Un recuerdo es un golpe de tiempo, un retazo de pasado que se instala y rasga el presente, invadiéndolo, dejándonos muchas veces como dice Isabel Allende “con el alma boca abajo”. Se desencadena a causa de un gesto, un sonido, un aroma, una palabra que nos remite y remonta a aquella circunstancia, que transforma nuestra subjetividad presente en un manojo de emociones y nos hace regresar a esa circunstancia y restituir la vivencia.
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Aquel día, del que voy a hablarles, nos quedamos con mi compañera Martha, invadidas de pasado, llenitas de aquel tiempo que ella evocó emocionada a causa de mis palabras y que desencadenó que por un instante pudiéramos juntas viajar un año atrás y ubicarnos en la puerta de un liceo de bachillerato. De alguna manera, y como si fuera un juego de muñecas rusas, voy a intentar recuperar el recuerdo de lo recordado por Martha aquella tarde, celebrando que la vida nos pone, a veces, en situaciones inesperadamente especiales.
La luz entraba apenas por la ventana de nuestra oficina de un día de gris de principios de julio. El invierno ya se hacía notar cuando preocupada comenté acerca del frío que imaginaba tendrían los y las estudiantes de uno de los liceos que hacía unos días habían decidido “ocupar”. Probablemente fue esa idea de protección casi maternal, esa representación de los jóvenes agrupados en un inmenso espacio desolado de un edificio enorme en pleno invierno lo que, de golpe, provocó la magia. Viajamos juntas al final del mes de junio de 2018, y las palabras de Martha oficiaron de ruta para ese regreso. Revivimos la espera en la puerta del liceo por parte de cuatro adultas, dos directoras y dos inspectoras que comparecían convocadas por los y las jóvenes para realizar el acta de desocupación.
Ella me contó emocionada, mientras apoyaba su cara en una de sus manos encarnando un gesto evocador, que el tiempo de espera fue un tiempo largo hasta que los y las jóvenes las invitaron a pasar. No era una entrada como las habituales, no solamente porque el liceo hacía más de una semana que estaba ocupado, sino porque los y las estudiantes las recibieron en la puerta mientras sonaba de fondo la voz de Pablo Estramín: “Siempre los reprimen, no les dan espacios/ y les aconsejan que vayan despacio./Siempre les imponen, nunca les consultan/los hacen callar cada vez que preguntan”. Martha dice que se emocionó tanto que sintió que caminaba entre ellos/as con el arrebato de abrazarlos a todos y a cada uno. Esa era una canción que ella usaba con frecuencia para sensibilizar y recibir a padres y profes en sus tiempos de directora liceal y que ahora los y las estudiantes hacían sonar para ella, como una convocatoria a pensar, a interpelarse, a sacudir el corazón.
Hay un contraste entre lo que imaginamos los adultos que los estudiantes ocupantes realizan en esos días diferentes con respecto a lo que de verdad ocurre en ese lapso. Muchos adultos creen que se instala en el liceo una suerte de bacanal adolescente de ritmo desenfrenado, sin embargo, estos estudiantes protagonistas del relato pintaron murales en el patio liceal, dieron color a los bancos, reciclaron una mesa de ajedrez, lavaron las cortinas, cortaron el pasto de los canteros e hicieron una limpieza profunda de varios espacios del edificio liceal. Pidieron, además, contar con un fin de semana adicional para terminar las tareas, pues entregaban el liceo en ese momento para habilitar la posibilidad de hacer las pruebas semestrales. Realizaron además talleres multitemáticos: sobre el presupuesto educativo, la ley de riego y el cogobierno universitario, intercalados por instancias de expresión corporal.
¿Qué expresa el colectivo de adolescentes cuando se propone ocupar el centro de estudios? Sin intención de dar respuestas universales a las diversas problemáticas -tarea imposible si las hay-, creo que hay algo del orden de la palabra impedida, no dicha, no habilitada en esa fuerza juvenil que decide interrumpir la vida cotidiana para instalarse y provocar una ruptura en el tiempo de la rutina liceal. Un llamado de atención, una alarma que intenta indicar que son portadores de derechos que muchas veces no son respetados. Quizás es un buen momento para pensar cuál es el lugar que les damos como interlocutores, qué valor damos a sus palabras y deseos, cuánto de nuestro tiempo dedicamos a la escucha activa y a recibir sus propuestas porque, por suerte, como dice Estramín: “Cada día los adolescentes/reviven los sueños/ que pierde la gente”.
Hacía siete días que estaban ocupando, esperando hablar con las autoridades. Un liceo es siempre un escenario de desarrollo y así lo habían vivido los ocupantes, no solo resguardando con cuidado todo lo que en él había y que fuera detallado en el acta de ocupación, sino además los murales realizados en las paredes del patio durante este tiempo de espera/posesión/instalación de y en el edificio liceal. Los adultos solemos imaginar desenfrenos en estos tiempos de ocupación estudiantil y, sin embargo, los y las jóvenes nos muestran que son “otros” tiempos de maduración diferentes y que son capaces de hacerlos germinar en acciones como la pintura de las mesas con la bandera uruguaya o la reavivación del tablero de ajederez, la lavada de cortinas, el corte de pasto de los tableros y la limpieza general. Si a esto le sumamos talleres sobre la ley de riego, la discusión sobre la necesidad de un mayor presupuesto para la educación intercalados por espacios de expresión corporal, tenemos un paisaje de desarrollo que no será el clásico curricular, pero que es seguramente tan valioso como este.
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