¿Qué diagnóstico hiciste al asumir la Secretaría y cuáles fueron los primeros pasos?
Es importante destacar que la Secretaría de la Diversidad va a cumplir una década, fue creada en diciembre del 2015, y que cuenta con un equipo específico y comprometido para diseñar, acompañar y evaluar las políticas. Si bien la Intendencia de Montevideo siempre fue una institución muy comprometida—ya en 2008 había generado esta idea del Mes de la diversidad y el apoyo a la marcha— no tenía una institucionalidad específica. Es una Secretaría que también ha incorporado personas trans a su equipo, algo muy importante. Por otro lado, me encontré con un centro de referencia LGTBIQ+, que es la concreción de una aspiración que tenía tanto Secretaría como los colectivos sociales de Montevideo.
Creo que hemos dado pasos importantes, pero no hemos logrado cortar algunos círculos de exclusión, en particular de las personas trans en general, y de las mujeres trans en particular. Con respecto a Montevideo, el despliegue a nivel de territorio todavía está en el debe, más allá de que se han desarrollado algunas experiencias.
Nos encontramos también con un contexto de restricciones financieras en la Intendencia de Montevideo, que también involucra a la Secretaría. Entonces, la idea es construir un plan participativamente con los colectivos que integran la Mesa de la Diversidad, que así le llamamos al espacio de encuentro entre la Secretaría y los colectivos LGTBIQ+, que tiene una periodicidad mensual. A este plan le llamamos “Plan por la diversidad afectiva, sexual y de género en Montevideo”, que propone dos cosas: construir una visión de cómo queremos que sea Montevideo en 10 años y planificar a cinco años. Es decir, planificar con una mirada estratégica un poco más allá de lo que implica la gestión concreta de este periodo de gobierno.
¿Cuál crees que es hoy la principal dificultad que enfrenta la comunidad LGBT+?
Hay un contexto global de avance de las extremas derechas en todo el mundo y Uruguay, de alguna manera, es parte de ese movimiento. Quizás no en la expresión de partidos políticos, aunque habrá que ver qué pasa con esto de La Libertad Avanza, que se ha inscrito como partido en Uruguay. Pero hay un marco interpretativo de la realidad que se ha movido a la derecha y esto es una corriente de fondo que genera más violencia y discriminación. ¿Cuánto podremos evitar eso? ¿Cuánto nos condiciona? dependerá también de nuestras propias fortalezas. Por eso, creo que es fundamental que esta construcción de políticas públicas que vamos a hacer en estos cinco años no sea sólo de una institucionalidad, sino que esté acompañada por colectivos y organizaciones sociales que le dan cuerpo y potencia.
¿Qué nos podes adelantar del plan en contrucción?
El plan lo construimos sobre tres ejes: derecho a la ciudad, participación y cambio institucional. Siempre entendiendo que para cambiar la ciudad también tenemos que transformarnos nosotras mismas. En torno a esas tres patas vamos a ir agrupando los aportes individuales y de los colectivos y las organizaciones.
En lo que refiere al derecho a la ciudad, hay tres énfasis. El primero es la no violencia y la no discriminación, con enfasis en los espacios públicos. Hay elementos realmente muy preocupantes. Por ejemplo, un informe del Instituto Nacional de Evaluación Educativa [INEED] sobre las generaciones más jóvenes, indica que los varones tienen miradas más movidas hacia valores conservadores, mientras las mujeres tienen una mirada más en línea con los valores feministas. Esta brecha que hace al género, obviamente impacta, porque cuando hablamos de diversidad afectiva, sexual y de género, estas miradas más conservadoras pueden traducirse en discriminación, que luego puede expresarse a través de la violencia.
Un segundo énfasis son las bases materiales de la vida, aspecto fundamental para poder romper los circuitos de exclusión. Esto no es otra cosa que la educación, el trabajo y la vivienda, que son grandes pendientes en relación a las personas LGTBIQ+. Desde la Secretaría, queremos incorporar una mirada interseccional que no distinga solo por identidades, sino que reconozca también otros ejes de desigualdad. No podemos meter en la misma la bolsa a personas que tienen igual orientación homosexual, pero que también estan atravesadas por la clase social, lo que las hace sustantivamente distintas.
El tercer aspecto es la construcción de comunidades, a nivel de los barrios, donde vamos a agrupar, incorporar y poner en diálogo las propuestas que se vayan construyendo en relación a salud, cultura, deporte y turismo. Esto no quiere decir que no sigamos acompañando las propuestas que se generen en los espacios centrales de la ciudad, pero creemos que ahora el énfasis tiene que estar en el territorio, en las policlínicas de la Intendencia en lo que hace a la Salud o en los teatros y centros culturales de la Intendencia, cuando se trata de Cultura.
