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Columna destacada |

Grieta, referéndum, cultura política, civilización

Por Rafael Bayce.

El intento, lector/a, será el de relacionar -con otros conceptos- el fenómeno, contemporáneamente tematizado, de la aparición de una ‘grieta’ sociopolítica y comunicacionalmente ubicua y en profundización entre posiciones opuestas respecto a los más diversos temas. La metáfora de la grieta ayuda a describir un proceso de polarización, binarización y radicalización entre ‘atrincherados’, que deriva en una progresivamente insalvable grieta de separación entre valores, opiniones, creencias y decisiones alternativas respecto de los más diversos temas, que se exporta a la interacción cívica común y cotidiana sobre casi todos los temas.

 

Grieta, trincheras, referéndum, campañas

Los procesos político-electorales, más concretamente las campañas previas a los actos comiciales mismos, en lugar de ser debates hacia consensos o síntesis mejoradas de posiciones alternativas, devienen erizadas búsquedas inescrupulosas de mayorías, donde la esgrima argumental de búsqueda de consensos o síntesis cede su lugar a bombardeos de calificaciones, en realidad des-calificaciones, de los ‘otros’; mucho más que el poder de persuasión argumental racional se apunta a un poder seductor-repulsivo emocional de convicción electorera.

El mejor ejemplo histórico del comienzo de estas distinciones está en la Grecia clásica; en el siglo VI a.C. hubo una áspera polémica entre la Escuela sofista de Isócrates y la Escuela dialéctica de Platón y Sócrates; los primeros enseñaban a convencer retóricamente aun sin tener la razón, para beneficio de quienes, los ricos y poderosos entonces, sabían cómo; los segundos afirmaban que eso era una inmoralidad -Foucault abunda en esta exigencia de ‘parrhesía’, exigencia de creer en la verdad y realidad de lo que se expresa para hacerlo-; el debate, además, no era un torneo a ganador, sino un proceso de colaboración dialéctica en la búsqueda y construcción paulatinas de la verdad. Aristóteles tercia poco después, afirmando que el saber retórico es necesario; en primer lugar porque puede ayudar a promover el bien y no solo el mal; y en segundo lugar, porque debe saberse cómo detectar los errores de la sofística retórica malvada. Extraterrestre siglos avanzado a la humanidad, escribió, para ello, los Argumentos sofísticos y la Retórica. Pero no solo eso, además de estudiar los procesos retóricos de persuasión racional, afirmó que la convicción se obtenía, no solo por mecanismos racionales, sino también por mecanismos de seducción emocional, que estudió básicamente a través del teatro griego y su potencial catártico, en la Poética.

25 siglos después, la propaganda comercial, y luego la política, recogieron el guante aristotélico y, progresivamente, fueron haciendo su trabajo apuntando más a la convicción por seducción-repulsión emocional que a la inicialmente usada retórica por persuasión racional, por más barata y masivamente atractiva; las neurociencias ampliarán los insumos para ello. Los populismos y los carismáticos son parcialmente productos de esos conocimientos -y de las necesidades de legitimación de las democracias masivas burocratizadas, según el genio de Max Weber-.

El referéndum que se avecina es un ejemplo de este proceso, característico del mundo moderno, en especial durante la actual degeneración progresiva de las democracias, de los Estados de derecho, y de los medios de obtención paralegislativa de mayorías en ellos.

De ese modo, las campañas para la producción de convicción conducente al voto se asemejan a una ‘guerra de trincheras’ productora de una ‘grieta’ creciente entre candidaturas, que termina generando una profundizada división sociocultural y política como trágico resultado (quizás no querido ni esperado, pero ocurrente) del intento histórico de resolver diferencias por la vía de mayorías que civilizaran la ley del más fuerte.

 

Consecuencias en la cultura política y en el cotidiano

En todos esos tiempos y procesos preelectorales, la calidad de la cultura política es uno de los grandes perdedores, desde que privilegia la seducción-repulsión emocional por sobre la persuasión racional para la producción de convicción votante. La calificación del adversario, principalmente el poder y habilidad para descalificarlo, casi insultantemente, sustituye progresivamente a la búsqueda de consensos, síntesis o convicciones racionales sobre la sustancia de lo que está en juego.

