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Cultura y espectáculos Grupo Feltrinelli |

Abrió el gigante editorial

"Una librería hoy tiene sentido si es algo más que vender", afirmó CEO de Feltrinelli

En entrevista con Caras y Caretas, Eva Congil, CEO de Grupo Feltrinelli, analizó la llegada del sello italiano a Montevideo y reflexionó sobre el rol de la librería.

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Caras y Caretas Diario

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El pasado miércoles abrió sus puertas en Ciudad Vieja la primera sucursal latinoamericana de Grupo Feltrinelli. El gigante editorial italiano, con más de 70 años de historia, eligió Montevideo para su debut regional y convirtió al histórico edificio Pablo Ferrando en la nueva librería de una marca que vende 17 millones de libros al año, cuenta con 112 puntos de venta en Italia y una comunidad digital de más de cuatro millones de usuarios.

Para dimensionar la escala de lo que llegó a Uruguay, basta mirar su despliegue en su país de origen: una red que abarca desde pequeñas librerías de barrio hasta megatiendas en grandes áreas metropolitanas, presencia en estaciones y aeropuertos de ciudades como Roma, Milán y Nápoles, y formatos híbridos como RED-Bistrot, donde la literatura dialoga con la gastronomía. Con una plantilla de 2.000 empleados y un modelo que combina tradición librera e innovación cultural, Feltrinelli aterrizó en una plaza con fuerte identidad lectora y con la promesa de construir comunidad.

En esta entrevista con Caras y Caretas, Eva Congil, CEO del grupo para España y Latinoamérica, repasa las razones que llevaron a la firma a elegir Montevideo como puerta de entrada al continente, el papel de los socios locales, la apuesta por una librería concebida como espacio de encuentro y los desafíos de sostener, en tiempos digitales, el ritual de salir de casa para encontrarse con los libros.

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¿Cuál fue el principal motivo para que Feltrinelli eligiera Montevideo como punto de entrada a América Latina?

Más que un motivo, fue una suma de coincidencias. La voluntad internacional de Feltrinelli siempre estuvo ahí, y con el territorio hispanohablante la relación es directa a través de Anagrama y de las librerías La Central en España. Lo que pasa es que estas cosas se tienen que dar en el momento justo, con la gente adecuada y en el lugar adecuado. Y ese lugar es Montevideo.

Aquí se juntaron varias cosas que para nosotros eran imprescindibles: unos socios que conocen el terreno librero como pocos —Alejandro Lagazeta, Juan Castillo y Pablo Braun—, un edificio que es Monumento Histórico Nacional y que merecía seguir siendo una librería, y un país con una enorme tradición lectora.

Y hay algo que la gente no sabe y que es otra coincidencia maravillosa: nuestro vínculo con Uruguay viene de mucho antes. Anagrama lleva más de 50 años distribuyendo en el país. Fue el primero fuera de España donde lo hizo. Jorge Herralde firmó un acuerdo con Gustavo Fuentes, que con veintitantos años estaba montando su distribuidora, Gussi, y que sigue siendo nuestro distribuidor, ahora en manos de sus hijos, Guillermo y Gonzalo. No hemos cambiado en más de medio siglo. Eso dice mucho de cómo entendemos este oficio: confiamos en las personas y en los vínculos a largo plazo.

¿Cómo se concretó la apertura? ¿Qué rol jugaron las alianzas con actores locales?

La apertura nació del territorio. Yo llevo 20 años viajando por Latinoamérica por mi trabajo, y al final conoces mucha gente. En esas conversaciones, con la voluntad de estar siempre atenta a las oportunidades, surgió la opción de la antigua Más Puro Verso, una librería que había sufrido mucho con la pandemia y que estaba en un momento complicado. Lo que estaba en juego era que ese espacio dejara de ser librería, y eso para Ciudad Vieja habría sido un golpe.

Los tres socios fueron determinantes. Conocen el negocio librero perfectamente, estaban muy alineados con nosotros en cuanto a valores, surtido, qué tipo de editoriales y de autores trabajar. Ellos trabajaron para que el espacio siguiera siendo una librería, y Feltrinelli se sumó a ese esfuerzo con la experiencia de más de 70 años gestionando librerías.

Cada uno pone lo que sabe. Ellos conocen el terreno, los lectores, los proveedores locales. Nosotros traemos la experiencia de red y la vocación internacional. Y todo eso en un edificio como el Pablo Ferrando, que es una joya. La restauración que ha hecho el estudio Toro Arquitectos, dirigido por Ernesto Figueroa, ha recuperado elementos que llevaban años ocultos: los colores originales de las columnas, el vitral principal, el reloj de la fachada, la escalera de mármol. Un edificio con esta historia merece ser una librería, y una librería como esta merece un edificio así.

Feltrinelli en Italia no es solo una tienda de libros: tiene cafés, actividades y productos culturales variados. ¿Cómo definiría la propuesta que llegó a Uruguay?

