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Sociedad

CANTAR LO NECESARIO

Mocchi: «Vamos a terminar rotos como en los 90»

Hace música, pero su objetivo en la vida es más grande, es hacer la revolución. «Eso es lo que quiero, cambiar el mundo y la música que hago me sirve para conectar con gente con la que puedo hacer la revolución». Mocchi habló de todo. Su vida, el camino, los sueños, la rebeldía.

Casi sin quererlo, se transformó en artista de culto de un tiempo presente en el que tantas almas andan buscando una señal, esas palabras precisas, cómplices, que rescaten la esperanza entre tanto desprecio del odio institucionalizado. Nunca soñó hacer canciones. Nunca imaginó que sus gritos y susurros serían lazo de resistencia para diversidades resilientes de Croacia, Argentina y Uruguay, por ejemplo.

En apariencia, durante su infancia lo tuvo todo. Padre y madre tolerantes y sensibles, frazadas, comida, un techo, también plata, regalos y una cédula con género asignado. En realidad, rompió estereotipos y casi siempre se desprendió de casi todo. Hasta de su nombre. Ahora es Mocchi a secas o no tan a secas, sino en realidad, con su entrañable y preciosa forma de ver y construir su paso por la vida. Y da pelea por ello. Sin enojos, ni portazos, decidió hacerlo con sus certezas. Repasa y vuelve cada tanto, como un anclaje necesario, imprescindible, a las crisis que atravesaron su vida. Dice que si no hubiera vivido la debacle de los años 90, «estaría haciendo canciones de mierda» y que el actual gobierno de derecha «no tiene ningún interés en nosotres».

Canta poesía propia que ya es refugio y abrazo de miles de corazones malheridos y sobrevivientes. En tiempos hostiles para la ternura, sostiene y reivindica el amor y nos enseñó que te ama quien te hace crecer. Mientras se prepara para cantar en el Teatro Solís y girar por Argentina, habló de su vida entre mudanzas y desalojos, lujos y miserias, escondites, risas, llantos y amistades, de aquellas cenas -de aspecto y olor sospechoso- que preparaba su mamá con las pocas monedas que había, del clóset que nunca habitó, del esfuerzo cotidiano de su padre por hablarle de manera no binaria y de la cariñosa «competencia» que tienen para ver cuál de los dos es más Mocchi.

Entre maderas, reliquias y silencios, habló del viento, la risa, las tablas, la arena, las escaleras, los Power Rangers, los vidrios que rompe el camino y la gente que ama recíprocamente en todos los rincones a los que llega con su guitarra y sus canciones. Un café montevideano al sur con Mocchi es una oportunidad exquisita para entender que la música es la mejor excusa para vivir.

 

¿Cómo llegaste hasta acá?

Nací en Montevideo, en el Círculo Católico. Con mi familia vivíamos en el Prado y después en Capurro. Mi papá, diseñador y dibujante, tenía una empresa de publicidad, una gran empresa de cartelería en vía pública y mi madre es psicóloga y maestra.

 

Aprendiste de los dos.

Sí, creo que soy como ese híbrido entre un tipo que se dedicó a algo creativo, como dibujante y pintor, que se vino desde Sarandí del Yi a Montevideo a los 16 años y una madre maestra y psicóloga, de perfil universitario. Creo que ambas facetas me marcaron. Mi padre súper delirante como yo y mi madre no tan distinta. Tengo un hermano que es ingeniero agrónomo que tiene un hostal en Pocitos (Destino 26). Cada uno siguió su camino. Con mi hermano somos muy creativos los dos, pero la vida nos llevó por lugares diferentes. Nos criaron en una casa atípica por no decir delirante (risas). En mi casa todas las paredes se podían rayar porque nos decían que teníamos que poder expresarnos con libertad. Después fue medio traumático cuando nos enfrentamos al mundo y vimos que las paredes no se podían rayar. Mi padre siempre tuvo un discurso muy copado, diciéndonos que los juguetes no eran nuestros sino de todos los niños del mundo. Un día llegó a casa una hermana que tengo -que amo pero con la que no tenemos mucho vínculo- y me encontró arriba de la mesa tirando fideos con tuco al techo. Mi padre leía el diario y le dijo que había encontrado en una revista que eso que yo hacía era un «acto performático». Después llegó mi vieja y cuando mi hermana horrorizada le preguntó por lo que yo estaba haciendo la miró, y le dijo «tendríamos que ver qué está queriendo decir». Es decir, mis padres fueron súper revolucionarios en nuestra crianza para ese momento pero la verdad es que chocábamos con el resto del mundo. Era la década del 90.

