Ha sido una semana de recuerdos y nostalgias. No está mal. Si no se agota en ello, no está mal. Detrás del recuerdo y la nostalgia debe haber algo de futuro. El 5 hizo un lustro de la muerte mamá. Al oro día, el primer aniversario de la de Tabaré. ¡Cuántos recuerdos y emociones! De a ratos, ambos recuerdos se encontraban. Pienso en ellos y en el deber elegir el camino debido, no el más fácil.
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Hay un antes y después de la muerte de la madre. Uno se prepara toda la vida para ese momento, pero cuando llega, nunca se está preparado. Los que la han despedido, saben que es así. Los que aún la tienen, sienten que deben aprovecharla mientras esté. Para todos, la propia es la mejor. Y es verdad.
Yo siento que extraño una madre muy presente en mi vida. La diferencia de edad con mis hermanos hizo que desde muy joven haya quedado solo con mis padres. Luego, el exilio nos unió de un modo especial. Solo el que fue exiliado sabe cómo se siente ese desarraigo, contra el que uno se rebela a diario. Cuando me junto con compañeros del exilio, esa experiencia está presente.
Cuando el exilio se comparte con la familia, hay vivencias muy especiales. Yo me exilio más tarde que ellos. Les visitaba en Buenos Aires. Allí, tras haber estado preso, me sorprende el secuestro de Toba y Zelmar, con quienes había estado esa misma noche. Ahí lo único que me importaba era que aparecieran vivos y que mis padres estuvieran a salvo.
Luego me asilo con mi padre en la Embajada de Austria en Buenos Aires. Fueron los momentos más intensos que compartimos. Papá no podía guardar su dolor y yo no sabía exteriorizarlo. Nunca antes le había visto llorar. Sollozar. Juntos nos fuimos a Europa.
Días después se nos une mamá y todo cambió. Las heridas no habían cicatrizado, pero con su llegada una luz nos dio fuerza. Nada volvió a ser igual. Otra vez muerte de amigos (Letelier, Romero -hoy santo-), riesgo de nuestras vidas, hoy documentado. Pero con ella, era distinto. Ya por entonces un océano nos separa, pero nunca antes les sentí tan cerca.
Volvimos. Papá cumplió su dudoso sueño de regresar a Uruguay y murió muy poco después. Ella lo sobrevivió casi 30 años. ¿Quién hubiera dicho? Ahí aparece Tabaré en nuestras vidas.
Primero como intendente. Nos llama a ambos porque le va a poner el nombre del viejo a la calle donde vivió de joven cuando llegó de Melo. Aquel primer encuentro en su despacho fue muy impresionante. Al salir, mamá me toma de la mano y me dice: “Me dio mucha paz… dijo todo de un modo… no me había sentido así desde que murió”.
Sus palabras en la inauguración del nuevo nombre de la calle fueron inolvidables. Habló de temas en que habían discrepado y cómo aún en ellos, descubrió un alma genuina en papá. Habló, también, de lo que pocas veces se recuerda, el Uruguay con el que había soñado Wilson.
Las vueltas de la vida, Tabaré asume la presidencia y a los pocos días, por mandato de la ley, aquella explanada municipal que presidió como intendente, erigía un monumento en memoria de Wilson. Para sorpresa de todo el mundo llegó con todo su gabinete a inaugurarlo. Algunos militantes “herreristas”, con carteles partidarios, lo silbaron.
Mi hijo tenía 12 años. Con su hermana y mi madre, habían quedado frente a mí, monumento en el medio. Vino, estrechó su mano y dijo: “Perdón, presidente, ni usted ni mi abuelo merecen esto”. Tabaré puso la mano sobre mi hombro y dijo con una sonrisa irónica: “Hay que tener cuidado con este cuando crezca”. Sonrío y pasó por alto la agresión de la turba antidemocrática.
El domingo tiré un beso al viento, fui a misa en San Romero. El lunes por la mañana temprano estuve en el cementerio de La Teja. Se había congregado su familia, amigos y colaboradores más cercanos. Haber sido invitado ya desbordaba mi emoción. Habló Rodolfo Nin con inocultable emoción y el alma a la vista.
Recordé las visitas que le hizo a mamá. Su penúltimo cumpleaños fue el día de la segunda elección de Tabaré. Algunos dirigentes blancos, que se habían anunciado, me llamaron a suspender (¿?). Él y María Auxiliadora, muy sencillos, se sentaron en la cama y una sorprendida enfermera les tomó una foto. También fue Pepe ese día, siendo presidente.
Cuando murió mamá, Tabaré, presidente, estaba en Francia. Sus flores fueron las primeras en llegar. Sobre el mediodía llamó a mi celular. Yo no podía hacer política por estar en la Institución de Derechos Humanos. Pero le había votado. Habíamos tenido una última e inolvidable conversación en su casa. Una de tantas, en la que me ayudó a encontrar mi propio camino.
El año pasado, por primera vez, desde el 76, pude llorar de tristeza. Fue con la noticia de la muerte de Tabaré.
Desde entonces los recuerdo juntos. Y la sonrisa de mamá, cuando le veía, que decía todo y mucho más.