Dentro de estos ejes, ¿ya tienen algún proyecto concreto para implementar?
Si bien este proceso recién comienza, más allá de las demandas ya conocidas de los colectivos, tenemos algunos temas sobre la mesa que llevaremos a una construcción colectiva. Uno es potenciar este centro LGTBIQ+, que va a cumplir un año en noviembre, donde se han hecho esfuerzos enormes con mínimos recursos. Lo que queremos hacer, por ejemplo, es que pueda abrir todos los días, extender el horario de apertura al público y que las propuestas sean más diversas, pensando este espacio no solo como el Centro LGTBIQ+ de Montevideo, sino como un espacio enraizado al barrio. Todavía no tenemos los recursos para extender el horario y reforzar el equipo, pero ya empezó a pasar que se hacen reuniones de otros temas del barrio que no tienen que ver con la diversidad. Por ejemplo, la consulta sobre el nuevo plan de limpieza de la ciudad. Algo que también me gustaría dejar planteado es que las prioridades de la Intendencia también son prioridades para la Secretaría, tanto en temas ambientales, de tránsito, transporte público, así como todo lo que tiene que ver con el desarrollo social.
Otro buque insignia tiene que ver con un abordaje mucho más potente en relación a las situaciones de exclusión de las personas LGTBIQ+, y en particular de las personas trans. Estamos haciendo un análisis de cómo superar las respuestas que hoy tienen las personas trans, por ejemplo, en relación a lo laboral. Actualmente, existen programas que duran cuatro o seis meses, y que son absolutamente insuficientes para que las personas puedan encontrar una ruta de salida a su situación de pobreza y de exclusión. Entiendo que hay un camino recorrido en relación a estos programas, pero también hay un camino recorrido en relación a lo que estas personas nos trasladan: que son procesos donde recuperan el autoestima, donde pueden realizar alguna formación, pero una vez que acaban vuelven al mismo lugar.
Otra propuesta es generar —en articulación con otros actores como el MSP, ASSE y el Fondo de Población para las Naciones Unidas —centros para la promocion y atención de la salud sexual de las personas LGTBIQ+, que sean efectivamente libres de discriminación y estigmas, algo que tiene que ver con un énfasis programático de la candidatura del intendente Mario Bergara, en el marco de los compromisos para un Montevideo disfrutable. ¿Qué pasa cuando una persona contrae una ITS? ¿Cómo la atiende el sistema médico? ¿Cuántos prejuicios y estigmas se ponen en juego? A la vez, queremos abordar otro gran debe del sistema de salud en Uruguay: las situaciones vinculadas a la transmisión del VIH y la atención a las personas que viven con VIH. Creo que en Uruguay hemos hecho muy poco por romper el estigma que rodea a esas personas y que, en muchos casos, condiciona el acceso al trabajo y vivir vidas felices. Si bien el acceso a los retrovirales y tratamientos es universal, tenemos deudas enormes con informar a la población, por ejemplo, que cuando la carga viral es indetectable, el virus es intransmisible y que se puede vivir una vida plena teniendo VIH. Me parece que ahí tenemos mucho para avanzar.
En lo personal, quiero colocar el tema del VIH en un lugar central, no solo en la agenda de salud sino también de derechos humanos. Aunque el VIH puede afectar a cualquier persona, la incidencia es mayor en varones gays y bisexuales, hombres que tienen sexo con hombres y mujeres trans, y eso exige respuestas específicas. Además, creo que hay una memoria que no deberíamos perder: en los inicios de la pandemia del VIH en el mundo, cuando no existía la respuesta médica actual, fueron las redes de solidaridad —como mujeres lesbianas acompañando a varones gays enfermos— las que sostuvieron a quienes transitaban la enfermedad. Hoy vivimos en una sociedad más individualista y fragmentada, y recuperar esas experiencias de cuidado y acompañamiento sería muy valioso. Tenemos mucho que aprender como comunidad LGTBIQ+ y como sociedad en general para acompañar a las personas con VIH, que aún hoy enfrentan estigma y discriminación. Y eso, en 2025, me parece inaceptable.
Algo que denunciaron de forma recurrente los colectivos es que en el anterior período de gobierno hubo retrocesos. ¿Compartís esa mirada?
Sí, claro. Por ejemplo, programas vinculados a la revinculación educativa y a la no discriminación en centros educativos, que se habían implementado desde el Mides, dejaron de hacerse. También se desarmaron equipos, faltaron recursos y la aplicación de la cuota trans fue deficitaria. Esa cuota —que también incluye a personas con discapacidad y afrodescendientes— no es solo publicar un llamado: es garantizar que la persona acceda efectivamente al trabajo. Si el resultado es que no ingresan, entonces no se está cumpliendo. En la reglamentación dejamos claro que el objetivo era cubrir un porcentaje de todos los puestos llamados y, si eso no se alcanzaba, debía hacerse un llamado específico. Ese instrumento se aplicó muy pocas veces. Por eso me alegró que el Banco República lo usara recientemente, con 16 puestos destinados a personas trans. Ese es el camino: asegurar que los puestos se cubran y que la cuota se cumpla de verdad. Es lo que queremos proponer también en la Intendencia, siguiendo antecedentes ya aplicados con personas con discapacidad.
