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Sociedad Gobierno | hambre | olla Bella Italia

OLLA BELLA ITALIA

«En el gobierno no entienden ni conocen el hambre»

A pesar de los embates discursivos oficiales mediáticos, las vecinas y vecinos que llevan adelante la olla popular de Bella Italia no dejaron de cocinar y siguen adelante a pesar de todo.

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Caras y Caretas Diario

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Con escuálido apoyo del Mides y con el vacío de las políticas públicas en materia de desarrollo social, de todos modos resisten. Tienen la piel curtida. Y el alma también. Pero están de pie.

Las calles de tierra que rodean la olla Bella Italia están agrietadas. Con 35 grados de promedio en días sin nubes, queda cierta sensación de respirar aire caliente. Los perros del barrio dormitan siestas imposibles entre bancos, chapas y pozos y ya ni ladran a nada ni nadie, ni siquiera al extraño que se arrima a conversar.

Pasan las 14 horas y la gente sigue llegando en busca de una porción de comida. De todos modos, ya pasó el momento de mayor trabajo porque el almuerzo se sirve temprano. Pero durante varias horas la gente seguirá llegando. Parece una ofensa tener que aclararlo, pero nadie les avisó que una fotógrafa y un periodista irían a conocer la olla ese día. Nada mejor para conocer algo que llegar de improviso y evitar posibles decorados.

Así fue que conocimos a Gabriela Ríos y sus colaboradores. Hablamos de sueños postergados, de vínculos rotos y familias resilientes, del hambre, el miedo, el barrio, la esperanza, la tristeza, el dolor, la risa y las tardes felices a pura plena.

“Es fácil hablar si no se conoce la realidad. Invité muchas veces al ministro y a los del gobierno a que vinieran a visitar el barrio y a pisar el barro. Porque, como verán, acá no tenemos ninguna comodidad para cocinar y todo lo que tenemos lo hicimos a pulmón. Esto era un baldío sucio y nosotros lo limpiamos. Lo cierto es que no ven nuestra realidad. Estuve con un caño roto ocho meses y la gente venía a recoger la comida entre el barro. Tuve que pelearme con el alcalde para que en menos de dos horas me hiciera los arreglos. Ahora estamos peleando por una calle, hace años que los vecinos la vienen peleando y no la podemos tener”.

La no presentación a tiempo de datos recabados por particulares en la atención de la solidaridad cotidiana fue al parecer argumento suficiente para que el ministro Martín Lema sentenciara que “se intentó fabricar un relato falso en materia de alimentación”. El Estado, sus técnicos, es decir, los responsables de diseñar e implementar las políticas sociales, pretendieron delegar su responsabilidad en vecinas y vecinos que porfiadamente salen a recolectar alimentos y cocinan para sus vecinas, hijas e hijos, personas en situación de discapacidad y tanta gente más que no puede acceder a un plato de comida por sus propios medios.

La sospecha a los pobres, la desconfianza a las cocineras, a las madres de barrio, fue acaso uno de los sesgos más irritantes de una mirada soberbia y aporofóbica de una parte de la sociedad que se siente a gusto y aplaude la persecución del gobierno herrerista a los pobres. “Con mis impuestos no. Que los hijos de los vagos no coman con mi dinero”. La política de asfixia y persecución a las ollas y merenderos populares quedó como una oscura marca grabada a fuego por la actual conducción de las políticas sociales. El ministro y aspirante a intendente de Montevideo por el Partido Nacional jugó una carta fuerte al colocarse -política e ideológicamente- de ese lado del mostrador o de la barra del poder. No debería ser necesario aclarar que quienes se alimentan en las ollas y merenderos son personas con derechos vulnerados. Y que las políticas públicas son parte de su responsabilidad y no se trata de limosnas que haya que agradecerles a los gobernantes de turno. Claro, el aroma electoral comienza a percibirse en el horizonte y posiblemente eso hará mutar milagrosamente el desprecio neoliberal actual para transformarlo en selfie con canasta y abrazo tramposo en modo metaverso de campaña.

