Entre horneada y horneada en la panadería, empecé a buscar entrevistas y notas de la época. Hay muchísimo material. Entonces comencé a hacer fichas y a ordenar las piezas de este puzle que se me fue haciendo cada vez más grande.
En un momento vi que lo que tenía ordenado era más extenso que para un simple artículo de prensa, que era lo que pensaba hacer al principio. También me di cuenta de que no hay análisis sobre la política departamental postdictadura.
En ese marco entendí que había mucho para explorar y para hacer, y que nosotros tenemos muchísimas fuentes al alcance. Empecé a escuchar entrevistas de diferentes medios locales y nacionales; revisé la prensa local y nacional, leí los diarios de sesión de la Junta Departamental de Maldonado, que están digitalizados y son una fuente de enorme valor para los que trabajamos historia política. Hay algo más de 20 fuentes que dan esqueleto a este libro; no es un monólogo, hay muchas voces en este trabajo.
Esta era la posibilidad de abrir un campo de análisis y reflexión sobre la política departamental. Este trabajo no es un panfleto, tampoco una cartilla de instrucciones, no está realizada como un registro de historia militante, aunque entiendo que los lectores le darán su propia interpretación.
“Darío y El Flaco es un libro de 170 páginas divididas en 14 capítulos y una parte final donde se opina desde la perspectiva histórica, que es mi oficio”.
Sobre el triunfo del Frente Amplio a nivel departamental
Almada explica que “para muchos, aquello de que el Frente Amplio haya pasado por Maldonado era una cosa como anómala, algo como extravagante, si se quiere. Había sido parte de una especie de primavera nacional y nada más. Es cierto que cuando se mira la realidad del Frente Amplio en el interior es muy comprometida, porque prácticamente hay representación formal en términos políticos, pero hay ausencia de oposición”.
Sostiene que “en este departamento el Frente Amplio intentó llevar adelante, y en alguna medida logró, un plan muy ambicioso de transformaciones. Pero por otro lado surgía la pregunta referida a la base política que le daba sostén e impulso a esas transformaciones, para que las mismas se pudieran materializar.
Entonces ahí me encuentro con la conformación particular de la fuerza política en términos locales. En algún momento me llegué a preguntar si existió el Frente Amplio en Maldonado, o existieron debajo de un lema dos jefaturas caudillescas que articularon como caudillos del siglo XIX en torno a sí mismos. Era una base política que marcó el constante estado de guerra interno. Probablemente a De los Santos no le guste esto, pero a Darío Pérez sí le calza mejor esa idea del caudillo.
Yo creo que fueron dos formidables caudillos, en términos políticos, cada uno con su cultura, su filosofía, su idiosincrasia, su sensibilidad, su gente. Pero, viendo las características de esa experiencia, uno se pregunta si en Maldonado hubo Frente Amplio. O si ese Frente tuvo amplitud; amplitud que no tuvo Darío con su actitud de saravista incorregible. Cito una entrevista que se le hace en el 2005 al exdiputado y maestro Ramón Guadalupe, a los seis meses de estar en el gobierno, y dice ‘como tipo independiente, como abuelo rezongón, voté por la terquedad patriótica de Darío Pérez’”.
Almada agrega que “es bien curioso el caso de ambos caudillos. Los dos tienen orígenes muy diferentes. De los Santos provenía del Partido Comunista, y Pérez del Partido Nacional. Ambos habían abandonado esas fuerzas y crearon otros sectores. Pero que eran fuerzas muy minoritarias en el Frente Amplio. El de De los Santos era muy pequeño a nivel nacional, y el de Pérez no tenía representación.
Acerca de lo positivo y negativo de cada caudillo
El autor del libro afirma que “cada uno expresó una sensibilidad distinta, pero que de una u otra forma reflejaron posiciones que conectaban con una visión de izquierda. En el caso de Darío Pérez, toda la fuerza de la crítica hacia el centralismo fue una bandera muy importante que le permitió aglutinar adherentes. Sumado a su condición de médico, de tipo de pueblo, de caminante incansable. Una cosa más sanguínea, más instintiva, eso que es parte de la vieja historia del Partido Nacional y de los territorios de estos interiores nuestros, donde ese componente blanco tiene un peso sustancial.
En algún momento Darío Pérez tocó esas fibras de algunas tradiciones importantes, de ese nacionalismo popular de los interiores, caudillesco, contestatario, anticentralista, que busca en algún sentido también la afirmación de territorios olvidados o alejados de donde se definen las cosas. Creo que ese es un componente que le dio fuerza.