 

Siempre volvés a esa década. ¿Qué aspectos te marcaron en mayor medida?

Es que mi familia estaba muy cómoda, mi padre era un empresario que trabajaba muy bien con cartelería pública y teníamos mucha plata. Pero como mi padre venía de un contexto de miseria, el día que tuvo guita sintió que tenía que ser desprendido y generoso. Yo iba a la escuela y un día me di cuenta que no todos los niños tenían los Power Rangers que nosotros teníamos. Y mi padre fue y compró los Power Rangers para todos los niños de la escuela. Muy desde la conciencia de clase, pero manejando muchísimo dinero. Vivíamos en un lugar increíble, teníamos gente que trabajaba en casa y de pronto, llegó la crisis. Básicamente porque muchas de las empresas para las que trabajaba mi padre se fueron del país. Y como él tenía muchos empleados, pero no quería despedir a nadie, les ofreció literalmente que se llevaran lo que quisieran. Al día siguiente, cuando volvió a casa no teníamos nada de verdad. No era una metáfora. Así ve él las cosas y por suerte, las vemos de manera bastante parecida. Así fue que se fue del país a trabajar en EEUU y nos quedamos con mi vieja tratando de entender cómo se hace para vivir siendo pobres. Fue un proceso hermoso. Yo siempre digo que si no hubiese sido por la crisis estaría haciendo unas canciones de mierda y no entendería nada sobre la vida. O tal vez sí porque mi familia no me crió como una burguesa, pero sí es seguro que todo lo que compuse y creé después se lo debo en gran parte a ese proceso.

 

¿Pasaron hambre? ¿Fue traumático?

Tuvimos que mudarnos de un día para el otro. Hubo cosas fuertes. Mi vieja tratando de ver  cómo gestionar la situación y cocinando con $ 50. Eso fue traumático. Después yo veía amigues que se habían criado en contexto muy precario y me daban clase. Me ayudaron a entender muchas cosas. Nunca llegamos a no tener qué comer. Pero sí recuerdos comidas rarísimas que te daban para sospechar (risas).

 

Algunas heridas aún están abiertas de la década del 90.

Es algo que le pasó a muchísima gente de mi generación. Nos educamos bajo un plan de emergencia educativo impuesto por la salida de la dictadura. Teníamos materias que estaban conectadas pero no tenían nada que ver. Y el contexto institucional era un bardo. Hace poco encontré un libro de la escuela escrito por (Schurmann) Pacheco y (Coolighan) Sanguinetti, ver esos apellidos ahí en el contexto educativo, es muy pesado. En ese tiempo encontrabas refugio en tus pares porque nuestros padres estaban todos rotos. Vivíamos solos. O se habían tenido que ir a España, a EEUU a buscar trabajo o estaban afuera de las casas viendo cómo hacer para sobrevivir, para cubrir las necesidades básicas. No presentes. Y todo era así y era normal. Nos criamos en ese contexto de que eso era normal.

 

¿Cómo hiciste para hablar de tu identidad y sentiste que ya no eras Luciana?

