-Borges, ¿qué hace usted cubierto con esas piezas de chafalonerías brillosas?
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-No se burle de lo que no entiende, Álvarez. ¿No ve que estoy cubierto como mis insignias masónicas?
-Déjese de embromar, hombre, y sáquese esa tiara que parece el sarcófago de Tutankamón.
-Usted se mofa del que nace en el corazón de las sociedades herméticas de este país.
-¿Pur cuá?
-¿Usted está enterado de que hubo un conversatoria en la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, el pasado 27 de agosto, en la que disertaron cuatro de los candidatos presidenciales?
-Nones y vaya el grano, s’il vous plait.
-Le informaré, mi gran timonel, que este alto iniciado asistió a todo el formidable despliegue que hicieron Ernesto de Chicago Talvi, Pablo Mieres, Luisito y el ingeniero Martínez.
-¿Solo esos?
-No apure caballo cansado. La Gran Logia tiene sus misterios y sus tiempos y en esta primera tanda iban estos cuatro y Gonzalo Abella, que no asistió.
-¿Y cómo estuvo la reunión? ¿Cómo la vio, mariscal?
-Le diré escuetamente que el ingeniero Martínez, hombre de la casa, se destacó con el sosegado brillo lleno de sabiduría que le conocemos habitualmente; que el capitán del Titanic, Pablo Mieres, ex de Valenti, estaba raro como encendido; que Luisito no sabía para qué lado agarrar y que Chicago Talvi intentó deslumbrar al auditorio de punta a punta, con sus ojos sospechosamente saltones y con golpes en la mesa, como cuando daba clases en el instituto neoliberal Ceres.
-¿Y brilló nomás?
-Mire, don Negro Spencer, quiso, pero no pudo. Ahora, lo que le puedo decir es que le clavó un jabalinazo a Luisito que lo dejó desangrándose.
-Siga, cochero, por favor. ¿Cómo fue el episodio?
-Resulta que Chicago Talvi empezó a atacar a Manini y a Novick con el tema de sus presuntas xenofobias y tendencias racistas cuando, de pronto, en medio de la calma reinante, la jabalina cambió de rumbo y el neoliberal chicaguiano se despachó con estas frases: “Porque eso es el nacionalismo. El nacionalismo expresa las tendencias más retrogradas. El nacionalismo es malsano”.
-¿Y Luisito qué hizo?
-Le dije, gran capitán, que no apure caballo cansado.
-¡Me supongo que se habrá parado y le habrá espetado, con la verba galana de su ilustre padre, don Luis Alberto Lacalle de Herrera y su menos ilustre bisabuelo, el doctor Luis Alberto de Herrera, proclamado en su momento padre del revisionismo histórico latinoamericano, las grandes virtudes del nacionalismo!
-Nada de eso, monsieur.
-¿Me va a decir que no respondió nada?
-…
-¿¡Cómo!? ¿Aguantó que le insultaran el nacionalismo que corre por sus alejandrinas venas, el joven patricio?
-Así fue, Sire.
-No lo puedo creer.
-Los ojitos desamparados de Luisito recorrieron el auditorio de vetustas momias masónicas, colorados, y cuando le tocó el turno, balbuceó: “Mi nacionalismo es bueno”.
-¡Pero no puede ser, Borges! ¿No lo retó a duelo siquiera?
-Tengo entendido que lo invitó para un vernissage de su señora en La Tahona, en el que seguramente le aclarará los puntos.
-Pero, Borges, ¿y los masones qué hicieron?
-Se mataron de risa por lo bajo, ilustre maestro.