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Federico Valverde: ¿héroe o villano?

Por Rafael Bayce

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Federico Valverde, futbolista uruguayo de la celeste de Tabárez, mejor jugador de la final del Real Madrid-Atlético de Madrid en Qatar, nuevo ídolo ‘merengue’ del mediocampo, es un tímido, correcto, simpático y muy bien dotado técnicamente jugador, que el ‘maestro’ siempre recuerda por su carácter callado, observador, esmirriado, pero de una visión de campo y un toque tan complementarios y salientes como para cruzar los dedos y esperar que su evolución física, psíquica y deportiva lo convirtan en uno de los grandes. Lo mismo pensó el Real Madrid, que lo contrató, lo preparó, lo esperó y lo fue ascendiendo sabiamente dentro del plantel y del equipo, de la mano de Zidane, hasta que explotó como crack/ídolo entre el fin del 2019 y el inicio del 2020.

Más allá de ser la figura vip en la reciente final, Fede fue protagonista de una jugada clave que salvó a su equipo de una casi segura derrota ante una entrada de Morata, con tiempo y distancia como para poner un definitivo 1-0 para el Atlético, al final del tiempo reglamenario. El delantero se escapaba y, entonces, Valverde se tiró violentamente de atrás, lo enganchó y lo revolcó, impidiendo así la casi segura derrota. Como último hombre, autor de una falta intencional, y sin intención de jugar la pelota, pero también peligrosa para el físico del fouleado, fue inmediatamente expulsado con tarjeta roja directa. Los suyos lo palmearon afectuosamente por su hazaña; su compañero Odriozola lo apretó muy afectuosa y efusivamente; el propio técnico rival, el Cholo Simeone, le acarició la cabeza cuando salía expulsado por impedirles el triunfo. En definitiva, toda la prensa concuerda con que era el último recurso que tenía, que era lo único que podía hacer, que era un correcto chico que había privilegiado el bien común cuando se condenaba a una expulsión y quizás a una suspensión.

Foul antideportivo e inmoral

¡Bullshit! Están todos rotundamente mal. Son todos unos inmorales y antideportivos que ponen el triunfo por delante de toda otra consideración moral. Valverde y sus compañeros; Simeone y la prensa (casi unánimemente).

Sí, lector, aunque suene a admonición de predicador bíblico de plaza, no nos estamos dando cuenta de que estamos, de modo ejemplar y paradigmáticamente antideportivo, alimentando la inescrupulosidad por el legítimo derecho a ganar, si el balance de sus virtudes con los defectos del otro y el momento del partido así lo suscitan. Y se argumenta que eso es la deportividad y la parte sectorial de la moral que se postula y juega en el deporte. Algo similar pasa en básquetbol con los fouls ‘tácticos’. Serían recursos inteligentes de astutos que saben que cometiendo esa falta supuestamente ‘evitan’ un mal mayor: perder, lo peor que le puede pasar a un capitalista inescrupuloso, voraz y depredador a quien no le importa lo que deba hacer para ganar.

Una maniobra penalizada en sí misma como ‘foul’ –o sea incorrecta, inmoral, hasta peligrosa físicamente para el agredido, pero buena para el agresor y sus secuaces– jamás debería ser defendida instrumentalmente y de modo finalista por su utilidad, como criterios supremos y superiores para evaluarla. Y el agresor hasta se cree que es un ético altruista porque pierde personalmente con la expulsión/suspensión, pero se sacrifica así por el bien común de todos –los suyos–: el triunfo, fin último de todo, bien supremo que justifica y lava todo.

Está muy cerca el día en que se acepte que haya francotiradores enfocando a los ‘jugadores’ rivales y que los limpien quirúrgicamente (como hacen Estados Unidos e Israel en el, para nada metafórico, plano bélico), impidiendo así el triunfo del mal y propiciando la victoria del bien: mi equipo, mi barrio, mi país, mi correligionario, mi compañero, y un largo etcétera de ‘buenos’ que pueden hacer cualquier maldad porque su maldad intrínseca estará perdonada por el resultado supuestamente bueno de esa maldad, que así se trasmuta mágicamente de ‘foul inmoral, peligroso y antideportivo’ en ‘inteligente recurso táctico ganador’.

¿Cómo que era lo único que podía hacer taclearlo de atrás malamente? Eso está prohibido y castigado con expulsión inmediata por dos razones acumuladas: uno, porque puede ser peligroso para el agredido, que, siendo desde atrás, no ve la maniobra y no puede protegerse de ella; dos, porque es intrínsecamente inmoral y antideportivo hacerle algo peligroso a otro simplemente porque no se tiene otro modo de evitar algo que el otro tiene todo el derecho de hacer y disfrutar, y que el agresor no tiene el menor derecho a hacer por su ilegalidad, antideportividad e inmoralidad.

No estamos ante un inteligente y oportuno utilitario, sino ante un inmoral y antideportivo facilista que, sin poder oponerse ‘por derecha’ a lo que otro jugador o equipo han conquistado como oportunidad de triunfo, lo hace de modo ilegal, antirreglamentario, antideportivo e inmoral. Y lo suyo es, además, un pésimo ejemplo para otros y para futuros jugadores, que ven cómo el mejor jugador de un importante partido es elogiado –desde propios y ajenos, y desde la crítica especializada– por una acción suya que es antirreglamentaria, antideportiva, inmoral, inescrupulosa y con apariencia altruista y servidora del bien común. Pero que se perdona, se lava, justifica y elogia porque sirvió a un triunfo, pese a todo y más allá de toda otra consideración, y que nuestro inmoral mundo contemporáneo impulsa.

