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Política narcotráfico |

Narcotráfico

Un jefe de la Gestapo, un narco boliviano y dos banqueros uruguayos

¿Qué fuerzas se ocultan detrás del narcotráfico? ¿Qué intereses políticos persiguen? ¿Hay una gran conspiración para derribar gobiernos?

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Investigar al crimen organizado permite descubrir los vínculos de narcotraficantes, miembros de gobiernos, fuerzas militares y policiales y banqueros. Eso es lo que hicieron los periodistas David López Canales (español) y Christian Bergmann (alemán) en su reciente libro “El narco y el nazi”. Unos años antes, el periodista argentino Carlos del Frade, en su libro “Ciudad blanca, crónica negra”, había aportado información que resultó complementaria.

¿Qué fuerzas se ocultan detrás del narcotráfico? ¿Qué intereses políticos persiguen? ¿Hay una gran conspiración para derribar gobiernos?

Las dos primeras preguntas son contestadas por López y Bergmann, quienes, basados en archivos desclasificados por EEUU y el Mossad israelí, descubrieron que en 1980 un criminal nazi y un poderoso hacendado boliviano promovieron un golpe de Estado que, con la excusa de combatir al comunismo, convirtó a Bolivia en un narcoestado.

La tercera pregunta comienza a ser contestada en estos días. Fernando Cerimedo, asesor de casi todos los presidentes de ultraderecha de América Latina, socio de un panfleto mentiroso llamado La Derecha Diario, gestor de una granja de “bots” desde donde se difundían noticias falsas contra gobiernos y líderes de izquierda, intentó matar a su pareja a través de sicarios y ahora es investigado también por sus vínculos con el narcotráfico.

La DEA, agencia antidrogas de EEUU, usada junto a la CIA por el Gobierno de su país para diferentes operaciones políticas, está siendo investigada por el Congreso de su país después que se descubriera que entre el 2023 y el 2025 permitió la distribución de decenas de miles de pastillas de fentanilo en el estado de Nuevo México y así poder acusar de inoperante al Gobierno mexicano.

Veamos ahora cuál es el sorprendente descubirimiento realizado por los autores de “El nazi y el narco”.

Klaus Barbie

Una reseña del libro publicada por el diario español El Mundo dice que “el big bang del tráfico de estupefacientes en América Latina se produjo hace 45 años, en Bolivia, en una cena de cumpleaños en un hotel de Santa Cruz de la Sierra, cuando un criminal de guerra nazi le susurró al oído a un ganadero local que se estaba planeando un golpe de Estado”. De aquella alianza nació el primer narcoestado de la historia moderna. Y de aquel narcoestado, todo lo demás.

El libro relata que “anochece en Los Tajibos, el hotel más exclusivo de Santa Cruz, con su piscina ovalada y sus bungalós blancos entre palmeras. Roberto Suárez acaba de cumplir 48 años. Sus invitados conversan sobre lo de siempre: la inestabilidad del país, el miedo al comunismo, el hundimiento económico. Un señor alemán comparte mesa y tragos con ellos. Klaus Altmann es un tipo sereno y educado al que todos respetan en los círculos militares y empresariales bolivianos. Al concluir la cena, reclama al anfitrión que salga un momento al jardín.

Regresan pocos minutos después. Suárez se excusa con una sonrisa. "Disculpen mi ausencia. Estaba tratando asuntos de Estado". Lo que el alemán le había susurrado en la penumbra enjardinada era la invitación del coronel Luis Arce Gómez y del general Luis García Meza para planear juntos un golpe de Estado en Bolivia. Necesitan cinco millones de dólares. Suárez acepta. Él también tenía sus planes, y para cumplirlos necesitaba contar con los militares al mando firme de la nación”.

Pero, ¿quién era Klaus Altmann Hansen? Su verdadera identidad era Klaus Barbie, el siniestro comandante de la Gestapo conocido como “El Carnicero de Lyon” durante la ocupación nazi, torturador, asesino de niños y uno de los criminales de guerra más buscados del siglo XX. Vivía desde hacía casi tres décadas en Bolivia con identidad falsa.

Barbie estaba acusado de numerosos crímenes, incluyendo la captura de cuarenta y cuatro niños judíos escondidos en la villa de Izieu, la tortura y posterior asesinato de Jean Moulin, el miembro de la Resistencia francesa de más alto rango jamás atrapado por los nazis. Solamente en Francia se atribuyen a Barbie el envío de 7.500 personas a campos de concentración, 4.432 asesinatos y el arresto y tortura de 14.311 combatientes de la Resistencia.

