Ahora conocemos una manera en que el imperio se hace notar, no con particular sigilo. El embajador Rinaldi le pidió una entrevista al presidente el mismo día que Uruguay fue incluido en una lista de 75 países en que se restringieron los requisitos para otorgar visas de inmigrantes. No parece gran cosa si sólo fuera para avisarnos de lo que ya sabemos y nos enteramos por la prensa. Algo más tendrá para decir que no ha trascendido ni trascenderá.
Creo que nadie puede ignorar aunque a veces parecemos olvidarlo que entre los llamados poderes fácticos está el de la sede diplomática de la calle Lauro Müller, pero en estos días, bajo el amparo de la llamada Doctrina Monroe y su versión trumpeana, se hace demasiado evidente.
Que Dios nos ampare.
Ya nos dijo Trump que presionar más a Cuba era imposible, que ya se habían hecho todas las presiones y los cubanos habían mostrado “lo que hay que tener”, que ahora sólo quedaba arrasar con y hasta poner a ese monstruo que se llama Marco Rubio de presidente de Cuba.
Me pregunto si en la ocasión de la visita del señor Rinaldi no sería digno, al menos, decir sin alzar la voz que Cuba no está sola. La oportunidad podría ser inmejorable. En su otra vida el canciller lo habría expresado…
Miradas divergentes sobre Venezuela
La posición de Uruguay sobre lo sucedido en Venezuela parece categórica de acuerdo a los pronunciamientos conocidos hasta ahora. Para ser precisos: estamos en contra de la agresión militar norteamericana y la “extracción” de Maduro del lugar donde dormía porque lo dijimos con los gobiernos de Chile, México, España, Brasil y Colombia.
Al presidente no le disgusta que el “dictador” haya sido secuestrado. Tampoco encuentra motivo válido para reconocer a la presidente encargada Delcy Rodríguez porque sería tan ilegítima como Maduro y lamenta que el carácter dictatorial del Gobierno de Venezuela no ha cambiado.
En suma, a Yamandú no le alcanza la prisión de Maduro y se sentiría mejor si asumiera, supongo que bajo la tutela de Trump, el inefable Edmundo González o, mejor aún, Corina Machado, quienes, según declarara Donald Trump, no tienen apoyo suficiente en Venezuela.
De legitimidad ni hablemos, porque la legitimidad, según la Doctrina Monroe, sale por el cañón del fusil o por las sanciones comerciales, financieras y militares que son capaces de ahogar y hambrear a un pueblo digno.
Si entendí mal que me corrijan, pero si no fuera porque nos tironeaban Brasil, Colombia y México, y nos acompañaban Chile y España, Uruguay hubiera preferido que la intervención norteamericana en Venezuela no se hubiera limitado a apresar a Maduro sino que además hubiera acabado con ese pujante y revolucionario experimento social que se llamó chavismo. Muerto el perro, se habría acabado la rabia. Pero parece que ni Donald Trump cree eso.
Pero no voy a seguir con esto porque me da “cosita” encontrarme tan desencontrado con compañeros a los que desconozco haciendo tal vez menos de lo posible y no lo necesario en sus actuales difíciles responsabilidades de gobierno.
Intentemos abstraernos por un rato de lo ocurrido en Venezuela, donde las fuerzas especiales de los Estados Unidos secuestraron al presidente y a su esposa y se los llevaron engrillados para ser exhibidos con traje naranja y ponerlos a disposición de la Justicia del imperio.
De lo que ocurrió sabemos muy poco y todo es muy confuso, a excepción del asesinato vil de un grupo de soldados cubanos que murieron cumpliendo con su deber. Lo demás que imaginamos o creemos saber son por ahora especulaciones que tal vez el tiempo permita comprender en sus múltiples derivaciones.
Un poco de historia para entender dónde estamos hoy
De un plumazo hablemos de la tan conocida Doctrina Monroe y su derivada moderna, el “Corolario Trump”. A su amparo, los viejos como yo conocimos de la invasión de Guatemala y el derrocamiento de Jacobo Árbenz, la intervención militar en Granada y el fusilamiento de su primer ministro, Maurice Bishop, la invasión a Panamá, la intervención descarada en El Salvador y Nicaragua, y, para no olvidarme, la destitución del presidente de República Dominicana Juan Bosch y la contrarrevolución que derrotó al coronel Caamaño, quien se levantara en defensa de la Constitución y fuera derrotado por una intervención directa de los Marines norteamericanos.
