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Tiempos de elecciones

Por Leonardo Borges.

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A lo largo de 189 años, Uruguay ha tenido 40 presidentes constitucionales, además de cuatro gobiernos colegiados, dos colorados y dos blancos. La forma de elegir representantes en Uruguay ha ido mutando a lo largo del siglo XIX y el siglo XX, así como creciendo el número de ciudadanos y la calidad de los mismos. Desde la primera Constitución uruguaya jurada el 18 de julio de 1830, las sucesivas reformas electorales y sobre todo las reformas constitucionales fueron ampliando la base electoral, así como el alcance de los mismos. Reformas de la Constitución, que cambiaron en muchos casos el poder Ejecutivo o la forma de elección del poder Legislativo. Los diputados llegaron a ser 124 y elegidos de forma gradual, y los senadores duraron 6 años por ejemplo. Uruguay nunca tuvo reelección presidencial, pero tres presidentes han sido elegidos en dos oportunidades, José Batlle y Ordóñez, Julio María Sanguinetti y Tabaré Vázquez.

Las elecciones han marcado la historia del Uruguay y, cuando no estuvieron, los uruguayos lucharon por volver a tenerlas. Para muchos estudiosos del tema, los uruguayos llegamos a tener una gimnasia electoral a lo largo del siglo XX.

Desde 1830 los uruguayos hemos elegido presidente y representantes de distintas formas y el sistema electoral uruguayo ha evolucionado hasta el que tenemos hoy en día, un verdadero ejemplo a nivel internacional. Pero no siempre fue así.

En las primeras elecciones nacionales solo votaba un porcentaje muy pequeño de la población. Eran ciudadanos aquellos “…naturales todos los hombres libres, nacidos en cualquier parte del territorio del Estado”. Es así que los esclavos seguirán siendo esclavos. Por otra parte, la ciudadanía se suspendía en caso de ser sirviente a sueldo, peón jornalero, analfabeto, ebrio consuetudinario, soldado de línea o deudor del Estado. Más allá que todas estas eran condiciones pasajeras, marcaban un elitismo típico de aquella república aristocrática. En aquel Uruguay solo una pequeña parte de la ciudadanía podía palpitar las elecciones, que eran en todos los casos con voto cantado, en el que todos sabían la preferencia del ciudadano. Uruguay tuvo este sistema hasta 1918 en el que con la nueva Constitución -que ocupó el lugar de la de 1830- implementó el voto secreto.

A partir del 18 de julio de 1830 Uruguay tendrá una Constitución y un calendario de elecciones previsto. Las primeras elecciones del país se llevaron adelante en dos instancias. El primero de agosto se eligieron diputados y el 8 de agosto los colegios electores de senadores. Los senadores eran elegidos uno por departamento, por tanto fueron 9 los senadores, mientras que los diputados -elegidos de forma nacional- sumaron 25.

La Constitución de 1830 preveía la elección presidencial indirecta, o sea, eran los diputados y senadores reunidos en Asamblea General los que escogían al presidente. Aquel lejano 24 de octubre de 1830, la Asamblea General optó por el gral. Fructuoso Rivera por 27 votos en 35.

La segunda elección del país colocó al brigadier general Manuel Oribe como presidente, el 1 de marzo de 1835. Lo cierto es que con 35 votos en 35, Manuel Oribe llegó a la primera magistratura. El cónsul Samuel Hood, en oficio del 12 de marzo de 1835 lo informa, “[…] fue electo por unanimidad el Brigadier General D. Manuel Oribe, no habiendo otro candidato, ni voz opuesta a su accesión al poder”. Pero no siempre las elecciones en Uruguay fueron tan fáciles, de hecho tras la presidencia de Oribe no hubo elecciones constitucionales hasta 1852 en las que fue ungido como presidente Juan Francisco Giró.

La Guerra Grande fue un conflicto que abarcó desde 1839 hasta 1851 y que dividió al país en dos, en el que no hubo elecciones constitucionales. La primera elección tras la Guerra Grande colocó en el sillón presidencial a Giró el primero de marzo de 1852, aunque aquella contienda electoral estuvo rodeada de misterio. El problema de la elección surgió tras la muerte del candidato “natural” para la presidencia, el general Eugenio Garzón. Falleció misteriosamente. La muerte de Garzón, poco antes de la elección, acarreó ciertas especulaciones, con cierto olor a complot. La causa fue la ruptura de un aneurisma de aorta y culminó con una junta médica y la revocación de la licencia del médico francés Pedro Capdehourat, por lo que hoy conocemos como mala praxis.

Aquel Uruguay vio cómo se sucedían gobernantes uno tras otro que duraban poco tiempo y no eran elegidos constitucionalmente en general. Tras Giró vino el gral. Venancio Flores, un triunvirato inconstitucional de Flores con nada menos que Fructuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja y hasta gobernaron Luis Lamas y Basilio Bustamante.

Debemos esperar hasta 1855 en el que se dan elecciones nacionales y Gabriel Antonio Pereira se hace con la presidencia. Pereira logra terminar su mandato y eso era una novedad en aquel Uruguay, por primera vez desde 1835 un presidente dejaba el lugar a otro elegido constitucionalmente. Bernardo Berro será ungido como presidente tras una peleada elección en 1860. Se cuenta que cuando fueron a informarle a Berro que era presidente, viajaron hasta su chacra en las afueras de la capital, en Manga. Allí se encontraron con un hombre trabajando en la tierra junto con sus hijos, trabajando con un arado de madera que él mismo había construido.

