Tuve que perderme el final de la multitudinaria y apoteósica despedida de Luis Suárez del Gremio de Porto Alegre, Brasil, a estadio lleno y bajo lluvia sin que nadie se moviera, para presenciar la segunda entrega del reportaje de la periodista Patricia Martín al narcotraficante Sebastián Marset para el programa Santo y Seña, que dirige Ignacio Álvarez en Canal 4, Uruguay.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
¿Y qué es lo que quiero decirles sobre eso, lector?
Algo más que las aburridamente repetidas y empobrecedoras lecturas político-electorales simples de lo que se dice y muestra durante las entrevistas; entrevistas que, como casi todo programa periodístico popular de masas, terminan siendo un melodrama entre el Bien y el Mal, construido por diversas instituciones públicas interesadas en su credibilidad pública, amplificadas por la explicable voracidad comercial de la prensa, sumada a su conveniencia de ‘colaborar’ con ellas en la construcción de este nuevo melodrama de narración actualizada de un sempiterno discurso de Bien y Mal enfrentados (como son construidos Putin vs. Zelensky, Israel-Hamás, y un largo etc.).
¿Y cuál es el discurso que las entrevistas y Marset pretenden debatir? Que llamaremos, con humor y cierta exageración, la creencia en los Reyes Magos.
Aclaro, como se verá luego, que Pepe Mujica disiente con el discurso hegemónico que expondremos sintéticamente a seguir. Yo lo que haré es exponer esos disensos, el de Pepe y el de Marset, y condimentarlo con mis propias observaciones sobre esos 3 discursos distinguibles.
Marset y drogas: prejuiciado y paranoico discurso hegemónico
Este discurso no carece de razones, hechos y argumentos, pero es terriblemente prejuiciado, paranoico e insensible a matices y alternativas; son mucho más interesadas interpretaciones melodramáticas discursivas que probados relatos explicativos. Podría leerse así:
Uno. Más que una investigación periodística independiente y voluntaria, las entrevistas serían promociones y deconstrucciones de la imagen, razones y argumentos de Marset, muy bien pagas, ideadas y dirigidas por él.
Dos. Los periodistas y el canal serían ávidos e inmorales vehículos de las perversas intenciones del Mal: las drogas, el narcotráfico y el crecimiento de su influencia cultural-moral y político-económica.
Tres. Además, las entrevistas y su difusión intentarían sumar a la defensa del gobierno uruguayo actual, debilitando su culpabilización por corrupción y fortaleciendo la creencia en su firme institucionalidad; clásica creencia externa y benévola autoimagen uruguayas en riesgo o decadencia aparente.
Cuatro. El Canal 4, que apoyó entrevistas y programas, sería un medio de comunicación comercial y facho, interesado en defender al gobierno de la coalición multicolor; así también el conductor del programa, Ignacio Álvarez, pituco facho conocido, coincidente con el canal en esos objetivos políticos y comerciales, a los cuales, para perseguir sus penosos fines, no les tiembla el pulso para servir de vehículo retórico para un cruel y sádico representante del Mal.
Cinco. Esta verosímil hipótesis, pero afirmada como verdad revelada, se repite y retroalimenta pase lo que pase, suceda lo que suceda y se diga lo que se diga; ‘no me convencen con razones’ decía el gallego, razonando como un dogmático religioso. Los 4 puntos vistos, atendibles en sí mismos, se convierten en premisa mayor incuestionable de infinitas conclusiones falazmente deducidas; y en chalecos de fuerza y blindajes contra cualquier otra alternativa o matiz: en suma, convirtiéndose en un fuerte obstáculo para pensar algo mejor o distinto (que es lo que intentaremos). Repito: el discurso de los Reyes Magos tiene hechos, razones y argumentos en su favor, pero no autorizan tanta seguridad, radicalidad ni inamovilidad en las afirmaciones.
Trágicos ejemplos de esta insensibilidad de los discursos a priori frente a cualquier hecho o dicho superviniente que pudiera cuestionarlos lo proporcionan los ´debates’ parlamentarios, el ‘trabajo’ parlamentario en general, y las discusiones entre candidatos en campaña.
