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Cultura y espectáculos Generación del 23 | El nido vacío lo llevo adentro | Fabián Severo

Entrevista

Los nuevos poetas uruguayos de la "Generación del 23" y la construcción de una casa viva

Generación del 23: La lenta revolución de sentarse a conversar y donde la poesía también puede ser un hogar

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Caras y Caretas Diario

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Los contacté y nos citamos en el clásico bar montevideano Monteverde, que aún mantiene el espíritu de los bares de reuniones sin prisas y de charlas sobre la vida. Nos reunimos 9 de los escritores y quien les cuenta esta historia. De esos lugares adorables donde el café demora un poco más, donde nadie parece tener urgencia por levantarse de la mesa y donde una conversación puede cambiar de tema tantas veces como cambia la luz que entra por la ventana. Monteverde es uno de esos sitios. No porque haya quedado detenido en el tiempo, sino porque decidió seguir creyendo en él. Fue allí donde nueve integrantes de la Generación del 23 llegaron casi sin proponérselo a reconstruir una escena que parecía pertenecer a la historia de la literatura uruguaya más que al presente: la de un grupo de escritores reunidos alrededor de una mesa, discutiendo sobre poesía, sobre la vida, sobre el miedo, sobre el vacío, sobre la amistad y sobre aquello que sólo encuentra nombre cuando se escribe.

Durante décadas, Uruguay habló de generaciones literarias como si fueran accidentes irrepetibles. La del 900. La del 45. Movimientos que el tiempo terminó bautizando cuando ya habían transformado la cultura.

Ellos, en cambio, decidieron nombrarse desde el principio. Lo hicieron como una broma nacida en un taller de poesía. Pero toda ironía, cuando encuentra un lugar donde quedarse, termina convirtiéndose en verdad.

La Generación del 23 está integrada por doce escritores que comenzaron compartiendo un taller y terminaron construyendo algo mucho más difícil: una comunidad.

Se reúnen cada semana para leer, corregirse, discutir, cuestionarse y escribir juntos. De ese vínculo nació El nido vacío lo llevo adentro, un poemario concebido como una sola casa habitada por muchas voces, donde la autoría individual cede espacio a una arquitectura colectiva de la palabra...y que además cuenta con aprecio del gran escritor Fabián Severo, sí, estamos ante algo especial.

La conversación en Monteverde nunca fue una entrevista tradicional. Fue una sobremesa larga. Una de esas en las que las preguntas dejan de pertenecerme (si es que alguna vez fueron mías) para convertirse en preguntas de todos.

¿Cómo nace una generación? ¿Puede existir una familia poética en tiempos de competencia permanente? ¿Hasta dónde escribe el individuo y desde dónde comienza a escribir el grupo? ¿Es posible habitar la oscuridad sin dejar de construir esperanza?

Entre tazas de café, silencios, risas e intercambios, las respuestas fueron apareciendo como aparecen los buenos poemas: lentamente, sin imponerse, permitiendo que cada voz encontrara su lugar dentro del coro.

Quizás esa sea la verdadera noticia. No la publicación de un libro. Ni siquiera la aparición de doce nuevos autores. Lo extraordinario es que, en una época que celebra el yo por encima del nosotros, todavía existan personas dispuestas a reunirse cada miércoles simplemente para escribir juntos. Como si la literatura siguiera siendo, antes que una carrera, una forma de hacer hogar.

Fue casi el intento de vivir en otro tiempo donde las generaciones de escritores en Uruguay eran una realidad tangible y , después de charlar, me fui con el alma inquieta pero tranquila. Si, la coherencia está sobrevalorada y las emociones - aparentemente - contradictorias, muchas veces, son complementarias. Hasta reflejos de una misma historia.

Generación del 23

"La poesía también puede ser una casa."

—Durante mucho tiempo las generaciones literarias parecían algo que sólo podía reconocerse con el paso de los años. Ustedes, en cambio, decidieron llamarse Generación del 23 desde el comienzo. ¿Cómo nace realmente este grupo?

