El pensamiento de los reformistas (así eran tildados en los primeros tiempos), que muchas veces ha sido malinterpretado y radicalizado, viene de varias raíces bien definidas, en general, por los autores. Batlle se consideraba un reformista, por tanto, negaba la violencia de una revolución para cambiar lo establecido. En su humanismo, traducido en su confianza en el hombre para generar cambios en paz, dentro de una estructura más o menos liberal y democrática, el voto aparece como un arma más eficaz que la violencia. En consecuencia, negaba uno de los preceptos básicos del socialismo: la lucha de clases. En El Día escribió: “No hay que proclamar ni aceptar esas doctrinas de infortunio y de muerte. En todas las clases hay hombres buenos y hombres injustos, y en todas, la mayor parte de ellos renunciaría con gusto a una porción considerable de lo que posee si se aplicara un plan de vida que asegurara el bienestar de todos”. De este modo consideraba la justicia social conciliada con la libertad social. El Estado aparece entonces como el hacedor de esta redistribución, a través de las leyes sociales, defendiendo a los “más débiles”: mujeres (ley de divorcio), ancianos (pensiones), niños (educación secundaria), enfermos (asistencia pública), obreros (ley de ocho horas). “El escudo de los pobres”, que hacía que los ricos sean menos ricos para que los pobres sean menos pobres. Escriben José Pedro Barrán y Benjamín Nahum: “El Estado reformista no pretendía destruir el sistema, sino sus excesos”. A su vez, la función del Estado era la de defender el “patrimonio” nacional. De esa forma las nacionalizaciones, estatizaciones y el proteccionismo (tenue en general) serán también una forma de reformismo. Las reformas estructurales del sistema tenían que ver con el Estado (colegiado, educación, secularización) y una reforma en los partidos. La democratización para Batlle debía nacer desde la ciudadanía, a partir de los clubes seccionales (a las que Batlle daba el estatus de escuelas de civismo), los comités departamentales, la Comisión Nacional, el Comité Ejecutivo Nacional hasta llegar a la Convención del partido.
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Las influencias, a grandes rasgos, del reformismo según José Claudio Williman, en su Historia económica del Uruguay, son: las corrientes espiritualistas y positivistas, el krausismo y el georgismo. La doctrina del filósofo alemán Krause, que llegó a Batlle a través de su discípulo E. Ahrens (1808-1847), constaba en que el derecho debía ser la condición de desarrollo de la sociedad. Por otra parte, el georgismo, doctrina basada en el pensamiento de Henry George (1839-1897), se sostenía en un cambio del sistema tributario a partir de la renta del suelo.
Es complejo etiquetar el reformismo, por tanto, finaliza Williman: “Su pensamiento inorgánico fue ante todo una respuesta solidarista y humanista a los problemas que en su época cuestionaron el régimen social, político y económico vigente”. Por su parte, Carlos Real de Azúa, siempre acertadamente poético, sobre el ser humano según el batllismo, acotaba: “Concepción romántico-anárquica-naturalista, un poco a lo Ibsen, del individuo y las construcciones sociales”.
Con meridiana claridad, escribe Gerardo Caetano en su libro La república batllista:
“[…] el batllismo -como han dicho Barrán y Nahum- nació en ‘cuna de oro’ del Estado, dueño a esa altura de una incontrastable fuerza militar (confirmada dramáticamente en 1904) y agente renovado de una práctica interventora en la economía y la sociedad. Nació también dentro de la matriz de la vieja tradición colorada, cuyas piezas claves eran el ejercicio mismo del gobierno (que detentaba desde hacía cuatro décadas) y la identificación con el Estado”.
Dentro de las reformas que intentó llevar adelante el batllismo (algunas de las cuales no se llevaron adelante en su totalidad), podemos encontrar -siguiendo a José Pedro Barran y a Benjamín Nahum- seis caminos a transitar: una reforma económica, una reforma social, una reforma rural, una reforma fiscal, una reforma moral y una reforma política.
Prosigue Caetano: “El itinerario de aquel primer batllismo es reconocible en una serie de reformas desarrolladas en varios escenarios de la vida del país. Su plan de transformaciones, que bregaba antes que nada por la integración moderna del país, discurrió por seis grandes andariveles: la reforma económica (nacionalizaciones, estatizaciones, promoción de la industria vía proteccionismo); la reforma social (apoyo crítico al movimiento obrero, otorgamiento de una legislación social protectora y obrerista, desarrollo de medidas de índole solidarista con los sectores más empobrecidos); la reforma rural (eliminación progresiva del latifundio ganadero, promoción alternativa de un país de pequeños propietarios, con mayor equilibrio productivo entre ganadería y agricultura); la reforma fiscal (mayor incremento de los impuestos a los ricos y descenso de los impuestos al consumo, con objetivos también en el plano de la recaudación fiscal y el dirigismo económico y social); la reforma moral (incremento de la educación, defensa de una identidad nacional cosmopolita, anticlericalismo radical, propuestas de emancipación para la mujer); la reforma política (amplia politización de la sociedad, iniciativas de reforma republicana a nivel de la ciudadanía y las instituciones, colegialización del poder ejecutivo)”.
El período que va desde 1903 hasta 1929 lo colma el primer batllismo, que comprende dos presidencias de Batlle, una de Claudio Williman, una de Feliciano Viera, una de Baltasar Brum, una de José Serrato y una de Juan Campisteguy. Este período no estará exento de frenos internos y externos ni de discusiones políticas y filosóficas sobre el sistema. Lo cierto es que este primer período dura tanto como la vida de su promotor.
En 1929 muere Batlle sin haber sido apartado definitivamente de los lugares de máxima decisión política. E incluso después de muerto, su figura seguirá presente, marcándole un sello batllista a Uruguay que aún no se ha borrado. Sigue siendo un sello, una marca indeleble en la conciencia colectiva vernácula, partiendo de ciertas verdades y, por cierto, de algunos mitos. Sobrevive en el discurso de los partidos, pero sobre todo en el ser uruguayo. Algunos deberían recordarlo, otros, aprenderlo.