Los ‘debates’ parlamentarios. El modelo utópico de la dialéctica dialógica socrática, según la cual la verdad y las decisiones surgirían de la mejor convicción a posteriori del intercambio de opiniones sustentadas, no se ajusta para nada al inadecuadamente llamado ‘debate parlamentario’ actual, el llamado democrático republicano. Este, en realidad, es un aparente intercambio mutuamente nutritivo, pero en el que, en realidad, todos los debatientes, previo cálculo de votos y en beneficio de valores, intereses y soluciones establecidos a priori, deciden de modo básicamente independiente de todo el contenido del debate y de cualquier hecho superviniente, a posteriori. En realidad, es un simulacro de debate, que no cambia nada, a posteriori, de lo ya resuelto a priori; simplemente están simulando su necesidad, quizás para bien de sus remuneraciones y privilegios. Los Parlamentos aún parlamentan, pero su ‘parlamentación’ no decide a posteriori nada que no estuviera ya decidido a priori, en virtud de intereses, creencias y valores incuestionables, y no como resultado de un debate en el que estarían abiertos a ser convencidos de algo en lo que no creían antes de él. Si se le preguntara a cada parlamentario, antes del debate, a priori, qué piensa votar y argumentar, y se le volviera a preguntar a posteriori del debate qué votó y qué argumentó, casi seguramente los votos y argumentos serían los mismos a priori y a posteriori del debate, con lo que se mostraría su insustancialidad básica, con la finalidad de fingir debate y justificar así remuneraciones, privilegios y sus consecuencias; aunque también para mostrarle a sus electores que marcan presencia, para exhibir servicios a sus financiadores y para darle fáciles insumos a la prensa con frases altisonantes no siempre significativas de nada.
En ese sentido, también, la invitación a sala que las comisiones especiales parlamentarias hacen a diversos actores sociales para que comuniquen sus conocimientos y razones sobre un determinado tema, tampoco modifican sustancialmente las opiniones de los parlamentarios a priori. Solo aportan nuevos hechos y argumentos a la nutrición de la misma opinión y el mismo voto.
Las invitaciones a Sala y a comisiones. Algo muy similar ocurre con los debates entre presidenciables en campañas electorales. Casi nadie decide como resultado de presenciar tales debates; ni mucho menos alguien cambia su decisión por eso. Es, de nuevo, una creencia en la utopía -aunque ya fuertemente refutada por las ciencias sociales y la comunicación política- de la racionalidad y apertura de las decisiones frente a los debates de ideas; de nuevo, casi ningún legislador decide por eso, y mucho menos cambia una decisión ya tomada por algo que suceda en los debates. Solo toman nuevos insumos por o contra lo ya resuelto votar y opinar; su voto será el mismo que el sustentado a priori de las intervenciones de actores invitados; solo su fundamentación del mismo voto habrá sido enriquecido por nuevos elementos a favor de lo suyo y contra lo de otros; más de lo mismo, pero nada realmente nuevo o distinto a lo que existía a priori antes de las intervenciones de los invitados supuestamente para sumar insumos decisorios, aunque resulten, más que decisorios, insumos retóricos.
Lo mismo sucede con los debates entre candidatos en campaña electoral. Básicamente, como en los debates parlamentarios y con los actores invitados a las comisiones parlamentarias, lo que se busca es la obtención a posteriori de nuevos argumentos a favor de lo ya decidido a priori, así como nuevos argumentos en contra de sus ya definidos adversarios. Solo la prensa que gana con la publicidad de los debates, y los políticos que quieren justificar el parlamentarismo y la creencia en la racionalidad y apertura mental de las decisiones electorales, pueden seguir alimentando esta ya demostrada inocuidad básica del debate en la comunicación y decisión políticas.
Sucede algo similar con las entrevistas periodísticas, como con las de Marset; lo que se opina a priori, o lo que resulta de las primeras impresiones resultantes de prejuicios y paranoias instaladas, se mantendrá, suceda lo que suceda, se haga lo que se haga y se diga lo que se diga luego de que este dogma se instaló como tal en cada bando de la atrincherada grieta. Sin embargo, cualquier trinchera hegemónica y dominante tiene sus fisuras, más allá de sus fortalezas, y eso es lo que pretendo apuntar respecto del caso Marset y sus entrevistas en Canal 4. No llover más sobre mojado; mostrarle otras cosas, lector.
