La verdad como territorio de guerra
Ante este escenario, el campo popular parece a veces atrapado en un anacronismo. Sigue creyendo que la disputa es únicamente programática, que alcanza con ofrecer “propuestas”, “modelos alternativos”, “políticas públicas”. Pero la batalla no es —o no es solo— racional: es emocional, simbólica, afectiva. Y en esa cancha la derecha está jugando con profesionales mientras las fuerzas progresistas siguen discutiendo personas y candidaturas.
Quizás haya que asumir, de una vez, que estamos frente a una guerra por la subjetividad. Que se necesitan psicólogos, psicoanalistas, comunicadores, especialistas en cultura y memoria, no para manipular, sino para comprender qué le pasa a una sociedad sometida diariamente a una pedagogía del odio. Sin esa lectura, cualquier proyecto transformador queda desarmado frente a la maquinaria emocional de la ultraderecha.
El desafío, entonces, es reconstruir un sentido común que no esté gobernado por el miedo. Reponer la confianza, reactivar los lazos, disputar el territorio de las emociones. Porque la derecha radical no avanza por representar mejor: avanza porque aprendió a operar sobre aquello que define cómo vemos el mundo. Si el campo popular no reconoce ese frente de batalla, difícilmente pueda recuperar la iniciativa.
Nora Merlin es psicoanalista.