En 2011 fuiste el primer político uruguayo en declararse públicamente gay, han pasado más de 10 años, ¿Qué avances percibís en la aceptación de la diversidad?
Sí, yo creo que, a diferencia de otros lugares del mundo, avanzamos en aceptación y respeto, pero no lo daría por garantizado, porque insisto: hay una corriente de fondo que no solo se mueve hacia la derecha, sino que utiliza a las personas LGTBIQ+ como chivos expiatorios para canalizar la frustración. Vivimos en sociedades donde hay frustraciones de todo tipo, simbólicas, materiales, y siempre se busca a quién echarle la culpa. Esto pasa con las personas migrantes, las disidencias, con las mujeres y con otros colectivos. Por eso no daría por asegurados los avances en aceptación, ni siquiera respecto a quienes hemos accedido a espacios de decisión. Personas LGTBIQ+ siempre hubo en distintos ámbitos, pero ahora son más las que acceden, reconociendo su orientación sexual, identidad o expresión de género, y que además están comprometidas con estas luchas. Ese es el verdadero cambio.
De todos modos, tenemos que estar alertas y unidas como comunidad porque, en la medida en que vayamos ganando espacios de poder —políticos, sociales, culturales— también vamos a estar sometidas al descrédito, especialmente a las personas trans. El descrédito es uno de los mecanismos del poder para no ceder poder. A mí me pasó cuando salí del armario aquel 11 de noviembre de 2011. Venía trabajando en políticas LGTBIQ+ y me resultaba incongruente no hacerlo público, dado el rol que ocupaba. Y ahí recibí mensajes de todo tipo: de odio, de amenaza de muerte. Por eso digo que hay un elemento central: pedimos ser evaluadas por la gestión y las políticas públicas que llevamos adelante. Todo lo demás respira homofobia y transfobia.
Ni que hablar de lo sucedido con Collette [Spinetti]. No conozco a fondo las decisiones de la Secretaría de Derechos Humanos, aunque valoro positivamente muchas de las iniciativas que han impulsado. Pero también veo, en los discursos y en la forma en que se activan ciertas decisiones políticas, mucho oportunismo y transfobia, no tengo dudas. Después podemos discutir diferencias en la gestión, si nos gustan más unas acciones que otras.
¿Alguna reflexión especial que quieras compartir en este Mes de la Diversidad?
Algo que me parece importante es que tenemos que sentirnos orgullosos de lo que hemos logrado en este mundo tan distópico. Que Uruguay esté gobernado por una fuerza progresista como el Frente Amplio, y que Montevideo haya renovado también un gobierno frenteamplista, es una oportunidad para construir potencia y pararse frente a esa corriente de fondo de la que hablábamos antes. Pero para eso hay que reconocerlo; si no lo hacemos, perdemos fuerza. Uruguay ha construido un camino distinto, que en muchos aspectos se diferencia para bien de otros.
En un plano político más amplio, el Frente Amplio es una construcción maravillosa, mirada con envidia por progresismos de todo el mundo. No es casual que muchos intentos de unidad de las izquierdas se quieran llamar Frente Amplio. Si no nos enorgullecemos de eso y lo asumimos como un elemento fundamental, perdemos algo central. Me gustaría que eleváramos la autoestima colectiva como país y como fuerza política, sabiendo que tenemos un tesoro en lo que hemos construido en Uruguay: una política capaz de generar diálogo y consensos mínimos. Haber vivido afuera me permitió valorar aún más lo que significa la unidad de una izquierda diversa, pero unida al final. Esa unidad es una potencia enorme.
La otra reflexión es que necesitamos generar espacios no solo seguros, sino también amorosos dentro de la propia comunidad LGTBIQ. Tenemos que rescatar la empatía, la solidaridad y la construcción común que siempre caracterizaron al movimiento de la diversidad en Uruguay. Porque en esos espacios está la fuerza para enfrentar a las extremas derechas y a los discursos de odio. Me preocupa que los movimientos sociales, por sus tensiones y fragmentaciones, a veces pierdan de vista el valor supremo de la acción colectiva, la solidaridad y la empatía. Podemos tener miradas distintas, pero lo fundamental es que esa diversidad no genere distancias. En eso me voy a empeñar: en provocar procesos que fortalezcan la unidad.