El nazi, su mujer y sus dos hijos habían llegado a Bolivia en 1955, ayudados por los servicios secretos estadounidenses. En este país comenzó a desarrollar tareas comerciales, pero fundamentalmente se vinculó a otros líderes nazis refugiados en Argentina, Chile y Paraguay, y también a los jefes militares locales.

En 1964, el general René Barrientos encabezó un golpe de Estado y Barbie fue nombrado gerente general de la compañía marítima estatal, la Compañía Transmarítima Boliviana, creada por Barrientos en 1967 con capitales públicos y privados, que actuaba como tapadera del tráfico de armas al servicio de la dictadura.[] De acuerdo con recientes investigaciones, Barbie participó a nivel logístico en la operación de Contrainsurgencia que terminó con el asesinato de Ernesto Che Guevara.

Después de la muerte de Barrientos en 1969, la suerte de Barbie empeoró y, tras la quiebra de la Transmarítima en 1971, dejó Bolivia y se estableció en Perú, usando el seudónimo «Klaus Altmann». Allí fue vinculado con el asesinato del empresario Luis Banchero Rossi.

Su verdadera identidad fue develada por la prensa, lo que propició que los cazanazis Serge y Beate Klarsfeld diesen con su paradero y comenzaran una campaña de acoso, al estilo de lo que hoy se denomina escrache. Entonces volvió a Bolivia, donde fue amparado por las sucesivas dictaduras de Hugo Banzer (1971-1978) y Luis García Meza Tejada (1980-1981), en cuyos golpes de Estado tomó parte.

En 1974 Francia reclamó su extradición pero fue denegada alegando que no existía tratado de extradición entre ambos países. Durante la dictadura de García Meza, Barbie fue responsable de la organización de violentos grupos paramilitares al servicio del régimen.

Su situación cambió en 1982, con la llegada del gobierno democrático encabezado por Hernán Siles Zuazo. El 25 de enero de 1983 Barbie fue arrestado por una estafa y deportado a Francia inmediatamente.

El 4 de julio de 1987 fue sentenciado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad. Cuatro años después, mientras estaba en prisión, falleció enfermo de leucemia.

La historia que reconstruye el libro “El narco y el nazi” establece que el 12 de febrero de 1980, el coronel Luis Arce Gómez firmó un documento oficial que nombraba a Barbie teniente coronel ad honorem del Ejército boliviano. Con ello, se comprometía a prestar "servicios de orden incondicional" en materia de inteligencia y a "participar directamente en planeamientos y operaciones". Como garantía de reserva ponía "su vida". Semanas después, y con la colaboración del mismísimo Pablo Escobar, se ejecutaría el llamado Golpe de la Cocaína, que convertiría a Bolivia en el primer narcoestado de la historia moderna.

Roberto Suárez

Los periodistas Christian Bergmann y David López Canales dedicaron tres años a rastrear a los protagonistas, testigos y supervivientes de hechos que sucedieron en su mayoría entre 1979 y 1983, pero cuyas raíces se hunden en los crímenes de la Segunda Guerra Mundial y cuyos frutos envenenan todavía el presente.

Según dijo López Canales al diario El Mundo, el libro es el resultado de cerca de un centenar de entrevistas en Bolivia, Estados Unidos y Europa, del rastreo de archivos hasta ahora desconocidos y de una bibliografía que incluye el trabajo del historiador alemán Peter Hammerschmidt sobre Barbie y las memorias inéditas del propio Roberto Suárez.

En el libro relatan que “a Pablo Escobar, Suárez lo apodaba ‘El Pelícano’, por el tamaño de su papada. Escobar, casi 20 años más joven y sin apellido ni tierra, lo llamaba a él ‘don Roberto’” con la deferencia de un alumno ante su maestro. Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de Suárez en Santa Cruz, en enero de 1981. Cuando los jaguares de la finca aparecieron encadenados a un árbol para no asustar a los invitados, Escobar, que apenas llevaba un rato y no hablaba con nadie, no pudo contenerse: "Ave María Purísima, don Roberto, no me voy sin que me regale dos de esos gaticos".

