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#NadaCreceALaSombra

Por Celsa Puente.

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“Lo único que no tengo prohibido acá es soñar, entonces sueño el doble”. Estas palabras revisten un valor inmenso porque las dice María, una mujer privada de libertad que habita una de las cárceles uruguayas.

Nuestras cárceles son espacios hostiles, lugares en los que tradicionalmente se expresa un “deseo” de justicia a través del castigo, del disciplinamiento de los cuerpos, del control. Uno se pregunta cómo pueden sostenerse los discursos de rehabilitación o de esperanzas de un proyecto de vida futuro si la cárcel es un entorno tan des-subjetivante, donde el vacío del tiempo y del espacio es lo que reina. Someter a las vidas a esa vacuidad no puede generar otra cosa que rencor y agudizar las características negativas obstaculizando la reinserción social a la hora en que la libertad llegue. Lejos de lo que se dice, las políticas punitivas le dan estas características a la cárcel y obturan por tanto la posibilidad de repensar en un futuro diferente.

¿Es posible revisar la privación de libertad desde la dimensión de lo educativo? ¿Es posible crear procesos de humanización aun en estas circunstancias? De alguna manera estas interrogantes nos invitan a problematizar acerca de las características de las instituciones existentes y la generación de nuevas modalidades de vida en las mismas.

Hoy hay, en nuestro país, experiencias que nos muestran que efectivamente es posible abrir espacios diferentes, habilitantes al reencuentro de lo humano. Por eso necesito historiar un poco.

Hubo un tiempo no muy lejano, allá por el año 2014, en el que comenzó a circular con vigor, por parte de algunos actores políticos, la idea de que la cárcel y particularmente el encierro de los y las adolescentes sería la solución a los problemas sociales de seguridad. Se instalaron discursos peligrosistas, generadores del miedo, de la visualización del otro como un enemigo que viene a dañarnos. Si hubo algo interesante en ese tiempo, fue que estas aseveraciones provocaron grandes discusiones sociales sobre el tema, especialmente cuando se planteó la realización de un plebiscito para disminuir la edad de imputabilidad penal. El dolor de enfrentarnos a estos discursos condenatorios de los y las adolescentes en un país como el nuestro, de población envejecida, nos llevó a dos movimientos interesantes: la campaña “No a la baja” y la creación del proyecto “Nada crece a la sombra”.

“Nada crece a la sombra” comenzó a funcionar en el marco del sistema penal adolescente proponiéndose la apertura de espacios diferentes con los que condimentar la vida de estos jóvenes en privación de libertad, integrando el arte, el deporte y otros espacios generadores de creatividad. Más tarde, y con estos aprendizajes acumulados, también empezaron a trabajar en el sistema penal de adultos (hombres y mujeres).

“No nos llamó la atención que los adolescentes que veíamos antes son los mismos adultos que vemos ahora”, me dice con dolor el doctor Márquez, el Turco Márquez para quienes lo conocemos y apreciamos su sensibilidad extraordinaria. De alguna manera, hay algo de un destino inexorable que parecen padecer aquellos que habitan los territorios sociales de la pobreza, de la marginalidad social, de la vulneración de derechos y que expresan estas palabras del Turco. El colectivo de “Nada crece a la sombra” está empeñado en destituir estas profecías anticipadas de fracaso intentando transformar la vida cotidiana en las cárceles. Para eso proponen la apertura de espacios en los que repensarse y reencontrarse con aspectos personales humanos y actividades que se configuren e instalen como parte de nuevos procesos de reedición de cada una de estas personas.

Lo cierto es que es necesario interrogar el modo de vivir en la cárcel, ese dispositivo que únicamente ofrece encierro y cuyo sentido social en términos de administración de la justicia solo puede ser asociado con el dolor. El tiempo de reclusión es un tiempo de exclusión social estigmatizante.

La argentina Violeta Núñez dice que para construir el antidestino es necesario “repartir llaves de acceso al mundo simbólico, pues es el lugar del derecho de inscripción de cada sujeto humano”. Por eso este colectivo abre en las cárceles una propuesta socio-educativa-sanitaria, “entendiendo a la salud como un concepto bien integral -aclara el Turco– que tiene que hablarse, comunicarse con la educación, con lo social, todo el tiempo”.

El equipo está conformado por profesionales procedentes de muchísimas áreas: médicos, criminólogos, cantantes, actores, gestores culturales y todos aquellos que puedan aportar a la creación de espacios como parte de un modelo que apuesta por el descubrimiento de potencialidades, intereses, a través de actividades gratificantes y creativas que permitan salir de la etiqueta de delincuente para provocar el encuentro humano con uno mismo y con los otros.

Se ofrecen así cinco disciplinas: teatro, música, radio, audiovisual, juego y deporte, todas ellas presentadas con la salud como eje transversal.

La línea de trabajo de este colectivo se instala desde la lógica de pasar de “cuidarnos de ellos a cuidarlos a ellos”, “sobre todo de aquellos de los que muchos solo se preocupan para ponerles un rótulo, encuadrarlos en una categoría y considerarlos flujos estadísticos a los que se prefigura un destino cierto: la exclusión cultural, social y económica”, nos dice Violeta Núñez.

Hay un desafío impostergable en esto de constituirnos como una sociedad que pone en juego otras cosas cuando implementa la justicia. Hay mucho de la salud social y de lo humano que se juega en estas ideas de  antidestino, en esta invitación a desetiquetar y a descubrir a las personas más allá de esas  conductas que provocaron la situación de reclusión.

Lentamente vamos advirtiendo cambios en la convivencia, la forma de vincularse y el deterioro que veíamos empieza a no ser tan profundo. Allí está uno de nuestros objetivos, comenta el Turco.

#NadaCreceALaSombra nos convoca a generar espacios de hospitalidad en los que puedan circular otras lógicas. Ellos están marcando el camino. No los dejemos solos.

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