Mujeres y política

Por Marcia Collazo.

La mujer ha pasado a ser un objetivo de impacto prioritario para las diversas campañas políticas que hoy compiten por el gobierno nacional, pero no en el mejor de los sentidos. Mujeres con un fuerte liderazgo político tenemos pocas en nuestro país, eso ya se sabe, salvo ciertas excepciones. No hay de qué asombrarse. La descalificación sistemática que ha tenido el sexo femenino en todas las materias -salvo en lo relativo a la maternidad, el hogar y el croché- es notoria y antigua, y recién desde los años 60 y con tremendos dolores y sacrificios se ha ido remando hacia la visibilidad de lo femenino en sentido integral.

Hoy campea en Uruguay cierto fenómeno al que se debería prestar una atención cuidadosa. Me refiero a los intentos de los políticos varones de integrar en sus fórmulas presidenciables a las mujeres. Más allá de las virtudes y características que cada una de las candidatas posea o deje de poseer, sucede con esto algo que huele a artificial, a falso y a demagógico. Desde hace mucho tiempo han existido esforzadas cohortes de miles y miles de mujeres militantes en los partidos políticos; unos las poseen o las hacen visibles en mayor número y otros en menos, pero en términos generales no hay la menor duda de que esas miles han estado siempre relegadas, ninguneadas y destinadas a un segundo, tercer y cuarto lugar de servidumbre.

Entre los políticos, el machismo florece muy especialmente, no solo porque recoge su fundamento del mismo barro social del cual se van conformando las mentalidades, sino también porque la política consiste, en muchos sentidos, en una lucha rabiosa por el poder, y del poder han estado excluidas las mujeres en forma sistemática. Tal exclusión persiste aun cuando se pretenda mostrar ahora la actitud opuesta. Basta mirar el plantel de la primera plana de los partidos -no los nombres que figuran en las listas, sino la realidad cruda y dura- para advertirlo. De cada diez hombres, una mujer; ese es más o menos el promedio.

No hay un solo partido político en el Uruguay actual en el que no campee una suerte de extrema miseria humana, en referencia al trato dispensado a las mujeres militantes. Todos los candidatos, en algún momento de sus campañas políticas, han salido a manifestar en los medios que ellos cuentan, cómo no, con nutridos planteles de dichas integrantes. Lo que la población se pregunta es por qué, si tan importantes son, no se les ven las caras, no integran puestos políticos de notoriedad ni se conocen sus nombres y sus trayectorias en forma pública, notoria y sostenida en el tiempo. No en todos los contextos, pero sí en algunos, se viene dando la situación de que se integra a las mujeres en los primeros planos políticos bajo el único fundamento de que queda bien hacerlo o de que no hay más remedio que hacerlo, porque la sociedad se ha puesto patas para arriba y se le ha dado por exigir cosas tan locas como el protagonismo femenino.

La mujer no cuenta como sujeto en el sentido integral de la palabra o, para que quede más claro, no cuenta en el sentido en que contaría si fuera varón, y eso ha sido así durante toda la historia reciente de nuestro devenir político (de períodos anteriores a 1990, digamos, no se puede ni siquiera hablar, salvo casos contados con los dedos de una mano). La mujer, más bien, ha sido “manoteada”, y no estoy haciendo una alegoría, sino refiriéndome a un término bien concreto.

Hace poquito, al referirse a un miembro de su partido, cierto político expresó literalmente que el mismo “manoteó a la patrona” y “agarró su camionetita”. La expresión de este señor, descarnada y explícita si las hay, deja perfectamente clara la dimensión de la mujer como objeto (porque ha de saberse que el machismo queda en evidencia mucho antes de que un machista abra la boca, con sus solos gestos y sus solas miradas, y ni les cuento si habla). Uno se imagina a la patrona volando por los aires, tomada cual si fuera una valija, una heladerita de viaje cargada de refuerzos de salame y cervezas. Un objeto, en suma.

¿Habría dicho este buen señor que el interesado en cuestión manoteó al edil, al intendente, al alcalde, al secretario o a su propio hijo? Lo dudo. Me atrevo a decir que deberíamos aprovechar la ocasión que se nos ofrece en estos tiempos electorales para ahondar en actitudes y en hechos más “proactivos”, como se estila decir hoy en día. Tener en cuenta a la mujer política por su condición de sujeto humano, o sea, como fin en sí mismo y no como medio para alguna otra cosa. Considerar a las mujeres políticas no solamente por la apariencia, el prestigio y la conveniencia de que un ser de sexo femenino figure en las fórmulas partidarias.

Por más que la mujer en cuestión esté adornada con las mejores y más brillantes prendas del intelecto, de la pasión, de la razón y de la experiencia -no tengo la menor duda de que muchas o muchísimas lo están, afortunadamente-, deberíamos añadir a esos elementos algún otro, que consiste justamente en acudir a ellas, en buscarlas y en proponerlas no porque ahora queda bien, sino porque ellas constituyen un fin en sí mismo. Eso sería echarse a andar por el camino de la ética y demostrar que la igualdad de género sí importa en cuanto derecho humano. Cuán valioso sería que en esta contienda electoral saliera plena y honestamente a la luz ese asunto. Cuánto avanzaríamos como pueblo, como ciudadanía responsable y como electores y elegibles conscientes.

Mientras se siga mirando con inocultable desprecio la lucha por la igualdad de género; mientras nuestros políticos sigan refiriéndose a ella de manera despectiva, como un mero y superficial griterío feminista; mientras haya quienes digan que a las patronas se las manotea; mientras se considere -no de palabra, tal vez, pero sí en los hechos- que el empoderamiento de las mujeres y de las niñas no pasa de ser una locura, una insensatez, una desfachatez y una mascarada, seguiremos en serios problemas. Está tan anclado en nuestras cabezas el estereotipo machista que incluso actualmente existen las más penosas confusiones en esta materia.

Mucha gente sigue diciendo frases como esta: “No se debe elegir a los políticos en función de su sexo sino de su capacidad”. Alguna vez me pregunté, y vuelvo a hacerlo en esta ocasión, qué significa esa manida frase. ¿Querrá decir, tal vez, que los hombres son más inteligentes y más capaces, y que esa es la razón de que haya tan pocas mujeres visibles en política? Y admitida tan loca y peregrina idea, ¿habría que admitir también, en consecuencia, que todos los políticos varones han sido dechados de inteligencia, de brillantez, de capacidad y de talento?

Me parece que es hora de dejar de insultar nuestra inteligencia como individuos y como seres humanos y asumir el desafío de la instancia electoral que nos aguarda para empezar a construir sendas más constructivas, racionales y provechosas en el sentido de una auténtica y plena igualdad de género.

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