Pero esa grieta político-comunicacional, que se cava preferentemente durante las campañas preelectorales -de democracia indirecta y/o directa- es, además, un paso atrás en la cultura política y cívica, un efecto nocivo para el nivel civilizatorio de la interacción cotidiana. En efecto, privilegiando la convicción por seducción-repulsión emocional por sobre la convicción por persuasión racional, y prefiriendo la calificación descalificadora formal a la argumentación sustantiva, dañan por mala ejemplaridad la formación cognitiva de la gente, que se acostumbra a esos mecanismos porque son utilizados por figuras que tienen un valor ejemplar modélico. En realidad, cavando esas grietas desde trincheras, por seducción-repulsión y descalificación, se induce una deformación masiva de la gente, que aprende a focalizar lo peor del otro, simplificándolo y hasta deformándolo, en inescrupulosa persecución -también decadente o deformada- de ‘mayorías’ electorales. Porque esos procedimientos, así legitimados y bendecidos, serán adoptados en el debate civil cotidiano con todos sus vicios y defectos.

 

Búsqueda de mayorías y campañas político-comunicacionales

En el devenir de estos procesos, la decisión de los debates por ‘mayorías’ fue, históricamente, una pacificación civilizatoria de las decisiones por la ‘ley del más fuerte’. Pero la ‘mayoría’ no debería ser buscada por sí misma sino como recurso formal supletivo a un consenso o síntesis argumental sustantivo que no se lograra. La mayoría republicana jeffersoniana debería ser un recurso formal supletivo del deseable dialéctico sustantivo, como en la tradición platónico-socrático-aristotélica, y no el objetivo único ni principal a apuntar. Pero una equivocada invocación de la soberanía popular como fundamento de las mayorías, lleva confundir el recurso a las mayorías, como recurso formal decisorio supletivo, con la búsqueda de la mayorías como encarnación de la sacra voluntad  sustantiva del demos. Perversamente, se buscan prioritariamente las mayorías, sea como fuere, aun usando retóricas y poéticas sofísticas en el empeño, casi sin previa búsqueda de consensos o síntesis sustantivas; en realidad, casi descontando que no la habrá y que la nuda mayoría será la decisoria, por seducción-repulsión, mucho más que por persuasión racional. Y así estamos, en pleno proceso de regresión política y civilizatoria.

La argumentación cívica cotidiana se conforma por una suma de la propaganda y publicidad comerciales y políticas, que son sus ejemplos cotidianos visibles y ejemplares. Por ejemplo, es mucho más seguro y barato llegar al consumidor seduciéndolo con Suárez tomando un analgésico con ibuprofeno o paracetamol, que mostrar costosos diagramas dibujados del organismo que persuadan sobre la superioridad de ambos respecto del ácido acetil-salicílico. Y así también en política: un carismático y populista vende más fácil y en profundidad psíquica que un moderado articulado. Y así también en las campañas preelectorales: las calificaciones y descalificaciones emocionales convencen más y mejor que las argumentaciones racionales.

Los contenidos sustantivos de los cuestionados artículos de la LUC desaparecerán pronto del debate pre-electoral; calificaciones, descalificaciones y chismes moralizantes los sustituirán progresivamente, borrando cualquier huella de racionalidad en el debate. De cualquier modo, los programas radiales y televisivos de discusión política seguirán simulando, de modo políticamente correcto, que los debates son para encontrar los mejores argumentos que sustenten el voto popular; aunque en realidad instalen ‘rings’ sin cuerdas, cruzando los dedos para que los debatientes se enzarcen en conatos de pelea, afirmen golpeando mesas y enrojeciendo mejillas, para mejorar el rating y alimentar con elementos irracionales el voto.

Decía a mediados de los 60 el sociólogo y politólogo Aldo Solari: “En el Uruguay nada es lo que parece”, una de las frases que me llevó a dejar el derecho por las ciencias sociales, para estudiar eso. Pero tampoco es así en el mundo; hay que zambullirse y bucear para saberlo. Ni el referéndum ni ningún proceso de campaña preelectoral es lo que lo hacen parecer; descubramos qué es debajo de ese grueso maquillaje, de esa múltiple ‘producción’.

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