EEUU ha intensificado sus agresiones contra Venezuela, acciones que, en definitiva, representan una agresión directa a la soberanía latinoamericana. Resulta paradójico que el país que impulsó una supuesta estrategia de defensa continental a través del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), concebido para repeler amenazas externas al continente, sea hoy quien pretenda someter por la vía militar a una nación latinoamericana.
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Inteligencia de señales y despliegue militar amenazante
En materia de Inteligencia de Señales (SIGINT), es clara y notoria la existencia de un despliegue militar estadounidense amenazante y dispuesto —si así lo define la Administración Trump— a atacar a Venezuela o a objetivos que puedan asociarse con el país caribeño. Los despliegues militares, la reutilización de bases militares y las valoraciones de las principales autoridades norteamericanas son un ejemplo, en este caso se inscriben en el escenario de guerra híbrida.
La lucha contra el narcotráfico como excusa
El despliegue militar en el Caribe, intensificado recientemente (particularmente en 2025), se presenta oficialmente como una operación de lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, su magnitud y sofisticación han generado un amplio debate internacional debido a su extrema peligrosidad. Es interpretado por muchos analistas como una estrategia de "presión máxima" con un claro objetivo político hacia Venezuela. El problema principal radica en determinar qué sucedería si esta estrategia de presión falla, y si, para alcanzar su objetivo estratégico, Washington se viera obligado a pasar a la acción militar concreta. Este último escenario no debe ser descartado a priori.
Dimensiones del cerco militar
Para dimensionar el cerco que EEUU busca establecer sobre el Caribe, basta con repasar la composición del despliegue:
Ámbito marítimo: La columna vertebral del despliegue es el Grupo de Ataque del portaaviones USS Gerald R. Ford (CVN 78), el buque más grande y moderno del mundo, cuya presencia duplica el movimiento naval previo en la zona. Este grupo incluye destructores de misiles guiados de la clase Arleigh Burke (como el USS Gravely o el USS Jason Dunham) equipados con el sistema de defensa antimisiles Aegis. También está presente el Grupo Anfibio Iwo Jima, liderado por el buque de asalto anfibio USS Iwo Jima, crucial para el despliegue rápido de Infantería de Marina (Marines) y aeronaves. La fuerza naval se completa con submarinos nucleares de ataque rápido, proporcionando capacidades de vigilancia y ataque sigiloso.
Ámbito aéreo: La presencia es de alta tecnología y gran alcance. Las aeronaves clave son los cazas de quinta generación Lockheed Martin F-35 Lightning II y los aviones de patrulla marítima Boeing P-8A Poseidon, esenciales para el reconocimiento. También se ha reportado el sobrevuelo de aviones de combate como el McDonnell Douglas F/A-18 Hornet y, ocasionalmente, bombarderos estratégicos como el B-52 Stratofortress, proyectando una capacidad de ataque de largo alcance. Todos estos activos refuerzan las tareas de inteligencia mediante la provisión de datos e información claves.
Bases operativas y logística del cerco militar
En términos estratégicos, Puerto Rico se ha convertido en una plataforma logística y de vigilancia crucial, reactivando parcialmente la antigua base de Roosevelt Roads. El Comando Sur utiliza también los Centros Operativos de Avanzada (FOL) en naciones aliadas como Panamá, Aruba y Curazao, que funcionan como puntos de reabastecimiento y despliegue para los aviones de vigilancia. Este conjunto de activos terrestres podría asegurar el apoyo logístico y la rápida intervención de fuerzas especiales.
Escenarios posibles o más probables
Escenario 1: Operación de extracción, "expulsión" o asesinatos de líderes.
EEUU es consciente de que una operación militar fugaz contra Venezuela es la opción más "rentable" pero la más riesgosa y difícil de ejecutar. Sin embargo, existen ejemplos recientes en la supuesta lucha contra el terrorismo (e incluso formatos utilizados por aliados como Israel en Irán o Siria) que la transforman en una opción no descartable.
