Veamos en concreto: la cuestión de una posible reunificación de Corea es especialmente compleja para el presidente Lee porque, bajo la administración del anterior presidente Yoon Suk-yeol, se buscó restaurar el acuerdo militar de 2018 con la República Popular Democrática de Corea, que proponía disminuir la tensión fronteriza y sentar bases para una coexistencia pacífica, porque lo único que rige entre ambos Estados es un armisticio firmado en 1953.
Pero reactivar el acuerdo militar de 2008 en estas condiciones de indefensión para Seúl significa fortalecer las posibilidades de los liderados por Kim Jong-un en las conversaciones de reunificación, que Kim pretende sine qua non, basándose en los antecedentes de Hong Kong y Macao, de China, denominados “Un país, dos sistemas”. Se sabe que fueron antecedentes de ganar-ganar para ambas partes, pero creció más rápido la China continental que la insular, porque el socialismo sin interferencias, demuestra fácilmente su superioridad.
Está claro que Estados Unidos necesita con urgencia reemplazar las baterías antiaéreas Patriot que Irán destruyó en su respuesta a la agresión imperialista del 28 de febrero en varios países del golfo Pérsico, en especial los radares que protegían a las petromonarquías y a Israel, pero también está claro que el modelo yanqui de más de ochocientas bases por el mundo es económicamente inviable, más en tiempos de drones baratos, alcances misilísticos de miles de kilómetros y disuasión transfronteriza, cuando la guerra va toda a la economía. Sin embargo, el problema no es solo militar y económico. Corea hizo su revolución antes que China, en 1948, liderada por Kim Il-sung (sí, ya sé, Hollywood y Netflix tampoco te lo contaron), y sus capacidades y prestigio verdaderos están a años luz del imaginario despectivo que matrizaron los imperialistas en Occidente durante 78 años.
Mi persona también se nutrió de ese imaginario, incluso pasando de la prensa clandestina a los primeros emprendimientos legales tras derrotar a la dictadura. Una tarde, yo colaboraba con Rafael Cribari, jefe de Internacionales, y me envió, creo que a propuesta de Dari Mendiondo, a contactar al más famoso, importante y bien pago cronista de boxeo del mundo. Cobraba en miles de dólares sus contratapas y centrales en la revista The Ring y en otros medios prestigiosos del boxeo de Estados Unidos. Era jurado del Consejo Mundial de Boxeo; había recorrido en tal rol gran parte del mundo y en Uruguay era la firma más importante que tenía el diario El Día en deportes. Yo no sabía que era camarada. Me enteré cuando tuve que contactarlo.
Me fue fácil. Su escritorio en el primer piso del diario fundado por Batlle y Ordóñez era lindero al de Alicia Migdal, con quien tenía yo cierta amistad. Mi tarea consistía en ir a visitar a Alicia, charlar un rato y luego retirarme sin llamar la atención, no sin antes recoger un sobre que José Laurino había dejado en una esquina de su escritorio. Así empezaron a publicarse en El Popular y en La Hora los artículos magistrales sobre boxeo de Nazario Álvarez, seudónimo furtivo de José Laurino, en homenaje a un fallecido obrero del transporte, militante del Partido Comunista y exboxeador de cierto reconocimiento. El propio Laurino había sido boxeador, discípulo del gran Juan Carlos Casalá, boxeador cubano que residió y dio cátedra en Montevideo en tiempos previos a la Revolución cubana, uno de los mejores boxeadores de todas las épocas.
Con el tiempo, la relación conspirativa se hizo amistad y pasó de una esquina de su escritorio al bar Mincho, donde compartíamos algunas copas y largas charlas. Un día entro al Mincho, donde él estaba sentado en su mesa, sobre la que había una revista satinada, muy lujosa, con una cubierta de nylon. La abrió. Estaba en inglés, pero el título ya remitía a la República Popular Democrática de Corea. Era una revista del Partido del Trabajo enviada a sus suscriptores en el mundo. Laurino la señaló y dijo: «Partido Comunista es este». Me resultó tan sorprendente que despreciara, en comparación con el de Corea, a todos los otros partidos comunistas, incluido el suyo, que preferí hablarle de boxeo, tema del que yo podía sólo escuchar.
Después desapareció el PCUS y varios otros partidos comunistas, pero el del Trabajo de Corea siguió dándome sorpresas. Un destacadísimo colega, Roger Rodríguez, participó de un encuentro de profesionales en Pionyang, donde varios de los concurrentes eran futboleros de diversos países. Se propusieron hacer un picadito y le solicitaron a un funcionario coreano hacerlo en la cancha del campus donde se alojaban. Les respondió que debía consultar. A vuelta de consulta, les dijo que en esa no, pero los llevarían a otra cancha. Si no recuerdo mal el informe de Roger, el colega con quien compartía habitación no era tan futbolero y se excusó de ir. Los vestuarios del estadio a donde los llevaron tenían en cada casillero un equipo completo para cada jugador. Cuando saltaron al campo de juego fueron ovacionados. Las tribunas estaban repletas de público. De vuelta en el campus, Roger fue a contarle al compañero “¡no sabés lo que nos pasó!”. “Claro que sé. Vi el partido por televisión”.
Hace cinco o seis años, el periodista Jey Mammón entrevistó al cantautor argentino Ignacio Copani, quien le contó que, junto al rosarino Juan Carlos Baglietto, les tocó actuar en Pionyang ante un estadio lleno, en un festival colectivo de más de 10 músicos. Antes de subir al escenario, le preguntaron a un coreano con qué frase podían empatizar con el público al presentarse, y éste les sugirió un pequeño estribillo en coreano que ambos argentinos cantaron antes de interpretar sus canciones. El público empezó a corear más de medio minuto la consigna, mientras Copani y Baglietto se aseguraban el premio del público en el festival. La consigna decía: “No rompan las bolas / Corea es una sola”.
Un amigo lo vio hace tres días: “Anoche, ‘casualmente’, el ‘canal uruguayo’ pasó la película Ataque a la Casa Blanca, donde unos terroristas coreanos del norte hacen pelota al emblemático edificio presidencial. Es tanta la violencia de los malos que cualquier televidente tomará partido por los pobres personajes, los altos mandos, con el presidente tomado como rehén. Final previsible, el muchachito que logra liberar al presidente y a su pequeño hijo...”. Actúa, por supuesto, Morgan Freeman. No hay problema. Más le creyeron a John Wayne y ya la semana pasada el New York Times tituló: "Trump no tiene idea cómo terminar la guerra con Irán". ¡Con tanto guionista de cine…!