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Mundo

Mensaje papal

La encíclica antisistema del papa Francisco

Desde su elección como primer prelado de la Iglesia Católica, el papa Francisco ha publicado tres encíclicas. Estos son documentos que dirige, tanto a sus feligreses como a las personas responsables de su conducción a nivel global. En la más reciente, Francisco emite una serie de sentencias sin precedentes, como la afirmación de que “el mercado no resuelve todo por sí solo” y que la pandemia demostró que el capitalismo ha fracasado.

El papel de la Iglesia Católica, en términos generales, ha estado asociado a las alianzas con el poder político, sea cual fuere su origen. Eran los obispos los encargados de coronar a los reyes y mantener dóciles a los fieles mientras el feudalismo exprimió hasta la última gota de energía laboral y material de los siervos y sus familias.

La infidelidad era una obligación a cumplir sin discusión, a menos que se tratara del impuesto de la prima nocta o el uso del derecho de pernada, que permitía que la primera noche de todas las recién casadas de un feudo fuese, por obligación, con el señor feudal.

No había que buscar mucho para encontrar siempre a algún representante de la Iglesia Católica cerca de los dictadores fascistas del Plan Cóndor en América Latina, España, Italia o los nazis en Alemania. Siempre fue una característica institucional de la iglesia de Roma estar junto a los poderosos, aunque sus principios fundantes fueran, en teoría, la caridad y el amor al prójimo.

Todo lo anterior sin retroceder tanto como para llegar hasta las sangrientas Cruzadas, ni mucho menos adentrarse en la macabra Inquisición, que se caracterizó por su extrema crueldad y sevicia, principalmente en contra de las mujeres.

Solo una forma diferente de concebir los principios filosóficos del catolicismo logró acuñarse al interior de su comunidad. De la mano de sacerdotes y filósofos latinoamericanos, la Teología de la Liberación fue como pólvora sobre hierba seca. Se abrió entonces una puerta para que la iglesia con mayores adeptos en el continente se volcara en función, no solo de la caridad entendida como resolver la necesidad inmediata del individuo, sino de generar organización colectiva para incidir en los asuntos del Estado y generar condiciones dignas de vida para las comunidades.

Los prolíficos años 70 y 80 vieron cómo los sacerdotes católicos comprometidos con la lucha social se vincularon con su causa al punto de que no pocos de ellos terminaron combatiendo en las insurrecciones armadas en Centro y Sudamérica. En 1965, luego de la realización del Concilio Vaticano Segundo, y bajo la influencia de la encíclica Populorum Progressio de Juan XXIII, se juntaron casi 50 sacerdotes y obispos latinoamericanos en la Catacumba Domitila, en Roma, dando origen a un acuerdo que sentaría las bases de la Teología de la Liberación.

El compromiso de este sector de la Iglesia Católica fue importante en todo el continente, en Brasil, Argentina, Colombia y casi todas las revoluciones centroamericanas hasta el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua. Nombres como Héider Cámara, Francisco Huidobro, Carlos Mugica, Camilo Torres Restrepo, Enrique Angelelli, Rutilio Grande, Ernesto Cardenal, Arnulfo Romero, Domingo Laín, Manuel Pérez, hacen parte de una larga lista de sacerdotes y obispos comprometidos con la Teología de la Liberación a lo largo y ancho de Latinoamérica, al punto que esta trascendió los límites del catolicismo y alcanzó a otras congregaciones.

Fue tal la influencia de este movimiento, que muchos sacerdotes de Europa se vieron atraídos por el mismo y, en algunos casos, se trasladaron hacia Latinoamérica o en otros, iniciaron su difusión en sus países de origen. Sin embargo, el terreno más fértil para que sus ideas echaran raíces siempre fueron las difíciles condiciones en que vivían los creyentes en los países del llamado tercer mundo.

El movimiento alcanzó tal fuerza, que logró hacerse con la silla papal en 1978, cuando Albino Luciani llegó al primer cargo de la Iglesia Católica bajo el nombre de Juan Pablo I. La cercanía de este con el movimiento latinoamericano era manifiesta, pero no alcanzó a ser desarrollada, pues solo 33 días después de su elección como papa, falleció de manera repentina, lo que dio origen a diferentes teorías conspirativas sobre un posible asesinato, hecho que no ha sido confirmado.

En reemplazo de Juan Pablo I, asumió el obispo Karol Jósef Wojtyla, primero no italiano en 455 años. Su nombre de apostolado fue Juan Pablo II y con él inició la retoma neoconservadora de la Iglesia Católica. Juan Pablo II fue uno de los papas que duró más tiempo con esta responsabilidad (26 años). Bajo su papado se creó y difundió de manera sigilosa en el seno del catolicismo el movimiento de los neocons en Europa, cuyo único objetivo era cerrarle el paso a la Teología de la Liberación, evitando que se convirtiera en el sector dominante en el Vaticano.

Mientras tanto, en Latinoamérica los representantes de la Teología de la Liberación iban siendo asesinados, casi de forma masiva, sin que el Vaticano se pronunciase al respecto. Enrico Angelelli en Argentina, Arnulfo Romero en Salvador, Álvaro Ulcué Chucué, sacerdote católico perteneciente a los pueblos originarios y teólogo de la Liberación en Colombia, entre muchos otros, cayeron bajo el ejercicio de la violencia política en el continente.

Mientras tanto, Juan Pablo II se dispuso a viajar por el mundo en un ejercicio de influencia política a favor de los sectores del poder. Bajo esa perspectiva llegó a la Nicaragua sandinista para hablar contra la “tiranía instaurada” por sus anfitriones; una vez fue derrocado el gobierno sandinista y en pleno período de represión, regresó con el fin de alabar el “retorno de la libertad”, aun cuando a su acto no asistió ni la mitad de las personas que estuvieron la primera vez.

