La comunicación no alcanza
Obviamente el problema nunca estuvo solamente en lo que se comunica o en el cómo, aunque, sin dudas, esta dimensión no puede desconocerse. El episodio de la camioneta de Orsi o el de las “tanquetas” del Ejército que serían utilizadas por la Policía son apenas una muestra de cómo la ausencia de una comunicación estratégica, integral y potente termina transformándose en un problema que afecta a toda la línea de iniciativa política y, con ella, a la credibilidad.
Si queremos agregar un ejemplo aún más patético que los anteriores, la forma en que nos enteramos de las “negociaciones” y “amenazas” que resultan de los intercambios de la Cancillería de Uruguay con las autoridades norteamericanas Embajada y Departamento de Estado y las posteriores aclaraciones o explicaciones del ministro Mario Lubetkin y el propio presidente Yamandú Orsi parecen operadas por el enemigo y no responden a ningún otro propósito que el de ocultar un intercambio que los participantes, al menos los nuestros, querían conservar en la oscuridad.
Todos estos casos demuestran que una comunicación a cuentagotas, poco clara y dubitativa no contribuye al mensaje que se pretende transmitir. Incluso habría que ir a un paso previo a la comunicación: la construcción de una iniciativa política lo suficientemente sólida como para resistir los embates opositores.
Es claro que una iniciativa política débil difícilmente pueda ser comunicada con claridad y potencia, por más esfuerzos que se realicen. Parece de manual, pero es necesario recordarlo y aquellas iniciativas que de antemano se sabe que pueden ser polémicas —como la utilización de vehículos militares blindados con fines de seguridad interna—, incluso dentro de la propia fuerza política y del Gobierno, merecen un amasado superior para construir propuestas que engloben las distintas posiciones que conviven dentro del FA y que pueden exacerbarse cuando se carece de información clara respecto de determinadas iniciativas. En materia de comunicación se debería estar una jugada adelantado, pero sin quedar en offside.
El objetivo de estas líneas, sin embargo, no es entrar en los detalles de las medidas o anuncios realizados por el Gobierno o el Frente Amplio, sino detenernos en elementos de mayor densidad política y estratégica. Porque, humildemente, tal vez sea necesario orientar la mirada y la crítica sana hacia estos aspectos.
Un mundo en crisis y el avance de las derechas
Es necesario prestar una mirada atenta a lo que está ocurriendo en el mundo y en la región, porque el peso y el tamaño de Uruguay obligan a que esa dimensión nunca quede relegada. No es una novedad para nadie advertir que el mundo, bajo el influjo de una agresividad nunca antes vista por parte de Estados Unidos y Donald Trump, comenzó a desmembrar la institucionalidad global, abriendo paso a las políticas de rapiña y salvajismo que lleva adelante la política militar norteamericana junto con sus aliados, especialmente Israel. El sistema capitalista cruje a velocidades impensadas y eso genera consecuencias dramáticas para la humanidad. Probablemente la cara más dolorosa sean los conflictos armados, el hambre y la desigualdad.
En el plano de la democracia también es notorio el deterioro al que se hacía referencia a escala global. Pero esto afecta directamente la calidad democrática de la mayoría de los países, puesto que cobran fuerza al interior de cada región personajes políticos inspirados y “producidos” por las extremas derechas que experimentan con relativo éxito en contiendas electorales regionales, como Bukele, Kast, Milei o De la Espriella.
Pero aunque es cierto que puede percibirse un aumento del peso de las ideas de extrema derecha e incluso podría hablarse de una cierta crisis de valores culturales contrarios a lo que impone el neoliberalismo —es decir, una crisis de valores contrahegemónicos como la solidaridad, la crítica al consumismo y otros—, las victorias electorales de estas derechas no siempre significan que el corrimiento hacia ideas de derecha sea tan profundo como parece.
Es verdad que el mundo parece girar en un sentido que no preferimos, pero en estas condiciones definirse como “occidentalista” parece una elección, al menos, precipitada.
El principal problema que existe a nivel global es la insatisfacción. Esa sensación que nace de la materialidad cotidiana por la que atraviesan millones de personas a lo largo y ancho del mundo explica, en gran medida, por qué se pasa de gobiernos progresistas a gobiernos de derecha y viceversa.
El asunto para las izquierdas es que han retrocedido en sus aspiraciones políticas y programáticas cuando, en realidad, deberían profundizarlas para resolver las necesidades, muchas veces básicas, de millones de personas pobres. Ese retroceso es mucho más notorio cuando son elegidas para gobernar.
Unas veces condicionadas por el peso del capital transnacional financiero; otras, por las autolimitaciones impuestas a partir de análisis erróneos que por lo general nacen dentro de cuatro paredes. Lo cierto es que las expectativas de la gente se pierden como agua entre los dedos y, con ellas, la percepción de la izquierda como motor de cambio. Y es aún más preocupante cuando las izquierdas pasan a ser percibidas como parte del establishment.
Los cambios tienen que sentirse
Esto mismo ocurre en Uruguay. Hay quienes han optado por molestarse o enojarse cuando se realizan señalamientos de este tipo, que no buscan desgastar ni perjudicar a nadie, sino poner el foco en cuestiones que lamentablemente cada vez tienen menos lugar en la discusión política.
Hay que ser autocríticos y darse cuenta de que, con el rumbo que ha asumido este gobierno, no se podrán resolver las aspiraciones programáticas mínimas. Esto significa, en concreto, que miles y miles de uruguayos vivirán igual o peor de lo que vivieron en años anteriores. En ese sentido, parece pura demagogia proclamar que los escasos recursos que se reasignarán para abatir la pobreza y resolver los problemas de inseguridad ciudadana serán acciones contundentes que transformarán la convivencia en nuestra sociedad.
