pilares, tan importante en este contexto mundial y regional que atraviesa la humanidad.

Esas señales de debilitamiento podríamos situarlas ya en los primeros tiempos en el que Frente Amplio asumió el gobierno. Las maniobras Unitas y la discusión generada en el FA en el 2005 durante el primer gobierno del FA son un ejemplo. Recordemos que uno de sus senadores no acompañó las misiones conjuntas con la Armada Nacional, dejando una rosa roja sobre su banca en homenaje a todos los uruguayos y uruguayas que habían caído durante la lucha contra la dictadura cívico-militar que había impulsado EEUU, no solo en Uruguay sino en gran parte del continente.

En 2005 fue otro de los legisladores frenteamplistas que, en la Cámara de Diputados, rechazó la política internacional en materia de defensa, en particular por el envío de tropas a Haití en el marco de las operaciones de la ONU. El legislador votó en contra en sala y su foto, sentado sin levantar la mano en medio de otros compañeros, quedó grabada para siempre.

Hubo también otro diputado que votó en contra en 2013 de prorrogar la presencia de fuerzas armadas uruguayas en Haití, situación que motivó su pasaje al Tribunal de Conducta Política y su posterior renuncia a la banca y al sector al que pertenecía. Más acá en el tiempo, en 2018, dos legisladores fueron los únicos frenteamplistas que no acompañaron el ingreso de tropas de EEUU al territorio nacional en aviones que “monitorearan” el G20 y la protesta social en Argentina. La bancada de diputados y senadores había resuelto por mayoría, y eso generó que el propio presidente del FA, Javier Miranda, propusiera el envío al Tribunal de Conducta Política, cosa que no prosperó.

Todas estas situaciones, sumadas a la discusión del TLC con EEUU o el TIFA —y probablemente se escape algún ejemplo— son una muestra de lo tensa y hasta contradictoria que ha sido en el FA la discusión sobre su posicionamiento en el elenco internacional y, especialmente, regional.

Es cierto que conviven muchas miradas y enfoques políticos dentro del Frente Amplio, pero lo que no puede estar en duda es su vocación antiimperialista, condición sagrada para una fuerza política que pretenda ser de izquierda. Antiimperialismo es estar en contra de las guerras, de las invasiones, de los genocidios, de las matanzas de niños, de las ocupaciones ilegales de territorios, de los desplazamientos forzosos y de las masacres en nombre de la supuesta paz; del saqueo de los recursos de los países ricos sobre los países pobres. De eso estamos hablando. Si no es posible estar de acuerdo en esos aspectos mínimos y básicos constitutivos de una manera de ver el mundo, ¿entonces cuál sería el sentido de seguir caminando juntos? Es una pregunta que pretende disparar una reflexión, porque siempre es necesario hacerlo y en momentos críticos más aún.

Nadie podría dudar de que hoy Estados Unidos representa buena parte de aquello que tanto dolor y destrucción provoca en la humanidad. ¿O acaso ya olvidamos el reciente genocidio perpetrado por el gobierno de Israel contra el pueblo palestino, con la colaboración directa de Donald Trump? ¿O quedó en el olvido la invasión militar contra Venezuela para secuestrar a un presidente y una diputada nacional? ¿O no estamos viendo los efectos devastadores de la guerra contra Irán, en vidas humanas y en costos para el mundo, mientras grupos de poder multiplican sus ganancias a costa de la sangre de un pueblo que resiste las agresiones?

La presencia de Orsi en un buque de guerra convalida, aunque duela decirlo, todo lo anterior; no hay forma de circunscribir exclusivamente a una visita protocolar inocua. No hay señales en política exterior sin implicaciones. Máxime cuando el derrotero viene desde lejos y ya no son casualidades ni errores declarativos. Recordemos que Orsi, cuando fue consultado acerca de la escalada de tensiones en Latinoamérica, en particular sobre el Caribe con una invasión en puerta a Venezuela, declaró que no le preocupaba la presencia militar de EE. UU en el continente. “mientras no haya agresión…”, dijo, olvidando que EEUU es sinónimo de agresión desde hace 250 años. Para Orsi, “lo preocupante es cuando se utiliza o se recurre a armamento atómico. Y eso es complicado”, había sostenido en rueda de prensa.

Más tarde, cuando se produjo el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la Diputada Cilia Flores, en ningún momento se lo escuchó reclamar la liberación del mandatario venezolano; por eso mismo sorprende y es llamativo que se haya expresado en solidaridad con un supuesto atentado reciente contra Donald Trump en una cena con corresponsales en Washington.

Pero no solo eso. Hacía décadas que la región no enfrentaba una amenaza tan concreta de agresión militar de una potencia contra un país hermano que, además, representa un símbolo para América Latina: Cuba. Su pueblo continúa siendo sometido a un bloqueo brutal, orientado a provocar hambre, carencias y sufrimiento. Y esa agresión se ejerce con tal nivel de crudeza precisamente porque Cuba encarna una referencia política, histórica y simbólica que se busca disciplinar y doblegar.Es eso lo que está en juego, ni más ni menos.

El presidente de los EEUU había declarado, horas antes del paseo de Orsi, que otro de sus portaaviones —esta vez el Lincoln, que volvía de Irán— pasaría frente a las costas de la isla caribeña para “tomar el control de Cuba”.

La visita de Orsi es mucho más que un gesto inoportuno, o de una señal para que no nos castiguen con aranceles, según expresó un legislador del MPP. Hay momentos en la vida que requieren definiciones claras, audaces y valientes. No se puede seguir pendulando sistemáticamente. O se está a favor del imperialismo y sus agresiones constantes a la humanidad o se está en contra. Nadie pretende aquí que Uruguay rompa relaciones con un país como EEUU pero sí que se tenga coherencia histórica, se respete la soberanía nacional, al pueblo uruguayo y a todos los pueblos del mundo que luchan por un mundo en paz y sin agresiones. Siempre se trata de gestos. En este caso, también dignidad.

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