La esposa de Suárez no se fió de aquellos dos colombianos de mirada escurridiza que su marido le presentó como socios del "negocio agropecuario". Tenía razón. La alianza entre el primer gran rey de la cocaína boliviana y el fundador del cártel de Medellín cambiaría el mundo. Pero para entender cómo fue posible hay que retroceder un poco más, hasta la noche en que Klaus Barbie le regaló un pastor alemán a Roberto Suárez en el jardín del hotel Los Tajibos y los dos se alejaron juntos hacia la oscuridad para hablar de un golpe de Estado.

"Esta es la primera de todas las historias de grandes narcotraficantes que se han conocido y contado. La historia del primer gran narco: Roberto Suárez. Pero también la del más desconocido. La del hombre que lideró el negocio de la cocaína en la época en la que ésta conquistaba el mundo y Escobar fundaba el cártel de Medellín. Esta historia es la génesis de todo lo que llegó después", cuentan los autores en el prólogo del libro.

Los periodistas explican que Bolivia llevaba décadas perdiendo sus recursos. “El estaño se agotaba. La economía se desmoronaba. Fue entonces cuando Roberto Suárez vio el potencial de la coca. Pero no como los colombianos, que compraban la pasta base ‘a precio de gallina muerta, 400 dólares el kilo’". Suárez lo veía de otro modo, con la lógica del terrateniente que siempre había monopolizado la producción, subido los precios, convertido la cocaína en un producto exclusivo para ricos del Norte. "Si quieren meterse mierda, que la paguen".

El plan de Suárez necesitaba dos cosas: músculo para doblegar a los colombianos y un gobierno a su medida. Klaus Barbie le proporcionaría ambas.

El primer pastor alemán que Barbie regaló a Suárez en aquella cena de Los Tajibos fue un ejemplar majestuoso, perfectamente adiestrado pero solo en alemán, que la familia acabó llamando Lobo. Pero el libro advierte que el perro no era un regalo, era una declaración de intenciones. El segundo cancerbero llegaría poco después, pero no ladraba. Respondía al nombre de Joachim Fiebelkorn.

Nacido en 1947 en Leipzig, en la Alemania Oriental, moldeado por la miseria de la posguerra, Fiebelkorn había huido al oeste, ejercido de proxeneta y contrabandista de armas en Fráncfort, y se había alistado en la Legión Española en el Sáhara. Fue allí donde encontró su destino estético, el himno que acabaría dando nombre a su banda mercenaria en Bolivia: Soy un novio de la muerte que va a unirse en lazo fuerte con tan leal compañera. Llegó a Santa Cruz en 1978 con una colección de armas, un uniforme de las SS y banderas con esvásticas en el equipaje. Barbie lo conoció en un café de los aledaños de la plaza 24 de Septiembre. Vio en él exactamente lo que necesitaba: juventud, ira y hombres dispuestos a obedecer.

Fiebelkorn organizó un cuerpo de mercenarios europeos para la seguridad de Suárez y su negocio. El núcleo duro lo formaban Manfred Kuhlmann; Rolf Grob; el exmiembro de la Gestapo, Hans Stellfeld, y Herbert Kopplin, soldado de las Waffen-SS en el frente ruso. A ellos se sumó Kay Gwinner, un chileno-alemán que hablaría con los compinches de Suárez en español y gestionaría el cuartel general de la banda: el restaurante Bavaria, a pocas cuadras del casco histórico de Santa Cruz.

Así nació el primer narcoestado de la historia moderna y la dictadura más sangrienta de Bolivia en términos proporcionales. Sus arquitectos eran un general, un coronel, un ganadero narcotraficante y un criminal de guerra nazi con rango honorario en el Ejército. Los legitimó (al menos con su silencio) EEUU, que según documenta el libro sabía lo que iba a ocurrir. "Lo que sí tenemos claro", explica David López Canales, "es que Washington y la CIA sabían lo que iba a suceder; que la CIA tenía informantes implicados en los hechos de los que luego renegó mintiendo, y hay conexiones y testimonios que apuntan a que Bolivia fue un ensayo general o uno de los primeros pasos de lo que después acabaría estallando como el caso Irán-Contra".

El diario El País de España dice a propósito del libro que “el negocio de la cocaína penetró en la dictadura de García Meza, en las Fuerzas Armadas y en el aparato político. Un documento del cuerpo de inteligencia estadounidense asegura que el negocio de la cocaína superó en 1980 los 1.500 millones de dólares. Bolivia pasó de producir poco más de 17.000 toneladas de hoja de coca en 1979 a más de 141.000 en 1985. Gran parte de la responsabilidad del vertiginoso crecimiento recae, según Bergmann, en Suárez, el próspero empresario ganadero convertido en el arquitecto de la exportación a gran escala de cocaína. “Cuando llega al narcotráfico ya está acostumbrado a negociar en bloque, con otras haciendas y exportando ganado al Brasil (...) trató un negocio ilegal como cualquier otro que ya dirigía”.