En realidad en mi familia nunca tuve que dar ninguna explicación de absolutamente nada. Mi padre me dice Mocchi, que para mí es rarísimo porque yo le digo Mocchi también. Es como que se trata de ver quién es más Mocchi (risas). Y me habla todo el tiempo en lenguaje inclusivo. Yo lo admiro un montón. Creo que para cualquier persona de más de 30, debe significar un gran esfuerzo y yo lo aplaudo. Que un tipo de 58 se esfuerce y hable de personas no binarias, en lenguaje neutro y sin pronombre, es tremendo. Y lo admiro un montón. Pero volviendo a la pregunta, siento que nunca salí de un clóset, de ninguno. Mi padre me vio chapando con una novia, no me hicieron agujeros en las orejas, no me bautizaron. Siempre la mejor. Creo que si lo pienso bien, nunca me identifiqué con mi nombre. Lo que sucede es que no hace tanto tiempo que tenemos la posibilidad legal o moral de ser otra cosa. Lo que me pasa es que si voy caminando por la calle y me llaman Luciana, yo no me doy vuelta. Pero no me había dado cuenta que era así. Toda la vida me dijeron Mocchi pero en la música me llamo legalmente Luciana Mocchi, ahí siempre me dijeron Luciana Mocchi, pero eso fue solo en la música, no en mi vida social. Pero no me perturba para nada.

 

¿Te imaginabas llegar a ser considerado un artista de culto?

Nunca lo imaginé. Soy consciente de lo que me está pasando, pero sinceramente tampoco nunca imaginé que iba a ser un vivo, como nunca imaginé nada de lo que me está pasando ni de lo que me pasó en mi carrera. Para mí cada cosa que hice con la música fue algo que no imaginé. Tengo amigues que dicen que estoy «persiguiendo un sueño», pero no es así porque nunca soñé con esto. Mi capacidad de soñar llegaba hasta mucho menos. En realidad, soñaba tener un techo.

 

Y lo lograste.

Sí. Todo lo que tengo es todo lo que he generado y lo que se genera alrededor de mis canciones, y eso me resulta un flash. Cuando voy a tocar me parece una locura que ese sea mi trabajo.

 

Hay mucha gente que se tatúa tus letras tal como lo hacían otras generaciones con el Indio o con Spinetta. ¿No es muy fuerte eso?

Un montón. Y obviamente nunca lo imaginé. Al principio me daba pila de paja, era como demasiada idealización. Me daba un poco de bronca o algo, porque yo pensaba que un día me puedo mandar una cagada -porque soy un ser humano- y vos tenés mi frase en el brazo. O mañana te deja de gustar mi música,  ¿y qué hacés con mi tatuaje? Hubo alguien que se tatuó toda una letra entera de una canción mía en su espalda. Pero bueno, todo esto lo vivo como que tengo que ser súper responsable con todo lo que hago y con todo lo que digo. Y ser consciente del peso que tienen las palabras que después terminan tatuadas en el brazo de alguien.

 

¿No te conmueve que distintas generaciones se sientan tan identificadas con tus palabras y tu poesía en tiempos tan duros?

Claro que sí. Lo que más me ha emocionado es encontrar frases mías en marchas, esto para mí es muy fuerte. Por ejemplo, «mi grito lo transformo en lucha» está presente en muchas marchas del mundo. El otro día me compartieron una imagen que era del día mundial de la visibilidad trans y era un cartel con una frase mía en una marcha en Croacia. Y esas cosas me re emocionan, que el mensaje llegue mucho más lejos porque es más grande que yo.

 

En la canción «1990» hablás de algunas cosas que tal vez las y los más jóvenes que te siguen no saben a qué te referís.

Yo creo que la canción se podría llamar 2020. Siento que es una canción que va a tener 30 años de vigencia, lamentablemente.

 

¿Creés que el proceso va a ser así?

Yo creo que ahora vamos a terminar rotos como en el 90 y después vendrán 15 años en que les pibes no entiendan la canción y después volverá a tener vigencia. Y así sucesivamente.

 

¿Cómo ves este tiempo que estamos viviendo?

Creo que el tema es muy profundo y a mí me encanta la política. Me parece que a nivel cultural hay un montón de cosas que se van a caer, que van a terminar destruidas, porque ya están destruyendo todo. Nada se cae solo, estamos hablando de un gobierno de derecha que sabemos que no les interesamos, no tiene ningún interés de nosotres.

 

Hay quienes piensan que el gobierno sí tiene un interés bien definido con la cultura que es golpearla, debilitarla y acotarla casi en modo revancha.