La labor de la CIA no es nueva en el continente, y la presencia organizada dentro del territorio venezolano o colombiano con capacidad de despliegue de fuerzas de élite puede ser una alternativa utilizada con apoyo periférico del despliegue militar en el Caribe. Esta opción implicaría la generación de un estado caótico e ingobernable dentro de Venezuela para luego forzar un llamado a "elecciones" o buscar alternativas injerencistas para el nombramiento de autoridades.
Escenario 2: Resquebrajamiento institucional del mando de las Fuerzas Armadas.
Este es un caso típico de la acción norteamericana en distintos países del continente a lo largo de la historia (el Plan Cóndor sirve de ejemplo). La infiltración de las Fuerzas Armadas (FANB) es un objetivo permanente y, estratégicamente, el más relevante para los intereses de la Casa Blanca, ya que la doctrina estadounidense prefiere utilizar otras fuerzas armadas indirectamente en conflictos para cumplir sus objetivos sin "mancharse" ni cargar con las bajas propias. La incursión con fuerzas propias se valora cuando esta opción falla.
Hasta ahora, las Fuerzas Armadas venezolanas se han mostrado cohesionadas y alineadas a la institucionalidad. Es difícil imaginar un escenario inmediato de cooptación de los mandos principales. No obstante, y vinculado al escenario anterior, no es descartable pensar en el uso de desprendimientos puntuales (no masivos ni relevantes en capacidad de mando) para acciones desestabilizadoras u operaciones especiales.
Escenario 3: Guerra híbrida y estrategia de desgaste psicológico.
Este escenario es el más probable de sostenerse a medio plazo y representa la utilización combinada de instrumentos no cinéticos (no militares directos) para lograr un colapso interno sin incurrir en una intervención costosa. La guerra híbrida y psicológica implica el uso intensivo de la tecnología de la información, las sanciones económicas y la presión diplomática para desmoralizar y fragmentar a la población y a la élite militar.
El despliegue militar en el Caribe, con su poderío exhibido (USS Ford, F-35), funciona primariamente como un instrumento de guerra psicológica: busca intimidar a los mandos de la FANB, aumentar la percepción de riesgo e inevitabilidad del conflicto, y así catalizar deserciones o levantamientos internos (vinculando con el escenario 2). Las sanciones financieras, la presión mediática internacional y las operaciones de influencia (campañas de desinformación) buscarían destruir la base económica del gobierno y erosionar su apoyo popular, obligándolo a negociar un cambio por agotamiento. En este escenario, la acción militar directa se mantiene como una amenaza creíble y constante, pero solo se ejecutaría como último recurso o para operaciones muy puntuales.
Escenario 4: Acción de guerra contra Venezuela y lucha prolongada.
El principal obstáculo que enfrenta EEUU para una acción militar de más largo aliento son las fronteras terrestres de Venezuela, en particular la situación con Colombia, país crucial para asegurar una intervención militar que no sea solo una incursión o extracción de líderes. En un escenario de destrucción mediante bombardeos y posterior ingreso de tropas de infantería, el comportamiento de los "vecinos" es vital.
En el contexto político actual, es altamente probable que Colombia y Brasil no solo rechacen una agresión de EEUU, sino que además no se sumarían a una operación militar de lucha prolongada contra las Fuerzas Armadas venezolanas, ni serían sostén logístico. Si Washington opta por la vía clásica, es consciente de que se trataría de un conflicto armado de larga duración y de mucho desgaste, el cual podría convertirse en un "nuevo Vietnam del siglo XXI". Por lo tanto, no es apresurado indicar que, para una posible invasión militar, EEUU precisaría mínimamente de un cambio de signo en el gobierno colombiano, algo que podría ocurrir en las próximas elecciones presidenciales de mayo, teniendo las elecciones parlamentarias de marzo como "termómetro" político. Este es el escenario menos probable, pero no descartable.