Comparte el espíritu Feltrinelli —esa idea de que una librería es un espacio de encuentro, no solo de compra— pero está diseñada para Montevideo. No es una réplica de un modelo italiano. En cada mercado trabajas para su gente, para sus lectores, y creemos que así debe ser.

Libros va a haber muchos: más de 60.000 títulos, con una profundidad de catálogo enorme. También vinilos.

En el primer piso tenemos una cafetería con capacidad para 50 personas, con vistas a la peatonal Sarandí y al Teatro Solís, que ofrecerá desayunos, almuerzos pensados para la dinámica del mediodía en Ciudad Vieja, meriendas y, a partir de las 7 de la tarde, una propuesta de tragos y gastronomía que acompaña el inicio de las actividades culturales.

Y habrá agenda cultural cada semana: presentaciones de libros, mesas redondas, música en vivo. Una librería hoy tiene sentido si es algo más que un lugar donde comprar. Son espacios de comunidad. Esa ha sido la vocación de Feltrinelli desde 1957 y es lo que queremos aportar también en Montevideo.

¿Prevén incorporar tecnología (venta online, dispositivos de lectura, comunidades digitales) como parte de su propuesta?

Feltrinelli tiene en Italia una operación digital muy potente, con varias plataformas.

Pero para Montevideo, el foco ahora está en la librería física: consolidar la experiencia del espacio, conocer a los lectores, entender cómo funciona este proyecto aquí. Lo digital vendrá después, con calma, cuando tengamos los aprendizajes de esta primera etapa. Tiene que ser un complemento, no un sustituto de lo que pasa dentro de la librería.

¿Qué categorías editoriales o temáticas planean destacar? ¿Cómo trabajarán con autores uruguayos o latinoamericanos?

La librería se organiza en mesas temáticas que irán rotando cada 15 días. Arrancamos con ecología, género y feminismos, junto a mesas permanentes de novedades, política y actualidad, literatura uruguaya y literatura internacional. La literatura uruguaya tiene mesa propia porque creemos que merece esa visibilidad.

En la planta alta hay títulos en inglés e italiano, libros de fotografía, diseño y arte, y una sección que a mí me gusta mucho: recomendados por librerías hispanohablantes de otros países, que irá cambiando cada mes.

¿Cómo imaginan que va a integrarse la librería con el ecosistema cultural de Montevideo?

Con naturalidad. Uruguay tiene una gran tradición librera, un pueblo lector exigente y una vida cultural activa. No llegamos a inventar nada: llegamos a sumar.

Tendremos programación cultural estable cada semana, colaboraremos con el Instituto Italiano de Cultura para ciclos de literatura, cine y otras actividades.

Ideas ahora mismo hay muchas, pero se irán concretando con el tiempo. Primero hay que rodar la librería, escuchar, ver qué buscan los lectores que entran, qué echan en falta. Y a partir de ahí ir construyendo. Los socios conocen ese mundo de primera mano y ahí está su gran valor en este proyecto.

En una era de consumo digital, ¿cómo conciben el papel de una librería física como espacio de encuentro y comunidad?

Hay una frase de Carlo Feltrinelli que a mí me interpela mucho: que hoy leer es un acto que se puede llamar revolucionario. Yo creo que abrir una librería también lo es.

Si nos dejáramos llevar por las premoniciones que se vierten sobre el libro en papel, este sector debería haber desaparecido hace años. El e-book iba a matar al papel, y no pasó. Con la pandemia hubo un repunte de la lectura en papel que de alguna forma ha permanecido.

Eso sí, te obliga a hacerlo muy bien. Cada vez cuesta más que alguien salga de casa para ir a un espacio público. Hay que darle razones: una selección cuidada, un espacio que merezca la pena, una programación que te haga querer estar ahí. Ese es el gran reto de las librerías hoy.

Y con lo difícil que está todo, creo que seguir sosteniendo espacios donde la gente se junta a pensar y a compartir lecturas es un acto de convicción. Lo que defiende Feltrinelli desde hace más de 70 años sigue vigente.

¿Qué objetivos a largo plazo fijan para Feltrinelli en Uruguay?

Hoy el foco está en hacerlo bien. Acabamos de abrir, necesitamos conocer a los lectores, ajustar el surtido, construir la programación cultural, ir generando comunidad. Todo eso lleva tiempo y hay que hacerlo con calma.

Carlo siempre ha hablado de hacer de Feltrinelli un proyecto cada vez más internacional. América Latina es un territorio natural para eso, porque hay herencias culturales y literarias que compartimos desde hace mucho. Pero cada paso debe tener sentido propio. No hacemos aperturas por cobertura geográfica: abrimos donde se dan las condiciones. En Montevideo se dieron, y ahora toca honrar eso.

La ambición es que esta librería sea un referente en la ciudad. Un lugar donde pasan cosas, donde se generan conversaciones que valen la pena. Si el lector que entra siente que mereció la pena salir de casa, habremos cumplido.

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