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Política

Patria y tradiciones

De aquellos ocho caballos, a los 18 metros cúbicos de bosta

En oportunidad de celebrarse un homenaje a José Artigas en el Senado de la República, el entonces senador Eleuterio Fernández Huidobro intervino leyendo una formidable pieza de rigor histórico, con la que explicaba el rol determinante que para la gesta libertadora cumplieron los ocho caballos que se necesitaban por jinete. Salvo la natural deposición de los briosos corceles, ningún otro aroma a Patria Vieja trajo la caballada del 1º de marzo.

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Por Ricardo Pose

 

“Ocho caballos, señor presidente, ocho, se calculaban necesarios para irse a la revolución. Ocho caballos por cada hombre, para ir a la guerra. Digo esto para recordar el complejo volumen de la patriada. Nada, salvo las palomas mensajeras, iban en 1811 más rápido que un caballo. Absolutamente nada. Ni las noticias. Como si la velocidad de los potros fuera un absoluto”.

Así empezaba su discurso, aquel 21 de junio del año 2000, el extinto ministro de Defensa, Fernández Huidobro, resaltando el papel dentro de la epopeya artiguista del cuadrúpedo que sería un elemento central en nuestra historia, y que en digno homenaje quedaría estampada su imagen en nuestro escudo nacional.

No había, por cierto, otro medio de transporte hasta la creación de la locomotora a vapor.

Años después, los gobiernos trasladaban sus ejércitos en trenes, para enfrentar a aquellos caudillos alzados en armas a caballo; contra Pancho Villa y Emiliano Zapata en México, contra Aparicio Saravia en las llanuras del sur del continente, que portaban en aquellas intrépidas cargas de caballería sueños de reformas o revoluciones.

Las habilidades ecuestres de nuestros paisanos eran una consecuencia lógica de una nación que, salvo la actividad portuaria y comercial de la ciudad, se edificaba sobre las correrías detrás de los vacunos.

Hombre, caballo, ganado; trinomio social, económico y cultural.

Desde el punto de vista económico, una producción primaria al decir de un conocido ingeniero agrónomo, basada pura y exclusivamente en una suerte de “proxenetismo de la fotosíntesis” o, en lenguaje más llano, en la curva del ciclo de las pasturas.

Por que de esa pradera natural, abundante en primavera y escasa en invierno, también depende la industria frigorífica.

Cabría preguntarse si la síntesis política de quien pretenda representar políticamente a ese sector primario de la economía es tan primario como la misma.

 

Aire libre y carne gorda

Sentir la brisa en la cara mientras se galopa sin más obstáculos que los naturales a campo abierto es de las mayores sensaciones de libertad que, dicen, alguien pueda sentir.

Lo mismo dicen quienes recorren las rutas en sus motos, disfrutando del suave y potente sonido de sus motores.

La noción de la libertad depende de nuestra subjetividad.

Cierto que la comunión que se logra entre un humano y un equino no es la misma que con una máquina, pero si bien no es igual, jinete y motoquero disfrutan a su peculiar manera de tal simbiosis.

Las huestes de masas rurales, atrás de cuanto Saravia se alzó en armas, pertenecían a ese sector primario de la economía, la estancia cimarrona, latifundista, de ganado pastando libremente, liberada a su suerte alimenticia, a la escasez o abundancia de pasturas, y sin mayor preocupación que algunas bicheras, robos o pérdidas de los semovientes.

Cuando el patrón se alzaba, a pesar de la tragedia de la guerra, se revitalizaba el espíritu gaucho; desaparecían los horarios, las arreadas a lejanos destinos comerciales, los sacrificios derrochados en magros patacones, que apenas daban para ahogar las penas o liberar las pocas alegrías, tras algunas cañas en las pulperías.

Entonces el patrón alzado era, churrasquear a gusto, carneando a discreción, noches de fraternidad en los fogones y de historias y sucesos de corajudos, ingresar a los ranchos a satisfacer primitivas urgencias con las “chinas”, mujeres cautivas de un patriarcado dominante.

Del otro lado del alambrado, algún “gringo zonzo” que gasta su vida tras el arado, siempre fatigado, picaneando los bueyes o un caballo percherón, clamando por las lluvias de agua y no de langostas.

Ideas foráneas estas de venir a roturar las tierras y andar agachado por los suelos, tal era el pensamiento de aquellos caudillos que se habían alzado contra el alambramiento de los campos y veían en aquellas ideas citadinas y de progreso de José Batlle y Ordóñez su enemigo principal.

 

Martín Fierro y Fido Dido

El lírico himno al individualismo posmoderno de Fido Dido, con el mediático eslogan “Hacé la tuya”, nada tiene que envidiar al individualismo proclamado por la poesía y cultura gauchescas.

No debe haber nada más solitario que un jinete y su pingo, y sea quizás esa oportunidad de hallarse encima de lomo de un caballo, un humano con sí mismo, en que resida su valor terapéutico.

Afectiva y espiritualmente, que también se traduce a veces imperceptiblemente en términos económicos, el pingo lo absorbe todo: la atención, los cuidados.