Debilitarla sí. Pero creo que la derecha opera de una forma muy inteligente. Lo es cuando evalúa cómo destruirnos. Para mí hay que tener la cabeza perversa que tienen ellos para poder entrar ahí y que no entren en nosotros. En cierta medida, hay cosas que siento que podemos beneficiarnos si tomamos su visión de la sociedad como una empresa. Porque en tal caso, si así fuera y somos una empresa yo le voy a exigir el máximo de eficiencia porque soy el cliente que la sostiene. Te voy a exigir mucho más de lo que nunca antes exigí. Yo no me como ninguna, si veo algo que está mal, le mando una carta al Presidente. Y no me importa que no me atienda. Seguiré reclamando. Y romperé hasta que me atienda, porque soy así y ejerzo mi ciudadanía. Desde que asumió la derecha me he juntado con 7 u 8 autoridades para plantear y cambiar cosas. No voy a pedir, voy a exigir. Y me parece que es este momento tenemos que darnos cuentas de lo que podemos exigir. Resistir también, pero yo creo que lo primero que tenemos que hacer es exigir, exigir lo que queramos, lo que necesitemos.

 

Hay más de 100.000 personas comiendo en ollas populares y la crisis avanza en la sociedad. Mientras tanto, el gobierno se jacta que ahorra plata y acá no suena ni una cacerola. ¿Cómo se expresa la rebeldía hoy más allá de lo que sucedió con las firmas por la LUC?

¿Sabés qué pasa? En ese tipo de situaciones los que tenemos un poco más de privilegios y no tenemos que estar haciendo una fila para comer somos los que tenemos que ir a romper los huevos y volver a ir y estar ahí y tenemos que hacer ruido. Después, si nos salen a pegar, nos pondremos a resistir. Yo veo que pasa mucho en Uruguay en todos los ámbitos, eso de decir que ahora hay que aguantar. Y no, ahora no hay que aguantar, loco. Si hay que romper hay que romper, eso lo aprendí de Argentina. Allá salen a la calle y no los para nadie. Y después si tienen que resistir, resisten. No somos tan distintos de los argentinos, nos falta despertarnos un poco y darnos cuenta que podemos.

 

Le fuiste a golpear puertas a la directora de Cultura. ¿Cómo te fue?

Fui por una situación muy confusa, en la que creo todas las partes tenían razón, pero estaba muy mal lo que se estaba haciendo con la gestión de una plata, y en definitiva es nuestro dinero. Y estuvimos charlando con Mariana Wainstein casi cuatro horas, pero te juro que me entendió. Le dije que no me iba hasta que cambiara lo que tenía que cambiar. Tomó nota de todo lo que le dije y me fui pensando que esa reunión no había servido para nada porque son todos de derecha y un montón de cosas más. Y a la semana me escribió Lea (Ben Sasson), y me dijo «no sé qué onda con tu reunión, pero acaban de sacar lo que se necesitaba». Eso también me demostró que no todo como aparenta. En la cultura también hay un montón de gente garca, y en la derecha hay alguna que otra persona bien. La tipa me escuchó.

 

¿Y en relación al clima de hostilidad, aporofobia y odio?

Lo que sucede es que soy parte de los personajes que la gente odia. Ahora no soy pobre, pero ya lo viví desde distintos lugares. Manejando un auto me mandaban detener porque pensaban que lo había robado. Con mi apariencia se ve que no podría tener auto. La marginación la experimenté hasta por ir caminando. Esto que pasa ahora siempre pasó, ciertas tensiones y agresiones lo que pasa es que ahora hay redes sociales, y leyes como la LUC donde muchas de esas situaciones de violencia quedan amparadas en el marco legal. Creo que como esos actos horrorosos de abuso de poder ahora son visibles gracias a las redes, la derecha debió legalizarla para no quedar expuesta. Pero nada de esto es nuevo, ni el abuso policial, ni la criminalización de la pobreza.

 

Mandrake me dijo una vez que conocía todas las comisarías de Montevideo, ya que lo llevaban detenido por su apariencia delictiva. ¿Y a vos? ¿Te pasó o te pasa algo así?

