Para comprender el proceso del duelo colectivo, y tomando cómo punto de partida lo que nos dejó la despedida de Rada, un ícono de nuestra cultura, Caras y Caretas dialogó con tres profesionales —la licenciada en Psicología Agostina Russo, la licenciada en Trabajo Social Jeniffer Cardozo y la licenciada en Enfermería y estudiante de Tanatología Emily Zanoniani— quienes analizaron qué nos ocurre ante la muerte de una figura pública, de qué manera colaboran los rituales de despedida y por qué resulta imperioso avanzar hacia una pedagogía de la muerte y una planificación del final de la vida.
Un dolor compartido
¿Por qué muchas personas nos hemos sentido atravesadas y tristes por la muerte de Rada? ¿Por qué algunas otras no entienden a quienes sufren por la partida de una persona que no es parte de su familia ni amigo? ¿Por qué sentimos la necesidad de justificar o explicar ese sentimiento? Para Agostina Russo, licenciada en Psicología especializada en Psicogerontología, “cuando muere una figura pública, no perdemos solamente a esa persona, sino también a una parte de nuestra propia historia. Una canción, una época, un recuerdo familiar, una forma de entendernos como uruguayas y uruguayos”. En el caso de Rada, señaló, “habló de lo cotidiano, de lo que nos pasa, de lo que somos. Representó mucho de nuestra identidad cultural. Nos acompañó en distintas etapas de nuestra vida y también les cantó a las infancias. Por eso, se produce un duelo colectivo, porque hay pérdidas que, aunque sean personales, son compartidas por una comunidad”.
Para fundamentar este impacto, Russo recurrió al planteo histórico de Sigmund Freud en Duelo y melancolía (1917), expresando que “frente a la pérdida de un objeto amado se produce un trabajo de duelo y que ese objeto amado no tiene que ser necesariamente alguien con quien tuvimos un vínculo presencial o íntimo, sino que puede ser alguien que ocupó un lugar significativo en nuestra historia, en nuestra cultura o en nuestra vida afectiva”.
Para pensar en el sentir ante un duelo, la entrevistada vuelve a citar a Freud, quien ha dicho que “el mundo se ha vuelto pobre y vacío” cuando enfrentamos un proceso de este tipo. Y aclara: “Esto no significa que estemos enfermos, sino que algo significativo de nuestro mundo se perdió, y por esto, hay pérdidas que necesitan ser lloradas y creo que es importante no patologizar ni avergonzar ese dolor”.
Jeniffer Cardozo, licenciada en Trabajo Social especializada en duelo y creadora del proyecto de acompañamiento Criarse, aportó que “la característica que tiene la muerte de alguien conocido, como lo es un músico de la magnitud de Rada, tiene que ver con que ha sido parte de nuestra historia; eso nos conmueve, pero también nos reactiva nuestras propias historias y nuestros propios dolores”.
La especialista contó que, acompañando a familias en sus procesos de duelo, comprobó que la partida del músico hizo resurgir recuerdos sobre padres o esposos fallecidos a quienes les gustaba su música, demostrando que la pérdida de una figura pública también funciona como un catalizador emocional.
Por su parte, Emily Zanoniani, licenciada en Enfermería y tanatóloga en formación, comenzó por explicar que la tanatología “es la disciplina que se ocupa de comprender la muerte, el proceso de morir y el impacto que una pérdida tiene en quienes quedan”, aclarando que “no estudia la muerte solamente como un hecho biológico, sino que también se interesa por cómo una persona transita el final de su vida, cómo puede ser acompañada, qué lugar tienen sus deseos y decisiones, cómo se construyen los rituales de despedida y qué sucede después con quienes tienen que aprender a vivir con esa ausencia”. De esta disciplina, valoró que “nos invita a hablar de la muerte antes de que aparezca y nos obligue a hacerlo”.
Con respecto al duelo compartido ante la muerte de una figura pública, coincidió en que “para sentir una pérdida no siempre necesitamos haber tenido un vínculo personal con quien murió”. A su entender, el duelo colectivo se produce cuando “una pérdida atraviesa simultáneamente a muchas personas porque quien murió tenía un significado compartido dentro de una comunidad”.
No obstante, aclaró que el duelo colectivo no significa que “todo Uruguay está viviendo el mismo duelo” ni que “el dolor comunitario sea equiparable con el sufrimiento del círculo íntimo”, sino que coexisten distintas dimensiones. “Para nosotros murió Rada, una figura que forma parte de nuestra identidad cultural. Para otras personas murió su esposo, su padre, su abuelo, su amigo”.
Rituales, tambores y la resignificación de la muerte
El modo en que Uruguay despidió a Rada —con cuerda de tambores, música, baile y aplausos— reconfiguró la conversación pública sobre las formas de despedir a un ser querido o admirado. Pudimos notar que este tipo de ceremonias ofrecen a la sociedad un espacio para volcar el dolor y experimentar la certeza de que no se está solo o sola ante la pérdida.