Los Reyes Magos cuestionados
Se dice, mesándose las barbas y con sesudo ceño fruncido, que Marset estaba intentando manipular a la opinión pública, aprovechándose de su dinero para comprar inmorales espacios y convencer de que no encarnaba el Mal sino el Bien, cosa inaceptable para los morales vivos criollos que presenciaban el criticable intento.
Pues bien, lector, Marset hace lo mismo que cualquier persona pública que se considera con el derecho de impresionar lo mejor posible sobre sí y todo lo suyo; exactamente como cualquier político lo hace en cualquier entrevista y en cualquier espacio que pida o se le ofrezca ocupar (en realidad como todos lo hacen en sus vidas privadas y públicas). ¿O usted cree que los políticos no hacen letras ni chamuyan, que solo los ‘malos’ lo hacen y que los buenos solo dicen la verdad? ¿O acaso se piensa que lo que ha sido dicho sobre Marset es la pura verdad de ángeles objetivos, neutrales, imparciales y desinteresados que no tendrían por qué faltar en nada a la verdad y a la realidad a su respecto (teoría de los Reyes Magos)? Marset insiste en que ha sido calumniado y difamado, y que, aunque sea delincuente, no ha hecho ni se le podría probar siquiera el 10 % del 100 del que se le acusa, y con el que se lo ensucia y a los suyos; aunque confiese que algo hizo pero sus familiares nada, y él ni el 10 % del 100 % que le atribuyen; esta es una de las claves del porqué de la organización de las entrevistas. Pues bien, usted puede perfectamente ser víctima de una creencia en los Reyes Magos y pensar que Marset tiene buenas razones para querer embaucarlo (lo que es cierto) y que sus acusadores no intentarían tal cosa (esto es lo que no es cierto y que tanto la teoría social como Marset intentan comunicarle, lector).
Permítame decirle, entonces, que hay bibliotecas en ciencias sociales que le muestran que la vida cotidiana puede ser descrita como un ‘juego’ en que cada uno lo hace con las cartas que le tocaron y las que puede juntar; y que en ese interín hace y dice lo que exprese mejor sus motivos, razones y objetivos, y lo que impresione mejor en el sentido deseado a las audiencias que presenciarán su actuación. Actuación que puede expresarse como enmarcada dramaturgicamente, teatralmente, en ese intento expresivo e impresivo; existe un apasionante duelo simbólico entre el actor que expresa e intenta impresionar, y la audiencia que intenta, sin mostrarlo, indagar sobre la verdad de lo que expresa el actor y cómo descubrir cuánto de simulado o di-simulado hay en la actuación teatral que reciben; a su vez, el actuante intenta descubrir cómo lo escudriñan y testan sus audiencias; y así….
Solo para poder decirle algo de estas bibliotecas (por si quisiera vichar algo), citemos a toda la producción de Erving Goffman (especialmente ‘La presentación del yo en la vida cotidiana’ y ‘Frame analysis’-dramatúrgico-); el trío de Murray Edelman (‘The symbolic uses of politics’, ‘Politics as symbolic action’, ‘Constructing the political spectacle’); y el clásico de Edward Gross ‘The social construction of historical events through public dramas’. Hay otra enorme biblioteca que da cuenta de cómo construyen exagerada o falsa opinión sobre una persona los organismos de seguridad del Estado (una lista incluyo en ‘Aporte universitario al debate nacional sobre drogas’, CSIC, Udelar, 2012).
Para despuntar el vicio le contesto rapidito a una pregunta que cualquier creyente en los Reyes Magos haría: ¿y para qué quieren los organismos del Estado u otros simular o disimular respecto a sí mismos o a otros? ¿Habría que desconfiar tanto de Marset como de aquellos de los que desconfía Marset, y de los documentos, testimonios y acciones de éstos últimos como de los de Marset? Una nutrida estantería le diría que sí.
Le enumero rápidamente razones para esta inesperada creencia entre quienes nutren las filas de los creyentes en los Reyes Magos, y que no sorprenden a quienes ya han averiguado que son los padres.
Uno. Magnificando la cantidad y perversidad de las fechorías, y la cantidad de los malhechores, ‘muestran servicio’, ganando prestigio y poder que se convierten fácilmente en ingresos.