Que te saque de la amargura

Gabriela Ríos nació en la Unión y allí vivió hasta los seis años cuando su familia se mudó a Bella Italia. Creció y se crió con niñas y niños del INAU por decisión amorosa de su abuela que intentó dar todo a quienes no tenían casi nada. Pasaron más de 30 años de vida en este barrio que -hasta ahora- es su lugar en el mundo. Un barrio de gente trabajadora y una gran cantidad de gente que depende del reciclado de la basura. Personas casi siempre olvidadas por el Estado, allí donde no sorprende encontrar madres jefas de hogar que se hicieron cargo de todo y un poco más.

La olla Bella Italia comenzó a nacer a partir de una charla de Gabriela con su hermana Gimena. La pandemia había llegado a Uruguay y muchas familias del barrio habían quedado sin la posibilidad de hacer feria ni reciclar, y con la incertidumbre de cuánto iba a durar el vacío o hasta dónde se extendería el aislamiento que les encerraba en su propia angustia de no saber cómo dar un plato de comida a sus hijos e hijas. “Casi de inmediato dijimos que teníamos que armar una olla para el barrio. En nuestro caso, ya cocinábamos para toda la familia -14 personas- y pensamos que no sería tanto más difícil hacerlo para algunos más. La sorpresa la tuvimos el primer día, ya que entregamos 117 platos de comida. Fue agotador, cocinábamos y cocinábamos y parecía que nunca terminaríamos”.

Inmediatamente se corrió la voz. “La vecina Sandra salió a explicarles a las familias cómo nos íbamos a organizar para que a nadie le faltara la comida y así lo hicimos. Y hasta el día de hoy seguimos metiéndole el pecho a las balas”.

La primera donación, aquella mañana de 2020, fue de tres kilos de lentejas y dos cajas de salsa de tomate.

Después, como toda olla gestionada por vecinas y vecinos, soportó los vaivenes y las inclemencias de no tener certezas de políticas públicas que atiendan las urgencias de la población en materia de alimentación.

Hoy, luego de las controversias y embates persecutorios, la olla funciona martes, miércoles y viernes como consecuencia de la falta de recursos. “La carne, entre otras cosas, sale de nuestros bolsillos y por eso no podemos mantenerla toda la semana. La Intendencia de Montevideo sigue ayudando, pero no alcanza. Esa es la realidad”.

Entre el barro, unas cuantas chapas y maderas que resisten como las vecinas, las tres ollas de 100 litros son la meta a llenar cada jornada. “Además del plato de comida también se prepara una merienda con 100 litros de leche y lo que podamos juntar: pan, bizcochos o lo que se pueda conseguir. El Banco de Alimentos de Uruguay (BDA) nos da para dos días y con eso la vamos llevando. Y el sindicato bancario (AEBU) ha sido un apoyo muy importante, desde que comenzamos nos trae surtidos mensuales. La carnicería y la pollería del barrio nos hacen precio y eso también ayuda. El problema es que subió todo, la verdura, la fruta y la carne. Y cada día es más difícil”.

Actualmente, la olla Bella Italia prepara y entrega en promedio unos 400 platos por día, y cuando el almanaque va llegando a los últimos diez días del mes, la cifra asciende a 490 y en ocasiones 500.

Según un informe de la organización Solidaridad Uy, unas 168.250 personas se alimentan en ollas y merenderos semanalmente en Montevideo y Área Metropolitana. De acuerdo a los datos publicados en agosto 2022, las porciones mensuales ascienden a 1.246.600.

El golpe en el piso

De las muchas injusticias que se acumulan en familias de vidas rotas y reconstruidas a la intemperie, acaso una de las que más ha impactado en este caso de Bella Italia, fue la sospecha de su integridad. ¿Cómo obviarlo? El honor pretende ser acotado en uso y derecho únicamente por quienes portan gabardinas. Parece que los pobres no saben de honor, ni su moral cotiza igual en tiempos de peligrosa aporofobia y plutofilia en el derecho penal. Empero, las vecinas y vecinos, sus hijas e hijos, sintieron bronca y por cierto, la indignación les dura al día de hoy cuando se refieren a la sospecha instalada desde el Poder Ejecutivo y algunos medios hacia el trabajo silencioso de las ollas.