Es memorable cuando Juan Pablo II llegó a Cuba en 1998. Durante la visita multitudinaria, en la que el prelado habló mucho sobre el “totalitarismo” y muy poco sobre el bloqueo, antes de cederle el micrófono, Fidel Castro le dijo una frase que marcó el verdadero alcance de su visita: “Adelante, su santidad, ante usted está un pueblo culto”. Finalmente, dicha visita terminó siendo una atracción turística más y no se convirtió en un hecho político que determinara nada, ni para bien ni para mal.

Luego de la muerte de Juan Pablo II, en 2005, el cónclave eligió a Joseph Alois Ratzinger, Benedicto XVI, alemán y uno de los papas con mayor edad al asumir el cargo. Fue bien conocida por la sociedad su simpatía por los nazis durante su juventud. Incluso hay circulando varias fotografías de un joven Ratzinger posando orgulloso como miembro de las juventudes hitlerianas agrupadas en las Camisas Pardas.

Pero no solo fueron los años mozos de Ratzinger lo que le distanciaba del grueso de la feligresía del siglo XXI; antes de ser papa, desde 1983 dirigía una entidad dentro del Vaticano llamada Congregación para la Doctrina de la Fe, nombre que tomó luego de ser llamada Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, que desde 1542 se encargó de llevar adelante los procesos sobre los que hay bastante ilustración histórica.

Esta fue la organización encargada de juzgar a Galileo, Copérnico, Giordano Bruno o Tommaso Campanella, algunos de los que fueron finalmente ejecutados y sometidos a tortura. El Santo Oficio, como se le conoció, era la manifestación más reaccionaria del catolicismo bajo la idea de preservar la doctrina católica de la influencia de las ideas protestantes o heréticas luego del renacimiento.

Ratzinger pasó de dirigir la sucesora del Santo Oficio de la Inquisición a ser papa; duró ocho años frente a esa responsabilidad y dimitió. Su figura estaba más relacionada con el catolicismo de la Edad Media que con su necesidad de recuperar el terreno perdido durante las últimas décadas frente a las opciones neopentencostales, al agnosticismo o la simple apatía.

La apuesta de Bergoglio como papa desde 2013 es más actual, y ha caído mejor a los ojos de una comunidad católica debilitada a nivel global. Es el primer jesuita y primer latinoamericano en ser elegido para el cargo. Esto, de entrada, generó un revuelo al interior del catolicismo, atrajo la mirada de mucha gente que ya no veía en la iglesia un referente. Entró pisando fuerte y aplicando votos de humildad en varios aspectos de la cotidianidad episcopal, reemplazando los suntuosos muebles y las millonarias joyas y atavíos con que durante siglos se vistió al papa, y esos son detalles que cautivan.

Este quiebre generó mayor confianza en muchos indecisos, pero claramente no gustó nada al segmento más conservador del catolicismo, que ve en Francisco, una manifestación de la degradación de la iglesia. Si bien este sector más conservador es poco numeroso, no deja de tener mucho poder al interior del Estado vaticano.

Las tres encíclicas de Francisco no han pasado desapercibidas, sobre todo las dos últimas, que, como no ocurría hace mucho, han trascendido el ámbito exclusivo de la comunidad católica para hacer eco en la sociedad en general. La primera llamada Lumini fidei o La luz de la fe, habla de la manera en que se debe abordar la militancia católica en función del prójimo.

Sin embargo, el plato fuerte y más polémico viene con las siguientes dos encíclicas. Laudato si, Alabado seas, se centra en la necesidad de proteger el medioambiente, criticando de manera abierta el consumismo, apelando por el regreso a lo simple. Estos aspectos nunca habían sido abordados, ni de cerca, por jerarca alguno en la historia del catolicismo.

Ahora, terminando setiembre, vio la luz Fratelli tutti, o Todos hermanos, en la que hace una crítica mucho más directa al sistema económico dominante en la actualidad, habla de las instituciones y su papel hacia los menos favorecidos y nuevamente apela por la necesidad de superar las guerras y los conflictos como forma de relacionamiento humano.

Aboga por separar la política de las finanzas e incorpora los conceptos de verdad y justicia, no como conceptos espirituales solamente, sino como instancias necesarias para el relacionamiento social a favor de las víctimas de los conflictos en lo bélico y en lo socioeconómico.

Con la más reciente encíclica, Francisco se la juega por introducir temas de discusión desde su posición de máximo jerarca de la Iglesia Católica y, de su mano, esta retoma la intención de convertirse en influencer de las generaciones más jóvenes y que han manifestado algún interés por las causas sociales, causas que pueden ir vinculadas con la profesión de su pensamiento religioso o su concepción filosófica de fe.

Perspectivas como el respeto por las diversidades sexuales, la variación de la radicalidad (no la suspensión) respecto a la interrupción voluntaria del embarazo y la fuerte crítica al sistema, y no solo apelar a la caridad con “los menos afortunados”, hacen de Francisco una figura importante en medio de la profundización de la lucha ideológica actual. Hoy las congregaciones neopentecostales de ultraderecha se extienden con mucha velocidad entre los sectores más deprimidos y han tomado la participación directa en política como una de sus banderas.

En medio de ese panorama, el hecho de tener la voz del papa del lado de las causas sociales y comprometida en la disputa ideológica, aun desde el terreno de la fe, es algo que tiene un profundo valor en este tiempo.

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