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Cultura | Cine | terror | Campamento Miasma

'CAMPAMENTO MIASMA'

Gillian Anderson regresa al cine en una cinta que cuestiona la discriminación dentro del terror

La audaz propuesta indaga en las raíces conservadoras del género y propone un debate sobre su futuro y las voces queer en el cine de terror.

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En 1983 llegó a los cines de Estados Unidos Campamento del terror, slasher que, como muchas otras cintas de la época, imitaba los pasos de la mítica Martes 13, estrenada apenas tres años antes. Más allá de las cualidades de la película, lo que pasó a la historia fue su final: luego del clásico tour del asesino misterioso por el campamento, dejando un camino de cadáveres detrás suyo, se descubre que en realidad la asesina era la pequeña protagonista, Angela, pero aún hay más, ya que Angela en realidad es un chico, Peter, cuya tía transformó en su hermana, muerta en un accidente.

El trauma generado por todo esto fue el causante de la furia asesina, generando el impacto de los pocos sobrevivientes y de millones de espectadores alrededor del mundo. Podría incluso decirse que, más allá de su modesto éxito y sus obligadas secuelas, lo que quedó en la gente es la imagen desencajada de Angela, gritando desnuda, mientras la cámara expone sus genitales y revela al público su verdadera identidad.

Lo hace a través de la vergüenza y en un prisma negativo, y no sería la última vez que el género vincule la identidad sexual a un desvarío psicológico con tendencia asesina: en El silencio de los inocentes, considerada por muchos una de las mejores películas de terror de la historia, el antagonista asesina mujeres para poder sacarles la piel y crear así un traje femenino para ponerse. Incluso, en una de las escenas más recordadas de la película, Buffalo Bill baila desnudo ante la cámara con su miembro entre las piernas, y su fascinación por las mariposas proviene de su capacidad de metamorfosis, la misma que él desea para transformarse en mujer. Y los ejemplos podrían continuar, como es el caso de Vestida para matar, en donde el asesino, un excesivo Michael Caine, toma una identidad femenina para matar a las mujeres a las que 'su parte masculina' se siente atraída. Sin embargo, los tiempos cambian y también cambian las miradas detrás de la cámara: a lo largo de este siglo son cada vez más los cineastas que reclaman el terror como un espacio de libertad queer a la vez que denuncian su histórico conservadurismo; también lo hace, con talento, originalidad y humor, Jane Schoenbrun en Adolescencia, sexo y muerte en el Campamento Miasma.

Schoenbrun, cineasta emergente del cine independiente que recibió aplausos internacionales por su segunda cinta, Vi el brillo del televisor, encierra en este tercer film todas las discusiones sobre el cine de terror y su pasado homofóbico y transfóbico con una comedia de metaficción que gira en torno a Kris, una joven realizadora a la que le ofrecen dirigir un nuevo reboot de Campamento Miasma, saga de terror que fue muy exitosa en los 80 y posteriormente acumuló secuelas hasta el cansancio. Miasma es una fusión entre Martes 13 y Campamento sangriento: la historia de su asesino, Pequeña muerte, tenía un claro tinte transfóbico que los productores esperan eliminar para hacer el reboot más accesible al público moderno. Kris se entusiasma con la idea y desea conocer a la protagonista del primer film, Billie (sugestiva y brillante Gillian Anderson, la eterna agente Scully de Los expedientes secretos X), que curiosamente vive en la locación original de la primera película. Estando en el lugar, directora y actriz comparten unos días juntas, aunque las líneas entre realidad y ficción comienzan a difuminarse de maneras peligrosas.

El Campamento Miasma

Hay dos ideas en juego a lo largo de Campamento Miasma: por un lado, una constante revisión a la historia del género y su violencia transfóbica, nacida del propio conservadurismo que, irónicamente, siempre ha rechazado al terror; por otro, un repaso juguetón y cómplice, en clave carta de amor a lo Scream, hacia las reglas y los comportamientos dentro del slasher, subcategoría del género especialmente violenta en donde brillaron films como Halloween o la propia Martes 13. Y ambas, en papel, podrían verse como elementos repelentes, pero la inteligencia y cinefilia que despliega Schoenbrun en su guion permite que se complementen de maneras ingeniosas.

El principal acierto está en buscar la base del género para poder establecer un punto de cambio. Recordemos que el terror es un estilo nacido del shock ante lo desconocido, en donde la rutina del individuo se ve afectada por la presencia de un elemento disonante que amenaza su vida o lo invita a una tentación que eventualmente lleva a la perdición. Y si bien han existido a lo largo de la historia artistas que se han esforzado por transmitir un mensaje menos conservador, la realidad es que, desde la raíz del terror gótico, hay una íntima relación entre el villano de turno y la sexualidad, como la amenaza de liberación sexual que representa Drácula o la vampira lesbiana Carmilla. Podría pensarse así que, en cierta forma, el terror emergió también como un agente de censura y restricción moral.

Si bien pasaron muchísimos años desde esas primeras amenazas al puritanismo, el carácter moralista del terror tuvo, en su versión más mainstream, una revisión adaptada a los tiempos: si el cine tuvo un enorme destape luego de derribado el Código Hays que imperó desde los '30 hasta fines de los '60, el terror estuvo ahí para 'advertir' sobre el libertinaje: Jason o Michael, implacables fuerzas del mal que parecían particularmente ensañados con los adolescentes que disfrutaban del sexo, eran vencidos por chicas, generalmente virginales, que correspondían más con 'los buenos valores' de antaño.

Curiosamente, el propio carácter marginal del terror, eternamente despreciado dentro de los círculos elevados de la cultura, lo terminó ligando con los espectadores queer que luego decidieron entrar en la industria para reformarlo desde adentro; en esa tensión trabaja este film, que sugiere que el género, más allá de sus visiones retrógradas, también ha reflejado la liberación sexual y la aceptación, muchas veces dolorosa, de la identidad personal. En esa contradicción, parece decir Schoenbrun, está la clave para resurgir el slasher: no en el lavado de cara ventajista, sino en reconocer el pasado problemático del terror y escuchar lo que esas nuevas voces tienen para decir.