El universo que se observa por entre sus orejas cuando uno va montado es ancho y ajeno.

 

De pingos y purasangres

Le calce a nuestra cultura gaucha o no, lo comprenda aunque no lo acepte, o no lo acepte ni lo comprenda, ni los equinos escapan a la división de clases.

Se ha transformado en un brutal valor de mercancía, residiendo en la pureza genética de su raza la cristalización de su cotización.

No son lo mismo los caballos que corren en hipódromos o en californias y en pencas, ni son lo mismo los de andar que los de desfile, los de prueba de equitación, que los que tiran arados o carros para juntar basura.

¿Cuáles de estos caballos estuvieron desfilando el 1º de marzo como escolta del presidente Luis Lacalle? ¿A qué patria gaucha representaban los mas de 3.000 jinetes?

La primera lectura, sin lugar a dudas, es que representan buena parte de los votos que, sobre todo el Partido Nacional, tiene cautivos en el interior del país.

La fidelidad y lealtad políticas se explican en buena parte porque muchos de los integrantes del actual elenco gubernamental son propietarios y empresarios rurales, en actividades primarias de producción.

Si alguien necesita, ahora sí, responderse si lo primario de la actividad económica tiene su primaria expresión política, ahí tiene parte de la respuesta.

 

Llegando a la ciudad

Hacía tiempo que no revivía la vieja tensión entre el campo y la ciudad; en mi infancia dicha tensión se expresaba en los torpes sabelotodos de la ciudad y los brutos pero diestros y prácticos hombres del campo.

Por el 1900 la tensión era entre los hombres libres del campo y los doctores de la ciudad, de quienes había que desconfiar, aun de los del propio partido.

Por las ciudades, en sus fábricas, en sus talleres, andaban los alborotadores, los portadores de ideas foráneas, los comunistas agitadores.

Pero entre los 3.000 jinetes que llegaron a la ciudad, eufóricos y pletóricos de cierto retorno, se podía individualizar entre quienes toman mate con bombilla de plata o alpaca de quienes toman en bombilla de hojalata, los aperos de los patrones, de sus familiares y capataces, de los de la peonada.

Ataviados desde las aparcerías, para los desfiles de las fechas patrias o la fiesta de la patria guacha, es cierto que resulta, exposición del prado rural mediante, una postal de color, agradable y pintoresca como quien ve bailar el pericón, pero cada vez más producto de un documental para la National Geographic que una verdadera expresión de resguardo de nuestra cultura de patria vieja.

 

18 metros cúbicos de bosta

Hice mi mejor y más honesto esfuerzo por intentar buscar aquellos ocho caballos de la gesta artiguista; la cabecera del desfile, ya con el pabellón patrio nacido a contrapelo del sueño de la Liga Federal, las banderas de Brasil y Argentina flameando en astas portadas por quienes bombardearon el mínimo sueño mercosuriano de la unidad latinoamericana, la peonada alegre de andar con su pingo por la capital para retornar luego a las inclemencias del trabajo que engordará las “latas del patrón”, la euforia del retorno al ruedo político de caudillos, terratenientes y estancieros, veteranos capataces haciendo de la adulación el eterno deporte nacional, acaso alguna ingenua niña saludando al público en una genuina muestra de creer representar algo, pero lo cierto es que encontré una manifestación mas digna de un exótico documental que la preservación de cierta memoria histórica.

Reconozco que para el ciudadano citadino, acostumbrado a ver una o dos veces al año la muestra de la exposición rural, resultaba una pintoresca postal.

Pero algunos de los 3.000 jinetes, de los centauros a modo de escolta formada en caballería, el ingreso a la capital intentó representar la demostración de fuerzas, con la que cuenta el nuevo gobierno, y en particular su presidente, Luis Lacalle.

A lomo de la cultura gaucha, intervino la ciudad, la justicia por mano propia en algunos lujosos mangos de facones a la cintura, el rebenque o talero ordenador de voluntades, equinas y humanas, la pereza intelectual y el desprecio por la fatiga laboral, la burla hacia los temas que compliquen la confortable conducta de no tener que andar cavilando demasiado.

Pero, sobre todo, quedaron, como un signo del nuevo gobierno, 18 metros cúbicos de mierda, de bosta, que seguramente sea reutilizada para abono.

Algo bueno tenía que quedar, para algo tenía que servir.

Quizás el pedacito de patria que pasó de la boca de los caballos hasta llegar procesada a la avenida Libertador permita rescatar algo.

“Paradojalmente, sin electricidad ni avión, ni satélites ni ferrocarriles, la visión del mundo circundante era para aquellos antepasados mucho más grande que la nuestra. Y muchísimo más en el reino de la pradera y en el de los arroyos, en el de las llanuras pampas y las sabanas infinitas cuando se tiende la mirada desde arriba de un caballo llevando de tiro una tropilla de siete”, anotaba Fernández Huidobro.

Ahora que al Frente Amplio le tocó desensillar hasta que amanezca, hay tiempo de preparar las nuevas tropillas que permitan tener ensillados ocho corceles por jinete.

 

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