Dos. Exagerando y construyendo monstruos malignos del lado del Mal, se angelizan y se convierten automáticamente en ángeles benignos del lado del Bien, en redentores del miedo masivo (que tantas veces construyen), con lo cual se blindan contra cualquier malpensado que quisiera sospechar o acusarlos de algo; porque, ¿cómo tales ángeles redentores van a hacerle algo indebido o injusto a semejantes demonios?
Tres. Así, si no los agarran será porque son tan diabólicos y perversos que escapan a la esforzada y eficaz acción de los sabuesos. Y pedirán más recursos materiales y legales para dar cuenta de tales crecientemente malignos. Pero si los agarran, entonces serán supermánicos semidioses de la justicia. Se les perdonarán sus fracasos dada la especializada maldad de sus rivales; pero aumentarán sus condecoraciones si triunfan. La demonización de sus adversarios es el gran negocio-madre para todos quienes tienen poder comunicacional y, en principio, lo tienen mayor que el de sus adversarios. Por eso ‘sale’ Marset intentando equilibrar el juego y performances comunicacionales de los poderosos oficiales y públicos. Lo que no significa que diga toda la verdad ni exprese toda la realidad, él tampoco; pero por lo menos juega sus cartas y hace su performance expresiva e impresiva; empareja un poco el partido, maneja la pelota transitoriamente, aunque pueda o no golear a favor, como lo han goleado en contra; pero, como decía el colorado y aurinegro Washington Cataldi ‘la peor gestión es la que no se hace’, dicho expresivo que habría sido destruido lógicamente por Vaz Ferreira.
El estereotipo del narcotraficante, impuesto por Hollywood y en menor medida por Netflix y la prensa compatriota clonada de la hegemónica occidental, no sabía (o no quiere creer) que un narcotraficante pueda ser un leal esposo y cuidadoso padre de 3 hijos, preocupado porque los avatares de su trabajo y denuncias les impiden educación y amistades normales; que extrañe los asados con amigos, que adore el fútbol y lo haya intentado jugar donde fuere; que sea un deísta fuertemente creyente; que se anime a defenderse públicamente de lo que bien podrían ser calumnias y difamación internacional; que cuente cómo empezó a vincularse a lo que hoy es su actividad principal, que es una inmersión progresiva, casi insensible, que va atrapando por sus réditos y porque no se puede salir cuando se quiera; que confiesa que esa vida ‘a salto de mata’, de máximo estrés, paranoia obligatoria y pronóstico reservado, no la hubiera adoptado si hubiera sabido en lo que podría derivar; más preocupado por las acusaciones a los suyos que a él mismo; valientemente ocupado en destruir el maligno cuento de Reyes Magos que la gente se cree y otras mafias construyen y alimentan. Porque no todos los narcos (ni siquiera la mayoría) puede vivir en mansiones con piscinas en colinas californianas, con garajes y senderos cubiertos de 0 kilómetros de alta gama, como de Cristiano Ronaldo o el Lolo Estoyanoff; que se visten como Julio Ríos, que van al baño con una AK-47 en el brazo derecho y una copa de cristal ridículamente espumante en la mano izquierda; y que será esperado a su salida del excusado por pebetas Kardashin-like con líneas de merca en sus pechos esnifables.
Lo que sostiene Marset puede no ser cierto, o completamente; pero es perfectamente verosímil, pasa mucho, y hay que dejarlo que quiera mostrar que no hay pruebas del 90 % de lo que se le acusa; no es un demonio atrevido que pide locuras; podría tener razón, o parte de ella, y con eso reivindicarse y a los suyos. Recuerde la ridícula maldad absoluta de los rivales de James Bond, o la personificación del Mal en Hamás (o en Putin), luego en los palestinos, que se irá extendiendo en el territorio y a los secuaces de todos ellos. Ambos exagerados absolutos (así como la bondad absoluta de Bond, Zelensky o Israel es lo que interesa cuestionar)
Todo servidor público magnificará los problemas de su jurisdicción y competencia, porque eso le dará más poder, prestigio e ingresos; legitimará sus ingresos presupuestados (sin hablar de los extra-presupuestales), y podrá solicitar aumentos, dada la magnitud y maldad de los criminales a enfrentar. Nada le viene mejor a un político que una catástrofe masiva, y nada le viene mejor a la prensa que una mala noticia; o a las instituciones de seguridad un buen criminal chivo expiatorio; y ambas pueden coincidir; y hacerlos felices, como a sus clientelas morbosas; y, ya que estamos en nuestro intento de superación de la leyenda de los Reyes Magos, nada mejor para un médico o institución ‘sanitaria’ que un accidente o una enfermedad; la salud y la muerte son sus enemigos económicos jurados; si entiende y aplica esto, lector, entenderá todo lo que le pasa con la medicina mutual, de paso.