Claro, resulta muy tentador explicar la situación actual del Frente Amplio Maldonado a partir del final de Darío Pérez. Es muy tentador porque Darío podría haber sido dueño de este Frente Amplio desde la chacra, en su casa, pero, sin embargo, terminó siendo una negación de sí mismo, en algún sentido. Una carrera política que desarrolló sosteniéndola en el argumento de la autenticidad, del coraje, de aquella cuestión insumisa, levantisca y demás. Pero termina siendo políticamente un funcionario de la Intendencia de Antía. Curiosamente, en las elecciones logra 609 votos. El final de Darío Pérez, la forma muy desgraciada que él tiene de terminar su vinculación política con el Frente Amplio, se debe efectivamente a que advierte que se esfuma la posibilidad de llegar a ser intendente de Maldonado. Creo que hubiese cambiado todo en su vida por eso. En una de sus últimas entrevistas, Darío dice ‘ha sido una de las razones que también me motivaron a acercarme en este momento al Partido Nacional’.
Es curioso porque los resultados de la última elección, cuando él rompe definitivamente con el Frente Amplio, revelan que no se llevó nada, pero el Frente Amplio perdió una multitud de votos. Los votantes no se fueron con él, se fueron a votar a otros dentro del Partido Nacional. La representación del sector político de Pérez en el Frente Amplio quedó reducida a su mínima expresión, tratando de sobrevivir a los escombros y el chaparrón. Darío termina distanciado de quien había sido su principal ladero, su secretario, su referencia en la Junta, su sobrino, quien actualmente es jerarca en la Intendencia y mucho antes había migrado al Partido Nacional. Pero Darío no termina ni en el silencio de Paraguay ni con la bala de Masoller. Esas expresiones las encontré pensando en su tradición.
Este no es un libro que le echa la culpa de los desastres del Frente Amplio a Darío Pérez, no es un libro que escriba una especie de biografía centrada en subrayar las virtudes de De los Santos o de los santistas. Quise ser crítico y riguroso con el análisis de esa experiencia.
Con Óscar de los Santos tengo una relación de amistad. Soy amigo de su hija casi desde que éramos niños y visitaba su casa frecuentemente. Muchas veces, antes de ser intendente, me traía a Maldonado en aquel viejo Chevette rojo, que dos por tres se le quedaba en el camino.
Pero con este libro me quise probar a mí mismo que podía ser capaz de escribir como profesor de Historia sobre alguien y sobre una experiencia que vinculaba a alguien que quiero. Yo quise saber si era capaz de eso. Si lo logré, lo dirá el lector, pero no me recorté en esfuerzos para eso.
Cómo termina Darío Pérez no explica cómo ha terminado De los Santos. Y cómo ese espacio, que fue una marca en la política departamental, terminó reducido a un grupo de cercanos. Eso no se explica por Darío Pérez, eso requiere otra mirada.
De los Santos fue un cuadro clásico de la izquierda tradicional uruguaya en el departamento, con esa visión desarrollista, con esa idea de los grandes planes estratégicos, con esa idea vinculada al marxismo y a su formación del partido, el desarrollo económico y social, de las condiciones objetivas. Creo que esa es su gran definición. Es un tipo que no tuvo procedimientos antidemocráticos, pero sí tuvo procedimientos a veces centralistas y duros.
Su primer gabinete estaba compuesto por gente de su sector y aliados Sí, lo pateó a Darío Pérez. Aunque es justo recordar que en el último tramo de la campaña, cuando vio que perdía, Darío usó argumentos muy sucios. Asumió en un estado de guerra interna, de enfrentamiento con el Partido Nacional que luego de 15 años de gobierno se sentía propietario de la política departamental. Era un contexto de extrema debilidad interna.
Si los 1700 votos de diferencia con el Partido Nacional en esa elección del 2005 hubiesen sido a favor de Darío Pérez, intuyo que ese escenario de guerra interna se hubiese mantenido igual, porque a Darío lo hubiesen corrido a chicote con el ‘frenteamplistómetro’. Y eso es lo que me lleva a preguntarme si había un Frente Amplio o era una expresión de dos jefaturas caudillescas.
En febrero del 2005, tres meses antes de las elecciones, el semanario Siete Días, bajo el título ‘Carta abierta a los compañeros Óscar de los Santos y Darío Pérez’, publica una carta firmada por connotados referentes del Frente Amplio local, y que luego varios de ellos fueron parte del gobierno. Esa carta decía que el Frente Amplio de Maldonado se ha vuelto inhabitable. Carta con expresión del problema y en la que se pide la intervención de los liderazgos, que asuman su responsabilidad en este sentido, porque el Frente Amplio Maldonado se ha vuelto inhabitable, aseguraban.