“Cuando nos acusaron que supuestamente se desviaban cosas o que algunas ollas no existían, la familia la pasó muy mal. Es fácil hablar si no se conoce la realidad. Invité muchas veces a que vinieran a visitar el barrio y pisar el barro. No tenemos ninguna comodidad para cocinar y todo lo que tenemos lo hicimos a pulmón. Esto era un baldío sucio y nosotros lo limpiamos. Lo cierto es que no ven nuestra realidad. Estuve con un caño roto ocho meses y la gente venía a recoger la comida entre el barro. Tuve que pelearme con el alcalde para que en menos de dos horas hiciera los arreglos. Ahora estamos peleando por una calle, hace años que los vecinos la vienen peleando y no la podemos tener. Acá nos rompemos el lomo para salir adelante, no es justo que nos quieran ensuciar sin que ni siquiera se dignen a venir a ver la realidad”. A pesar de su bronca por algunas cosas, Gabriela nunca pensó en abandonar. “Jamás se me cruzó por la cabeza largar la olla y dejar a la gente tirada. Ahora se viene el invierno y es cuando más la gente necesita un plato de comida caliente. Con la cocinera hablábamos de que no nos vamos a rendir, si tenemos que salir a golpear puerta por puerta de nuevo, lo haremos. Hoy podemos seguir cocinando, entre otras cosas, porque habíamos hecho acopio para afrontar cualquier eventualidad. Y esa eventualidad fue cuando el Mides nos acusó de robar alimentos. Después de las acusaciones que nos hicieron, no vino el ministro ni vino ninguna autoridad del Mides. Pero nosotras vamos a seguir a pesar de todo”. De esa porfiada convicción depende la comida de cientos de familias de Bella Italia, Marconi y una red que abarca Piedras Blancas, Nuevo Ellauri, Flor de Maroñas y más. Y también las meriendas y las canastas de útiles escolares cuando llega marzo y las canastas navideñas cuando se acercan las fiestas tradicionales. Allí, por diciembre, la olla y el barrio se llenan de chirimbolos y guirnaldas. “Las fiestas las pasamos en comunidad. Se festeja lindo. Yo no tomo, pero quienes toman alcohol lo hacen y nos matamos de la risa. Somos todas Shakiras despechadas menos por la parte de facturar (risas). La verdad, tratamos de pasarla bien y poder reírnos”.

De todos modos y más allá del sentido de pertenencia, Gabriela sabe que en algún momento se irá del barrio. Es el sueño de sus hijas. “Ellas dicen que quieren sacarme de acá y por eso Lucía (21), que estudia abogacía, dice que se quiere recibir de abogada para sacarme. No es mi idea irme, pero fuimos acusados casi de ladrones por el Mides y eso fue muy duro. Además, el año pasado se nos prendió fuego parte de la casa. A los pocos días se nos inundó todo el barrio. Nos pasaron muchas cosas, demasiadas. Mi hija dice que yo siempre estoy dispuesta a darle a todo el mundo, pero eso genera que los de arriba me den palo. Lo cierto es que los de arriba no entienden todo lo que pasa, nunca lo van a entender. Es fácil hablar cuando están sentados atrás de un escritorio sin ver nuestra realidad”.

Allí junto a Gabriela está Mirta, que nació en Santa Teresa y hace 30 años que vive en Bella Italia. Siente que Gabriela es “una especie de madre para mucha gente”. Y también hay hombres como William que colaboran siempre. Gente en situación de calle, otros sin trabajo y con sueños postergados. Ellos y ellas sostienen tantas cosas. Ahora van por cursos de repostería, de carpintería y otros para que quienes sobreviven del reciclado puedan ir adoptando un oficio.

Sueñan eso. Poder trabajar, ganar un salario para mantener a sus hijos e hijas, no sentirse perseguidos ni estigmatizados, poder reír, bailar con tambores en el desfile inaugural del Carnaval y ser felices.

