Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Política Donald Trump | Venezuela | agresión

Águila imperial

Trump es un rapiñero emperador

La agresión contra Venezuela y la captura de su presidente Nicolás Maduro y fue la culminación de una larga campaña de bloqueo económico y, desde agosto pasado, militar.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

Donald Trump: el rapiñero y emperador. Como en el pasado, el águila calva imperial volvió a sobrevolar los horizontales cielos crepusculares de nuestra lacerada América Latina por la criminal agresión militar del imperialismo yanqui contra Venezuela, en flagrante violación del artículo 2(7) de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, que prohíbe a los estados miembros intervenir en los asuntos internos de otros países y consagra la inviolabilidad de la soberanía territorial.

Este, como otros principios del derecho internacional, es mera letra muerta desde la creación de la ONU en 1945, por el poder de veto de las cinco potencias que integran el Consejo de Seguridad como miembros permanentes. En efecto, Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña gozan de total impunidad para perpetrar toda suerte de atropellos, ya que, cuando prevalece el poder de las armas y obviamente el poder económico, lo jurídico se transforma en una caricatura.

¿Qué decir que ya no se haya dicho o lucubrado sobre la inmoral agresión militar yanqui y la violación de la soberanía venezolana, incluyendo el secuestro y detención ilegal del presidente Nicolás Maduro y su derrocamiento? Este es un acto que debería ser repudiado por todas las naciones amantes de la paz y el respeto por las normas del derecho internacional, al margen de lo que se piense sobre Maduro.

En ese contexto, ¿qué derecho tiene Estados Unidos de someter a Maduro a un tribunal penal de Nueva York bajo la imputación de presunto narcoterrorismo? La justicia es un tema doméstico, salvo, como en este caso, que una potencia pulverice el derecho internacional, como lo hizo nuevamente en esta oportunidad el imperialismo estadounidense.

Una historia de agresiones

Aquí no está en tela de juicio si el jefe de Estado venezolano es o no autoritario y si las últimas elecciones fueron o no fraguadas. Lo que sí está en tela de juicio es la rediviva lógica de la agresión neocolonial, que, en lo que atañe a América Latina, nos retrotrae a las dolorosas décadas del sesenta y el setenta, cuando la Casa Blanca ordenaba invasiones a naciones latinoamericanas, derrocaba gobiernos legítimos como el de Brasil, Chile y Argentina, entre otros, e instalaba dictaduras títere, a los efectos de blindar al continente contra el avance de la ola revolucionaria que desafiaba su omnímodo poder. Por supuesto, Uruguay fue también víctima de este monstruo, que apadrinó entre bambalinas el golpe de Estado cívico militar del 27 de junio de 1973, el cual sepultó la democracia e instauró una criminal dictadura de inspiración fascista leal a los mandatos imperativos de Washington, cuando el inquilino de la Casa Blanca era Richard Nixon, quien, un año después, renunció a causa del escándalo de espionaje político de Watergate.

En el siglo pasado, varios presidentes norteamericanos ordenaron agresiones militares contra países extranjeros, como Harry S. Truman el verdugo genocida de Hiroshima y Nagasaki de 1945, quien dispuso, en la década del cincuenta, el envío de tropas estadounidenses a combatir en Corea, en el marco de la guerra fratricida que enfrentó al sur y al norte de dicha nación asiática, la cual culminó con el armisticio de 1953, sin ganadores ni perdedores.

En tanto, en 1965, Lyndon B. Johnson ordenó el envío de tropas a la Península de Indochina para participar en la Guerra de Vietnam en defensa del corrupto y autoritario gobierno de Vietnam del Sur. Esa experiencia militar resultó fallida y culminó con la derrota del imperio en los albores de la década del setenta, cuando se firmó el Tratado de París, en 1973. También en 1965, Estados Unidos invadió República Dominicana.

