Las propuestas económicas que vienen desde los precandidatos del oficialismo deberían preocuparnos dada su semejanza y reflejo en lo que es la terrible situación de Argentina hoy.
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Argentina vive hoy la crisis más importante que nunca ha conocido, que es la crisis que están padeciendo las mayorías. El crecimiento de la pobreza es el mayor visto en la historia, la consecuencia es que la gente está pasando hambre y necesidades mientras se avanza en una política de desarme institucional y del Estado que genera recortes de todo tipo justificándose en que se necesita el sacrificio para poder llegar a un estadio mejor.
La realidad es que todo es un desastre y la gente está pasando mal, el hambre crece y las perspectivas son nefastas. La presidencia de Milei, luego de una campaña que anunció lo que iba a hacer, muestra que la realidad es mucho peor. Pero lo que fue engañosa no fue la propuesta, sino el diagnóstico o la justificación que avalan las medidas actuales que vienen golpeando a los más amplios sectores de la sociedad argentina, pero cuando más necesidades se tiene y más se requiere de las políticas públicas y los servicios sociales. Con un postulado de ultraderecha más extremo, de los más radicales conocidos, se viene cortando presupuestos, servicios, promociones, investigación, educación, salud, planes sociales y subsidios desde los que buscan mejorar la asignación hasta los necesarios para sostener el funcionamiento económico. Todo se argumenta en una muy mal llamada libertad, en la necesidad de sacrificios y ajustes que lo único que traen es perjudicar más cuanto más necesitado se está, y desmantelar todo. Incluye la destrucción de cualquier infraestructura institucional y política que permita pensar el desarrollo y crecimiento de la gran nación y un rico país que ha sido siempre la Argentina, a pesar de las crisis y dificultades económicas y políticas que ha tenido. Implica atacar cualquier forma o base que sustenta derechos y posibilidades para la gente. Es solo una profundización acelerada y sin precedentes a la precarización y eliminación de derechos como prioridades de esta terrible etapa.
Con una figura muy bien construida, votar por Milei para muchos fue manifestar descontento. El que fue hábilmente captado por una construcción de marketing bien lograda y que con mensajes fuertes le llegaron a muchos. Muchos ya arrepentidos y otros que, en la más profunda soledad que implica el mundo actual, en forma irracional asumen que están haciendo un sacrificio por fines superiores y por un bienestar que en la realidad nunca va a llegar.
Votar por Milei fue como dar un salto a la nada, a una realidad que nunca se vio pero que además implica la nada, porque es la destrucción de todo lo que permite sostener las economías y los entramados sociales. Es el extremo de los extremos, pero para que esto se concrete tiene que haber apropiación y beneficios para un grupo muy reducido y se hace desarmando, generando negociaciones que benefician a unos muy pocos y a grandes capitales, vaya a saber dónde están ubicados. A esto es a lo que le mal llaman “libertad”, la palabra que han robado y que usan como estandarte para justificar la destrucción omitiendo lo más importante: sin derechos no hay libertad.
Se trata de un régimen extremo de la derecha actual pero con una gran deferencia que es el discurso y la imagen misma, más dura, más violenta con una prédica al extremo libertarismo que proclama el fin total del Estado y cualquier tipo de derechos para generar una total anarquía que permita el dominio total del mercado.
Aunque parece muy lejano a la realidad de nuestro país, a medida que avanza la campaña política se va viendo que existen quienes no se manifiestan respecto a la realidad argentina o dicen que se debe esperar, escondiendo por necesidad una simpatía que parece poco inteligente de mostrar en plena batalla por captar votos. Y esto es claro porque lo que se ve no tiene nada de bueno y lo único que trae es más pobreza, desigualdad e injusticias. Un despropósito de modelo económico que viene de la mano de la figura de Milei pero que es mucho más que la propia figura del presidente, que cubre los extremos de los movimientos de ultraderecha e intereses económicos. Esta situación es evidente si se repasan algunos aspectos de las campañas de algunos de los precandidatos por la coalición y en particular a nivel del herrerismo. Tomamos dos, Raffo y Delgado, que son llamativos.
Laura Raffo pasó de economista a hablar con liviandad de la economía. Con una campaña que busca emociones que no encuentra y con un “hagamos historia” que no tiene contenido. Dar un discurso conformista y liviano de acuerdo al lugar y buscar una empatía con las necesidades no es una buena imagen de propuesta. Pero en realidad no hay ausencia de contenidos, hay un contenido fuerte y peligroso que busca seguir profundizando en lo que ya se ha impuesto desde este Gobierno. La precandidata habla de tres medidas fundamentales en el plano económico que son flexibilización de importaciones, desburocratización del Estado, mayor flexibilidad en los mercados. Preocupaciones por herencias de este Gobierno que son una pérdida de competitividad nunca vista y un costo de vida elevado, que va mucho más allá de la inflación porque es el costo de vida de los hogares más allá de la macro. Para eso, en vez de reconocer las fallas, se plantea ir por más. Este es el argumento para hablar en forma genérica de la necesidad de reformas micro que sigan bajando el peso del Estado, aumentando la competencia y facilitando las importaciones. Todas medidas que van a tener como consecuencia empeorar las condiciones de la gente, de las pequeñas y medianas empresas y de la industria nacional, entre otros.
Se le podría preguntar a la precandidata cómo se construyen oportunidades sin un Estado fuerte que invierta, eduque, garantice derechos y regule. Para Raffo se debe seguir, pero en forma más acelerada, con desburocratizar el Estado para eliminar trabas y certificaciones que agregan un montón de costos. Defiende aumentar la competencia, lo que implica la ley del más fuerte. Afirma la economista: “Cuando hay más competencia, cuando dos personas, dos empresas quieren vender lo mismo, el precio siempre termina bajando”. ¿Quiénes pueden afrontar una guerra de precios y vender por debajo del costo?, ¿quiénes defienden derechos laborales, normas de calidad de productos ambientales y otras necesarias para una sociedad justa y atienden los intereses de todos? También habla de facilitar las importaciones como medida para aliviar la frontera pero lo que sería un claro perjuicio para la industria nacional. Propone realizar “reformas que son microeconómicas” para “sacar regulaciones” y “liberalizar” el Estado.
En otro lugar, Alvaro Delgado, saliendo de la cúpula misma del actual Gobierno, plantea también un segundo piso de transformaciones que hablan de todo pero que como medidas tienen la desburocratización, que es una forma no neutral de desmantelar el Estado, y los incentivos al sector privado para desarrollar ciencia y tecnología, dejando cualquier posibilidad a inversión pública en la materia. No solamente se reconoce la falla del actual modelo en determinados temas, sino que se redobla el compromiso y se va por más. Y lo que nunca falta es la promesa que es imposible afirmar de bajar impuestos.
Si bien a primera vista parece que hablan de países diferentes, cuando se lee entre líneas está claro el modelo y que se va por más. Un segundo piso de transformaciones, como afirman tanto Delgado como Raffo, va a ser parecernos más a lo que está pasando en Argentina hoy. Cualquier similitud con la realidad argentina no es ninguna casualidad.