Joaquín: "El puntapié fue coincidir en un taller de poesía en Guarida pero creo que lo principal que nos pasó fue que hubo química. Nos hicimos amigos muy rápido. Llegó un momento en el que yo ya no iba solamente porque quería escribir; quería escribir con ellos. Nos inspirábamos mucho entre nosotros y nos reíamos muchísimo".

Inés: "Algunos ya nos conocíamos de antes. Yo ya conocía a Agus, Bruno también conocía a algunos, pero todos juntos coincidimos ese año. Ahí fue cuando realmente se formó el grupo".

Agustín: "La sinergia apareció enseguida. Más allá de que cada uno escribiera cosas muy distintas, cuando llegábamos al taller y empezábamos a contar cómo había sido nuestra semana, enseguida sentimos que podíamos hablar libremente. No había una actitud de resguardo. Se generó una confianza muy rápida".

Bruno: "Y después apareció el nombre. En realidad nació medio como un chiste. Pensábamos en las generaciones literarias uruguayas —la del 45, la del 900— y dijimos: "¿Y si nosotros hacemos un guiño a eso?". Porque hoy ya no existen grupos que se identifiquen de esa manera".

Joaquín: "Además tiene algo gracioso. Generalmente las generaciones no se nombran a sí mismas. Es la crítica o la academia la que, muchos años después, dice: "estos fueron la Generación del 45". Nosotros hicimos exactamente lo contrario. Nos pusimos el nombre nosotros mismos".

Inés: "Y terminó funcionando porque invitaba a la grupalidad. Todos nos sentimos representados por ese nombre".

—¿En qué momento dejaron de ser compañeros de un taller para convertirse en un colectivo de escritores?

Agustín: "Cuando terminó el taller decidimos seguir reuniéndonos. Todos los miércoles hacemos nuestro propio encuentro. Nos vamos turnando para coordinar. Uno prepara consignas, otro propone un tema, otro hace de tallerista. Eso fue lo que hizo que el grupo siguiera creciendo".

Joaquín: "En realidad, cuando terminó el 2023 ya había quedado dando vueltas una idea. Queríamos publicar un poemario. Ese fue el proyecto que hizo que siguiéramos reuniéndonos semana tras semana".

Primer libro de la Generación del 23

El Nido Vacío lo llevo Adentro

Inés: "Pero el grupo terminó siendo mucho más importante que el libro porque seguimos encontrándonos incluso cuando no había una fecha de entrega, ni una presentación, ni una publicación. Seguimos reuniéndonos porque queríamos seguir escribiendo juntos".

—En una época donde casi todo empuja hacia lo individual, ustedes eligieron construir una obra colectiva. ¿Cómo funciona esa escritura?

Mora (Camila Morales): "Hay un poco de todo. Hay poemas completamente individuales que después pasan por la mirada del resto pero también escribimos juntos".

Agustín: "Muchas veces nos damos consignas. El mismo ejercicio consiste en escribir de a dos o de a tres. Eso hace que aparezcan cosas que, escribiendo solo, probablemente nunca surgirían".

Mora (Camila Morales): "A mí me pasó que algunos poemas míos terminaron teniendo un poquito de cada uno porque en esa comunidad que construimos nos vamos influenciando constantemente".

Inés: "También nos obligamos a salir de nuestra zona de confort. Muchas veces alguien propone una imagen o una consigna completamente ajena a la forma en que uno suele escribir y eso termina abriendo caminos nuevos".

—¿Entonces el poemario también fue una construcción colectiva desde el principio?

Joaquín: "Sí. Y esa era una condición importante para nosotros.

Nunca quisimos hacer una antología. No queríamos un libro donde cada uno aportara sus poemas y listo. Queríamos construir una sola obra".

Bruno: "Primero pensamos cuál iba a ser el tema. Después cuál iba a ser el recorrido. Después escribimos. Después corregimos entre todos. Después volvimos a corregir. Después ordenamos todo.

Fueron muchas etapas".

Agustín: "Incluso hubo jornadas enteras dedicadas únicamente a leer todos los poemas en voz alta, discutirlos y volver a escribirlos. Nos dividíamos en grupos. Revisábamos cada sección. Después volvíamos a reunirnos. Fue un trabajo extenso".

—Por eso el libro se lee como si fuera una sola voz, aunque esté escrito por doce personas.

