Silva recuerda que la banda “surgió desde la muerte de un amigo, pero también desde el amor”. Y cada vez que escribe, confiesa, se pregunta: “¿Qué diría el tío Renzo?”. No como un gesto nostálgico sino como una brújula ética. Porque si algo insiste en señalar es esa costumbre tan uruguaya de aplaudir tarde. “Después cuando esos músicos se mueren los lloramos todo el tiempo, hacemos homenajes, pero cuando los tuvimos tendríamos que ir a verlos. Apoyarlos”.
La historia se repitió y DSM quiere concientizar al respecto. Con Eduardo Mateo, con Gustavo Pena, con tantos otros que hoy son estampita cultural pero que ayer fueron rareza incómoda. “Mateo tenía 800 amigos —ironiza Silva— y nadie le pudo decir ‘che, Mateo, vení’”.
Avril Festival aparece entonces como una ceremonia laica contra esa amnesia selectiva: un homenaje en presente, no en pasado. Un modo de abrazar a los vivos antes de convertirlos en mito.
Pero el festival no es un mausoleo. Es celebración y es fricción. Entre canción y canción, la banda habla. “Intentamos decirle a las personas que todos estamos atravesando algún problema. Nadie pasa 100% feliz. Eso sería una locura”. Y agrega: “La banda ha sido nuestra pequeña clínica para curarnos. Todos hemos pasado por situaciones complicadas y la música nos ha servido”.
En tiempos donde la salud mental se nombra con liviandad de eslogan, Silva cuestiona: “Hoy todo el mundo se llena la boca con la salud mental, pero ¿quién hace algo?”. El Festival Avril responde con hechos: entrada libre, bandas emergentes junto a nombres consagrados, charlas, escucha. No es “festival de pan y circo”, advierte.
Con la ayuda de Javier Gerlach como manager -tanto de la banda como del festival - así como la producción de Under tv que se encarga del streaming y de los videos de las bandas.
La propia D.S.M. encarna esa red. Su formación actual reúne a músicos que son parte de la historia viva del rock uruguayo: integrantes que pasaron por Guerrilla Urbana (banda que integró Tüssi antes de formar La hermana Menor), La Hermana Menor, Buenos Muchachos, Chicos Eléctricos, Motosierra, Capitán Tormenta.
Una suerte de “superbanda” que, sin embargo, huye de la lógica del estrellato
“No importa quién esté ahí en el momento histórico. El que está representa el concepto de la banda”, explica Silva. Y el concepto es claro: hablar de salud mental, conspirar para hacer cosas buenas, juntarse.
Hay también una crítica al silencio artístico. Silva lo vivió en carne propia cuando en Brasil declaró en televisión que su banda se paraba “ante cualquier cosa que quiera hacerle mal a las personas” y casi termina declarando ante la policía.
“Si vos tenés libertad de expresión para mentirle a la gente, yo tengo libertad de expresión para decirle: ojo, lo que tienen acá es terrorífico”. No es pose; es coherencia.
En Uruguay, dice, a veces cuesta celebrar el éxito ajeno. Recuerda cómo a Los Tontos los bajaron a pedradas de un escenario. “Imaginate: estás en la cresta de la ola y tu propio público te baja”. La herida no es sólo individual; es cultural.
De ahí que el Avril Festival funcione como exorcismo colectivo contra el prejuicio —el que pesa sobre la salud mental y el que pesa sobre el éxito—. Un espacio para perder el miedo a hablar, pero también a escuchar.
“Nosotros ya explicamos tanto el nombre que ahora simplemente la gente se da cuenta por dónde viene”, dice Silva. D.S.M. no es un chiste. Es una pregunta abierta: ¿qué pasa si en vez de medicar el síntoma social nos animamos a escucharlo? ¿Y si el rock no es el reviente sino la lucidez?
El Festival Avril no cura. Pero nombra. Y a veces nombrar es el primer acto de salud. Porque como insiste Jonas Silva, “los problemas se solucionan hablando, no corriendo o queriendo zafar del mundo”.
En un país que tantas veces celebra a sus artistas cuando ya no están, esta tarde de rock propone otra ética: escuchar ahora. Acompañar ahora. Cuidar ahora.