Cardozo valoró este tipo de duelos colectivos como algo positivo que nos enseña otra forma posible de atravesar una pérdida. “Quizás puede sonar contradictorio identificar algo positivo cuando hablamos de muerte, pero creo que es una muy buena señal que ante estas expresiones de dolor masivas la gente se sienta convocada a participar de una despedida pública, expresar el dolor, compartirlo y experimentar otras formas de despedida”. Y añadió: “Por lo general, estas situaciones se habilitan porque es un otro, más alejado de mi realidad, y entonces me permito eso. Lo que se vio en la despedida de Rada, con música y cuerda de tambores, es una muy buena señal para una cultura como la uruguaya, algo que espero que siga sucediendo a lo largo del tiempo y que también nos lo podamos permitir con nuestros seres queridos”.
En tal sentido, se refirió a los rituales como “un puente que conecta la realidad actual y la realidad antes de la pérdida”, recordando que las antiguas teorías sobre el duelo exigían superar la pérdida a través del silencio y el olvido. “La evidencia científica hoy nos dice que el ser querido es parte de nuestra historia, es parte de nuestro linaje, de nuestra vida, y que cuanto más habilitados estemos a compartir el duelo con otras personas, más integrador y sanador va a ser ese proceso”.
En tanto, Zanoniani profundizó en la convivencia del dolor y la celebración, señalando que la despedida del músico demostró que “un ritual no tiene que ser exclusivamente solemne o silencioso para ser profundamente doloroso”. Desde su perspectiva, no existe contradicción en la expresión de la pena a través de la música: “Se puede estar profundamente triste porque alguien murió y profundamente agradecido porque existió. Se puede llorar y bailar”, agregó.
Por su parte, Russo retomó los conceptos del historiador Philippe Ariès sobre la “muerte domesticada” —integrada a la vida comunitaria y ritualizada— frente a la “muerte salvaje”, que se caracteriza por ser privada, solitaria y medicalizada.
Para la psicóloga, el fenómeno vivido con Rada abre la oportunidad de pensar en “nuevas formas de una ‘muerte domesticada’ en una sociedad secularizada”, donde el sentido del ritual no proviene necesariamente de dogmas religiosos, sino de la cultura, la música, los afectos y la decisión propia.
El “buen morir”
La voluntad expresa de Rada, mediante sus canciones, sobre cómo quería ser despedido puso en primer plano la discusión sobre el "buen morir" y la autonomía individual al final de la vida. ¿Qué es el buen morir?, ¿qué implica?, ¿quién lo determina?
“Cuando hablamos de “buen morir”, no deberíamos pensar solamente en morir sin dolor, con una buena atención sanitaria, sino que también implica poder morir con dignidad, con autonomía, acompañado y, en la medida de lo posible, de acuerdo con nuestros valores y deseos”, explicó Russo.
En el caso de Rada, valoró positivamente que el músico no esperó a la vejez para abordar el tema, sino que le cantó a la muerte a lo largo de su carrera, poniendo de manifiesto que “hablar de la muerte es también hablar de la vida”.
Russo explicó que la psicogerontología aborda el trabajo con las vejeces y el envejecimiento, entendiendo que “las personas envejecemos a lo largo de toda nuestra vida”. “Desde la psicogerontología hay algo que podemos aportar especialmente: la importancia de las narraciones, de las historias de vida, de los cursos de vida. Las personas somos heterogéneas y, por lo tanto, nuestras vidas, nuestros envejecimientos y también nuestras muertes son heterogéneas”.
“Hablar de envejecimiento no debería ser hablar solamente de lo que sucede cuando somos viejos. Las personas envejecemos durante toda nuestra vida y también podemos construir, durante toda nuestra vida, nuestras formas de pensar el final de la vida. ¿Qué queremos que suceda? ¿Quiénes queremos que estén? ¿Queremos música? ¿Queremos silencio? ¿Queremos una ceremonia religiosa? ¿Queremos celebrar nuestra vida? ¿Qué queremos que suceda con nuestro cuerpo? Creo que Uruguay todavía tiene mucho por construir en torno a estas conversaciones”.
Zanoniani complementó esta visión aportando que “el buen morir no significa que exista una manera correcta de morir o una muerte que pueda calificarse desde afuera como buena”. “Para algunas personas el buen morir puede significar querer permanecer en su casa. Para otras, estar rodeado de determinadas personas y para otras puede ser fundamental un ritual religioso. También implica poder decidir sobre tratamientos y expresar anticipadamente qué queremos y qué no queremos si llega un momento en que ya no podemos decidir por nosotros mismos”, añadió.