Los cambios no solo deben comunicarse bien, deben sentirse por la gente y deben ser lo suficientemente claros como para generar grandes respaldos. Deben ser palpables, directos. Esa es la mejor forma de comunicar y, al mismo tiempo, de construir y defender una política pública.
Una política de shock y de impacto
Es necesaria una política de shock en todos los niveles: asumir la ofensiva política en el territorio, movilizar al pueblo uruguayo, ser parte de sus luchas y buscar satisfacer sus demandas.
Esto no se puede hacer con lo que nos sobra, sin tocar intereses y privilegios, sin costos políticos y sin recursos lo suficientemente voluminosos como para que se sienta.
Los problemas en materia de seguridad son notorios y, sin dudas, constituyen uno de los talones de Aquiles de este y de cualquier gobierno, porque el fenómeno es de carácter estructural y por el peso cada vez mayor de la exclusión, la pobreza, la marginalidad, la fragmentación social y también de las mafias regionales, aunque algunas veces se quiera negar. Probablemente este sea el tema más difícil de resolver de todos. Pero hay otros que no lo son tanto y que deberían estar en la primera línea de las acciones a desplegar.
Los diagnósticos están más que claros. Lo que se precisan son iniciativas.
No hay que ser un erudito para darse cuenta de que un trabajador que gana 25.000 pesos por mes no puede ni siquiera vivir solo, mucho menos sostener una familia. Y eso gana un tercio de los trabajadores: más de 500.000 personas. El dato, por sí mismo, ya dice mucho.
El ministro Gabriel Oddone parece haber descubierto que en Uruguay hay 500.000 pobres y que más de una tercera parte de ellos son niños. Solo nos falta saber cómo hará para solucionar esta tragedia nacional con respuestas serias, contundentes y globales.
Uno de los desafíos de Uruguay es la generación de empleo de calidad, algo que desde hace décadas ha costado enormemente debido a la falta de una estrategia de desarrollo nacional que ponga los cimientos en la soberanía y la distribución. Pero, al mismo tiempo, se precisan políticas directas para apoyar a esos miles de trabajadores que tienen un puesto de trabajo, pero cuyos ingresos son mínimos. Habrá que diseñar respuestas realistas para las mujeres jefas de hogar, para las mujeres y los niños que viven en la pobreza, en viviendas precarias y con insuficiencia alimentaria.
Otra de las dimensiones de ese shock podría estar puesta en el costo de vida de la gente de a pie: buscar subvencionar elementos básicos como la alimentación, los servicios y la energía.
Algunos podrán decir que muchas de estas cosas ya existen, sobre todo para los sectores más vulnerables, y es cierto, aunque de manera parcial. Pero el sistema deja por fuera de muchos beneficios a gente que no está en la lona, pero que puede estarlo próximamente o que vive haciendo malabares para llegar a fin de mes.
Uruguay debe asumir que los problemas de pobreza van mucho más allá de una medición por ingresos. No basta con decir que bajamos la pobreza porque aumentaron las transferencias. Existe un tipo de pobreza estructural que engloba la vivienda, el barrio, la educación, el acceso a la salud y la alimentación, entre otras dimensiones.
Otro de los aspectos centrales debería ser la apuesta a la participación y a la movilización popular, con un compromiso que debe grabarse a fuego. De lo contrario, la apertura al diálogo termina convirtiéndose en una dilatoria para ganar tiempo, mientras todo sigue incambiado.
El ejemplo de lo ocurrido con el Diálogo Social es una clara muestra de lo que no se debe hacer y de algo que pensábamos que se había aprendido a partir de lo ocurrido durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez, cuando se convocó a un Congreso Nacional de Educación con miles de participantes y luego se optó por no vincular muchas de sus propuestas con las iniciativas educativas.
La izquierda tiene mucha tela para cortar. Hay espacio para el reimpulso político, pero se requieren medidas de impacto real. De lo contrario, lo que se visualiza es una mera administración del Estado, sin que eso signifique mejoras para las inmensas mayorías.
Y, como señalaba más arriba, esta es una de las explicaciones del hartazgo con la política como fenómeno global, pero particularizado en una aprobación en picada que atraviesa al gobierno de Orsi, situada, según Opción, en apenas un 19 %, mientras aumenta a ritmos vertiginosos la desaprobación, ubicada en el 57 %.
El desgaste es notorio y las señales también.
¿Estrategia agotada o táctica fallida?
Como lo expresé en otras oportunidades, lo más preocupante para la izquierda uruguaya, para su estrategia, es la desacumulación en términos políticos y sociales que se viene dando desde hace meses en este nuevo período de gobierno del Frente Amplio. Pero, en términos más históricos, el proceso de desacumulación se viene palpitando incluso desde que el FA llegó por primera vez al gobierno, entre otras razones por el divorcio producido entre las expectativas de la gente y los resultados concretos de los gobiernos.
La estrategia de la izquierda uruguaya, de su camino de acumulación y de avances democráticos, no está en crisis, aunque sí se encuentra profundamente condicionada por la falta de despliegue programático de fondo, estructural.
Lo que sí está claro es que la táctica desplegada por la mayoría del FA y el Gobierno conduce a un callejón sin salida.
La táctica del repliegue, del no discutir los grandes temas, de no polemizar, de abandonar la lucha de ideas y la polémica programática con la derecha puede hacer que todo se derrumbe.
Todavía se está a tiempo de cambiar el curso de los peores desenlaces, tanto en términos electorales como político-estratégicos.
Pero el tiempo no es eterno, aunque algunos crean que todo debe esperar un poco más.
De lo contrario, en 2029 la gente optará entre un o una socialdemócrata que se convirtió en liberal o un liberal que se convirtió en socialdemócrata.
Quien se niegue a elegir el mal menor que levante la mano.