La mujer descalza, Sholastique Mukasonga
Esa memoria que no cesa de doler
La escritora franco-ruandesa Scholastique Mukasonga, sobreviviente del exilio y testigo del exterminio de su familia, escribió un libro llamado La mujer descalza, esa publicación le brindó la posibilidad de duelo que la historia le negó.
La novela comienza con una confesión desgarradora que en este aniversario, resuena con particular fuerza:
"Mamá, no estuve ahí para cubrir tu cuerpo, y no tengo más que palabras —palabras de una lengua que no comprendías— para cumplir con lo que me pediste. Y estoy sola con mis palabras, con estas pobres frases que, sobre la página del cuaderno, tejen y retejen la mortaja de tu cuerpo ausente".
Stefania, la madre que da título al libro, fue asesinada junto a todos los tutsis de Nyamata en abril de 1994. Antes de morir, había advertido a sus hijas: "Cuando yo muera, sobre todo cubran mi cuerpo con mi pagne, nadie debe ver el cuerpo de una madre". Mukasonga no pudo cumplir ese último deseo porque los restos de su madre desaparecieron, como los de tantos otros, en las fosas comunes.
Escribir para no olvidar
La autura ha declarado en numerosas ocasiones que se convirtió en escritora por "un deber de memoria". Ese deber es doblemente urgente cuando quien escribe es la única superviviente de su linaje, cuando sobre sus hombros recae la responsabilidad de ser la voz de quienes fueron silenciados para siempre.
"Me tomó diez años encontrar la fuerza para volver a casa, a Ruanda, a Nyamata, donde mi familia había sido deportada en 1960 y de donde salí hacia el exilio en 1973. Ahí es donde toda mi gente fue asesinada en 1994. Pero cuando finalmente regresé, no encontré nada. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo era el único recuerdo de todos los que habían sido exterminados en mi pueblo".
"Este libro es el sudario con el que no pude vestir a mi madre".
Una literatura de resistencia
Lo extraordinario de La mujer descalza es que Mukasonga no se detiene en el horror explícito del genocidio. En lugar de eso, reconstruye el mundo que existía antes, ese universo de rituales, tradiciones orales, cultivos de sorgo y cervezas de plátano que los genocidas quisieron borrar para siempre.
La crítica especializada ha señalado que Mukasonga "pinta un cuadro poético y nostálgico de su Ruanda natal", evitando adentrarse en representaciones gráficas de la brutalidad . Esta decisión constituye la afirmación de que la verdadera victoria sobre el odio es recordar lo que el odio intentó destruir.
Las mujeres de Nyamata (su madre Stefania a la cabeza) aparecen en el libro como heroínas de la resistencia cotidiana: inventando escondites en los arbustos espinosos de la sabana, cavando agujeros para guardar alimentos, tejiendo redes de solidaridad en medio del terror . Mukasonga nos recuerda que, incluso en las condiciones más adversas, la vida intenta abrirse paso.
Tragedia humana, responsabilidad colonial
Hoy, en este aniversario, las palabras de Mukasonga adquieren una dimensión universal. Porque el genocidio de Ruanda no fue solo una tragedia africana, sino un fracaso de toda la humanidad. Como ha señalado la autora, la comunidad internacional miró hacia otro lado mientras los cascos azules de la ONU abandonaban a los tutsis a su suerte, y las antiguas potencias coloniales Bélgica y Francia cargaban con la responsabilidad de haber sembrado las semillas del odio al jerarquizar étnicamente a la población.
El presidente ruandés, Paul Kagame, lo expresó con crudeza en la conmemoración del trigésimo aniversario:
"Nuestro viaje ha sido largo y duro. Ruanda se vio completamente abrumada por la escala de nuestra pérdida y las lecciones que aprendimos están grabadas con sangre".