Con el tiempo conocí a muchas mujeres latinas que tenían relaciones con hombres estadounidenses. Esas historias siempre captaban mi atención. Todas eran distintas, pero en cada una aparecía la promesa de una mejor vida como elemento central. Esas relaciones me recordaban la ausencia de mi abuelo: la figura de un hombre que está, pero no está; que provee, pero resulta inalcanzable.
Eventualmente compartí todas estas inquietudes con Gabriela Fonseca, productora y coguionista. Y así, poco a poco, después de decenas de conversaciones, nació Vilma.
¿Sientes que un cine que aborde un tema tan íntimamente femenino tiene el interés que merece o aún es complicado de realizar?
A veces pienso que existe una expectativa no hablada del cine que debe ser hecho en Latinoamérica y que nuestra película de alguna forma rompe con esa expectativa. Hablamos de una vivencia femenina desde la ternura, el color, la excentricidad, la comedia agridulce, y desde una personaje contradictoria y caótica, para nada ejemplar, pero sí muy auténtica. A pesar de que hay más apertura que antes para hablar de temas vinculados a historias de mujeres, me queda la sensación de que todavía hace falta más apertura para que podamos hacerlo en el tono, género, y forma que sintamos más genuina, sin encasillamientos ni reservas.
Por otro lado, hay una creencia de que el cine “hecho por mujeres”, es sólo para mujeres. A mi particularmente me encanta que la gente lleve a sus tías, madres y amigas a ver esta película, de hecho, para eso la hicimos. Pero en general, como sociedad consumidora de arte, siento que nos falta mucho para entender que las miradas son infinitas y radicalmente distintas entre sí independientemente del género. Me parece importante no perder de vista que las chicas consumimos arte hecho por hombres muy fácilmente, pero para muchísimos hombres, consumir arte hecho por mujeres sigue siendo un esfuerzo o una excepción. Para mi, el cine es un vehículo importantísimo para construir empatía hacia otros territorios, generaciones, miradas. Tiene un potencial inmenso, infinitamente mayor al que se le reconoce hoy, y me encanta pensarlo como un algo “útil”, no solo algo que consumos para “ser culta”, o “entretenerme” o “escapar a la realidad”, sino algo que puede llenar vacíos en la sociedad tan fracturada que vivimos hoy día. Sé que es idealista, pero genuinamente lo creo.
La película presenta una realidad en la que el sexo y el amor son valores monetarios, en una nueva era de vínculos digitales. ¿Sientes que esta es una realidad actual para muchas mujeres? ¿Por qué?
Sí, siempre lo fue, pero la virtualidad hace que los intercambios sean más rápidos, fríos y mercantilizados. En el proceso de escritura de esta película nos encontramos con muchos casos, todos con sus propias particularidades, pero el tema monetario siempre estaba en medio. Hay una parte de esos intercambios que decidimos respetar y dejar en la intimidad, ciertos detalles en los que no quisimos indagar. Abordamos el conflicto desde un lugar digamos “existencial” y específico para la experiencia femenina, y desde el cual como creadoras podíamos identificarnos y repensarnos. ¿Hay amor o no hay amor? ¿Amor o sobrevivencia? ¿Se pueden ambas? Hay una escena de la película que retrata este conflicto de forma muy directa, entre Vilma y su mejor amiga Déborah, ambas con posiciones muy distintas en el tema. Una que romantiza sus vínculos para sobrevivir, y la otra que los mercantiliza. Caemos en cuenta de que estamos hablando de mujeres que debaten al respecto, porque no les quedó otra opción. Mujeres que no decidieron su destino, sino que juegan con las opciones que se les ofrece el escenario gentrificado en el que habitan. En esa lógica, encontramos un punto en común para muchas de estas realidades que sabemos que abundan en países como el nuestro.