Pero Marset también dijo otras cosas muy interesantes, de las cuales veremos algunas a continuación.
Los Reyes Magos cuestionados: drogas, despenalización y prohibiciones
En trechos de las entrevistas, Marset dijo con claridad que las drogas eran malas, especialmente porque, si se despenalizaran, los menores podrían acceder a ellas con más facilidad, aumentando los riesgos de su consumo. Es un punto de vista clásico, a mi modo de ver equivocado, pero pararse en la afirmación ilumina muchas cosas.
Las drogas existen desde toda la historia conocida de la humanidad, y nunca causaron problemas mayores hasta que las prohibieron y persiguieron, penal, militar, policial, aduanera, judicialmente, amén de campañas mediáticas e institucionales de atemorización a su respecto. La prohibición nunca funcionó, jamás redujo ni la oferta ni la demanda de drogas ilícitas; por el contrario, aumentó oferta y demanda, aumentó los precios, bajó la calidad media de las drogas, incentivó la producción de drogas sintéticas (que fueron corruptamente autorizadas) más poderosas que las vegetales, y, lo peor quizás, produjo un aumento imparable de la violencia urbana y de la corrupción pública, al punto de que se dice temer por la influencia que el dinero del narcotráfico pudiera tener sobre diversos niveles de gobierno y sobre las instituciones encargadas de legislar, perseguir y juzgar todos los momentos del ciclo de las drogas, desde su producción hasta el lavado de los activos producidos a través de todo el ciclo.
La solución, sin duda, es despenalizar y des-prohibir lo que jamás provocó los problemas que sobrevinieron cuando se las penalizó y prohibió; sin embargo, son solo los consumidores los que apoyan claramente esta opción. Porque los narcos que participan de todo el ciclo (de producción a lavado) perderían los beneficios extra que los riesgos de la prohibición permiten, y su discrecionalidad en el manejo de precios, cantidades y calidades; los perseguidores, legisladores y judiciales perderían las compensaciones extra que piden por los riesgos y la especialización necesarias, además de su sobornabilidad eventual; siempre recuerdo a aquel político que decía “a mí que no dean (sic) pero que me pongan donde haiga (sic)”; ni qué hablar aquellos que se ocupan en los rubros económicos beneficiarios del lavado y las maniobras legal-contables para evitar detecciones de fondos y evitación de imposiciones: bancos y cambios, banca off shore, free shops, zonas francas, maniobras jurídico-contables (todo lo cual es plato de la casa de la Suiza de América). Paradojalmente, los más criminales aparentan dureza moral y normativa; en realidad porque van a disfrutar de la prohibición con ingresos presupuestados desde las potestades de prohibición, inspección y control, sin perjuicio de los ingresos no presupuestados que puedan aparecer por la ignorancia, tolerancia y omisiones de denuncia de lo prohibido. Los extremos se tocan: los más ‘prohibicionistas’ son los más radicalmente contrarios y los más venalmente beneficiados con la prohibición y sus avatares. Son los más ingenuos fundamentalistas y los más inmorales beneficiarios de la prohibición los que la apoyan; y se necesitan bastante para legitimarse mutuamente. Marset, como buen narcotraficante, debe parecer hiper-moral y condenar aquello de lo que vive, en el decurso de esta lavada de cara intentada, y porque la despenalización muy dudosamente lo beneficiaría.
Los Reyes Magos cuestionados: hay varias mafias, no una sola
Super interesantes son los trozos de las entrevistas en que Marset, ilustrando sus frases con imágenes del Palacio Legislativo, dice “la otra mafia”, cuando se acaba de referir a los organismos nacionales, regionales e internacionales derivados de la prohibición de las drogas en términos que los aproximan a “otra mafia”; además, claro, de aceptar el lugar común de que el narcotráfico también es una “mafia”.
