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Sociedad Martinis | educación | conflicto

Educación

Martinis: «Tener estudiantes viviendo de forma indigna es el suicidio del país»

El decano Pablo Martinis dialogó con Caras y Caretas sobre la situación actual de la educación, la reforma educativa y los desafíos para este siglo.

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“Fue un año muy conflictivo para la educación”, expresó el doctor en Ciencias Sociales Pablo Martinis, al iniciar un balance de este año lectivo. El académico, recientemente designado decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, comenzó por describir la situación de la Universidad de la República (Udelar), donde se experimentó un conflicto marcado por aspectos presupuestales. “De los 5.000 millones de pesos que pidió la Universidad como incremento, en función de indicadores orientados al crecimiento, como por ejemplo en la cantidad de estudiantes, la cantidad de horas de clases que se dictan y las responsabilidades que asume la institución, la propuesta inicial del Poder Ejecutivo fue otorgar cero pesos incrementales”.

Esta situación, contó Martinis, desencadenó en un conflicto extenso, con planteos institucionales e importantes movilizaciones de los gremios docentes, que logró consolidar voluntades en defensa del presupuesto universitario. “Se llegó a obtener, a partir de la acción en el Parlamento, un incremento de 280 millones de pesos”. En tal sentido, el decano valoró la lucha realizada, a pesar de que el incremento fue “absolutamente insuficiente”, ya que no llega a ser ni el 10% de lo solicitado”. Por otro lado, destacó que “más allá de todo” la Universidad continuó sosteniendo todas sus funciones, actividades de enseñanza, producción de conocimiento y extensión, “con menos horas de docentes por estudiante”.

Con respecto al conflicto general de la educación, lo vinculó al avance del proceso de la transformación educativa que, a su entender, “presenta una dificultad central: la falta de participación de las comunidades educativas”. “Si se pretende hacer una transformación de la educación, que supone cambios de fondo, sin un proceso de trabajo conjunto, el resultado que se va a obtener es que esos cambios no serán sustentables. Intentar apurar ciertos procesos, y sin contar con la participación de los actores que tienen que implementar los cambios, puede concluir, paradojalmente, en una pérdida de tiempo muy valioso. Este es un punto clave que marca lo que sucedió este año, y preocupa porque la educación es un gran tema nacional que requiere acuerdos amplios”.

¿Es necesario introducir cambios en la educación?

Creo que es necesario. Que nuestra educación tiene problemas, nadie lo podría discutir, y que esos problemas se expresan en lo que se llama el rezago escolar -que en cierto nivel educativo los niños o adolescentes necesitan más años de los previstos para culminar un ciclo- y en las dificultades enormes para que cada generación culmine todo el ciclo de la enseñanza obligatoria. Estos son problemas reales que requieren soluciones de fondo y, a la vez, esas soluciones requieren acuerdos amplios. Pero si no se incluye a quienes tienen que llevar adelante los cambios, o muchas veces ni siquiera están al tanto de estos cambios, hay otro problema.

Además de la falta de participación, los gremios docentes y estudiantiles cuestionan que la transformación educativa parte de un diagnóstico equivocado, que menciona el aspecto curricular como causa de los problemas en la educación. ¿Cuál es tu postura al respecto?

Discrepo con esa lectura. El componente curricular es muy importante, por supuesto. Pero tanto si se piensa en una educación más centrada a los contenidos o en las competencias, lo que no se puede dejar de tomar en cuenta son las culturas institucionales. Es decir, qué implica que un estudiante pueda transitar exitosamente por un ciclo educativo, qué es lo que hemos construido como culturas institucionales. Esto va muchísimo más allá de las definiciones del currículum. Por ejemplo, históricamente hemos pensado el mandato de la educación secundaria como un ámbito de fuerte clasificación social. Recibir a quienes egresaban de primaria para que en secundaria se distribuyan las posiciones: quienes pasaban 1, 2 o 3 años, quienes seguían, quienes podían aprobar el bachillerato y seguir hacia el nivel superior…El cambio de esa cultura institucional no se hace con ajustes en el currículum, sino que requiere trabajo profundo con los actores, o sea, pasar de una idea de selección social a una idea de inclusión educativa, a una idea del derecho a la educación, y hacerla carne en las prácticas cotidianas. En tal sentido, ajustar la cantidad de horas de una asignatura o de otra, cambiarles el nombre o decir séptimo en lugar de primero de enseñanza media, pero dejar la estructura incambiada no va a atacar el problema porque no va al fondo de las múltiples dimensiones que inciden en él.

