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Cultura y espectáculos Fedra | Teatro Solís | teatro

"Yo Soy Fedra" va del 12 al 15 de marzo en el Teatro Solís

Entrevista a Noelia Campo. El deseo femenino cuestionado y la tiranía de la apariencia

“Yo soy Fedra”, la tragedia francesa - basada en el mito griego - vuelve a abrir los ojos en un dormitorio contemporáneo, donde el amor prohibido se vuelve carne, memoria y desgarro

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La obra, con actuación de Noelia Campo y dirección de Marianella Morena, es una reescritura contemporánea del mito griego donde Fedra, obsesionada y desolada, enfrenta el amor prohibido por su hijastro Hipólito. En ese espacio íntimo —sin cuarta pared— el público respira junto a la actriz, casi dentro del mismo latido de su dolor. Presentada en la Sala Delmira Agustini del Teatro Solís del 12 al 15 de marzo (jueves, viernes y sábado a las 21 h; domingo a las 19:30), la pieza forma parte del ciclo Ellas en la Delmira y propone una experiencia escénica radicalmente cercana: un dormitorio donde el mito deja de ser relato y se convierte en experiencia emocional.

Basada en el mito griego donde Fedra —esposa de Teseo— se enamora de su hijastro Hipólito, la obra utiliza el mito como excusa para hablar de aquello que hoy todavía incomoda: el desamor, la soledad, la presión por la eterna juventud y la corrección política sobre el cuerpo.

El deseo femenino, ese territorio todavía vigilado

Para Noelia Campo, el mito de Fedra no es un fósil literario: es un espejo incómodo que refleja las tensiones actuales sobre el deseo femenino.

“Es muy interesante lo que toma Marianella del mito de Fedra: que ella se enamora de su hijastro, que no solo es el hijo de su marido sino que además es mucho más joven que ella. Entonces se habla del rol de la mujer en sus formas de desear, de ser deseada, de ser amada”.

En esa tensión aparece una pregunta que atraviesa siglos: ¿Quién tiene derecho a desear?

La actriz señala que la sociedad todavía observa con sospecha a la mujer que ama a un hombre más joven, mientras que el mismo gesto en sentido inverso ha sido históricamente celebrado o naturalizado.

“A la mujer se le cuestiona que se enamore de un hombre mucho más joven que ella. Al hombre no se le cuestionaba. Ahora quizá se cuestiona si es muchísima la diferencia, pero antes ni siquiera eso”.

Así, Fedra deja de ser solo un personaje mítico: se vuelve una figura contemporánea atrapada entre el deseo y el juicio social.

El cuerpo, ese campo de batalla silencioso

En la versión de Morena, el mito se cruza con un tema profundamente actual: la obsesión cultural por la juventud.

La obra explora cómo el valor de la mujer sigue muchas veces atado a la apariencia física, incluso en sociedades que dicen haber superado esos mandatos.

“Tenés que ser bella. No importa si sos inteligente, culta o ingeniosa. Si no estás dentro del canon de lo bello y lo juvenil, quedás por fuera del deseo”.

La tragedia entonces ya no es solo el amor prohibido. Es también el paso del tiempo y el miedo social a lo que ocurre cuando el cuerpo deja de responder a la promesa eterna de juventud.

La intimidad como escena y confesión

La propuesta escénica radicaliza esa exposición. En la obra, Fedra vive casi toda la experiencia en la cama: canta, confiesa, imagina, recuerda.

Acompañada por Lautaro Moreno, que interpreta a Hipólito, la actriz interpreta canciones que emergen desde la intensidad emocional del texto. El cuerpo se vuelve un territorio expresivo central, trabajado desde una preparación física rigurosa.

No hay distancia teatral: el público se convierte en testigo directo de una confesión.

La propia dramaturgia propone un teatro donde la vida cotidiana y el mito conviven: acciones simples, dolorosas, oníricas, que exponen el desamparo humano.

La tiranía de la apariencia

Campo habla de esta presión con una mezcla de lucidez y experiencia personal.

Durante la entrevista, reflexiona sobre cómo incluso en su propio trabajo como periodista muchas veces los comentarios se centraron más en su apariencia que en su pensamiento.

“Yo hace treinta años que trabajo como periodista, pero los halagos que recibí toda mi vida fueron sobre todo estéticos: ‘qué linda estabas’. Y yo pensaba: ¿te parecieron buenas las preguntas que hice?”.

La anécdota, que podría parecer menor, revela algo más profundo: el modo en que la sociedad sigue asociando el valor de la mujer a su apariencia.

“Mi belleza no es mérito mío. Es lo que me tocó. Pero si hago preguntas interesantes, eso sí es mérito mío, porque estudié, me preparé”.

La obra toca precisamente esa tensión: el conflicto entre lo que somos y lo que el mundo decide ver.

El derecho a la tristeza

En “Yo soy Fedra”, el deseo no es la única emoción prohibida. También lo es el dolor.

Campo señala que vivimos en una cultura que exige bienestar permanente, donde la tristeza se vuelve incómoda.

“Uno no puede mostrar el dolor. A la gente le cuesta bancarse a alguien que está triste”.

Sin embargo, la tragedia —desde los griegos hasta hoy— siempre ha sido un espacio para habitar esas emociones incómodas.

El filósofo griego Aristóteles hablaba de la catarsis: la purificación emocional que produce la tragedia cuando el espectador se enfrenta al sufrimiento humano.

Fedra encarna justamente eso: una emoción desbordada que no puede ser contenida por las normas sociales.

“El deseo es una emoción fuerte. La tristeza también puede serlo. Y son emociones profundamente humanas”.

En ese sentido, la obra no busca moralizar el deseo de Fedra. Busca comprenderlo.

Fedra como metáfora de la sociedad

Para Campo, el personaje va más allá de una tragedia amorosa.

“Creo que Fedra plantea el envejecer, el deseo, la sexualidad, el estar siempre bien pero también es una metáfora de la sociedad en sí misma”.

La obra cuestiona el rol de la mujer, pero también el del hombre, el del sistema social y el de las estructuras políticas que muchas veces se quedan en la superficie de los discursos.

“Muchas veces las causas se enarbolan como una moda social para seguir en el poder, pero no porque realmente les quiten el sueño”.

La tragedia de Fedra, entonces, no es solo íntima. También es política.

Habla de hipocresías colectivas, de discursos que prometen libertad mientras siguen regulando el deseo.

El mito que no deja de mirarnos

Quizás por eso el mito de Fedra sigue regresando porque cada época encuentra en él una forma de mirarse.

La tragedia antigua hablaba de dioses que castigaban el deseo humano. La tragedia contemporánea muestra sociedades que siguen juzgándolo.

En la habitación donde transcurre “Yo soy Fedra”, el mito deja de ser una historia del pasado y se vuelve una pregunta dirigida al presente.

¿Qué ocurre cuando el deseo no encaja en las normas?

¿Qué sucede cuando el cuerpo deja de responder a la promesa eterna de juventud?

¿Qué hacemos con el dolor cuando el mundo nos exige estar bien?

Fedra no responde esas preguntas. Las encarna.

Y tal vez por eso sigue siendo, siglos después, un personaje peligroso porque nos recuerda que sentir —desear, sufrir, amar— sigue siendo el acto más auténticamente humano.

Para ver la obra, podés adquirir las entradas en este link.