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Editorial gobierno | Comunicación |

Nuestra crisis

La crisis política que vive el gobierno no se va a resolver negándola, desconociéndola ni hablando de otra cosa.

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Van 15 meses de gobierno y de lo que se trata en los restantes 45 meses de este período es de gobernar bien y cumpliendo a rajatabla el programa aprobado por el Frente Amplio. Los que tengan aspiraciones, conviene que pongan a descansar la ambición y se concentren en la de conducir el país, porque el 2029 está lejísimo y hacer una buena gestión que mejore la vida de la gente es la tarea fundamental de la hora, y no conformar a los mercados ni a los empresarios, ni a los tecnócratas ni a los medios de comunicación, ni a los personeros del adversario. Después de todo, la política no puede reducirse al arte de la campaña permanente ni a un torneo de esgrima entre lenguas bífidas, porque la disputa por el poder solo tiene sentido si se acompaña de un compromiso auténtico con el porvenir del país y, especialmente, de los más frágiles.

La crisis política que vive el gobierno no se va a resolver negándola, desconociéndola ni hablando de otra cosa. Pero los tiempos y condiciones de su desenlace no están en nuestras manos. Lo único que sí puede y debe hacer el gobierno con el asunto de la compra de la camioneta del presidente es brindar toda la información que haya y dejar que los organismos que deban investigar hagan su trabajo, sin presiones y con el respaldo institucional que se corresponden con una democracia. Ni el drama ni el ocultamiento tienen sentido, porque a la gente no le gusta que se la subestime y el pueblo es capaz de distinguir entre un enredo y una barbaridad.

La fuerza política ya sabía hace rato que la militancia estaba disconforme porque el Gobierno no se parecía a sus expectativas. A muchos les costaba entender, porque cotejaban una planilla de excel contra un paquete de compromisos elaborados por una agencia, como si la cosa se tratara de agotar una lista en el supermercado, bajo la hipótesis absurda de que la gente había votado a la fórmula Frente Amplio por un conjunto cerrado y acotado de cosas simples y no por el acumulado de sueños y convicciones de más de medio siglo que a tanta gente le costó años de libertad, años de vida, de persecución, de cárcel, de exilio, de miles de kilómetros de avenidas, de pegatinas, de conflictos, de lucha, que ha sido cruel y ha sido mucha, como dice el tango.

Pero lo que quizá no esperábamos tan rápido es que esa insatisfacción de los más próximos se hiciera evidente en el resto de la sociedad y cuando apenas se cumple un cuarto del gobierno ya haya una sensación de partido liquidado, de gestión sin logros, sin recursos, y liderazgo sin ideas y sin fuerzas como para remontar el resultado.

Pero bueno, las cosas son así y no vale la pena llorar sobre la leche derramada. El único camino digno y, por cierto, el único que le cabe a una fuerza política de izquierda es corregir y gobernar bien. Apechugar, hacer de tripas corazón y transitar este momento hostil con la cabeza en alto y reuniendo iniciativas para relanzar el gobierno, aprovechando la rendición de cuentas que se aproxima para discutir ideas fuerzas y políticas públicas de calidad a favor de la gente, sobre todo de los niños y las niñas, de las personas en situación de calle, de los jubilados y los trabajadores que ganan menos, de los barrios con más dificultades. No puede haber otra estrategia que llevar adelante el programa y cumplir con la sociedad.

Por más que nos matemos discutiendo los problema de comunicación del Gobierno, hay que hacerse cargo de las macanas y dejar de atribuir todo al problema de comunicación. O, en todo caso, asumir que será un problema de comunicación del presidente Orsi o de los cuatros medios que eligió para informar a la sociedad. Ahora bien, la izquierda es mucho más que el presidente, y el Frente Amplio es mucho más que un elenco inevitablemente transitorio más allá de sus ínfulas. Y como la organización es más importante, sería bueno evitar que esta crisis se llevara puesta a la herramienta. Recordemos siempre que los dirigentes pasan, pero la gente queda.