Por Ricardo Pose
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La izquierda no nació en la institucionalidad ni en el gobierno. Esta afirmación, que puede parecer de perogrullo, tal vez no lo sea para los botijas que se criaron bajo los gobiernos frenteamplistas y quizás para muchos que votaron por primera vez al Frente Amplio (FA) en 2004.
Hay un relato mayoritario en la izquierda -que por suerte vino a sacudir Graciela Villar- en el que la trazabilidad histórica pasa por el proceso y la acumulación electoral desde 1971 a la fecha. Como si la pertenencia al movimiento popular, esto es, al sindicalismo, al movimiento cooperativo de vivienda, a las organizaciones sociales, a los comités de base frenteamplistas en los territorios, solo fuesen una expresión electoral. Como si la oposición política fuera sujeto de alternancia en el gobierno y no representante de la oligarquía.
Como si los cientos de jóvenes movilizados en sus gremios estudiantiles y barrios, en sus fuerzas políticas, aun sin ejercer el derecho al voto, no hubieran formado parte del líquido amniótico y la esencia de ser de la izquierda.
De pronto, en función de la valoración de la gestión de gobierno, aparece un nuevo sujeto, una nueva sensibilidad que va más allá del militante y pone en juego la pertenencia, el ser; un despechado político que lleva pomposamente el adjetivo de “desencantado”. Con una fácil inclinación al enojo y la molestia, amenaza, desde la comodidad de no asumir responsabilidades, con no saber si va a volver a votar a la izquierda.
En general, no pertenece a ningún sindicato, o como mucho sostiene una afiliación; en otros casos, trabaja por su cuenta o es empleado público. Exige al gobierno frenteamplista lo que el capitalismo no le puede dar; se comió el capitalismo, claro. O se enojó mucho por el funcionamiento orgánico de la fuerza política como si esta fuera un proyecto acabado y perfecto.
Y mientras hace gala de su desencanto y los jefes de campaña van por su voto, observa desde su mejorada situación las banderas frenteamplistas en algunos ranchos de asentamientos, cierra los tímpanos a cierta masa inculta y fanática que tercamente vota al Frente y, como no puede desprenderse del todo de lo que alguna vez fue, espera la próxima Teletón para aportar vía telefónica.
Zona de confort
Hasta antes de 2004, los militantes de izquierda se reconocían a sí mismos como luchadores sociales; organizaban sindicalmente trabajadores, estaban al frente de algunas ocupaciones de terrenos y organizaban las comisiones barriales, los merenderos, las ollas populares, las ferias de trueque, disputaban terreno a los vendedores de humo en nombre de Dios o a los punteros criollos de los partidos tradicionales.
En paulatino pero constante goteo, convocados a algunas responsabilidades políticas o institucionales, algunos dejaron de ser asentados para volver a ser inquilinos o propietarios y las respuestas que antes buscaban junto a la gente, por sus propios medios, con un Estado que les resultaba burocrático y hostil, ahora las ceden, solicitan, a los técnicos y los programas sociales.
Ya no comparte el transporte público que habilitaba a una conversación sobre lo familiar, lo íntimo y lo político porque ahora va en su propio medio de transporte; y, además, su agenda ya no tiene espacios para esas jornadas en las que ir a compartir unos mates.
Su militancia, en caso de seguir, ingresó en una zona de confort; la pobreza son números en la estadística y, aunque conoce los rostros de quienes pasaron la franja de indigencia o dejó de ser pobre, no siente que deba insistir con el relato que antes permitió optar por un médico oncólogo o un floricultor como presidentes de la República.
La lucha política hallo su zona de confort; debates televisivos ocurren en las redes, encendidos discursos desde las tribunas y poltronas legislativas.
También quienes dejaron de ser pobres, ingresaron a su zona de confort, y en esa suerte guerra de pobres contra pobres, todos se van acomodando en los palos del gallinero, alentados por un consumo compulsivo y un individualismo exacerbado. Les cuesta reconocerse entre quienes quedaron atrás y, con suerte, se permiten un poco de compasión hacia ellos.
