Se acercan las elecciones nacionales. Es más que oportuno repasar algunos conceptos de las ciencias sociales que ayudan a entender cuáles factores influyen en las intenciones de voto manifiestas, en las latentes, y en los posibles virajes drásticos tanto de las manifiestas como de las latentes. Antes que nada, definamos, para quienes no son científicos sociales, de qué hablamos cuando hablamos de intenciones de voto manifiestas y latentes.
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Hablamos de ‘manifiestas’ cuando se trata de los votos efectivamente depositados en las urnas o de las intenciones expresas de hacerlo por alguien en concreto. Hablamos de ‘latentes’, cuando no han sido manifiestas, pero pueden inferirse con cierto grado de probabilidad a partir del conocimiento de características de la persona que la hacen más probable votante de alguien y no de otras alternativas presentes. Son ejemplos de estas últimas las inferencias probabilísticas mediante las cuales se especula sobre la diversa probabilidad del voto de quienes no lo han manifestado, ya sea cara a cara, por teléfono fijo, móvil u online, así como las inferencias sobre la demanda que se hacen por los ofertantes desde la big data.
Podríamos listar los principales rubros que, combinados, producen las intenciones de voto por candidatos: su capacidad retórica para defender planes de gobierno futuros. Su capacidad retórica para defender realizaciones propias y de sus fracciones de pertenencia. Su capacidad retórica para defender la mayor bondad relativa de las propuestas y candidatos propios frente a los alternativos. Su campaña electoral, con foco especial en los debates con otros candidatos. Sus cualidades personales, que supuestamente se trasladarían a su gestión gubernamental. Y, por último, hechos públicos y privados que pueden ser leídos como significativos para prever conductas político administrativas.
Capacidad retórica
Se refiere a claridad conceptual, a expresividad para verter ideas y planes de gobierno, a una adecuada dosis de cifras y de ejemplos que los clarifiquen, y muy especialmente a la autenticidad que luzca para expresarlo. Es importante una fluidez no exageradamente académica, luminosidad en la mirada, presencia icónica en la expresividad facial, en especial boca y ojos. Y se subraya ‘capacidad retórica’ porque se entiende que es clave la capacidad de producir, como sabemos desde los griegos clásicos, no a partir de la literalidad de lo propuesto, sino más bien desde la habilidad para persuadir intelectualmente y de seducir emocionalmente, en conjunto y grado variable entre persuasión retórica y seducción emocional.
En muchos casos, no solo hay que defender de manera eficiente proyectos propios a futuro, sino también realizaciones pasadas, propias o de correligionarios, para lo cual se necesitarán aproximadamente las mismas cualidades retóricas (persuasión intelectual) y poéticas (seducción emocional), aunque con énfasis menos soñador que para la defensa de proyectos a futuro, y quizás, cierto énfasis diferencial en cifras absolutas y relativas breves, contundentes y fácilmente significativas. Habitualmente se requiere capacidad simultánea para defender proyectos propios y atacar realizaciones ajenas.
En tramos finales de las campañas electorales, y en debates con otros candidatos, amén de la defensa de los proyectos futuros, de la defensa de la gestión propia o correligionaria, y del ataque a los ajenos, futuros y pasados, se necesita capacidad para marcar la bondad relativa del pasado y futuro propios frente a los de otros, en especial de aquellos que son rivales actuales en debates, o que son objetivo estratégico más allá del debate en concreto.
Desempeño en campaña
El desempeño en una campaña electoral es el resultante de un acumulado en el tiempo de desempeños de actores políticos propios y adversarios. Pero, en determinados momentos -como pueden ser instancias dentro de campañas electorales o debates-, el foco público y de los mediadores de opinión pública se posa con particular expectativa en que esa intervención del candidato pueda hacer una diferencia mayor que otras instancias al interior de una carrera electoral.
Los debates son una instancia preferida para esas poco fundadas expectativas cruciales, pese a que las mediciones históricas de las ciencias sociales en elecciones no han arrojado como resultado que los debates hagan mayores diferencias, aunque pueden hacerlas en instancias de paridad manifiesta, y cuando los debates están ubicados en puntos de la carrera en que pueden influir en terminar con esa paridad.
