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Cultura y espectáculos

EL GORDO VIVE EN CADA TANGO DE GARDEL

25 años de la muerte de Osvaldo Soriano

El jueves hizo fecha de la muerte del escritor argentino, creador de obras inmortales. En un encuentro imaginario, una entrevista mano a mano inspirada en respuestas reales que él mismo supo dar alguna vez.

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Textos Daniel Alejandro

 

El destino y las pocas monedas en nuestros bolsillos confabularon para que viviésemos en el mismo hotel de cuarta categoría llamado Tandil, en la Avenida de Mayo esquina Tacuarí. Lo estoy esperando como habíamos quedado en el altillo de este viejo edificio que se cae a pedazos y que lo único que lo mantiene en pie es el cimiento de su magia. El Negro Vení maullando me dice: “Aún duerme, sabes que él vive de noche”. Mientras lo espero, un viento fuerte me arrastra a sus historias; historias de perdedores, solitarios, náufragos, antihéroes. Repaso tramos de sus novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno, Una sombra ya pronto serás. ¿Para qué mierda leo sus historias? Te dan ganas de pegarte la cabeza contra la pared una, dos, tres veces. Tirar todas tus cuartillas a la basura y quemar todos tus personajes. Jode, molesta, duele; duele más que sacarse cuatro muelas al mismo tiempo y sin anestesia. Pero al final lo asumís: nunca voy a escribir como este tipo. Llega Soriano.

 

¿Qué me puede decir de su nacimiento, Soriano?

El día que nací, mi padre fumaba como un loco en el patio de la casilla de madera, donde ahora hay un chalet muy elegante. Mi madre dice que fue un parto difícil, a las cuatro y veinte de la tarde de un día de pleno verano. El sol rajaba la tierra. Los jóvenes Borges y Bioy Casares paraban cerca, en Los Troncos, alucinando las historias de Isidro Parodi. Mi padre trabajaba para Obras Sanitarias, en la instalación de cloacas. En Mar del Plata conoció a mi madre, allí se casaron y nací yo, en 1943, ese 6 de enero de calor espantoso en la calle Alem. La empresa destinaba a mi padre a distintas ciudades del interior. De Mar del Plata lo mandaron a San Luis, de ahí a Río Cuarto y después al Sur, antes de que recaláramos en Tandil. Cipolletti era literalmente el Far West: cuando llegamos no había pavimento, las calles eran de tierra y no existían casas de dos pisos ni librerías. Los únicos entretenimientos eran el cine, cuando había, y el fútbol. Yo soñaba con ser futbolista y mis padres con que fuera ingeniero, habrá sido por eso que nunca terminé el secundario.

¿Quién lo hizo de San Lorenzo?

Nadie me hizo de San Lorenzo, pero yo nunca pensé en otro equipo, en otra camiseta. Ningún porteño tiene idea de lo que significa ser de San Lorenzo en una provincia: era ser de un bicho raro, porque la distancia hacía que llegaran solamente los ecos de Boca y River. Yo le había pedido a mi mamá que me tejiera una bufanda azulgrana… ¡para qué! Me la afanaban, me la enroñaban, tenía que aguantarme cada cosa.

 

Hablemos de libros, Osvaldo. De su biblioteca, sus autores más queridos…

En mi casa nunca hubo biblioteca. Mi padre era electrotécnico y solo tenía libros de temas ininteligibles. Mi relación con la literatura sigue siendo un poco caótica por la forma desordenada en que fui haciendo mis lecturas. Cuando empecé a leer nadie me dijo que Balzac era más importante que Chase; tuve que descubrirlo solo. Y empecé a prestarle atención a la literatura muy tarde. Hasta los veinte años fui un salvaje que no había leído nada, salvo revistas de historietas. Esa era mi formación primera, que tanto se me reprocha y a la que le estoy muy agradecido porque tiene mucho que ver con mi escritura. Mi primer libro lo leí en 1961 y todavía tengo el ejemplar, mortecino y pegado con el scotch amarillo de aquellos tiempos: Soy Leyenda, de Richard Matheson, un tipo que el verano pasado, ya viejo, se jugó la vida en el incendio de California para salvar a su gato. De ahí salté desordenadamente a los clásicos del siglo XIX: Los hermanos Karamazov, Madame Bovary, Rojo y negro. El primer rioplatense que me golpeó fuerte fue Horacio Quiroga, especialmente, los Cuentos de amor, de locura y de muerte. Muy cerca vino Arlt y después Cortázar, que fueron un choque decisivo en mi iniciación como lector. Y, ya en Buenos Aires, descubriría a Chandler y a muchas más de mis devociones. Pero, hasta el día de hoy, solo lloré como un chico la muerte de dos escritores: Georges Simenon y Graham Greene.

 

¿Qué dejan las distancias?