¿Y por qué piensa y dice Marset que el sistema político es otra mafia, además de la de los narcos y de la de los organismos de persecución de los narcos, una tercera mafia? Lo hace mostrando imágenes de Pepe Mujica diciendo que la despenalización de la marihuana le saca recaudación a los narcos, que son peores aún que consumidores y adictos. Mujica atacaría al peor de todos los problemas, el narcotráfico; problema que claramente no atacó en serio, ya que las bocas con marihuana más potente siguieron y ni los menores, ni turistas, ni gente que quiere anonimato aceptan la legalidad ofrecida. El narcotráfico sigue tan campante, tanto vendiendo muchas otras drogas como con esos trozos de mercado (los que no quieren arriesgar a inscribirse, los menores, los turistas y los que prefieren marihuanas más potentes). Pero a los que sí perjudicó trágicamente esa despenalización parcial del ciclo fue a los pequeños distribuidores que se fundirían con la desleal competencia de las farmacias en barrios que eran mercado cautivo de medios y pequeños narcos. Que ahora deben irse a vender a zonas sin farmacias, a competir en territorios ya conquistados por otros; de ahí a la proliferación de ajustes de cuentas y guerras entre pandillas habría un paso, que parece haberse cruzado; nunca se pensó, cuando se privilegiaba el ataque al narcotráfico, en el futuro laboral de los desplazados por las heroicas farmacias antinarcos; eso pasa cuando se toca de oído y no se conoce el asunto, ni se prevén consecuencias de medidas en ámbitos desconocidos; porque los pequeños comerciantes son desplazados autoritariamente por un Estado que se cree bueno y no dañino, y que parece creer que los desplazados y sus dependientes cambian de trabajo así nomás, y mantienen su nivel de vida así nomás. No es cierto. Es trágicamente falso, como se ha visto con la evolución de los homicidios en el Uruguay.
Quizás por eso dice Marset que la mafia política es la tercera mafia en el tema drogas: porque se aprovecha de un mercado cultivado por los narcos para lucrar y desplazarlos, competencia desleal si las hay, lo que genera un impensado desempleo que, en estos rubros, es un preludio a la violencia territorial, y entre bandas y familias de narcos; y después se demoniza a territorios, familias y entornos, cuando uno de los problemas básicos fue un sentidamente heroico arrebato gubernamental de un trozo de un mercado a quienes lo desarrollaron y del que viven y trabajan.
El problema, Pepe, no son las drogas ni el narcotráfico sino su prohibición total o parcial sin panorama amplio para calibrarlas. El cotidiano de consumo mejoró, sin duda; pero la violencia territorial, familiar y entre bandas empeoró; con un perjuicio solo para los eslabones más débiles y finales de la cadena de valor. A los grandes narcos ni les hizo cosquillas la pequeña reducción de mercado que la despenalización parcial del ciclo y la competencia estatal produjeron; afectó a solo una pequeña parte, y a los más débiles narcos del mercado, parte de solo una de las tantas drogas del mercado.
Para fin de este capitulito: ¿cree usted que hay una sola mafia?, ¿cuál? ¿Que hay dos?, ¿cuáles? ¿O hay 3, como parece surgir de los dichos de Marset? ¿No habrá otras más también? ¿quiénes?
Y en cuanto a la posible influencia creciente del narcotráfico en los gobiernos y en la ‘untada’ de los bolsillos de los gobernantes de los tres poderes del Estado para que tomen decisiones convenientes, qué quiere que le diga, lector…
A mí me preocupa mucho más que sigamos las políticas dictadas por los Estados Unidos, o las que beneficien a Israel, o las que les permitan sus multicriminales negocios a los laboratorios (que han dejado ya, a través de los años, muchos más muertos y enfermos con sus drogas corruptamente autorizadas que el narcotráfico con las suyas equivocadamente prohibidas), o a las fábricas de armamentos.
