Para ella, lo gótico no es moda ni caricatura. Es herencia estética. Es un modo de habitar lo inefable. Invoca a Edgar Allan Poe y a Mary Shelley como antecedentes de una imaginación que se atrevió a pensar lo oscuro sin simplificaciones; recuerda la serie Sombras Tenebrosas como primera fascinación infantil; menciona la película El Ansia como un umbral donde el Eros y la muerte dialogan en clave estética. Pero se distancia con claridad de cualquier lectura superficial: “Me gusta el metal, Iron Maiden, Black Sabbath y no creo que sean mundos divididos”.
Si hay algo que la convoca, no es la parafernalia asociada a estos estilos de expresión, sino “la exaltación de las emociones, el contacto con lo que llamamos alma”. Lo gótico, para Carmen, es una vía hacia la profundidad, no una pose.
Soledad, tecnología y contemplación
La conversación deriva hacia un territorio inquietante: la soledad contemporánea, la inteligencia artificial, la relación entre lo humano y lo inefable. “La soledad es un territorio muy interesante de habitar para la creación”, afirma. Y lo dice sin dramatismo, como quien ha hecho de ese espacio una morada fértil.
En tiempos donde el horror se consume con la misma velocidad que un titular, Carmen advierte: “Nos vamos haciendo la piel gruesa para aguantar todo”. Esa banalización la preocupa. Frente a ello, propone otra temporalidad: la contemplación. “Me interesa poder quedarnos mirando el aire, el cielo, una rama”. En esa frase hay una poética y una posición política.
Amater tiene silencios. Tiene respiraciones. “Algunos los habría hecho un poco más largos”, confiesa. Esa demora —esa resistencia a la inmediatez— es casi un gesto filosófico. Sostener el silencio en una época que exige estímulo constante es una forma de desobediencia sensible.
El largo camino hacia lo público
¿Por qué publicar ahora? La respuesta no tiene que ver con la industria, sino con los encuentros. Un taller de composición con Rubén Olivera fue determinante. “Me autorizó muchísimo. Me dijo: tenés todo un estilo, pero lo tenés que desarrollar vos, cantarlo vos, interpretarlo vos, porque sos vos”. Esa frase fue un punto de inflexión.
Luego vino la colaboración con Fabrizio Rossi, con quien trabajó durante más de dos años en un proceso paciente, casi artesanal. “ Cuando esté, estará. Nos vamos a dar cuenta”, repetía Carmen. Sin calendario externo. Sin premura. El disco no obedeció a la lógica de la novedad, sino al ritmo interno de la obra.
En el estudio descubrió territorios inesperados: coros que no sabía que podía hacer, capas sonoras que ampliaban su universo. La grabación se convirtió en aprendizaje y enamoramiento. La masterización quedó en manos de Álvaro “el Mono” Reyes, pero el corazón del proyecto fue esa co-creación donde la experimentación tenía más peso que la perfección industrial.
Mater / Amater: la palabra como materia
El título no apareció de inmediato. “No tuve el título de inmediato”, reconoce. La palabra Mater la atraía, aunque corría el riesgo de confundirse. Sin embargo, esa ambigüedad terminó siendo parte del sentido. Los anagramas —mater, amar, arte, mar, mate— condensan múltiples resonancias.
“Para mí las palabras son un montón”, afirma. Psicoterapeuta además de música, entiende el lenguaje como sustancia. Por eso insistió en que el disco incluyera un librito descargable con las letras: “Me interesa que la persona pueda entender la letra si quiere colgarse con eso”. La inteligibilidad no es concesión: es cuidado.
En la conversación surge también una reflexión sobre el contexto cultural. Carmen percibe en Uruguay una posibilidad aún abierta para la autenticidad, un tejido social que, pese a sus grietas, permite búsquedas no masivas. Salas diversas, talleres activos, públicos atentos.
Ella misma menciona figuras que la marcaron: Sylvia Meyer , Estela Magnone, Laura Canoura. Mujeres que reconciliaron formación clásica y música popular, demostrando que el conservatorio no era una jaula, sino un punto de partida.
Frente a la lógica de la urgencia, Carmen sostiene otra ética. “No tengo especulaciones con respecto a la industria de la música”, dice con claridad. Publicar no es una carrera contra el tiempo, sino un acto de autenticidad.
Lo que Carmen desea que ocurra
¿Y qué espera del disco?
La respuesta es sencilla y luminosa: “Me gustaría que alguien me diga: me gustó tal canción, me hizo acordar a tal cosa”. La memoria afectiva como destino. “Que le aporte un momento diferente. Un momento de conexión”.
No busca unanimidades. Incluso acepta el rechazo como parte del diálogo. Lo esencial es que algo resuene.
En una época donde lo nuevo se exige como mercancía, Carmen relativiza la obsesión por la novedad. La música se revisita, cambia según la etapa vital del oyente. Lo importante no es producir constantemente, sino decir con verdad.
Así, Amater no es un debut sino una declaración de principios: la creación como continuidad, la contemplación como resistencia, la palabra como materia viva.
Carmen de los Santos no irrumpe: emerge. Y en esa emergencia hay algo profundamente humano. Canciones que no gritan, que no se imponen, que no compiten con el ruido del mundo. Canciones que invitan.
A demorarse.
A escuchar el silencio.
A recordar que, incluso ahora, todavía es posible habitar el tiempo.