“¡¿Qué querés?!” “¡No seas paloma, que a nosotros nos lo van a hacer aunque nosotros no lo hagamos!”“Pasará la pelota pero el jugador nunca”, reza un pseudo-sabio aforismo de la inmoralidad popular consagrada. En realidad, lo que correspondía era que lo dejara hacer el gol, para que después se permitieran otros goles similares, se evitaran agresiones similares y el fair play se impusiera. Parece una locura lo que digo; pero lo que sucede es que hay una locura inmoral tan instalada que proponer moralidad choca. Piénselo bien y con la almohada, a solas.

El deporte y la moralidad colectiva

En nuestro mundo contemporáneo, y la tendencia parece agudizarse, los deportistas son crecientemente ‘modelos de rol’, ídolos y héroes ejemplares que inspiran a todas las edades, pero principalmente a los más jóvenes, tantas veces deseosos de adquirir ‘espejos’ donde mirarse y con quiénes identificarse, introyectar y transferir impulsos y creencias, ante el derrumbe gratificacional de los ídolos adultos, obsoletos y perimidos.

Los deportistas, sus físicos, sus mansiones, sus autos de alta gama, su ropa espectacular son vehículos criminógenos de la sociedad de consumo; sus excesos tienden a ser emulados, aun por quienes no tienen sus recursos económicos, intentando tener esas cosas por cualquier medio que se los pueda proporcionar, como Fede Valverde y todos los deportistas, con sus técnicos respaldando y la prensa inmoral azuzando. El auge de los medios de comunicación de masas y ahora de las redes sociales hace que la moral colectiva, consensual, masiva y práctica se configure icónica, ubicua, en un cotidiano en que los valores se absorben como una fina ducha permanente que nos baña y penetra por ósmosis.

¿Por qué no robar lo que no se puede comprar con los ingresos normales? ¿No es más importante tener eso que el modo como se consiga? Porque también es admisible que sea prostituyéndose, delatando, extorsionando, usando privadamente información pública confidencial, ventajas políticas, invadiendo con colonos tierra ajena, defraudando, vendiendo mercadería fallada o mala, matando interpersonalmente, o anónimamente con bombas. Son todos medios ilegales, inmorales de conseguir cosas; pero tantas veces más eficaces, eficientes que las legales, y hasta únicos modos de adquirirlos a veces. Como el foul grave de Valverde, que es promotor de los valores de la ilegalidad, de la inmoralidad, de la antideportividad que se manifiestan de los otros modos vistos en la vida cotidiana no deportiva.

Valverde, en un mecanismo similar al que usan ladrones, asesinos, defraudadores y francotiradores, surbordina los medios a los fines, la integridad física del otro a la ventura propia; usa artera, egoísta y cobardemente un duro, peligroso y prohibido recurso que le birla un legítimo triunfo a alguien que, por virtud propia, falla ajena, ambas o azar, está cerca de obtenerlo. Es un rasgo capitalista, de eficientismo inmoral típico, que la gente que se cree moral, progre, etcétera no debería elogiar. Así es como miente Trump; porque le parece menos importante que los intereses nacionales, y que los suyos propios, los máximos en el ranking de los fines a los que todos los medios deben servir.

La convivencia se basa en la confianza y la solidaridad, radicalmente heridas por ese utilitarismo que subordina medios morales a fines materiales. Acciones como la de Fede Valverde la malhieren, hay que convencerse de ello. Aunque ¡pobre Fede!, un tipo tan normalmente correcto que bruscamente se convierte en un paradigma del mal moral en difusión acelerada… Pero que sea solo un ejemplo a contrario sensu, para llamar la atención sobre un fenómeno cuyo significado profundo se nos puede escapar, en medio del fárrago de jugadores entusiasmados con un triunfo y técnicos ejemplarmente inmorales, como Simeone, que elogian la transgresión bruta con cara tierna, y de prensa de bajo nivel que cree que es inteligente usar medios inmorales, antirreglamentarios y antideportivos para conseguir triunfos.

Mejor que no podamos matar de atrás a alguien que nos va a hacer un gol para que no nos maten a nosotros a nuestra vez, para que la convivencia sea solidaria, respetuosa de las virtudes, habilidades, capacidades y de todos, escrupulosa. Idolatrar a un inmoral, antideportivo, ilegal porque ganó con ello; pedirle a otros que hagan lo mismo y pedir ‘cortes tácticos’ con foul como recurso de juego a la par con recursos físico-anímico-técnico legales es contribuir a construir una pésima y equivocada sociedad. Más que nada porque eso construye moralidad pública y moralidad prospectiva.

Si es elogiable agredir artera, cobarde y peligrosamente a otro que nos podía derrotar lícitamente, ¿por qué no actuar así con todas las cosas en la sociedad, subordinar el uso de cualquier medio moral a la eficacia o eficiencia de la obtención de fines materiales? Es hacer como el Fede, abrazado por sus compañeros, acariciado por el técnico rival, elogiado por la prensa no solo por su juego sino por su descalificador foul. Resulta que una ilegalidad, si es pensada como medio útil, racional, para conseguir un bien propio, es adecuada e irreprochable, le haga lo que le haga de mal a otro. ¡Pará! ¡Piensen un poquito! Que lo notorio de lo protagonizado por Fede sirva para eso.