Conclusión
La estrategia de presión máxima de Estados Unidos utiliza la excusa del narcotráfico para enmascarar un despliegue militar de gran envergadura. Dada la complejidad del terreno venezolano, la cohesión de la FANB y la probable negativa de los países vecinos (Colombia y Brasil) a participar en un conflicto terrestre prolongado, el escenario 4 (guerra prolongada) se mantiene como el menos probable.
El desarrollo inmediato y a corto plazo más verosímil del conflicto apunta al escenario 3 (guerra híbrida), que se apoya en el despliegue naval y aéreo como un instrumento de guerra psicológica y de intimidación. La presión militar sostenida en el Caribe busca intensificar las debilidades internas y catalizar el escenario 2 (resquebrajamiento institucional).
Si la presión económica, mediática y psicológica falla en provocar el colapso interno, la opción más "rentable" para EEUU sería una operación quirúrgica de alta letalidad y baja duración (una versión extrema del escenario 1), centrada en la neutralización de líderes específicos o instalaciones clave, evitando así el costo político, económico y humano de una ocupación prolongada. La clave de la escalada está ligada directamente a la resistencia de la FANB y el calendario electoral colombiano.
Todo es política
La arremetida de Donald Trump contra Venezuela puede interpretarse políticamente desde dos posiciones: por un lado, hay quienes pueden decir que se trata de una acción de fortaleza, de demostración de poder; por otro lado, y muy por el contrario a esta primera lectura, puede evidenciar la fragilidad de la estrategia norteamericana contra Venezuela, Cuba y Nicaragua. Es decir, ya no cuentan con las capacidades suficientes desde el punto de vista político, diplomático y económico para garantizar un cambio de gobierno venezolano por uno afín a la Casa Blanca.
Pese a que esta estrategia, sostenida principalmente en el poderío militar, se trata de una debilidad norteamericana, reflejando incapacidades propias y de sus aliados regionales, no menos cierto es que los niveles de repercusión política sobre la gravedad de la amenaza resultan frágiles y débiles. Organismos como la OEA, tan preocupada en otros momentos por tensiones regionales, ha estado prácticamente ausente de la escalada que encabeza EEUU. O peor aún, su principal representante ha emitido declaraciones que pretenden someter a Venezuela bajo la égida de EEUU.
Igual de preocupante es el silencio o el desplazamiento del foco respecto a lo central por parte de varios países de la región, en el que Uruguay lamentablemente se ha incorporado. La gravedad es extrema, y la preocupación central debería estar puesta en una dimensión política necesaria como Estado y ni qué hablar como izquierda. Como Estado, la defensa es la soberanía latinoamericana, la búsqueda de la paz y la dilucidación de los conflictos por los medios institucionales correspondientes. Desde una perspectiva de izquierda, se suma a todo lo anterior una visión antiimperialista y solidaria con los países y pueblos que son agredidos.
Las dinámicas políticas llevan a que muchas veces estos temas tan importantes para la humanidad pasen a un tercer o cuarto plano en el mejor de los casos. El Gobierno uruguayo ha transitado un camino en el que intenta minimizar situaciones, relativizando la agresión, llegando al punto de cometer errores con declaraciones respecto a lo que sería verdaderamente grave para Venezuela y la región.
Uruguay no puede seguir pendulando. No se trata de estar a favor o en contra de Nicolás Maduro, o del proceso bolivariano que encabezó Hugo Chávez; esa es otra discusión que la izquierda también debería procesar con seriedad, muy alejados de la vocinglería bienpensante. De lo que se trata ahora es de estar del lado de la paz o de la guerra, del lado del imperialismo o de la lucha de los pueblos, del lado de las agresiones o de la búsqueda de acuerdos, del lado del golpismo o de la democracia, del lado de la libertad o de las amenazas que condicionan la paz y la libertad de Latinoamérica. De cómo, finalmente, nos paramos en la tierra. No es tan difícil darse cuenta de qué lado de la mecha hay que estar.