Joaquín: "Exactamente. Nuestra intención era que primero se leyera como un poemario. Recién después, si el lector tenía curiosidad, pudiera ir al índice y descubrir quién había escrito cada texto".

Inés: "Incluso el orden de los poemas está completamente pensado. Nada quedó al azar. Había poemas que dialogaban entre sí. Otros se contradecían. Otros continuaban una emoción.

Entonces fuimos buscando ese equilibrio".

Bruno: "Cuando terminamos de escribir todos los poemas nos dimos cuenta de que parecía una casa"

"Había textos que sucedían en la cocina. Otros en el patio. Otros en el dormitorio. Otros en la terraza.

Entonces empezamos a ordenar el libro como si el lector fuera recorriendo esas habitaciones".

Mora (Camila Morales): "Pero ninguna habitación pertenece a una sola persona.Todas las habitaciones están habitadas por todas nuestras voces".

—Hay una frase de Fabián Severo que dice que El nido vacío lo llevo adentro no es una antología sino un lugar donde la poesía nos hace sentir en casa. ¿Sintieron que entendió exactamente lo que ustedes habían querido hacer?

Joaquín: "Totalmente. Nos sorprendió mucho porque nunca le habíamos explicado esa idea.

Y, sin embargo, cuando escribió el texto entendió perfectamente que el proyecto no era una recopilación de autores.

Era una construcción colectiva".

Agustín: "Creo que esa fue una de las mayores alegrías. Sentir que alguien desde afuera había leído exactamente el libro que nosotros queríamos hacer".

Una casa llena de voces

—El título del libro, El nido vacío lo llevo adentro, remite a la ausencia, a la melancolía. Sin embargo, después de escucharlos durante toda esta conversación, da la impresión de que ustedes construyeron exactamente lo contrario: una casa llena. Me quedó una pregunta dando vueltas. Filosóficamente suele decirse que nada surge de la nada. Si es así, tampoco una obra puede surgir de un vacío. ¿Qué representa realmente ese "nido vacío"?

Camila Rafaela: "El título nació porque, en general, nuestra poesía tiene una impronta bastante melancólica. Creo que eso también pasa con muchas personas que hacen arte. Hay algo que duele, algo que uno no termina de comprender o de resolver, y escribir es una forma de darle sentido. Un poema, una pintura o una canción pueden transformar esas experiencias en otra cosa.

Por eso hablamos de un nido vacío. No porque la vida esté vacía, sino porque todos cargamos pequeños vacíos personales que siguen generando preguntas. Y, mientras existan esas preguntas, probablemente sigamos escribiendo".

Joaquín: "Pero también me gusta pensar que ese título representa al libro y no necesariamente a nosotros. Porque, si pienso en el grupo, la sensación es exactamente la contraria. Estamos llenos de cosas. Generamos proyectos, compartimos ideas, nos encontramos todas las semanas. Para mí, la Generación del 23 es una casa llena. El vacío pertenece a ese universo poético que construimos en el libro".

Inés: "Incluso las presentaciones terminaron confirmándonos eso. Recuerdo especialmente una en la Fundación Manolo Lima. Habían ido pocas personas, cuatro o cinco señoras. Uno podría pensar que fue un encuentro pequeño. Sin embargo, terminó siendo una de las noches más intensas que vivimos.

Cuando terminamos de leer, nadie quiso irse. Nos quedamos conversando durante horas. Ellas nos contaban lo que les habían despertado los poemas y nosotros escuchábamos cómo cada una había habitado el libro desde su propia historia.

Ahí entendimos que el intercambio también llenaba ese supuesto vacío".

Bruno: "Nos pasó varias veces. Hay lectores que nos dicen que empiezan a leer el poemario y sienten que todos los textos fueron escritos por la misma persona. Después van al índice, descubren que son doce autores y vuelven a leer para intentar reconocer las distintas voces.

Ese juego nos emociona mucho porque significa que la identidad colectiva no borra las identidades individuales; simplemente las pone a dialogar".

—En varios momentos apareció una palabra que quizás no esperaba escuchar en una entrevista sobre literatura: "familia". ¿En qué momento un grupo de escritura deja de ser un taller y empieza a sentirse así?