Porque, al lado de estos desastres, que ya son nuestro pan de cada día, que se consiga que los controles de lavado disminuyan, o que los escáneres aduaneros sean malos y funcionen poco y mal, o que los radares no cubran todo el espacio aéreo, o que algunos presos domiciliarios se esfumen, o que el narco negocio se maneje tan bien desde las cárceles, o que algunos obtengan juicios penales abreviados muy caritativos, o que elegantes estudios jurídico-contables laven y saquen manchas; toda esa tan temida influencia de los narcos no es nada, son nenes de pecho al lado de los otros. Por lo demás, no es cuestión de temores a futuro. Las influencias, de todos esos orígenes, ya están entre nosotros; no son un temible futuro, son una abominable realidad actual sin excitar grititos histéricos reservados para los menos peligrosos, que siempre lo fueron; la rivalidad de Herrera (UK) con Batlle y Ordóñez (USA) era una especie de rivalidad entre el imperio menguante con el imperio creciente. La masonería internacional, en especial la masonería de Oriente, estuvo detrás de los nacionalismos independentistas y del anticlericalismo inmediatamente posterior, por ejemplo. No olvidemos que la independencia del Uruguay fue lograda a iniciativa de Argentina, Brasil e Inglaterra, que se reunieron en Río de Janeiro y decretaron la independencia y se comprometieron a defenderla, sin siquiera un delegado uruguayo, y en documento redactado en portugués. Hemos tenido influencias mucho mayores que la de Marset, y de pique.
Los Reyes Magos cuestionados: con el mal no se negocia, peligro político
Dos breves pero jugosos puntos, no mencionados por Marset pero que surgieron como comentario pundonoroso, aunque poco creíble, del presidente y del fiscal de Corte: con el narcotráfico no se negocia. Bullshit. ¿Solo se abren los bolsillos o las cuentas bancarias? Uno. Negociar sí. En primer lugar, esa poco creíble demagogia no refleja la realidad ni la normativa. Con los poderosos ‘hay que’ negociar, guste o no, con ética de responsabilidad más que de catastrófica convicción. En segundo lugar, se ‘debe’ negociar, preceptivamente, por imposición del nuevo código procesal penal, le guste o no, le parezca bien o mal al fiscal de Corte; porque, además, es discrecional a la independencia técnica de cada fiscal en cada expediente, opinen lo que digan presidente y fiscal de Corte. Por ejemplo, hubo negociación en la autorización y procesamiento de los juicios penales abreviados, como al que se acogió Astesiano, y al que podría acogerse Marset un día, una vez que las negociaciones de sus abogados en la Interpol de Lyon, y las montevideanas con la Fiscalía de Drogas lleguen a algún punto consensuable.
Dos. Cualquiera intenta influir en las decisiones de los tres poderes que los pueda afectar, y tratan de que las decisiones los beneficien lo más posible y los perjudiquen lo menos posible, conquistando, cooptando y comprando políticos e instituciones con capacidad decisoria que los pueda afectar; la Asociación Rural, la Cámara de Industrias, Cambadu, el Pit-Cnt, el sindicato médico, USA, China, que no son desinteresados ángeles, tampoco demonios, lo han hecho, hacen y harán.
Cualquier poderoso lo hizo, hace y hará; el narcotráfico también, porque lo han dejado adquirir poder con la prohibición y penalización; si no lo hubieran hecho, los que intervienen en el ciclo de producción y oferta del negocio de las drogas no serían más poderosos que los cerveceros. Como vimos, en toda nuestra historia hemos estado, estamos y probablemente estaremos influidos, pacífica o violentamente, por superpoderes y mafias seguramente mucho más amenazantes para el contenido de las decisiones políticas importantes que la mafia del narcotráfico; es aquello de focalizar la paja en el ojo ajeno para hacer olvidar la viga en el propio (bíblico, del Nuevo Testamento) o aquello de querer tapar el cielo con un harnero. Las mafias pesadas que influyeron, influyen e influirán en nuestro cotidiano caminan tan campantes como Johnnie Walker, mucho más peligrosas y campantes que el narcotráfico, que es culpa del fundamentalismo moral ingenuo y de los ‘vivos’ que saben que la prohibición es la madre de todas las coimas, sobornos y extorsiones; y la apoyan, ceño fruncido y barbas mecidas.
Ya es demasiado por hoy, lector. Quizás dejemos para otra la focalización detenida en lo que podría querer Marset, más allá de las reivindicaciones y denuncias que vimos.