Todos habrán visto el video en que dos delincuentes se suben a un ómnibus de COPSA para golpear al chofer. El hecho ocurrió el domingo 19 en 8 de Octubre y Larravide. Me indignaron tanto estos dos inadaptados como la muchacha que los incitaba. La rápida y efectiva acción de la Policía detuvo la agresión, si no, quién sabe en qué habría terminado ese cobarde ataque de dos contra uno.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
Habrá que trabajar mucho en esas cabecitas y esperar que la Justicia tome las medidas reeducativas y ejemplarizantes adecuadas, porque hoy por hoy estamos frente a tres personas incapacitadas para vivir en sociedad.
Ahora, ¿qué relación tiene este hecho con Marco Rubio, Donald Trump, su marioneta Javier Milei, Pedro Bordaberry, Sebastián Da Silva, Graciela Bianchi, el jugador argentino Leandro Paredes, Antonio Maeso y Juan Ramón Carrasco?
El punto es que cuando nuestros principales referentes o figuras públicas dan mensajes de violencia, ¿qué podemos esperar de quienes se manejan por debajo de ese nivel socioeconómico?
En pocos días hemos sido testigos de diversas formas de violencia.
Violencia política
El jueves 16 se realizó la “Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político”, convocada y liderada por el Secretario de Estado Marco Rubio. Es lamentable, inadmisible e injustificable que la Cancillería haya enviado a una delegación de la embajada en Washington en representación de Uruguay. Peor aún. Hasta el martes 21 la versión oficial era que se había enviado a una funcionaria de segundo orden con la directiva de “solo escuchar”. Sin embargo, El Observador informó que fue el embajador uruguayo en Estados Unidos, Daniel Castillos, el que participó, y el mismo Marco Rubio publicó una foto de ambos en el evento. También estaba en el escenario la bandera uruguaya. La simbología no es algo menor.
El nombre del evento buscaba encubrir una cumbre de ultraderechistas y sometidos para desarrollar un plan de aniquilamiento, por diversos medios, de la izquierda internacional. Desde la apertura se llegó al extremo de “asustar viejas” mencionando a las Brigadas Rojas de Italia y al MLN-Tupamaros. Las medidas anunciadas irán contra toda persona, organización o gobierno afín a las ideas de izquierda, centroizquierdas o progresismo.
Es tal el delirio que Donald Trump ha tildado de “peligrosa” a la socialdemocracia, por más tibia que sea. Para ellos todos somos comunistas y todos los comunistas son terroristas; así que aquí no se salvará nadie que no comulgue con la ultraderecha.
Obviamente, en el evento no se hizo mención alguna al terrorismo de Estado practicado por regímenes de derecha ni a sus escuadrones de la muerte. La cumbre fue un foro de burda propaganda ultraderechista que nuestra Cancillería avaló oficial y protocolarmente con la presencia de una delegación.
Se dice, tras bambalinas, que el ministro Mario Lubetkin “fue engañado en su buena fe”. A ver… Si el convocante era Marco Rubio, me parece que no había que ser un genio para deducir por dónde venía la mano. El lunes 20, en conferencia de prensa, nuestro canciller respondió sobre las alusiones de Rubio al MLN diciendo: “Naturalmente está de más decir que nosotros no admitimos que se trate a ninguna fuerza de este gobierno de esa manera. Eso está de más decirlo, es de sentido común”.
No. No está demás. De sentido común habría sido rechazar la invitación o, después de haber asistido, elevar una nota al Secretario de Estado haciéndole saber su discrepancia. ¿O acaso alguien pretende que aquel esté al tanto de lo que se dice en una conferencia de prensa en Uruguay?
La Mesa Política del Frente Amplio, en cambio, no dudó en condenar el mensaje dado por Rubio. Paralelamente, la bancada de legisladores frenteamplistas rechazó asistir a un evento en Israel convocado por el genocida Benjamín Netanyahu. Es evidente que la línea de la política exterior del gobierno es diferente a la de la fuerza política.
Por otra parte, tenemos la violencia política de Javier Milei, la marioneta argentina de Donald Trump cuya manera más suave de catalogar a quienes luchan por más justicia social es “zurdos hijos de puta”. Milei siembra y vive del odio, naturalizando la violencia verbal.
La prepotencia imperial avanza porque hay países que colaboran con el silencio. Esa forma de violencia, acompañada de asesinatos, violaciones, invasiones y saqueos, se fortalece con la cobardía de los países que no alzan su voz para condenar a los abusadores.