El Frente Amplio acababa de ganar su primera elección nacional, pero esa experiencia no arrastró a la izquierda departamental. En el marco de una ola nacional, no logró una estructura de coexistencia duradera que permitiera garantizar gobernabilidad; no pudo hacerlo, eso fue más fuerte. Primó, de hecho, la razón fundamental por la que se llega al 2015, el revés electoral.
Pero no fue un revés cualquiera, fue una derrota pesada, una derrota existencial, de sentido, una derrota dura. Ese 2015 no es un rayo en el cielo sereno. Como dice Galeano en El libro de los abrazos, el volcán venía avisando, el volcán venía avisando, y un día estalló, para que los ciegos, para que los sordos, para que todo el que hubiera hablado sintiera que eso efectivamente era como era.
En definitiva, hoy en Maldonado hay un Frente Amplio que tiene una representación formal, pero está atravesando un desierto que es más largo que el de Kalahari”.
El Frente Amplio subestimó a su adversario
Almada asegura que “los enfrentamientos por liderazgos han sido frecuentes en la izquierda del interior. Y esos enfrentamientos han impedido victorias o han provocado derrotas.
En el caso Maldonado, el Frente Amplio nunca leyó correctamente a su adversario. Y peor, no sólo no lo entendió, sino que cometió uno de los peores horrores que se puede cometer en política o en la vida: subestimar, despreciar, ser soberbio.
Uno repasa la prensa de la época, los discursos de la época, y encuentra que en Maldonado habían dado un salto cualitativo en el marco de su cultura política, y había tiempos que definitivamente estaban superados. Incluso decían que Antía era un cadáver político, o a lo sumo un herido de gravedad en estado irreversible. Y Antía siempre conservó en su puño cerrado lo más importante de su partido. Incluso en el año 2010, que es un año de una derrota dura para él, porque es su segunda derrota frente a De los Santos y por un amplio margen. Antía conservó cerca del 70 % del Partido Nacional porque las aspiraciones desafiantes y prematuras de Federico Casaretto, que en aquellos momentos fue una figura, no prosperaron. Antía logró conservar la fuerza del partido.
Pero el Frente Amplio decía que los tiempos de patronazgos de estancia, de los señoríos feudales, se habían arrancado del departamento, se habían extirpado, se habían enterrado, estaban alejados y ya no volverían. Al punto de que el grupo de De los Santos creyó posible resolver la sucesión interna con una elección a padrón abierto. Que con la perspectiva que ofrece la distancia, más allá de lo que supuso el escándalo de su anulación, las decepciones generadas a partir de eso daban la sensación de que había mucha gente viviendo en un mundo paralelo.
La elección del 2005 instaló un empate a nivel departamental y un empate en la interna frenteamplista. Pero se leyó mal, se leyó como una victoria. Tampoco en el Partido Nacional se leyó bien. Porque Casaretto pensó que era el momento para ir por el botín. Y yo creo que Antía sí advierte la situación acerca de que el principal favor se lo estaba haciendo la interna del Frente Amplio. Pensó: si ves que tus enemigos están peleando, haz silencio, cállate la boca.
Cuando uno lee las actas de la Junta Departamental, se encuentra con cosas que, pasado el tiempo, dices ‘che, loco, pero esto fue así’. Porque parece la época de la Guerra Civil española. Anarquistas contra comunistas a cadenazos. Nadie se paró a decirles ‘che, paren, tenemos que gobernar’. Y gobernar en este país es negociar, es acordar. Entonces eso que es la máxima superior, o una de las máximas superiores de la historia política nacional, aquí no tuvo aplicación posible, positiva.
Yo creo que Antía ha logrado vaciar el ecosistema político departamental. Pero no solamente con el Frente Amplio, también lo hizo con el Partido Colorado. Los absorbió, indudablemente. Sin embargo, a mí me da la sensación de que el Partido Nacional es débil en cierto sentido. Pienso que es un gigante con pies de barro. Pero al gigante se le verán las patas embarradas si tiene una oposición que lo peche y lo desafíe. Si no, el gigante es gigante.
Ocurre que hay 17 intendencias del interior, y el Partido Nacional las gana caminando. Y ganan con números que no son para una democracia. Son números de 60 % a 70 %. Es decir, es como un partido único. Eso se afirma sobre esa ausencia opositora.
La izquierda en el interior no puede replicar las consignas montevideanas, los modos de accionar típicos de la capital, porque es diferente. Y esto no quiere decir que hay que ir hacia una lógica de localismos estrechos y cerriles. No, pero cada lugar tiene su particularidad, y si tú no leés eso, y no adviertes eso, difícilmente puedas operar o incidir en esa realidad”.
Cómo adquirir el libro
El libro es una autoedición del autor. Se está realizando una preventa a 450 pesos el ejemplar.
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