El libro describe a Suárez, un consumado vaquero, formado por el duro entorno de la selva en la que se crió, en el Beni, la región amazónica de Bolivia. “Creció viendo que la muerte era natural e inevitable. De aquellos animales, aprendió que lo importante era sobrevivir”, lo describe el texto. También está reseñada su relación con Escobar, una amistad probada en las fiestas de cumpleaños de su amigo boliviano, a las que asistía el líder del Cártel de Medellín.

“Escobar con Suárez encuentra a un empresario serio que le garantiza una producción regular de pasta base para luego fabricar cocaína”, explica López Canales.

Los autores explican que: “EEUU sabía lo que estaba pasando en Bolivia, pero lo que no queda claro y no logramos demostrar con pruebas es hasta qué punto son cómplices del narcotráfico en Bolivia”. La familia de Suárez asegura que era cercano a Oliver North, el marine que financió la guerrilla anticomunista en Nicaragua a través de redes y con dinero del narcotráfico. “Creemos que Bolivia sería el ensayo de ese escándalo”.

Roberto Suárez se entregó voluntariamente a las autoridades bolivianas en 1988 después de haber ofrecido pagar toda la deuda externa del país a cambio de que lo declararan inocente, y de haber intentado negociar su rendición directamente con Ronald Reagan. Pasó los últimos años de su vida en prisión, bajo arresto domiciliario y murió en el 2000. Fiebelkorn huyó de Bolivia antes del juicio de Fráncfort, envejeció en su finca-castillo de Rojales con retratos de Franco y la Cruz de Hierro alemana en las paredes, y murió poco después de que los autores lo localizaran por teléfono. García Meza fue condenado a 30 años de prisión por crímenes de lesa humanidad. Arce Gómez, extraditado a EEUU y condenado también por narcotráfico, fue declarado culpable de crímenes contra la humanidad.

Carlos y José Rohm

El periodista argentino Carlos del Frade, en su libro “Ciudad blanca, crónica negra”, a propósito del narcotráfico y la Hidrovia aportó años atrás una información complementaria del libro “El nazi y el narco”. El 24 de abril de 1978 llegó al puerto de Rosario un cargamento de azúcar desde Bolivia que en realidad encubría 200 kilos de cocaína. El general Leopoldo Galtieri, entonces comandante del Cuerpo II del Ejército, y el almirante Emilio Massera recibieron oficialmente con ese cargamento a los militares bolivianos Luis García Meza y Luis Arce Gómez, que luego propiciarían lo que se llamó el narcogolpe en ese país.

Trabajaban con Roberto Suárez Gómez, el principal impulsor del desarrollo de la cocaína desde Bolivia hacia el mundo, y primer proveedor de Pablo Escobar Gaviria. Ahí ya se armó un negocio paraestatal y multinacional, en el que el Estado argentino empezó sus negocios corruptos mientras continuaba con los crímenes, desapariciones y violaciones a los derechos humanos.

¿Qué hacer con la plata que generaba ese negocio? Dos jóvenes sanduceros que se habían radicado en la vecina orilla, con expertizaje y buenos vínculos, fueron contactados para hacerse cargo de la “lavandería”. Con ese dinero fundaron el Banco General de Negocios.

Del Frade dice en su libro que “el menemismo le entregó luego el Banco de Santa Fé”. En ambos bancos lavaron dinero del narcotráfico. Varias fuentes consultadas por Caras y Caretas estimaron que “en dos años (1979–1981) pasaron por el BGN unos 3.000 millones de dólares del narcotráfico”.

En los años siguientes, los Rohm se asociaron con el Credit Suisse First Boston, el Chase Manhattan Bank y el Dresdner Bank.

En 1990 el entonces presidente Luis Lacalle Herrera les adjudicó el Banco Comercial. A fines del 2001 robaron su propio banco, dando inicio a la mayor crisis bancaria de la historia uruguaya.

José Rohm nunca fue juzgado y murió en EEUU, donde estaba residiendo. En cambio, su hermano Carlos ya había sido condenado por lavado en el 2002 y en el 2025 fue nuevamente condenado en Argentina a 5 años de prisión domiciliaria. En Uruguay jamás fueron investigados ni juzgados.