Violencia deportiva
Leandro Paredes entró a la cancha durante la final del Mundial de Fútbol totalmente “sacado”, fuera de sí; al punto que a los pocos minutos le pusieron una tarjeta amarilla. Parecía drogado. El árbitro le perdonó un par de agresiones porque ya había un jugador argentino expulsado (Enzo Fernández) y otra amarilla para Paredes implicaba tarjeta roja y, tácitamente, una Argentina liquidada. Finalizado el partido agredió a varios jugadores españoles, entre ellos Eric García y Gavi, desencadenando una trifulca general.
A un energúmeno de esta calaña no debería permitírsele volver a pisar una cancha de fútbol. Es un referente. Es un deportista admirado por millones de jóvenes; lo que hace que su conducta sea peligrosa. Su carácter violento no solo perjudica a su equipo; también perjudica a la sociedad. El problema mayor es que como él hay muchos, y el periodismo deportivo suele ser el que enciende la hoguera y luego se desentiende de los excesos.
En el marco mundialista, también las palabras del ultraderechista argentino Eduardo Feinmann contra los mexicanos fueron lamentables:
"Detesto a los mexicanos, los detesto con mi alma".
"El 'ahorita' ese se lo pueden meter en el orto".
"Son detestables esos tipos".
"La envidia que los mexicanos les tienen a los argentinos, no solo en el fútbol, quieren ser como nosotros y no les da el piné".
"Son de madera".
Xenofobia en su máxima expresión.
Violencia machista
Juan Ramón Carrasco y el militante nacionalista Antonio Maeso se ganaron la semana pasada el repudio generalizado. El primero agredió a la periodista Sofía Romano diciendo al aire: “Se ve que esta muchacha está mal atendida, ¿eh?”. Una falta de respeto repudiable por donde se le mire, y así se lo hizo saber el conductor Alejandro Fantino.
Por su parte, durante un debate en el programa Buscadores, Antonio Maeso le preguntó a la comunicadora Daniela Bouret: “¿Cómo hace para hablar en su casa? ¿En su casa no la agarran a patadas? ¿No le pegan? ¿No le pegan a usted para decirle 'cállate'?”.
Quizá quiso hacerse el gracioso o hacer algo de show para salir en Zin Tv o Canal Región (que esta semana se hicieron una panzada); pero le salió, más que mal, horrible. Posteriormente, Antonio Maeso reconoció públicamente que se había equivocado y escribió: “Pasé un límite diciendo algo que no pienso, ni siento ni tendría que haber dicho ni siquiera como chiste”. Es más, se autocastigó renunciando a continuar como panelista en el programa que lo hizo conocido y cerró su cuenta en X.
Al momento de escribir esta nota no he tenido noticias de que Carrasco procediera de manera similar.
Violencia clasista
La senadora Graciela Bianchi y el senador Sebastián Da Silva viven cuestionando al Estado cuando auxilia a las personas más vulnerables. Raro, porque ambos cobran muchísimo dinero más diversos privilegios por ocupar un cargo público desde el cual jamás aportaron algo positivo al país. Eso sí, cuando los productores rurales sufren sequías, inundaciones u otro tipo de percances, el senador es el primero en reclamar al Estado el asistencialismo que repudia.
Durante el debate parlamentario sobre la reforma de las transferencias monetarias para hogares con niños pequeños, el senador colorado Pedro Bordaberry manifestó su preocupación por el dinero que se daría a las familias más humildes sin controlar en qué las gastarían. “¿Con esto saben qué hacen? Cobran la transferencia para los niños y se compran un celular nuevo, se van a gastarla vaya a saber en qué, en lo que no se tiene que gastar”. “Con la tarjeta, si quieren comprarse una botella de vino o de whisky no pueden hacerlo. Pero si le damos dinero se lo gastan en lo que quieran”.
Vaya, vaya… A los jerarcas políticos les pagamos partidas para esto y lo otro, se quedan con el vuelto de los viáticos gracias a la “Ley Gandini”, les cubrimos gastos de aviones, hoteles y restaurantes e innumerables beneficios, pero lo que nos funde son las tres o cuatro monedas que damos a quienes comen salteado para poder llegar a fin de mes.
¡Los pobres son capaces de comprarse un celular!, gritan alarmados algunos senadores que disponen de una partida para servicio de telefonía celular de $4.627 mensuales.
Qué fácil es para quienes nacieron en cunas de oro criticar a los que nada tienen. Esa es otra clase de violencia; la violencia de clase.
En resumen, es todo lo mismo: odio ideológico por un lado, odio de clase, falta de control emocional, machismo y ordinariez por otro. La sociedad está cautiva de un sistema enfermizo.
El odio avanza, la libertad retrocede.