La siguiente elección, tras una dictadura de Venancio Flores, fue la que colocó al gral. Lorenzo Batlle en la presidencia en 1868. Aquella elección fue muy particular porque desnudó la corrupción del sistema. Se enfrentaban dos candidaturas, la de Batlle con la de Gregorio Suárez, el Goyo Jeta.  La elección culminó 22 votos para Batlle y 20 para el Goyo Jeta. Se peleó voto a voto, pero según fuentes de la época, sobre todo un diplomático francés, Meillefer, “es un escándalo, una elección entre dos hombres del mismo partido, a ser electos por legisladores de ese mismo partido, y donde los votos se están cotizando entre ¡1.500 y 3.000 pesos fuertes!”.

Quien puso más dinero venció y entregó al otro el Ministerio de Guerra y Marina.

Más allá fue una elección menor para alcalde de Montevideo, que costó una vida, pero que explica cómo eran las elecciones en aquel Uruguay. Era enero de 1875. Los comicios en aquel pequeño Montevideo se llevaban adelante en la Iglesia Matriz. Aquella elección enfrentaba a los principistas -que llevaban como candidato nada menos que a José Pedro Varela- y los candomberos o netos, que presentaban varias candidaturas. Se cuenta que los candomberos votaban y se iban reuniendo en la Confitería del Ruso, en la calle Sarandí. Los principistas, al mismo tiempo, se reunían en el Club Inglés, en las calles Rincón e Ituzaingó. Al ser el voto público y cantado, todos sabían y podían sacar las cuentas de quién se adelantaba en la contienda electoral. Arrasaban los jóvenes principistas y la candidatura de José Pedro Varela como alcalde. Un grupo de candomberos no soportó la derrota aplastante que estaban sufriendo. Es así que arremetieron contra el acto electoral. Isaac de Tezanos, Pedro Varela y Pancho Belén desenfundaron sus armas y comenzaron a los tiros. Cuentan las crónicas que el primer tiro, la señal, fue disparado a mansalva por Isaac de Tezanos. Según se cree pretendían hacerse de la urna. Es así que el doctor Francisco Lavandeira, profesor de economía y finanzas en la Universidad, blanco de filiación, pero principista de convicción, corrió hacía la explanada de la Matriz y abrazó la urna para defenderla. Fue entonces atravesado por una bala que terminó con su vida.

Este tipo de episodios de fraude o actos de corrupción fueron moneda corriente en el Uruguay en el siglo XIX, pero quien llevó el fraude a un nivel superior fue el presidente constitucional número 15: Julio Herrera y Obes. Herrera y Obes -cuyo verdadero nombre era Julián Basilio Herrera y Martínez- gobernó el Uruguay entre 1890 y 1894, pero estuvo detrás del poder mucho tiempo más. Era el líder de los colectivistas, un grupo que gobernó el Uruguay y marcó su sello. Herrera y Obes utilizó el fraude como política en toda su extensión imaginable y sobre todo su influencia.

El episodio del “café frío” pinta de cuerpo entero aquellas prácticas, así como aquel sistema electoral tan arcaico. En Minas el Colegio Elector debía designar un senador, pero quien tenía todas las de ganar era un candidato contrario a Herrera y Obes. Para impedir la elección, el presidente envió a un general con 20 militares a su cargo. Los hombres acudieron a un café donde trabajaba Arturo García, miembro del Colegio Elector y uno de ellos pidió un café. García lo sirvió pero fue increpado con que el café estaba frío. El incidente terminó a los golpes y García en la comisaría. Cuando comenzó la elección faltaba uno y fue suplido por un hombre adicto al presidente. Quien fue elegido senador fue un amigo de Herrera y Obes.

La primera elección de Batlle y Ordóñez fue también compleja, dado que fue un grupo político blanco quien le otorgó los votos para llegar a la mayoría a Batlle. Eduardo Acevedo Díaz, líder de un sector blanco, desoyendo la orden directa de Aparicio Saravia, daba los votos de su grupo, 8 en total, y hacía que Batlle llegara a 55 votos y asumiera el 1 de marzo de 1903 la primera magistratura. Acevedo Díaz fue expulsado del partido y será bautizado -él y su grupo- como los Calepinos, en honor a un caballo de carreras que fue pintado para hacerse pasar por otro.

En el siglo XX Uruguay comenzó un camino sostenido hacia la democracia, en el que las elecciones se convertirán en una sana costumbre. Los uruguayos nos acostumbramos a votar en los primeros treinta años del siglo XX. La Constitución de 1919 ampliaba el sufragio a universal masculino, mientras que el voto será secreto. Las elecciones se darán más frecuentemente, de senadores, de diputados y finalmente la elección nacional. Esa gimnasia electoral fue sentando las bases de ese Uruguay democrático del que hoy en día nos sentimos tan orgullosos.

Aunque faltaba el sufragio universal. Fue recién en 1938 en que la mujer vota por primera vez en una elección nacional. Alfredo Baldomir salió victorioso de aquella contienda. La primera votación de la mujer en toda América Latina fue en Uruguay, en una pequeña localidad entre tres departamentos, Cerro Chato. En 1927 esta localidad votaba justamente a qué jurisdicción pertenecer. El 3 de julio se acercaron al local de votación 356 personas de las cuales un centenar eran mujeres. Si bien los derechos políticos de la mujer estaban establecidos desde la Constitución del 19 y estaban habilitadas para votar desde 1932, fue recién en 1938 que se hizo efectivo.

De este modo las elecciones siguieron marcando el gen democrático de los uruguayos, que cada vez que no las tuvieron lucharon por volver a tenerlas.

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