No le fueron en zaga el fascista Ronald Reagan, quien autorizó el uso de la fuerza militar en distintos escenarios, como Libia, Granada y Líbano, y Bill Clinton, quien lanzó, durante la crisis de Los Balcanes, en 1999, una campaña de bombardeos de la OTAN contra la hoy desaparecida Yugoslavia.

Por supuesto, también George H. W. Bush, ordenó, en 1990, la invasión a Panamá, con el supuesto objetivo de derrocar al gobierno de Manuel Noriega y, en 2003, su hijo George W. Bush lideró una coalición militar occidental que invadió Irak.

Barack Obama, quien fue observado inicialmente con cierta simpatía por los amantes de la libertad del planeta, porque tenía un discurso más moderado, recurrió a ataques aéreos para lograr la caída de Muamar el Gadafi en Libia y ordenó operaciones militares en Irak, Afganistán y Siria.

Obviamente, reseñar todos los crímenes del imperialismo yanqui a lo largo del siglo XX y en el transcurso del tercer milenio excedería el acotado espacio de una columna de opinión, ya que requeriría uno o más libros. Hay profusa bibliografía para ser consultada.

Cuando todos pensábamos que América Latina había dejado de ser el patio trasero del imperio como lo fue en el pasado, el energúmeno, autoritario y pederasta impune Donald Trump reactivó la Doctrina Monroe que alimentó, hace sesenta años, el abierto intervencionismo de la Casa Blanca y el Pentágono en nuestra América Latina y abrió nuevamente sus venas, como lo denunció, en 1971, el eximio escritor uruguayo Eduardo Galeano, en su formidable ensayo histórico “Las venas abiertas de América Latina”.

La agresión militar contra Venezuela y la captura de su presidente Nicolás Maduro, que fue la culminación de una larga campaña de bloqueo económico y, desde agosto pasado, militar, exhumó nuevamente los demonios del pasado. La barbarie fue aplaudida por la apátrida, traidora y apócrifa adjudicataria del Premio Nobel de la Paz María Corina Machado, quien para el imperio es desechable, y por la derecha continental, con el liderazgo del felpudo presidente argentino Javier Milei y de otros patéticos fascistas del continente. En tanto, Cuba, México, Brasil, Chile, Colombia, España, Rusia, Irán y China repudiaron la agresión y abundaron las críticas entre miembros de la Comunidad Económica Europea.

Lo más grave fue la reacción de la derecha vernácula, que es antidemocrática, particularmente el Partido Nacional, algunos de cuyos voceros celebraron la agresión, corroborando su falta de apego al derecho internacional, ya demostrado durante el gobierno obsecuente de Luis Lacalle Pou, cómplice, por omisión, del demencial genocidio perpetrado en la Franja de Gaza por Israel, que es armado y financiado por los Estados Unidos.

La condena del Gobierno de Yamandú Orsi fue moderada pero firme, y la del Frente Amplio fue sí muy contundente. Por su extrema gravedad, en este tema no son admisibles las medias tintas. O se está del lado de la legalidad o se está en contra de ella.

Esta última posición es la del Partido Nacional, que tiene una larga historia de obsecuencia al imperialismo. En tal sentido, la debatida declaración del directorio blanco es ambigua, porque enfatiza en su repudio al gobierno de Maduro, pero alude con vergonzante tibieza a la intervención militar. En ese contexto, con idéntica o peor hipocresía, el CEN del Partido Colorado perpetró también el pecado de la ambigüedad, al emitir una declaración complaciente con el agresor.

Estados Unidos, que según Trump va a gobernar Venezuela en un rol de tutelaje y entre bambalinas, se dispone a rapiñar su petróleo y, además, a ponerle límites a la influencia de China en el continente.

En efecto, no le interesa que se convoque a nuevas elecciones, sino apropiarse de las riquezas del avasallado país caribeño y afirmar su hegemonía regional.

Esta es una lección para los alcahuetes derechistas, que no pueden eludir su responsabilidad histórica de haber alentado con su hostilidad hacia Venezuela el previsible golpe intervencionista y haberse digerido la fantasía de una supuesta apertura democrática.

Dejá tu comentario