Por las dudas, hablando de coroneles, recuerdo en este momento, en que hace falta encontrar ideales y actores capaces de resistir al imperio, que la tarea estratégica que tenemos por delante es para todos los patriotas, como decía Seregni, de milico o de paisano.
Esta última invasión, ocurrida en 1965, fue recordada hace unos días por Yamandú Orsi porque recibió una dura condena del Gobierno blanco de la época, presidido por Washington Beltrán, para hacer historia, de los más pitucos del Partido Nacional, dueño de El País, para ser más elocuente. Curiosamente, la tal condena es bastante más radical y antiimperialista que la del actual Gobierno frenteamplista.
Antes aún, cuando ni yo ni mi padre habíamos nacido, Estados Unidos, bajo la sombrilla de Mr. Monroe, robó una tercera parte de México, invadió Cuba, intervino en Haití, se apoderó de Puerto Rico…
Antes de Marx y Lenin, Simón Bolívar decía que “los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
Un intelectual uruguayo logró identificar bien las raíces del problema. No era zurdo, mucho menos comunista, y su obra fundamental ya la había escrito antes del Octubre Rojo de 1917. Se llamaba José Enrique Rodó y advertía que el rechazo de toda intervención extranjera debía ser uno de los fundamentos esenciales de toda política internacional americana.
Breves apuntes a vuela pluma sobre la crisis del imperio
Que como acto reflejo de una debilidad interna de los Estados Unidos se produzca un ataque a América Latina no puede sorprender a nadie. Es la conducta habitual de las potencias hegemónicas que el politólogo estadounidense Graham Allison llamó la Trampa de Tucídides. Este analiza la conducta beligerante de los imperios cuando pierden su hegemonía, se derrumban y entran en su fase de decadencia. La prepotencia pasa a ser la única ley y las reglas de convivencia entre personas, pueblos y naciones pasan a ser cosas del pasado, si alguna vez existieron.
Hoy por hoy, de golpe, todo aquel que haya nacido al sur del Río Bravo puede quedar bajo sospecha de ser narcotraficante, terrorista y comunista, y violentamente transportado en primera clase a las playas de Guantánamo o a las cárceles de Bukele, el dictador salvadoreño cuyos manuales de represión nos sugieren “habría que estudiar” para aprender cómo los chanchos pueden apoyar a Cattivelli, como dijera gráficamente Pepe Mujica.
Luego de Venezuela llegó la amenaza de invadir Colombia, bajo argumento de salud pública de los estadounidenses, que aparentemente estarían consumiendo demasiados productos tóxicos con denominación de origen en la selva colombiana.
Y como el sur le queda chico al poder desenfrenado del imperio, el polo norte y sus tierras raras enterradas bajo los glaciares quedaron por encima del radar, para citar a ese gran pensador de la geopolítica que se llama Gabriel Oddone, al que el GPS ubica incuestionablemente en el Occidente judeocristiano del “pretérito mundo basado en reglas”.
Así es como apareció Groenlandia en el radar del pederasta Donald Trump. Es un páramo de nieve cuyos esquimales, perros, osos, pingüinos y trineos parecen haberse convertido de la noche a la mañana en una amenaza existencial para la seguridad de los Estados Unidos, un territorio necesario para los americanos del norte en su delirante propósito de constituir los perímetros de su espacio de vida, para controlar las rutas del ártico y las inmensas riquezas hundidas bajo miles de kilómetros de hielo.
En 1935 Alemania recuperó referéndum mediante los territorios de El Saret, bajo mandato de la Sociedad de las Naciones luego del Pacto de Versalles. No pasó nada. En marzo de 1938 el régimen nazi dio un paso más y anexó Austria.
Meses después le llegó el turno a la región de los Sudetes, perteneciente a Checoslovaquia. Nadie hizo o dijo nada.
Pasado ese invierno, en marzo de 1939 Hitler empezó a reclamar a Polonia por el corredor de Danzig, conflicto que terminó desencadenando lo que la historia marca como el inicio de la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de ese año.
El corolario de ese propósito nazi fascista de dominar el mundo lo conocemos. La amenaza que este conflicto implicaba para la seguridad de las Américas llevó al presidente Franklin D. Roosevelt a preocuparse por los países del Cono Sur, que contaban con grandes colonias de inmigrantes provenientes de Alemania e Italia, los países del Eje.