Quizás, esta sea una de las tantas causas por las que los técnicos (asistentes sociales) quedan perplejos cuando los barrios no se empoderan de la infraestructura comunal o no terminan de integrarse a sus programas sociales.
Mano de obra barata
Todo aquel que invierte capital, sobre todo en las inversiones más modestas, no solo busca la forma de achicar la carga tributaria, cuando no evadirla, sino, en caso de necesitarla, abaratar costos del laburante.
Los inmigrantes han venido a ocupar espacio y resolver el dilema de cierto orgullo oriental. Quienes rechazan trabajo por las pésimas condiciones o por considerar que los ingresos no se correspondían a la labor, vienen siendo suplantados por mano de obra inmigrante, no solo más barata en el monto del jornal, sino en la evasión de aportes.
Los carteles que lucen algunas superficies comerciales de autoabastecimiento, estaciones de servicio, taxímetros, locales de comida rápida y otros comercios dan buena cuenta de este fenómeno: directamente se solicita mano de obra centroamericana.
No especulan haciendo llamados abiertos y, a su manera, han encasillado al pobrerío entre criollos e inmigrantes.
El sectarismo
En período electoral los niveles de tolerancia bajan; si aquella familia vive en un rancho en medio del barro y con techos de chapas, pero luce cartelería de un partido opositor, seguramente se la hará responsable de su propia pobreza. La disputa electoral lo abarca todo y la condición de su pobreza, de su marginalidad, es el resultado natural de sus pésimas opciones político electorales y no del sistema en el que le tocó vivir.
La mejora de su situación depende de su cambio de actitud y su adhesión a determinado líder, borrándose mágicamente las fronteras de clase. Es una suerte de meritocracia sin más mérito que poner otro papelito en la urna. Pero si dejó de ser pobre, y sus expectativas cambiaron, si finalmente, como lo ha demostrado la historia de la humanidad, su necesidad vuelve a quedar insatisfecha, porque mejoró su vivienda, pero no puede acceder al auto propio, o mejorar sus ingresos para acceder al plasma, si proyecta esa insatisfacción en las políticas de gobierno, se lo alecciona con el ejercicio de ponerse a pensar lo mal que estaba antes, sobre todo cuando no gobernábamos nosotros; del todo pasado fue mejor, se pasa a la conservadora frase “Acordate de cómo estabas antes y cómo estas ahora”.
La discriminación
Agenda de derechos mediante, la sutil discriminación oriental campea; ser gay, travesti, lesbiana, negro, adicto, inmigrante, discapacitado, también tiene su condición de clase. Todas esas condiciones los hacen diferentes y más lejanos y extraños cuanto más pobres sean.
La pequeña burguesía baila al ritmo de Rada, pero se enreja ante los vecinos afros en Villa Española. La mae Alondra, que antes era el pae Miguel, comparte exclusivos salones de fiesta, mientras Natalia, que antes era José, se prostituye en una esquina con el collar de Oggun en el cuello.
Reyes de la aporofobia
El pensamiento de derecha, que no solo encarnan los líderes políticos, es la matriz ideológica de la aporofobia. También se puede ser pobre, marginado, de derecha y, seguramente sin saberlo, aporofóbico. Hay un pobrerío que se siente, en la voz universitaria, ajeno a muchos de los derechos obtenidos por sus iguales.
Y antes que esto se convierta en la letra de un tango de Discepolo, aclaramos que no lo es. Imbuido de este aparente escepticismo, apuestan a ubicar la lucha política -en particular este octubre de 2019-, trascendiendo los papeles que se pondrán en la urna, en la mismas trincheras y recuperar los trilles que nos dieron la razón de ser, aun manteniendo el Poder Ejecutivo un cuarto período.
El 1º de noviembre, sea cual sea el resultado, volveremos a tener los mismos problemas como especie y pensar en cómo afrontarlos es una apuesta real contra la aporofobia y por rescatar nuestra esencia de izquierda.