Las mujeres de Bella Italia

Sofía tiene 18 años, pero parece más chica. Y también parece frágil por fuera. Aquel fatídico 13 de enero de 2022 -que preferiría no recordar- estaba en su casa, atendiendo el almacén y de pronto sintió un grito desesperado de su hermana Lucía. Y luego otro de una vecina y otros gritos más y vio cómo su cuarto se llenaba de humo y fuego. No tuvo tiempo de agarrar nada. Salió a la calle con su hermana y mientras trataba de comunicarse por teléfono con su mamá para avisarle que la casa se estaba prendiendo fuego, agarró un recipiente y lo llenó de agua para ayudar a apagar el fuego. Las vecinas y vecinos hicieron lo que pudieron. Con ollas vacías, baldes, envases de plástico y con algún pedazo de manguera, la consigna era arrimar agua con lo que se encontrara a mano. Cuando llegaron los bomberos el fuego ya había arrasado la casa. Las hijas se prepararon entonces para contener a su madre que estaba por llegar. “Nos preocupaba mucho más saber cómo iba a reaccionar mamá que la casa, porque ella ya venía angustiada y mal y esto sabíamos iba a ser durísimo para ella”. A esa mujer acostumbrada a pelearla a la intemperie de la vida y a sostener una olla para cientos de personas, ahora le tocaba enfrentar un golpe devastador. A los pocos minutos de haberse iniciado el fuego, Gabriela llegó a lo que quedaba de su casa. Se abrazó con sus tres hijas y juntas lloraron desconsoladamente. Fue una vida de lucha que se desmoronó en un instante y ese abrazo tembloroso dolió como ningún otro dolor de sus vidas. Las vecinas y vecinos, la gente que va cada día en busca de un plato de comida, también lloraron con ellas, pero juraron por lo que más querían que no las iban a dejar solas. Y que saldrían adelante. Y así fue que el barrio se juntó día y noche para acompañarlas.

Sofía aún hoy no entiende cómo hizo su mamá para volver a empezar ni de dónde saca fuerzas todos los días para levantarse y salir a dar peleas contra el hambre, la miseria y las sospechas oficiales hacia las ollas. “Mi madre es una luchadora, acá nadie se queda con un kilo de arroz, al revés, lo pone mi madre, ella pone de todo del almacén para la olla para que la gente pueda comer”. Sofía llora cada dos o tres palabras. Mezcla de bronca, angustia, miedo y cansancio. Hace poco se suicidó una amiga suya del alma. “No pudo más”. Y a los pocos días otro amigo entrañable falleció en un accidente de tránsito. Dos pérdidas que aún duelen. Y por si fuera poco, casi sin darse cuenta vio que en la TV hablaban de las ollas como la de su mamá, con dedo acusatorio de sospecha rancia.

Sofía no puede entender cómo en la TV colocaban a las ollas como si fueran delincuentes. “Acá vinieron vecinos a decirle a mi madre que si tenían que juntar plata entre todos para pagar un abogado para que defendiera a la olla, lo iban a hacer. El barrio vino a defender a mi mamá y a la olla. Acá no somos delincuentes, somos familias que nos ayudamos para que todos puedan comer”.

El fuego arrasó una casa, pero no los cimientos de esa familia. Hoy Gabriela cocina, busca donaciones, limpia, ríe, cuida, arma mochilas con útiles escolares y cuadernos para un centenar de niñas y niños del barrio -“no me da para más”- y se preocupa porque a nadie le falte un plato de comida. Mientras que sus hijas grandes, Sofía y Lucía, atienden el almacén “Mis Reinas”, Milagros, de cinco años, es la que despierta sonrisas en la olla.

A Sofía lo material poco le importa. Hoy dice que lo que se quemó y se perdió ya está. Ya fue. Acaso sí todavía le duele que el incendio haya quemado el vestido y las fotos de su cumpleaños de 15. Pero dice que eso ya sanará.

Detrás de rejas que cubren la entrada, mientras acomoda cajas y cajones y cuida y atiende el almacén, Sofía no puede parar de llorar cuando habla de su mamá y de todo lo que ha tenido que soportar y resistir. La quiere y la admira. Frágil, apenas con un hilito de voz, entre el llanto, se le escucha decir que ella y sus hermanas están orgullosas de su mamá, esa mujer porfiada y persistente de la olla Bella Italia.

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