La región hizo malabarismos para mantener los equilibrios y ofrecer paz y seguridad para sus habitantes. Getúlio Vargas sumó a Brasil al esfuerzo aliado. Perón se mantuvo neutral en una posición que era percibida cercana al Eje. Con algunos gestos de “independencia”, quizás un poco ficticios, como el “no a las bases” de Herrera, Uruguay se mantuvo prudentemente dentro del bloque Aliado.
Para lograr esto, Roosevelt enterró la odiada Doctrina Monroe para sustituirla por la del “Buen Vecino”. El poder militar fue reemplazado temporalmente por el poder de la influencia política y cultural.
Esta estrategia con diversos nombres, Alianza para el Progreso, Alianza para las Américas, etc., se mantuvo más o menos incambiada hasta el mes pasado. Tuvo rostros distintos, más o menos sonrientes, más o menos brutales.
Ni siquiera durante la década de los 70 Estados Unidos tuvo necesidad de intervenir directamente. Contaba para ello con élites políticas, económicas y mediáticas que le permitieron orquestar una reguera de golpes de Estado que pusieron a las Fuerzas Armadas como carro jefe en el corso de intereses de las oligarquías. Todo bajo el estandarte de una lucha contra “el comunismo” que en estos días parece haber retornado convenientemente.
Ese fetiche llamado dólar que nos rompe la cabeza
Para Uruguay, la decisión no fue complicada. Gran parte de su comercio exterior y el sistema financiero estaban anclados en el Reino Unido y su moneda, la libra esterlina.
Hoy la situación de Uruguay y de los países de la región parece ser muy diferente. Como exportadores de alimentos, energía y minerales, nuestro principal destino de exportación es China. Sin embargo, por ahora los pagos son hechos en dólares americanos, transferidos a corresponsales en Nueva York. Los ahorros de los uruguayos son depositados puntualmente por la banca pública en sus corresponsales en Nueva York.
Las reservas del Banco Central también se guardan en los bancos de las metrópolis del Occidente desarrollado.
Digamos que 40.000.000.000 (cuarenta mil millones de dólares de los uruguayos) pasan la noche en los bancos de Occidente a salvo de los rateros, pero en una seguridad cada día más frágil, aunque los creamos a salvo de cualquier contingencia.
En caso que la potencialidad de conflicto por el “espacio vital” se convierta en energía cinética, esta combinación nos puede generar varios problemas. En primer lugar, si se produjera un bloqueo a China, ¿a quién le venderíamos? Y en caso de que le pudiéramos seguir vendiendo, ¿cómo haría China para pagarnos en dólares si sus cuentas llegaran a estar bloqueadas?
Pongamos el ejemplo del arroz que vendíamos a Irán. Irán quería comprarnos arroz y nosotros queríamos vendérselo, pero las sanciones a Irán les impedía comprarnos, o nosotros no podíamos cobrarlo. Hoy Irán compra el arroz en mercados asiáticos y nosotros buscamos nuevos mercados. Ni siquiera pasamos por debajo del radar. Somos invisibles aunque tengamos un canciller con ínfulas.
Alguien puede creer que soy un poco obsesivo, pero inevitablemente, cuando reflexionamos sobre estos temas, nos acordamos de Guillermo Tolosa y su preocupación por diversificar fuera del dólar.
¿Será que además de promover el peso como moneda de intercambio, el Banco Central debería también explorar mecanismos de pago más acordes a la realidad de nuestro comercio exterior? Así como podemos ir al BROU y abrir una cuenta en dólares o en euros, el mercado financiero no podrá permitir que depositemos nuestros ahorros en yuanes.
Claro que, si nos quedamos a esperar lo que digan la OCDE, Kaja Kallas o Úrsula von der Leyen, la respuesta puede llegar demasiado tarde. Es momento de pensar sería y estratégicamente sobre las implicancias de un mundo en guerra en donde sólo una política valiente, digna y soberanista podrá hacer valer nuestra independencia.
Busquemos formas adecuadas de cuidar el trabajo y el ahorro de los uruguayos, incluyendo una política exterior nacionalista e independiente teniendo presentes las palabras de Artigas cuando afirmaba que todo tirano tiembla y enmudece ante al andar majestuoso de los pueblos libres.