Camila: "Yo publiqué mi primer poemario antes de este libro colectivo. Cuando tuve el manuscrito terminado, las primeras personas a las que acudí fueron ellos. Manu lo imprimió entero, lo llenó de anotaciones y un miércoles apareció con todas las correcciones hechas. Inés también lo leyó con el mismo compromiso. Eso no se olvida. Ahí entendés que no es solamente un grupo de personas que escribe poesía.

Es gente que celebra tus proyectos como si fueran propios".

Joaquín: "Creo que todos sentimos algo parecido. Cuando alguno publica un libro, presenta un texto o recibe una buena noticia, los demás lo vivimos con una alegría completamente genuina.

No aparece esa competencia que muchas veces uno imagina en los ambientes artísticos. Al contrario. Hay una felicidad muy auténtica cuando al otro le va bien".

Mora (Camila Morales): "Si alguien llega un miércoles con un mal día, sabe que puede decirlo. No hace falta que todo gire alrededor de la poesía. A veces escribimos. A veces corregimos. Y otras veces simplemente conversamos".

—Da la impresión de que esa confianza también modifica la escritura.

Agustín: "Muchísimo. Tenemos encuentros que llamamos "días de corrección". Quien quiere lleva un texto y el resto lo lee con absoluta libertad. Las devoluciones son honestas.

No buscamos quedar bien pero tampoco destruir lo que hizo el otro.

Hay confianza suficiente para decir: "Este poema todavía puede crecer", y saber que nadie lo va a vivir como un ataque".

Inés: "En Uruguay publicar no es fácil. Por eso también nos apoyamos mucho en los proyectos individuales. Si alguien está preparando un libro, el grupo se convierte en sus primeros lectores.

Eso hace que el camino sea mucho menos solitario".

—Sin embargo, todos ustedes tienen proyectos personales. Algunos ya publicaron, otros están escribiendo sus propios libros. ¿Nunca aparece la tensión entre el recorrido individual y el colectivo?

Joaquín: "En realidad sentimos que las dos cosas se potencian. Cuando uno tiene dudas sobre un manuscrito o sobre una decisión editorial, el grupo aparece como una red de apoyo.

Después, cuando llega la presentación del libro, vamos todos. La alegría nunca es solamente del autor".

Camila López: "Más allá de los libros, pasa con cualquier logro. Alguien cuenta que terminó una carrera, consiguió un trabajo o resolvió algo importante en su vida, y los demás se alegran de verdad.

Creo que eso termina fortaleciendo también la identidad del grupo".

Bruno: "Hay algo que dijimos varias veces entre nosotros. Nos sentimos tan parte de la Generación del 23 como de nuestra propia escritura y nadie quiere perder ninguna de las dos cosas.

Por eso el libro está firmado por la Generación del 23 y los nombres aparecen recién en el índice.

Desde un punto de vista editorial quizás no era la decisión más recomendable.

Pero era la más honesta porque el autor de ese libro, verdaderamente, es el grupo".

—Escuchándolos, uno tiene la sensación de que el poemario terminó siendo apenas una consecuencia. Que la verdadera obra fue construir este espacio.

Inés: "Creo que sí. Porque el libro puede agotarse. Puede dejar de imprimirse pero si nosotros seguimos encontrándonos los miércoles, la poesía va a seguir pasando y eso, en el fondo, es lo más importante".

Joaquín: "La literatura fue la excusa. Lo que terminamos construyendo fue un lugar donde cada uno puede escribir, equivocarse, volver a empezar y sentirse acompañado.

Quizás esa sea nuestra verdadera obra.

Y ojalá nunca termine".

La Generación del 23 está integrada por doce escritores:

Florencia Saucedo

Andrea Lado

Mora (Camila Morales)

Camila López Díaz

Inés Pírez

Orzet

Camila Rafaela

Joaquín Mondelli

Ciara Barboni

Agustín Navcevich

Ivonne Calderón

Manuel Rey Domínguez

Si querés adentrarte en el mundo de los jóvenes escritores uruguayos de la Generación del 23, los podés seguir en este link.

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