Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Política gobierno | Camila Zeballos |

Con la politóloga Camila Zeballos

"Un gobierno de izquierda no puede presentar una Rendición de Cuentas con gasto cero"

La politóloga Camila Zeballos analizó el estado de la democracia uruguaya, la desaprobación hacia el sistema político y los desafíos del Gobierno.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

La destacada y bien ranqueada democracia uruguaya, que históricamente se ha lucido por su fortaleza y estabilidad institucional, viene presentando síntomas de malestar. Encuestas recientes evidenciaron un nivel de inconformidad que no alcanza solo al gobierno, sino al sistema político en su conjunto.

El último sondeo de opción Consultores nos dijo que solo una de cada cinco personas está conforme con el accionar del Gobierno, mientras que casi la mitad, un 48 %, la evalúa negativamente. También pudimos saber que ese descontento no logró ser capitalizado por la oposición: según una encuesta de Factum, un 26 % de las personas consultadas desaprueba su desempeño y solo el 19 % lo respalda.

¿Qué nos pasa? ¿Se está agotando la paciencia de la ciudadanía con la política? ¿Qué explica el creciente desencanto con el elenco político encargado de gobernar y con aquellos que deben controlar? ¿Estamos ante un electorado más exigente e impaciente o frente a problemas cada vez más complejos de resolver? ¿Cuáles son hoy las principales tensiones que enfrenta la democracia? ¿Y qué desafíos plantea este escenario para el Gobierno, el presidente y la ciencia política?

Estas interrogantes estuvieron sobre la mesa a la hora de entrevistar a la politóloga Camila Zeballos, quien analizó las raíces del malestar ciudadano; los riesgos que supone ignorar señales que, a su entender, ya no pueden ser minimizadas; así como la necesidad de construir entre todos y todas un nuevo pacto social.

¿Qué es la democracia?

La definición más operativa es que la democracia es un régimen político caracterizado por tener elecciones libres y por asegurar la participación de toda la ciudadanía y de la oposición, con una serie de garantías a los derechos civiles y políticos. Esta definición también implica la existencia de una incertidumbre, por ejemplo, respecto al resultado de las elecciones. Al mirar los índices de la democracia, por lo general, se basan en esas dos dimensiones: participación y oposición. A partir de ahí surgen los indicadores en base a los que se mide qué países son más o menos democráticos. Esta noción deriva de la definición de poliarquía del politólogo Robert Dahl, en 1971.

Pero la democracia es algo más. En las definiciones más teóricas se espera que la democracia permita que las capacidades humanas puedan desarrollar vidas dignas de ser vividas. Esa cuestión, por lo general, no se suele contemplar en los índices de democracia, porque es más difícil operacionalizar una definición tan normativa. Pero cuando hablamos de democracia también hablamos de un deber ser, de qué es lo que esperamos que pase a partir de la democracia.

Los politólogos, por lo general, al analizar la coyuntura, nos enfocamos en la primera definición, en la más operativa, dejando la segunda para reflexiones teóricas. Lo que sucede es que, en el contexto actual, parece que la teoría se encarna en nuestras propias vidas, en esta idea del malestar. Ya no alcanza con asegurar la participación, oposición e incertidumbre, sino que hay algo en el registro de los ciudadanos que se está expresando.

¿Y qué nos dice la expresión ciudadana acerca del estado actual de la democracia en Uruguay?

Uruguay sigue siendo una isla. Según el informe de Variety of Democracy Institute de 2025, la región latinoamericana todavía tiene muchas democracias, en el sentido procedimental de la definición, y Uruguay está bien rankeado, es decir, sigue manteniendo los niveles de democracia habituales. Pero si observamos la definición más normativa, mi interpretación es que la gran presión que está viviendo la democracia uruguaya tiene que ver con al menos tres lustros de inconformidad ciudadana con el régimen económico. El siglo XX fue cuando se casaron el capitalismo y la democracia. Pero ese matrimonio ahora se está quebrando porque el nivel de desigualdad es tal que unos pocos son muy ricos y toman todas las decisiones, mientras que somos muchos los que no participamos en las decisiones reales.

Entonces, a nuestra manera, y de forma muy gradual, Uruguay empezó a converger en esa situación global de democracias muy precarias, democracias que en algunos países están violentadas, ya sea por el narcotráfico, por el crimen organizado o por niveles de desigualdad que son insostenibles. Uruguay tiene un problema de desigualdad y de pobreza, consolidado en la pobreza infantil, aunque no solamente allí, que no es del último quinquenio, sino que se viene arrastrando desde hace muchos años. Entonces, es bastante evidente que la gente empiece a tener un malestar con un régimen político que no le da soluciones. Hace muchos años que la democracia viene ofreciendo servicios públicos de mala calidad, trabajos precarios y que, en algunas circunstancias, no garantiza las condiciones de vida. Por ejemplo, las personas, que tienen trabajos precarios, se ven obligadas a pactar con agentes no del todo legítimos para tener seguridad en su barrio. Entonces, quienes se enfrentan a ese tipo de situaciones en la vida cotidiana, es lógico que ya no crean en la democracia porque no ofrece respuestas. Creo que lo último que hay que hacer es enojarse con los ciudadanos que no entienden qué es lo que está pasando. No hay una racionalidad, hay una emoción derivada de vivencias diarias que explican el enojo con el sistema.