No está probado que las distancias te den madurez, y en todo caso es una madurez que uno paga cara en angustias. Para reconstruir y sintetizar aquella experiencia yo sabía que tenía que volver. Si no, la experiencia se convertiría en éxodo y punto. El emigrante responde a necesidades personales y corre el riesgo calculado del desarraigo. El exiliado no tiene para elegir. Cuando salí de Buenos Aires nadie me perseguía. Después creí que en un año estaría allá otra vez. Mientras tanto libré una verdadera batalla cotidiana con la lengua: hablaba con el gato como un boludo, porque me resistía a la idea de perder el tono más allá de lo tolerable. En España hubiera sido peor: allá, los giros locales se te pegaban porque los idiomas son demasiado parientes. Y el habla coloquial era fundamental para un tipo como yo, que siempre trabajó al noventa por ciento con el diálogo.

 

¿Y las soledades?

No creo que sea lo mismo la soledad en Dinamarca que la soledad en la Argentina. No es que descalifique la soledad del pobre dinamarqués. Una persona se puede sentir como la mierda en cualquier país, pero el dinamarqués va y se suicida; en cambio aquí la soledad nos acompaña desde el nacimiento junto con la idea de que hay pocas maneras de incidir en el curso de nuestras vidas, porque estamos más expuestos a las vicisitudes del país que a las propias. Un argentino, en lugar de suicidarse, deambula, deambula. O se mete en problemas. Si pienso ahora en los personajes de No habrá más penas ni olvido, esos peronistas que se pelean a muerte, hasta el día anterior en que empieza estaban lo más bien, no pasaba un carajo, todos amigos en el pueblo. Ninguno de ellos podía prever que tendría un destino histórico. Son de una clase social muy precisa, tipos que nunca serán ricos ni aspiran a serlo, y de pronto, y de pronto la historia los alcanza y los arrastra, porque así es la historia argentina. Uno da un paso y lo arrastraban cinco pasos más y ya estás en medio del mar y hay que nadar o te hundís.

 

¿Qué opina de sus personajes?

No soy tan viejo como para ser venerable, ni tan joven para ser un cómplice. Pero no me gustaría nada que me pasara lo que a los personajes de algunas novelas mías, que inventan vidas porque no toleran las propias. En el fondo, mis libros plantean por infinitésima vez en la literatura argentina el problema de la identidad. El noventa por ciento de los escritores, sobre todo los contemporáneos, nos pasamos interrogándonos por la identidad. En el fondo, esto es lo que se pasa preguntando la gente en la calle, a veces de manera inconsciente: qué somos, por qué nos va así, cómo se resuelve este berenjenal. Por eso mis personajes son contradictorios y se parecen tanto a los comunes y mortales. Yo hago historias de tipos como todos. Retomo la literatura de personajes, que está algo olvidada. Y trabajo con personajes prototípicos, así que no tengo que explicarlos ni explicármelos mucho.

 

¿Qué es de lo único que puede estar seguro como escritor?

Hemingway decía: “La única cosa de la que un escritor puede estar seguro a lo largo de su existencia es que todo el mundo intentará impedir que escriba: familia, escuela, ejército, dinero, política, amigos, enemigos, conocidos y críticos”. Hay escritores que se dan una semana de tiempo para terminar un libro, como Simenon. Otros un mes, como Faulkner. Otros la vida entera, como Joyce. Hay tipos que, en lugar de escribir, van a contar esa historia a los amigos en el bar, a la esposa en la mesa o a la amante en la cama. Hasta los más grandes se dejan llevar a veces por la omnipotencia: envalentonado por el éxito de Guerra y paz, Tolstoi pensaba que Ana Karenina le llevaría quince días de trabajo (escribió el millar de páginas apurado por las deudas y por un contrato que lo obligaba a publicarlas en folletín semanal; las primeras páginas aparecieron en El mensajero ruso en 1875 y solo cinco años más tarde fue editada en tres volúmenes para las librerías). Bulgakov, el ruso más prohibido en tiempos del stalinismo, anotaba al margen de sus páginas escritas en secreto: “Dios mío, ayúdame a terminarla”. Talentosos o mediocres, pocos escritores quedan conformes con su obra recién terminada y de inmediato empiezan a reescribirla, a retocarla, a disecarla, a cortarla en rodajas. Siempre a solas. Porque un escritor está siempre igual de solo que un corredor en una maratón. De esa soledad debe sacarlo todo: música celeste y ruido de tripas. Y también peregrina ilusión de que, un día, alguien decida abrir su libro para ver si vale la pena robarle horas de sueño con algo tan absurdo y pretencioso como una página llena de palabras.

Autodidacta, soñador, mentiroso, generoso. Un millón de ejemplares vendidos en el mundo, amigo de sus amigos, amante de los gatos, cabalista. Todo eso es Soriano. Lo seguiremos encontrando en los muros, en los bares, en las librerías de Avenida Corrientes, en la mismísima feria de Tristán Narvaja, en Bruselas, España. Las tumbas tendrán que seguir esperando, los gusanos quedarán con apetito. Soriano no murió. Negro Vení, escuchemos a Gardel:

 

Yo adivino el parpadeo de las luces

que a lo lejos van marcando mi retorno

Son las mismas que alumbraron

con sus pálidos reflejos

hondas horas de dolor

Y aunque no quise el regreso

siempre se vuelve al primer amor

La vieja calle donde le cobijo

tuya es su vida, tuyo es su querer

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