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Política tecnopolítica |

El viejo mundo muere 

No son futuro, son monstruos del claroscuro

Por: Ernesto Kreimerman

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Caras y Caretas Diario

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Quizás el propio Antonio Gramsci estaría sorprendido de cómo gente que opina en sentido contrario de sus análisis los cita alegremente, intentando laudar unas diferencias exhibiendo alguna síntesis de sus ideas y con ello sanseacabó la discusión, “tengo razón”. Pasa algo así con una de las más recurrentes notas: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Con ello, Gramsci quiso describir una crisis de hegemonía: un momento histórico en el que el orden social dominante pierde legitimidad, y en el vacío emergen fenómenos políticos y sociales “monstruosos”.

El viejo mundo muere

El orden hegemónico preexistente (instituciones, valores, consensos) ya no logra organizar la sociedad. Tampoco son suficientes ya para asegurar “el retorno” de unos fondos inmensos surgidos de operaciones ilegales a los circuitos legales, por onerosos e incluso difíciles que sean.

No se trata sólo de una crisis económica sino de algo más profundo, algo de 360 grados: sí de una crisis económica pero también, y fundamentalmente, moral, cultural y política. Para ir a una mirada más profunda, antiaristotélica. ¿Por qué? Fue este filósofo griego quien dijo que el hombre era un “animal político”, un zoon politikón. ¿Qué significa esto? Aristóteles explica que la cuestión radica en la deliberación normativa y que la política no es coordinación eficiente, sino conflicto racionalizado sobre lo justo. Así, la polis existe porque no estamos de acuerdo sobre el bien. Si el bien fuera evidente, no habría política. Por ello, la política es el arte de institucionalizar el desacuerdo sin destruir la comunidad. Aristóteles tiene una fuerza coyuntural increíble; por un lado, las tecnocracias que prometen “soluciones objetivas” y, por otra, los algoritmos que reemplazan deliberación por optimización. Al final del día, cuando el conflicto se reprime o se externaliza, la política degenera en administración o reaparece como violencia.

En el debate público hay sectores que pretenden reducir la política a una gestión tecnocrática, al ciudadano en usuario, y así el conflicto se “patologiza”. Y así, la palabra pública se fragmenta o se privatiza.

En síntesis, donde no hay palabra compartida sobre lo justo, no hay política; y donde no hay política, la humanidad queda incompleta.

La consecuencia de estas acciones, convergentes, es que la gente deja de creer en las reglas que antes le parecían naturales. Sin embargo, las fuerzas capaces de construir una nueva hegemonía aún no están maduras. Y las fuerzas no son solamente la base social acumulada para acometer la labor, tampoco los fundamentos de lo nuevo han alcanzado la complejidad y sofisticación necesaria para el debate profundo. Las ideas, además de ser necesarias y oportunas, deben enamorar para apostar por el desafío doloroso de defenderlas.

Cuando todo ello madure, de manera desordenada, inarmónica por aquello “del desarrollo desigual”, habremos dado un salto inmenso en superar esta etapa de vaciamiento de la condición humana.

Hay ausencia de un proyecto más o menos coherente; no hay una organización social capaz de liderar, tampoco un consenso alternativo. Volvamos a recurrir a Gramsci: el nuevo mundo no nace solo; hay que construirlo.

Tres modelos, tres

Desde una mirada aristotélica, la tecnopolítica representa una regresión. La deliberación pública es reemplazada por cierta optimización algorítmica, métricas de eficiencia y decisiones “basadas en datos”.

Del mismo modo que el ciudadano deja de ser sujeto deliberante y pasa a ser usuario, con ciertos perfiles y valor de variable estadística. El zoon politikón se vacía.

No resuelta

La tecnopolítica actual, algoritmos, plataformas, élites tecnológicas, puede leerse como una tensión no resuelta entre los tres modelos. Desde lo aristotélico, representa una regresión. La deliberación pública es reemplazada por la optimización algorítmica, unas métricas de eficiencia, y por decisiones “basadas en datos”. Así, el ciudadano deja de ser sujeto deliberante y la política se reduce a gestión técnica.

Pero la tecnopolítica se emparenta con Hobbes: 1) en que el conflicto es visto como ruido; 2) la pluralidad como riesgo, y 3) la palabra como desestabilizadora. En tanto, el algoritmo funciona como un Leviatán silencioso: no persuade, no delibera ni justifica. Sólo decide. La promesa es seguridad, previsibilidad, control. Y la libertad no es participación.

La comprensión contemporánea de la crisis política exige revisar sus antropologías fundantes. La crisis actual no es solo institucional: es antropológica. Lo que está en disputa es qué tipo de ser humano presupone la política del futuro.

Ahora praxis

“Praxis” no es un término único ni un club formal de supermillonarios, pero hoy suele usarse para referirse a un proyecto políticotecnológico impulsado por una élite de Silicon Valley que busca crear comunidades o “ciudadesestado” privadas basadas en tecnología, capital y valores libertarios.

En filosofía, praxis significa acción consciente orientada a transformar la realidad. Praxis se usa para nombrar un proyecto específico. En realidad, Praxis Nation es una empresa/startup fundada por Dryden Brown.

Se presenta como una “nación nativa de internet” y lo que busca es crear una ciudadestado privada, altamente tecnológica, con criptomonedas, una gobernanza privada y secreta, una regulación mínima, pretextada por una ideología libertaria, o más precisamente una tecnoutópica.

No se trata de un Estado reconocido sino un experimento políticoempresarial, de pretendido nulo o muy bajo costo, un espacio parasitario, como balcones invisibles suspendidos de alguna cuestión marginal.

Proyecto abusivo este de Praxis, como superador de un viejo orden estatal que ha perdido legitimidad. Sin embargo, no asoma desde las sombras un nuevo orden. Las élites ensayan soluciones privadas excluyentes. No son el futuro: son monstruos del claroscuro.

La hegemonía ya no se estructura solo en el Estado: se construye en interfaces, en términos de uso, en arquitecturas de atención, en proyectos de invisibilización como lo que se está descubriendo ahora mismo, el Proyecto Praxis.

El viejo orden estatal pierde legitimidad, pero un nuevo orden no logra emerger. Y así descubrimos que ciertas elites, las concentradoras, creen que aún seguirán así aunque el resto del mundo, casi todo el mundo, estalle y se evapore.

Sin darse cuenta, o sin importarles que no son el futuro, son los monstruos del claroscuro.