¿Cuáles crees que son las problemáticas que están teniendo más peso en el descontento de la ciudadanía?

Si miramos las encuestas, desde hace 10 años o 12 años hay tres problemas que concentran la mayor preocupación y en los que la democracia viene fallando: el empleo, la seguridad pública y la educación. A eso, hay que sumarle el tema salarial: hace aproximadamente cinco años que hay medio millón de uruguayos que ganan entre 25 mil y 30 mil pesos. ¿Quién puede vivir una buena vida con ese ingreso? También debemos sumarle el peso de la modificación estructural que están teniendo las sociedades de la inmediatez. Necesitamos soluciones ya, así sea para pedir comida o para tomarnos un taxi. ¿Por qué el ciudadano tendría que ser paciente con los políticos si es impaciente con un Uber? Todo eso va permeando en nuestra sensibilidad y configura nuestra expectativa respecto a la política, porque además de ser electores racionales somos ciudadanos que sentimos, nos emocionamos y nos duelen las cosas que vivimos. Entonces, al no recibir respuestas a los problemas las frustraciones se van acumulando.

¿Cómo opera ese proceso de frustración y por qué crees que parece hacerse más visible ahora?

Lo que observo desde mi campo de estudio, que es el de la política y las emociones, es que la frustración emerge cuando se depositan expectativas en algo que el gobierno no solo no cumple, sino que deliberadamente hace caso omiso a esas expectativas o directamente te dice que tus expectativas son demasiado simples y que van a ser resueltas de otra manera. Eso genera una especie de hastío, de cansancio, de no querer formar parte de ciertos lugares. A eso se suma que los espacios que antiguamente nos daban contención —un partido político, un sindicato o un club de barrio— están totalmente deslegitimados porque son las instituciones clave de la democracia, entonces la frustración se acelera.

Con respecto a la desaprobación del gobierno, ¿cuánto crees que responde a decisiones de gestión del mismo y cuánto crees que influye la figura del presidente?

Creo que hay un tema de gestión de la política y no tanto del liderazgo de Orsi, porque si la gestión de la política en los tres temas principales es buena, el liderazgo de Orsi se podría ver acrecentado, pero no es el caso. La gente está molesta con los resultados de la política. Una de mis hipótesis, que ojalá algún día pueda comprobar, es que este gobierno arrancó mal al decirle a la gente no tenga muchas expectativas porque iban a hacer "la revolución de las cosas simples", porque para las personas sus problemas cotidianos no son simples. No tener un bondi que le pase en hora no es un problema simple porque eso supone toda una logística familiar, económica y de cuidados que son muy estructurales para las personas. Entonces, es como subestimar las problemáticas ciudadanas.

Con respecto a la figura del presidente, creo que en el último tiempo mostró una dificultad para construir su propio perfil, porque las características que lo llevaron a ser un buen candidato y ganar la elección no son necesariamente las mismas que lo llevarán a ser un buen presidente. Ese estilo cercano y campechano puede funcionar para algún tipo de liderazgo o de gestión a nivel de la intendencia, pero a un presidente se le pide mucho más. De hecho, no me gusta que un presidente cancheree. No me gustaba que me canchereara [Luis] Lacalle Pou y tampoco me gusta que me cancheree [Yamandú] Orsi. ¿Cuál es la diferencia? Que Lacalle Pou era líder de un sector; [Jose] Mujica era líder de un sector; [Danilo] Astori era líder de un sector; y Tabaré [Vazquez] también. Orsi, en cambio, no es el líder del sector del que proviene. Ahí empiezan a jugar otras cosas: el apoyo que el sector le da al presidente, cómo lo rodea el partido y cuánto lo defiende. Todo eso hoy no está. Si uno mira las últimas semanas, lo que predominó fue una gran soledad. Entonces hay cuestiones estructurales del Frente Amplio y cuestiones coyunturales. En esa combinación de factores se configura un escenario complejo, que puede revertirse porque hay tiempo, pero para eso hay que tomarse los problemas en serio. Y esos problemas no son solamente de comunicación.

Últimamente, muchas de las fallas se han atribuido a los problemas de comunicación.

No estoy de acuerdo, así como no estuve de acuerdo con la idea de que la campaña de Frente Amplio se comunicaba mal. Yo creo que la campaña del Frente Amplio tuvo un diseño estratégico malo hasta el balotaje. Luego lo modifico porque empezó a darse cuenta de la necesidad de impulsar mucho más al presidente, de rodearlo mucho mejor. Acá es un problema de política. Hay ministros a los que no se les conoce la voz. Lo único que se han presentado son planes y medidas, pero no aparece una solución. Además, se optó por una estrategia de política de tal nivel de focalización que nadie la ve. Nadie ve que se entregaron 50 contenedores para resolver una vivienda. ¿En serio entregar contenedores es una política de izquierda? Claramente, es un problema de política y no de comunicación.