Por estos motivos, consideró que para afirmar que una persona tuvo un “buen morir”, deberíamos conocer las circunstancias íntimas de su final de vida, sobre lo que no corresponde especular. “En el caso de Rada, lo que sí sabemos es que pudo hacer algo que socialmente todavía nos cuesta muchísimo: imaginar su propia muerte, hablar de ella y expresar cómo quería que fuera su despedida. Y después ocurrió algo clave: su entorno pudo tomar ese deseo y convertirlo en ritual. Su familia, sus amigos y después en muchas ciudades del país lo despidieron cantando y bailando sus canciones. Eso pone sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria: ¿nosotros sabemos cómo queremos ser cuidados, acompañados o despedidos cuando llegue nuestra muerte? ¿Y nuestras familias lo saben?
A pesar de los avances normativos uruguayos —como la Ley de Voluntad Anticipada de 2009, el derecho universal a los cuidados paliativos de 2023 y la regulación de la eutanasia proyectada para 2026—, Zanoniani advirtió una brecha: “Uruguay ha avanzado en los últimos años en materia de derechos vinculados al final de la vida, sin embargo, culturalmente todavía nos cuesta muchísimo sentarnos a hablar de nuestra propia muerte mientras estamos sanos. Muchas veces esas conversaciones recién aparecen cuando hay una enfermedad grave, cuando hay urgencia o cuando la familia tiene que tomar decisiones en un momento de enorme carga emocional”.
La profesional insistió en que “hablar de cómo queremos morir no provoca la muerte ni significa que estemos renunciando a vivir”, sino que puede entenderse como “una forma muy profunda de cuidado”.
Pedagogía de la muerte: una asignatura pendiente
Un aspecto decisivo abordado por las especialistas es la necesidad de educar sobre la finitud desde las edades tempranas.
Cardozo, a través de su labor en el proyecto Criarse, advirtió que el tema suele eludirse en la crianza y en el sistema educativo. La trabajadora social contó que llamó a algunas instituciones educativas que homenajearon a Rada y que pudo comprobar que, omitieron conversar con los niños sobre qué es la muerte. “Nunca se habló de qué es morir, de que el cuerpo dejó de funcionar ni se puso en palabras que esa persona no va a volver. Hay una gran dificultad en hablar de la muerte, y mucho más con los niños y las niñas, y creo que ahí se perdió una oportunidad de hablar. Es necesario generar conversaciones honestas sobre la muerte, responder las preguntas que nos hacen niñas y niños al respecto, hablar de cómo nos sentimos cuando alguien muere. Y no es que a mí me haga feliz hablar sobre esto porque trabajo en el tema, tiene una función que es fundamental a nivel social y sanitario. Sobre todo, con los niños y niñas, que necesitan entender la realidad y que estemos disponibles para responder en lugar de cambiar de tema o decirles que no se habla de esas cosas. No debemos dejarle esto a la televisión o a la tecnología, que es a donde van a ir a averiguar las cosas que no les respondemos”.
La profesional remarcó que la implementación de una pedagogía de la muerte en las escuelas —como sucede en otros países— previene angustias y protege emocionalmente a las infancias al validar sus dudas y temores.
Asimismo, Cardozo desmontó el mito de que el duelo se transita de manera uniforme o secuencial: “El duelo no se vive en etapas, el duelo es dinámico, yo conecto y desconecto con la pérdida”. Por este motivo, sostuvo que resulta fundamental construir y sostener redes de apoyo comunitarias, escuchando con respeto y sin juzgar los tiempos de cada persona. Según expresó, transitar las ausencias de manera acompañada transforma el impacto emocional y permite integrar las pérdidas desde un lugar más saludable.
A modo de reflexión final, Zanoniani agregó: “Creo que Rada, además de toda su música, nos dejó una conversación valiosa: nos hizo hablar de nuestra propia muerte, nos hizo preguntarnos cómo queremos ser despedidos, nos mostró una familia cantando y bailando alrededor de una ausencia enorme sin que por eso pudiéramos dudar del amor o del dolor que había ahí. Y quizás también nos recordó que hablar de la muerte no es estar en contra de la vida. A veces es justamente porque sabemos que la vida termina que podemos preguntarnos con más honestidad cómo queremos vivirla, cómo queremos ser cuidados cuando llegue el final y qué queremos que sepan de nosotros las personas que amamos”.
“En una cultura donde hablar de la muerte todavía puede dar miedo, donde muchas veces parece algo triste, peligroso o incluso de mal augurio, Rada encontró otra forma de mirarla. La llenó de alegría, de música, de movimiento, de comida y de colores. Le cantó varias veces a la muerte. Y, sobre todo, entendió algo profundamente humano: hablar de la muerte es también hablar de la vida”, concluyó Russo.