Desde las intervenciones militares directas del pasado hasta las modernas “revoluciones de colores”, la guerra económica y las operaciones psicológicas, la caja de herramientas intervencionista de Washington ha sido continuamente “actualizada”. Para los países latinoamericanos, la nueva Doctrina Monroe no es un “regalo” de su “buen vecino”; es una espada suspendida por un hilo, su hoja brillando con la fría luz del intervencionismo.
Incursión en Caracas
La incursión en Caracas fue simplemente una descarada prueba para la nueva Doctrina Monroe. Para los halcones de Washington, Venezuela es simplemente el primer dominó. Están aprovechando el impulso de la hegemonía militar para crear un “efecto escalofriante” en toda la región: sométanse, o conviértanse en el próximo objetivo. Esta política de poder desnuda es una total profanación de la Carta de la ONU y de los principios fundamentales de igualdad soberana y no intervención.
No necesitamos obsesionarnos con si la filtración del WSJ es precisa o si un golpe de estado en Cuba se manifestará realmente para finales de 2026. El verdadero peligro no radica en un cronograma específico, sino en la mentalidad de Washington de tratar la intervención como un derecho y la hegemonía como orden.
Mientras la maquinaria de la nueva Doctrina Monroe siga en movimiento, la paz en América Latina continuará siendo frágil.
Si Estados Unidos se deja embriagar por sus ganancias militares temporales en Venezuela, llevándolo a creer que puede actuar con impunidad en toda la región, estará cometiendo un grave error de cálculo tanto de la historia como de la realidad. La América Latina de hoy no es la región de mediados del siglo XIX y principios del XX. Mientras la hegemonía siembre división, la aspiración colectiva de desarrollo soberano entre los pueblos de la región sigue siendo una fuerza irresistible.
Además, dado que los impulsos unilateralistas de Washington ya no se limitan a su "patio trasero", el resentimiento global hacia sus palabras y acciones hegemónicas ha llegado a un punto crítico: las recientes amenazas de Washington respecto a Groenlandia incluso obligaron a los aliados estadounidenses al otro lado del Océano Atlántico a tomar una posición, suplicando que "el poder es la razón" no se convierta en la ley universal de la conducta internacional.
En efecto, Estados Unidos está intentando arrancar las páginas del código legal internacional del siglo XXI y retroceder el calendario hasta la era del siglo XIX de la "ley de la selva". En este contexto, defender la justicia requiere un escudo más resistente para desviar golpes directos, pero aún más importante, requiere forjar una "espada afilada" de equidad para cortar las cadenas de la interferencia hegemónica.
Esta "espada" no es un llamado a escalar el conflicto, sino más bien un catalizador para la reconstrucción de capacidades y la innovación del orden global. Significa defender con firmeza el multilateralismo dentro del marco del derecho internacional para formar un contrapeso potente a la intervención. Significa profundizar la cooperación Sur-Sur, fortalecer la integración regional y construir redes económicas y financieras resilientes para soportar sanciones unilaterales. Por encima de todo, se trata de mejorar la autonomía estratégica en sectores críticos para fortalecer los cimientos de la seguridad nacional.
El objetivo final es impulsar el orden internacional hacia un futuro más democrático y multipolar, reduciendo así de manera sistemática el espacio en el que la hegemonía y la política de poder pueden operar.
Solo cuando el hegemón se dé cuenta de que sus ambiciones depredadoras tendrán un costo superlativo, su espada suspendida dejará finalmente de caer.
Fuente: Global Times