¿Y qué lectura haces de la desaprobación hacia el accionar de la oposición?

Veo con mucha más preocupación las encuestas de desaprobación de la oposición que las del gobierno, porque es muy fácil enojarse con el Gobierno cuando no cumple con lo que prometió, desaprobarlo y depositar la expectativa en otro agente. Pero la desaprobación a la oposición muestra que la inconformidad es hacia el sistema en general, y cuando empieza a ser un signo sistémico, si bien es solo una foto, hay que tomarlo en cuenta y empezar a pensar con más responsabilidad lo que se viene haciendo. Hay que tomar a la frustración como un factor tan objetivo como cualquier otra opinión de los ciudadanos. Cuando un ciudadano manifiesta estar cansado, no hay que decirle que no entiende cómo es la política, sino tratar de comprender, tener una visión compasiva con la otra persona, y preguntarse por qué llegó a esa situación.

¿Qué desafíos enfrenta el Gobierno en un contexto donde las expectativas son cada vez más altas y los márgenes de acción más reducidos?

El principal desafío que tiene el Gobierno es tratar de que esta Rendición de Cuentas no sea de gasto cero, como se advirtió en un primer momento. Porque entre la estabilidad de la macroeconomía —que todos los partidos de este país asumieron que es un pacto inigualable— y tener una rendición de cuentas de gasto cero, hay un océano de diferencia. Un Gobierno de izquierda no puede presentar una rendición con un artículo único que sea de gasto cero. Se tienen que poner a trabajar todos los ministros, carteras y agencias para ser innovadores en términos de políticas públicas y pedirle un poco más de recursos al ministro [Gabriel] Oddone.

Por otro lado, Orsi debería ser mucho más estratégico a la hora de pensar cuándo hablar, cuándo no y qué mensaje quiere dar. Porque eso que en un primer momento parecía gracioso, de tener la marcha atrás nuevita, decir una cosa y si no funciona retroceder, empezó a ser muy fastidioso. Sucedió recientemente cuando afirmó que iba a ir al Mundial y después dijo que no. ¿Te parece que es una semana para decir eso cuando tenés un problema con la camioneta? Cuando habla un presidente, está gobernando, más en un régimen presidencialista como el nuestro. La palabra presidencial no puede perder valor.

Por último, creo que el Gobierno necesita elegir un tema y acelerar a fondo, con todos trabajando en ese sentido, ya sea la pobreza infantil, empleo, seguridad, educación o transporte, pero poner todos los recursos económicos y humanos trabajando en ese sentido.

¿Y cuál crees que es el rol de la política en el contexto actual?

En algún momento de la historia los ciudadanos definimos que íbamos a dejar de matarnos y que los conflictos debían resolverse mediante la negociación y los acuerdos políticos. Desde la construcción del Estado a partir de la idea del contrato social, pasando por la forma de terminar las guerras civiles mediante la democratización de los sistemas políticos, hasta los procesos para salir de las dictaduras, asumimos que la política era aquello que iba a regular nuestra vida.

Nosotros resolvemos nuestros conflictos políticamente y, además, depositamos en el Estado una forma legal de hacerlo. Bueno, ese pacto, ese contrato social tácito con el que todos nacemos, se está rompiendo. Lo primero que hay que asumir es que tenemos un problema, que hay un elefante en la habitación. La pregunta es qué vamos a hacer con eso.

¿Queremos seguir considerando que la política es una herramienta para mejorar la vida de todos y todas, un motor capaz de sacar adelante a la sociedad? ¿O vamos a aceptar que los conflictos se resuelvan de manera cada vez más solapada, fragmentada, entre unos pocos, de forma elitista y encriptada?

Entonces, lo primero es asumir que la política tiene un valor central en nuestra vida. Lo segundo es entender que la política es conflicto, que no siempre vamos a llegar a consensos y que no está mal no llegar a ellos. Y, en tercer lugar, que todos los actores relevantes del Uruguay —que no son solamente los partidos políticos, sino también las organizaciones de la sociedad civil, los periodistas y la academia— debemos construir un nuevo pacto profundamente democrático y plenamente político.

Porque una de las cuestiones más fundamentales de la política es discutir los temas con vocación política e ideológica. Creo que uno de los grandes errores que tuvo este Gobierno el año pasado fue inhabilitar determinados debates. Eso también cansa.

El debate sobre el 1 %, por ejemplo, era un debate maravilloso para dar. Permitía discutir qué tipo de sociedad queremos construir. ¿Queremos que los ricos sean cada vez más ricos? Algunos responden que no, pero al mismo tiempo hay varios mecanismos presupuestales que benefician a los sectores de mayores ingresos. Mientras tanto, el almacenero que todavía está viendo si puede pagar la luz no percibe esas discusiones de la misma manera.

Hay una dimensión discursiva de la política que es muy importante no perder de vista. Y para eso también es necesario alejarse del tecnicismo neoliberal que nos atraviesa.