Creo que si hay un problema de diagnóstico, que tiene que ver con no ver la profundidad de la cuestión y adjudicarle al currículum una relevancia absoluta. Esto nos ha llevado a empantanarnos en discusiones absolutamente estériles, como discutir si la enseñanza tiene que basarse en competencias o en contenidos. No hay competencia sin contenidos y, a su vez, los contenidos, y poder dominarlos, es la base para desarrollar competencias. Entonces, ¿de qué estamos hablando? Nos estamos centrando en cuestiones accesorias que no producen el cambio de fondo. No estamos obteniendo una transformación educativa, más allá del nombre.

Desde los gremios advierten que la formación en competencias responde a las exigencias del mercado en detrimento de la capacidad crítica y reflexiva. ¿Qué opinas al respecto?

El problema es como se toma la cuestión de los de los contenidos. Es verdad que ir hacia una educación basada en competencias es una línea que impulsa fuertemente la banca internacional, que financia políticas educativas. El Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, insisten con esta idea. La visión que tienen estos organismos, por lo general, es una visión restrictiva, que apunta a un aspecto de lo que pueden ser las competencias, que son aquellas que tienen que ver con la inserción en el mundo del empleo. Este es un costado de las competencias, si uno se queda exclusivamente con eso, la mirada tiende a ser economicista y estrechamente ligada a la empleabilidad. El documento base para el préstamo de 40 millones de dólares que el Estado uruguayo firmó con el Banco Mundial, para la transformación de la gobernanza y de la pedagogía en las escuelas de Uruguay, es claramente tributario de esta perspectiva: la educación debe ir en función de dar a los sujetos las competencias necesarias para ser más productivos. Sin embargo, en los documentos que plantea la actual gestión hay otros énfasis, creo que la mirada de quienes están planificando la educación en el país es una mirada más amplia, y de algún modo están forzados por los acuerdos que firmó el país, y por los lineamientos que están fijados allí. Esta área merece ser puesta en discusión, y creo que sería más fértil si pudiéramos salir de falsas oposiciones, en el sentido de pensar que el otro está haciendo todo mal y lo que uno plantea es lo correcto. Probablemente las verdades son más grises, y eso es lo que le falta a nuestro debate educativo. Tenemos un debate pobre por la dificultad de encontrar canales de diálogo.

¿Cuáles son las necesidades educativas para este siglo?

La función básica de la educación, en cualquier época, es ofrecerles a las nuevas generaciones, herramientas para integrarse a la época que les toca vivir. Esto, asociado a un compromiso político, que es la formación de ciudadanos y ciudadanas para un sistema republicano y democrático. Eso tiene que llegar a todos y a todas, más allá de sus puntos de partida. Muchas veces, se tienden a desagregar las finalidades educativas por los contextos sociales y culturales. Se piensa que las manifestaciones más elaboradas de la cultura son para ciertos sectores, y que a otros hay que darles un barniz más general, porque por su propia situación de vulnerabilidad no estaría en condiciones de recibir todo eso. En lo personal, discrepo radicalmente con ese enfoque porque considero que la educación tiene que dar todo a todas y a todos, y tiene que buscar las mejores formas de hacerlo.

En la época que vivimos, alfabetizar ya no es, exclusivamente, aprender la lengua escrita y decodificarla, es aprender otros lenguajes, es meterse en los lenguajes mediáticos, en el lenguaje computacional, aprender otra serie de formas a través de las cuales nos comunicamos, que son claves. Hoy por hoy nuestros niños, adolescentes y jóvenes están inmersos en una movida digital muy fuerte, entonces la educación tiene que dar elementos para deconstruir, para mirar críticamente.

