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Columna destacada | voto | Uruguay | pobreza

Esa cosa llamada corrupción

Entre el voto sagrado y las aguas servidas

Hoy, en este Uruguay , todos los días nos despertamos con una nueva noticia de zafarrancho, de patada en el hígado propinada a las normas jurídicas.

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Mi primer contacto con esa dimensión de la realidad a la que llamamos política fue allá por 1966, cuando una amiga y yo, ambas apenas unas niñas, fuimos a visitar a una familia pobre en uno de los suburbios de Minas. Fuimos porque quisimos. De hecho, nuestros padres ni siquiera se enteraron. Pero ya habíamos oído que era necesario acercarse a los más humildes y hablar con ellos, convencerlos de que no votaran a Pacheco Areco quien, según la voz popular, solía recoger votos ofreciendo a la gente cortes de asado y alguna canasta conteniendo harina, arroz y fideos, esos fideos pálidos y retorcidos, demasiado parecidos a gusanos, que desde entonces asocié para siempre con la descomposición de las cosas. Lo primero que descubrí fue que ni mi amiga ni yo teníamos la menor idea sobre lo que es la pobreza, la de verdad, la concluyente, la que causa palpable horror y escándalo.

La familia estaba compuesta por una madre anciana y su hijo. Vivían en el baño de una antigua cancha de fútbol, ya en desuso, ganada aquí y allá por los yuyos que asomaban entre las grietas del cemento. El baño era diminuto, estaba descascarado, se llovía. Habían metido dentro, como pudieron, dos colchones. Cuando llegamos la anciana estaba sentada en una silla al sol. Pude ver claramente cómo le caminaban las pulgas por el escote, sobre la piel descarnada de su pecho, en el que sobresalían las costillas. El hijo estaba entregado a la tarea de desplumar una gallina que pensaba hervir en una olla ya puesta al fuego.

Mi amiga y yo habíamos acudido decididas a cometer la ingenuidad mayor de pedirles que no votaran a Pacheco, pues con aquello no iban a obtener la menor solución a sus miserias. Pronto nos dimos cuenta de que se trataba de una misión imposible. Aquellos seres no nos escuchaban. Nos miraron con cierto estupor curioso, sobre todo la anciana, que aguzó su vista cansada para contemplarnos. No entendían la razón de nuestra presencia allí. Creo que esperaban que lleváramos comida, algún pan, un trozo de dulce de membrillo, uno de los consabidos paquetes de fideos. Al final nos echaron del lugar y, por descontado, votaron a Pacheco, cuyos letreros propagandísticos habían colocado en los postes de la luz cercanos a la cancha.

Hoy, después de muchos años, la imagen de la vieja y de las pulgas que le recorrían el escote no se aparta de mi mente. Me sigo preguntando cuáles son las causas subterráneas que llevan a la gente, en especial a los más menesterosos y necesitados, a ofrendar su voto (que sigue siendo sagrado) a gentes que lo toman y lo manipulan como si de barajas se tratara. Usan y apuestan esos votos cual naipes desparramados en un verde tapete de Las Vegas, entre fajos de dólares y botellas de whisky, se trepan a esos votos para sentarse en el trono del poder, desde el cual dominan el panorama y llevan las riendas de las principales instituciones del Estado, y entonces se dedican a su verdadero oficio: no el de actuar en pro de esas legiones de infelices que hasta allí los llevaron, sino el de celebrar sus propios contubernios, sirviéndose del poder público para cumplir sus objetivos privados.

Y vuelvo a los pálidos fideos, tan similares a los gusanos, pues no otra cosa es la corrupción, sino la putrefacción de algo que ha mutado de una naturaleza más o menos definida y entera, a una cosa alterada, contaminada, y para colmo rota, quebrada en su raíz visceral. He aprendido también, desde aquel lejano 1966, algunas frases hechas. Todas suenan importantes y, por qué no, bonitas. Por ejemplo, ésta: las sociedades necesitan conductas honradas que estimulen la legalidad, la responsabilidad y el sentido de pertenencia a la vida comunitaria. Pero hoy, en este Uruguay sobre el que cae el frío, entre la danza casi invisible de la aguanieve vespertina y el torbellino de las hojas secas, todos los días nos despertamos con una nueva noticia de zafarrancho, de patada en el hígado propinada a las normas jurídicas, de lisa y llana intención de delinquir, al estilo de los bandoleros de todo tiempo y lugar, lo pinten como lo pinten los intérpretes de turno.

Otras bonitas frases nos dicen que, además, esa transgresión implica deshonra, irresponsabilidad, atentado a la comunidad y a sus objetivos y expectativas. De la deshonra ya había escuchado hablar a lo ancho y a lo largo. Se han escrito muchas magníficas novelas sobre el asunto. Hasta Dostoyevski se ocupó de cuestiones como las sinuosas consecuencias de un crimen y su castigo, los vericuetos de la culpa y el tormento padecido por Raskolnikov, pero aquí nadie parece haber leído ninguna de esas obras, no sea que se trate de vulgares infiltraciones comunistas que, ya se sabe, se valen de cualquier argucia para perpetrar sus lavados de cerebro.

En mi país qué tristeza la pobreza y el rencor, sigue cantando entre nosotros el gran Zitarrosa. Hoy tendríamos que enmendarle la plana, a riesgo de caer en groseras deformaciones estilísticas y rítmicas: en mi país qué tristeza la pobreza y la corrupción, esa sombra helada que, una vez instalada, se nos mete en el alma y desde allí trabaja al modo de las parcas hilanderas o las Moiras, que tejían sus hilos con relación al destino y a la existencia humana. La corrupción, ese desparramo de asaltos a los dineros públicos y de burla a los mandatos legales, nos enferma, nos contamina, produce alergias de piel, jadeos y dolores de pecho, depresiones varias, necesidad de calmantes y de vitaminas, y abre en nosotros un agujero negro que empieza por la indignación (evidenciada en temblores de mandíbula, entre otros efectos), y termina en una inevitable desmoralización. Atrás parecen haber quedado las bonitas palabras y los esclarecidos conceptos acerca del soberano que, según Rousseau y Artigas, somos todos y no un grupito de aprovechados.

Atrás han quedado también aquellas ideas casi demenciales, a estas alturas, de que la política es el arte del bien común, puesto que persigue, según Aristóteles (de cuya cordura bien podemos dudar), la pública felicidad. Hoy tales conceptos se agitan frente a nuestros ojos como sudarios sangrientos, sacrificados en el altar del dios de la corrupción, que se mueve en las sombras, que recurre al engaño, a la mentira, a la burla, al provecho indebido y, en una palabra, a la estafa a la buena fe de quienes todavía siguen creyendo en cosas tan aburridas y sin sentido como las normas jurídicas. Pero tal vez los pobres de verdad, los que duermen en colchones desvencijados, los que ponen tachos cuando llueve para atajar las goteras, los que rellenan las grietas de sus paredes con bolsas de nylon para que no entre el frío, los que comen esos fideos pálidos, los que ven a sus niños jugar sobre el barro y la basura, los que conviven con las aguas negras de las rotas redes sanitarias, no se han enterado todavía de que poseen un poder inmenso, infinito, inclaudicable: el de su voto, pequeñito y fabuloso, ínfimo y a la vez sagrado, y que tendrían que calcular muy bien dónde y a quién dirigirlo. Tal vez en eso reside el desafío porque, como dijo Aristóteles para referirse a la realidad (y sigo preguntándome por su cordura): lo que es, es, y lo que no es, no es.

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