La empresa Factum, al preguntar en una encuesta en qué medida el debate entre Martínez y Lacalle modifica sus respectivas intenciones de voto, obtuvo como respuesta que 94% no las había cambiado. Aquí proceden dos salvedades: la primera, que no necesariamente se reconoce que algo cambió una intención propia, en parte porque se prefiere aparentar que nada mueve convicciones, porque se cree que decir “yo siempre dije que…” y “yo soy de los que…” revela una mayor estructura y entereza que cambiar o confesar que se cambió; y la segunda salvedad se instala en que los debates y la exposición a argumentos no se hace tanto para elegir gallarda y racionalmente entre alternativas (teoría ingenua del proceso decisorio), sino como modo de adquirir nuevos argumentos para defender lo ya creído y como modo de aprender a atacar de nuevos modos a los adversarios.
Pensar y sostener que los debates electorales son fuentes de lúcida y valiente búsqueda de la verdad y de la realidad es de una patética ingenuidad. Es un error muy común que lleva a beneficiar a candidatos en desventaja, a candidatos que confían en su capacidad retórica superior, a productoras audiovisuales, a canales, a anunciantes, a periodistas especializados que buscan lucimiento y parangón con los poderosos. También beneficia a votantes, no tanto para decidir algo nuevo, sino para divertirse (‘politics as sports’), esperando rispideces y conflictos en vivo.
Agreguemos que tampoco es cierto que la gente se forma su propia opinión a partir de su presencia directa de personas, argumentos y actitudes en debates: si bien es cierto que la evaluación -como vimos en el caso de Brizola en Río de Janeiro, en los 80, en la penúltima columna- de la gente común, masivamente mayoritaria, es muy diversa de la académica y de la de la prensa especializada, también es cierto que cada vez más los mediadores de opinión -el ‘múltiple step flow’ que descubrió Lazarsfeld en la comunicación moderna- influyen antes, tiñendo con sus más elitistas criterios lo que sería una distinta y más espontánea evaluación masiva.
Es una dura carrera entre la espontánea evaluación masiva, amplificada potencialmente por las redes sociales, y la difusión prioritaria de la evaluación de elite, ambas compitiendo por su viralidad en las redes. La evaluación espontánea se manifiesta menos públicamente, invadida por la elitaria más difundida (lo mismo las opiniones en deportes).
Vale la pena agregar que en muchos casos la evaluación del desempeño de un candidato en un debate no se debe a su performance en él, sino a una opinión que ya se tiene a priori o a la simpatía o adhesión que le tengan al candidato a evaluar. El juicio sobre él y sobre su desempeño, en un debate, son cartas marcadas por a priori anteriores al debate y que no se deben a él, como quisieran inferir los autores del sondeo. Estoy muy acostumbrado a ver que personas con las que se simpatiza son adornadas con virtudes de las que carecen, y que personas antipáticas son criticadas por defectos que no poseen tampoco. La racionalidad y fair play comunicacionales son rara avis.
Características personales
Como la mayoría de la gente no tiene formación general ni información en particular sobre la mayoría de los temas que se debaten, los mismos no se evalúan tanto desde la mejor o peor cobertura del pasado o del futuro en esos temas por el debatiente, sino más bien por las cualidades de gobernante, estadista, persona con autoridad o con virtudes administrativas o políticas en sentido acotado que exhiba el candidato debatiente. Y esas virtudes están inspiradas en la cotidianeidad de los que tienen poder en ámbitos privados, sobre los que se tiene más experiencia que sobre el ejercicio del poder en ámbitos públicos.
La gente es más capaz de apreciar el grado en que un candidato pueda ser un buen gobernante, en general, que del grado en que pueda saber sobre temas en concreto. Se trata de exhibir trazos personales privados capaces de generalizarse a la gestión pública, en el concepto de los evaluadores masivos. A mayor educación y formación política o temática de los evaluadores de los debatientes, mayor uso de los criterios elitarios para juzgar a los candidatos; a menor formación, mayor recurso a criterios privados trasladables. Ya decía Aristóteles que la argumentación retórica debía depender de la audiencia objetivo, que, recalquemos, es variada y de variopinta composición; ciencia y arte el saber a qué atenerse cada vez.
Hechos significativos protagonizados
Finalmente, y sin desarrollarlo, algunos hechos puntuales acarrean calificaciones y descalificaciones ad hominem; junto a lo anterior, suman para la creciente importancia que la judicialización mediática de la política posee en la cultura política actual. Es más rentable adjudicar vicios privados y hechos desventurados a candidatos que focalizar temas y propuestas que la gente no usará mucho en sus evaluaciones.