Por otro lado, la educación también tiene que generar capacidades para que los individuos se vinculen con el mundo del trabajo, con la cultura del trabajo. Esto debería estar presente desde el comienzo de la escolarización. No estoy hablando del empleo, sino del trabajo como la capacidad de transformación de la materia y del mundo. La educación tiene que formar en un vínculo entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, reconociendo además que el trabajo manual también supone operaciones intelectuales. Es claro que no podemos pensar la educación de espalda a la posibilidad de los sujetos de emplearse, pero sería muy pobre un sistema educativo que apunta a generar sujetos competitivos, que puedan insertarse en el mundo del trabajo, pero que descuide la base de formación ciudadana para la República y para la democracia. Sería formar sujetos que, probablemente, no tengan en cuenta lo colectivo, el bien común, la idea de comunidad. Esa es la función política de la educación: formar para la República. Entonces, si hablamos de competencias, la educación tiene que tender hacia esas competencias democráticas, de reconocimiento al otro, de solidaridad y de mirada crítica sobre el mundo, para poder pensar en su propia transformación. Todas estas demandas tienen que estar arriba de la mesa, pero es sobre lo que menos discutimos.

¿Qué hacer o qué esperar de la educación cuando tenemos gran parte de la población comprometida, económica, social y culturalmente?

La educación tiene que ser la base de una política integral para atender a la infancia y la adolescencia. No puede ser entendida como una política aislada de otras políticas. El documento del marco curricular plantea que el foco tiene que ser el alumno, pero tiene que ser el foco de una política integral. Si hay niñas y niños que no tienen cubiertas necesidades básicas como alimentación, salud, vivienda y vestimenta, ¿qué quiere decir poner al alumno en el centro? Esa es la gran pregunta que hay que hacerle a la educación. Porque decir que será el centro, cuando está desvalido por todos lados, no es consistente con una política pública que efectivamente quiera atender a la infancia y adolescencia.

Se necesitan políticas integrales, porque lo primero que hay que asegurar son las condiciones materiales necesarias para el desarrollo de una infancia, que es un período importantísimo de la vida. Esto no puede ser bandera de un partido o de otro partido, tiene que ser una causa nacional. Tener niños, niñas, y adolescentes viviendo de forma indigna es el suicidio del país. Esto no es solo un tema de política social, sino de política económica. Una política integral de infancia y adolescencia tiene que ver con la redistribución de recursos en la sociedad, de lugares en los que sobreabundan a lugares en los que faltan. Esto no es un programa de un sector radical, son condiciones mínimas para construir futuro. No se puede pensar el Uruguay del futuro sien el 20% de los hogares donde hay niños de cero a seis años hay pobreza o, como se dice eufemísticamente, inseguridad alimentaria. Ese proyecto de país no es viable, y tampoco el proyecto educativo.

La educación puede ser parte de la ejecución de algunas de esas políticas, por ejemplo, en la política de alimentación. No es la situación ideal, pero es una forma de ir avanzando. Me da vergüenza recordar que el año pasado, en este país, se discutió si los niños que asistían a los comedores escolares podían repetir un plato de comida o no. Si ese es el nivel de la discusión, estamos proyectándonos hacia el futuro de una forma poco viable. Entonces, la educación puede ser educación en tanto exista una integralidad en la atención, de lo contrario, los equipos docentes se terminan haciendo cargo de situaciones que no les corresponden y poniendo dinero de sus bolsillos Esto se vivió en la pandemia en muchos centros educativos, y desvía de la función educativa. Cuando no hay otra solución, la educación se ve corrida a ese lugar asistencial, porque maestros y maestras saben mejor que nadie que si un niño o niña no tiene condiciones mínimas, es imposible que se le pueda enseñar algo. Decir que todos los niños, niñas, adolescentes, jóvenes, tienen derecho a la educación, y asegurar las condiciones, es un imperativo que se le coloca al Estado. Cuando dejamos que maestros, maestras y docentes enfrenten solos estas situaciones, deja de ser cierto que la educación es una prioridad. La integralidad en la educación es el gran desafío que tiene la sociedad uruguaya.

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