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Política Cuba | genocidio | Venezuela

Arrasando los acuerdos básicos

Cuba o el intento de genocidio

Con la invasión a Venezuela ocurrida el 3 de enero, Trump y su Gobierno han abierto un nuevo frente de impunidad mediante una política cargada de delitos contra el derecho internacional.

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El fracaso de las Naciones Unidas y de otros organismos internacionales para llevar adelante sus cometidos y cumplir con las finalidades para las que han sido creados (que hoy son pura letra muerta, de una punta a la otra del orbe) se debe a la perpetuación de la ley del más fuerte, un dogma de hierro que nada ni nadie ha logrado quebrar nunca en el planeta tierra, desde que hicieron su aparición los Estados, sus relaciones y sus conflictos.

Esa ley del más fuerte se plasma en el derecho a veto que poseen las potencias integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido); un derecho que les permite permanecer impunes frente a cualquier violación del derecho internacional, por la causa que sea, incluido el ya larguísimo bloqueo a Cuba por parte del imperio norteamericano, que no sólo se ha perpetuado durante la friolera de unos sesenta y cinco años, sino que en estos momentos recrudece hasta extremos lindantes con la figura de intento de genocidio, o dolus specialis.

Una historia de apoyo internacional a Cuba

Antes de pasar a analizar esa figura de derecho internacional, es preciso recordar que la propia Asamblea General de Naciones Unidas sometió a votación el 29 de octubre de 2025 una resolución presentada por Cuba en la que se expresaba textualmente la "necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba". Los resultados: ciento sesenta y cinco países a favor de la resolución cubana, siete en contra y doce abstenciones. Se trató de una verdadera victoria, no sólo de Cuba, sino de la comunidad internacional frente a una medida que viene generando su permanente rechazo y repudio: la cobarde y asfixiante política de bloqueo (pues no de otra manera ni con otro término lo definió la ONU). Era la trigésima vez en que dicha comunidad se oponía a tal medida, lo que hace aún más absurda y temeraria, si cabe, la persistente e insólita negación de ese bloqueo por parte de los acólitos y siervos del poderío estadounidense, cuya actitud desconoce lo decidido por la abrumadora mayoría de los países del planeta tierra, en legítimo pronunciamiento oficial, por medio de su órgano máximo de derecho internacional.

¿Qué hizo Estados Unidos el día de la trigésima votación a favor de Cuba en la ONU? Votó en contra, naturalmente, y fue secundado por Argentina, Hungría, Israel, Macedonia del Norte, Paraguay y Ucrania. ¿Y qué hizo después, ante los resultados? ¿Se sometió, tal vez, al designio de la comunidad internacional, constituida por países tan soberanos como su propio territorio? Nada de eso. Continuó su línea de alevosa impunidad, cuyas expresiones sería casi imposible enumerar aquí. Baste decir que ahora, con el desparramo de amenazas, el aumento de la presencia militar en el Caribe y la invasión a Venezuela ocurrida el 3 de enero, Trump y su Gobierno (que no el pueblo estadounidense como tal) han abierto un nuevo frente de impunidad mediante una política cargada de delitos contra el derecho internacional, y contra los habitantes del planeta; en particular, y entre otros, delito de intento de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de agresión.

Nuevas acciones del imperialismo

Si ya era muy peligrosa la actuación del Gobierno de Estados Unidos antes de Venezuela, lo es mucho más después de que, el pasado 27 de enero, China enviara un auxilio económico a Cuba, consistente en ochenta millones de dólares y sesenta toneladas de arroz. En respuesta, Trump emitió la orden de cortar la afluencia de petróleo en la isla (ya con Venezuela fuera de combate, y México lo bastante amenazada como para comenzar a paralizarse), y de imponer aranceles adicionales a los países que lo suministren. La nueva medida suma una acción más a la figura de intento de genocidio, definida como tal en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, que consiste en la intención específica de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.

No se reduce a una eventual matanza y/o a lesiones graves, sino que incluye el sometimiento a condiciones de existencia que acarreen o puedan acarrear la destrucción física, entre otras. Se trata de una medida inserta en la realidad (es algo que está aconteciendo, guste o no guste), como expresan los gurús de la pretendida objetividad, que pretenden lavarse las manos y no realizar ningún juicio al respecto. Pero es también (guste o no guste) una medida francamente inmoral. ¿Y por qué es inmoral? Porque no solamente de realidades o de hechos crudos y duros vive el hombre. La gente no solamente hace esto o aquello, sino que lo hace o deja de hacerlo por alguna razón.

Hay cuestiones inherentes a las ciegas fuerzas de la naturaleza, y hay otras que sólo obedecen a los designios humanos, reino en el que no existe y no es posible la menor objetividad. En efecto, tal como lo enunció en su momento Kant (y cómo se nota quiénes lo han leído y quiénes no), en los seres humanos, en su capacidad racional y en su actitud frente al conocimiento conviven por lo menos dos “razones”: la pura, enfocada en el mundo fenoménico, regido por las leyes de la causalidad, donde las cosas son (en especial hablamos de la física y de la matemática); y la práctica, cuya materia es la “conciencia moral”, que todos los seres humanos poseemos pero que no siempre (o mejor dicho, rara vez) sometemos al escrutinio de una lógica implacable. ¿Qué nos dice la lógica de la moral kantiana? En su más rigurosa acepción, se formula por medio del “imperativo categórico”, por el cual nos obligamos a nosotros mismos a actuar de manera racional en cuestiones éticas. Dicho imperativo es un mandato incondicional que nos ordena actuar de tal manera que la norma de conducta propia pueda erigirse en ley universal, válida en cualquier lugar y tiempo, para todos, sin excepciones ni contradicciones.

Como es obvio, Estados Unidos no desea que ninguna otra potencia o alianza eventual de potencias someta a su propio territorio a un “embargo” o bloqueo, o a cualquier otra medida que lesione de algún modo su soberanía y que, encima, vaya a contrapelo de lo dispuesto por la comunidad de naciones; no lo desea, y mucho menos esperaría que semejante estado de cosas dure indefinidamente; y es por ello que su medida resulta cínica, agresiva, arbitraria e inmensamente cruel: porque no puede universalizarse, pues, de hacerlo, desataría al instante una guerra masiva y una probable extinción de la humanidad. En suma, el actual Gobierno de los Estados Unidos viola el mandato ético de la conciencia moral humana, que no necesita de ningún elemento especial para manifestarse, pues hasta un niño la posee, tal como asevera Kant. Se podrá alegar que semejante imperativo resulta poco menos que utópico en la realidad de todos los días; pero no se podrá probar que sea erróneo, pues emana de la más pura lógica. Algo así como la Declaración de Derechos Humanos, cuyo basamento, inspiración, norte y guía pertenecen casi por entero al imperativo categórico kantiano. Guste o no guste.