A mí no me llevaban a cualquier comisaría, me llevaban a las peores. A mí y a mis amigues.

 

¿Alguna vez te pasó algo en alguna comisaría o en las detenciones en la calle que se metieran con tu sexualidad?

La verdad, creo que no. Con la Policía no. Después, determinada gente, sí claramente, de todo. Creo que todas las disidencias nos encontramos en algún momento con algún boludo haciéndose la paja atrás de un árbol, cuando estás con alguien. Me pasó en 18 de Julio que vino un chabón y me dijo que quería cogerse a mi novia. Y yo le dije «hablalo con ella». Son cosas que te pasan y que en cierta forma me dan gracia. Capaz que hay gente que las vive con dolor, pero a mí me encanta responderles siempre. La otra vuelta un viejo me dijo no sé qué cosa y le dije, dale boludo, conozco a tu nieto. El chabón se puso verde, quedó de cara. Me gusta eso, me encanta que me digan cosas porque las respondo a todas, aunque, obvio, son situaciones que no están buenas y que deben cambiar.

 

Se viene tu presentación en el Teatro Solís y vas a recorrer distintas provincias argentinas. ¿Cómo te sentís en este momento y cómo te estás preparando?

Me siento re bien, feliz y con ganas de poder terminar el disco y publicarlo. La semana pasada mi exnovia que fue a casa a escuchar el disco me dijo «Mocchi, tenés que sacarlo ya, es necesario». Yo siento que eso pasó a lo largo de la pandemia que hizo crecer mi público. La verdad que mi música se hizo muchísimo más conocida en la pandemia. Lo asocio con dos cosas: primero que la gente la pasó muy mal y escuchó Mocchi, para sentirse peor (risas), claro para decir que hay alguien que la está pasando peor aún. Pero también influyó un montón de laburo que hicimos a lo largo de los años anteriores con Luis Volcoff, el pianista con quien toco en Argentina, y lo que definimos con Mundo Mejor, que es la productora con la que laburo, de ir a donde sea. A todos los pueblitos que nos inviten, hemos ido y seguiremos yendo. Hace ya como siete años que giro por Argentina y que la gente que me lleva a tocar es la misma. Lo único que pasó fue que creció el público y que la gente que empezó a producir los shows antes eran fans que no tenían ni idea y ahora se transformaron en productores.

 

¿Tenés una explicación del fenómeno de masividad y admiración que lograste en los últimos años?

Yo creo que entendimos cómo funcionaba la publicidad en redes. Te podría decir que la gente se enamoró de mí, pero la verdad es que entendimos cómo funciona la publicidad en redes y este equipo de gente me orientó para poder difundir el mensaje. Especialmente con la publicidad en Instagram, creo que desde ahí se fue agrandando el boca en boca que ya movía mi música, mi música siempre la movió la gente, y también ayudaron los toques acá, porque antes yo casi no tocaba acá.

 

¿No hay algo más? ¿No crees que tus letras hablan de temas que tal vez habían quedado un poco olvidados por tus colegas?

No sé. No me animo a decir eso porque creo que hay un montón de gente que no conocemos -te lo digo porque yo estuve en ese lugar- debe haber un montón de formas distintas de la música que están ahora mismo haciendo fila en una olla popular. No creo que sea re especial lo que hago, ni pretendo que lo sea tampoco. Yo creo que lo que me conecta más con la gente y lo que hace que mi música se haya hecho más masiva es que soy la gente. Yo cuando voy a tocar es como que pienso, esta gente pagó para verme, pero yo pagaría para ver a esta gente. Yo quiero esto, hoy hago música, pero mi objetivo en la vida realmente es mucho más grande que hacer música y que la gente me adore. Es hacer la revolución, básicamente eso es lo que quiero, cambiar el mundo. Para mí el mundo se cambia así. El mensaje y la música que hago me sirve para conectar con gente con la que puedo hacer la revolución

Textos: Alfredo Percovich

Producción: Viviana Rumbo

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