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Editorial Trump | Donald Trump | Venezuela

Trump y la geopolítica del caos

Esta geopolítica del caos que busca instalar Donald Trump significa el fin declarado de cualquier tipo de legalidad internacional y obliga a los países del amplio sur a organizarse para plantar cara y no terminar siendo una colonia.

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Van dos semanas de 2026 y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ya decidió secuestrar al presidente de Venezuela, radicalizó el despliegue de su Gestapo contra los inmigrantes y opositores dentro de su propio país, estrechó el cerco económico contra Cuba, amenazó con una invasión y señaló que Marco Rubio sería su nuevo presidente, insistió con que se va a quedar con Groenlandia y puso a sus socios de la OTAN a discutir cómo harán para defenderse del aliado, desplazó medios de guerra hacia Medio Oriente para atacar a Irán en el contexto de protestas que reclaman el regreso de un Sha, naturalmente fogoneadas por el Mossad y la CIA, impulsó una investigación contra el jefe de la Reserva Federal, afirmó que no debe haber elecciones de medio término cuando todo indica que las va a perder, dejó a más de 70 países con las visas congeladas y sentenció que el que está a favor del libre comercio está a favor de China.

Como es evidente, son las semanas frenéticas de un megalómano que no tiene un proyecto político más trascendente que la ambición personal de ejercer un poder total, ahora que está viejo y que, probablemente, la vida se le va. Pero, por eso mismo, por el carácter patológico del personaje es que el mundo está enfrentando un escenario de incertidumbre mayor: cualquier cosa puede pasar si a una superpotencia nuclear la gobierna un truhan que además se regodea en su desmesura, rodeado de alcahuetes y bribones ultrafascistas que, además, se la cree y no tiene nada que perder.

Las acciones de Trump han permitido observar las repugnantes muestras de sumisión de las que son capaces los cipayos, así como apreciar, una vez más, la facilidad con la que la derecha es capaz de congratularse de que bombardeen un pueblo hermano o aún tu propio país. Ese odio que conviene no olvidar, como decía Osvaldo Soriano, es el odio de los que no tienen más patria que sus privilegios y, si la disyuntiva se diera en Uruguay, preferirían que bombardeen la Plaza Independencia antes que aceptar una inversión de lo que conciben como el orden natural de las cosas.

La geopolítica que propone el presidente de los Estados Unidos es la geopolítica de un garrote trasnochado, porque se dieron cuenta de que lo único que verdaderamente tienen es el poder militar y el control del sistema financiero internacional, pero el declive imperial es inevitable: EEUU ya fue desplazado como primer socio comercial del mundo por China, y China le propone a sus interlocutores condiciones mucho más favorables para los negocios. En primer lugar, es un mercado cinco veces más grande; en segundo término, China no invade ni pone condiciones político-militares, porque China no tiene vocación imperial ni lleva adelante políticas expansivas o injerencistas. China hace negocios: compra e invierte, pero nunca se mete con las definiciones soberanas de los países. Como si fuera poco, China también ha superado a los Estados Unidos en casi todos los rubros de la investigación científica y la innovación tecnológica, y no falta mucho tiempo para que lo deje atrás en todo el resto, incluyendo cualquier medición seria sobre bienestar, cohesión interna, estabilidad política y previsibilidad institucional.

Como presidente de un imperio en caída, la estrategia de Trump es dividir el mundo en zona de influencias y, en esa repartija, quedarse con el control total de su patio trasero. Por eso lleva adelante estas aparatosas operaciones de control y disciplinamiento. Sin embargo, tiene un problema anterior e interior: EEUU es una sociedad con niveles de polarización notables y atravesada por una desigualdad astronómica, con un conjunto de magnates que, además de controlar los grandes medios de comunicación y las tecnologías de la información occidentales, ya casi alcanza los trillones de dólares de patrimonio, mientras miles de jóvenes derivan como zombies, drogados hasta la manija, y millones de estadounidenses no tienen asegurada la cobertura médica ni los derechos más elementales.

Esta geopolítica del caos que busca instalar Donald Trump significa el fin declarado de cualquier tipo de legalidad internacional y obliga a los países del amplio sur a organizarse para plantar cara y no terminar siendo una colonia. La teoría de que se puede pasar por debajo del radar, vivir sin que se note, caminar por el mundo cabizbajo y chiflando bajito para no ofender a nada ni a nadie no tiene chance de prosperar. Por eso, no hay que ser temerario ni genuflexo: hay que actuar con decoro y con dignidad. Con principios, que no pueden soslayarse en nombre del pragmatismo, pero, sobre todas las cosas, con noción de patria.

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