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Pertenencias

Los hinchas, ¿son altruistas o egoístas?

Cuando alguien pasa de espectador a aficionado, y de ahí a simpatizante o socio, y quizás a hincha y barrabrava, ¿por qué y para qué lo hace?

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En primer lugar, debemos distinguir diversas clases muy diferentes de entre aquellos llamados al barrer, todos, sin sutileza, de ‘hinchas’; porque tienen características muy distintas los ‘simpatizantes’, los ‘socios’, los ‘hinchas’ propiamente dichos y los ‘barrabravas’, lo que abordaremos más abajo.

En segundo lugar, un romanticismo lírico heredado de la ficción operativa de la soberanía popular como vox dei se enternece ante muchas manifestaciones de las ‘hinchadas’ como non plus ultra del altruismo desinteresado (en especial sus ‘aguantes’) que subordinarían, épica y éticamente, sus intereses egoístas como individuo a los fines superiores de sus colectivos de pertenencia y referencia, sean ellos de membresía natural o voluntaria. Bien pensado, ¿será así, o tan así?

Espectadores, aficionados, simpatizantes, socios, hinchas, barras

En el mundo, y también en Uruguay, estas categorías de aficionados a deportes, prototípicamente al fútbol, no siempre existieron, sino que aparecieron sucesivamente, llegando a constituir variedades específicas de un mismo género, quizá del de ‘aficionado’, solo muy recientemente. Porque en los comienzos del fútbol no había barras, ni hinchas, ni siquiera socios, a lo más algunos bastante pasivos simpatizantes. Los aficionados, como espectadores más o menos frecuentes, solo pueden constituir colectivos como ‘simpatizantes’ que confluyen periódicamente a observar presencialmente (más tarde, a oír por radio o a ver en pantallas, no presencialmente) a determinados equipo con preferencia a otros dentro del menú ofrecido.

Primer escalón: de espectador a aficionado. Entonces, algunos ‘espectadores’ prefieren acompañar alguna actividad o deporte por sobre otras. Ha nacido el ‘aficionado’, desde los meros espectadores azarosos, espectador especializado, si se quiere.

Segundo escalón: de aficionado a simpatizante. De entre los aficionados a una actividad periódica, o deporte, algunos prefieren acompañar, con especial simpatía y asiduidad, a algún equipo. Ya se ha pasado, históricamente, en ese entonces, no solo de los ‘espectadores’ a los ‘aficionados’, sino ya de estos a los ‘simpatizantes’.

Tercer escalón: de simpatizante a socio. Transcurrido determinado trayecto de vida deportiva (o en otra actividad) practicantes y espectadores-aficionados-simpatizantes adquieren, de motu proprio por necesidad o conveniencia, o bien como exigencia gubernamental de regularización o responsabilización, cierto grado de institucionalización y rutina de gastos, todo lo cual exigirá su formalización en clubes deportivos, instituciones atléticas, que necesitarán de un flujo monetario y financiero para cubrir todos esos rubros de gasto. Uno de los modos de solventarlos es con la apertura de la membresía como ‘socios’, que aportarán a todo ello, solo por simpatía solidaria, y/o a cambio de determinadas ventajas como espectador, o simpatizante. Entonces, la asiduidad de espectadores produce diversos aficionados a los diversos espectáculos, que varían como simpatizantes de los distintos equipos que intervienen en un mismo tipo de espectáculo, y que en buena medida se vuelven socios pagantes a cambio, o no, de ciertas ventajas o privilegios en tanto simpatizantes, aficionados y espectadores.

Cuarto escalón: de simpatizante o socio a hincha. ¿Cómo y cuándo aparecen los ‘hinchas’ como espectadores aficionados, simpatizantes o socios?

Cuando esos espectadores genéricos, aficionados específicos, simpatizantes y/o socios, en lugar de actuar esos roles como parte del resto de sus actividades sociales cotidianas comunes, prefieren asistir y reunirse acompañándose mutuamente, no ya como ni con familiares, vecinos o amigos, sino más bien entre ellos; prefieren ir a la cancha u oír los partidos entre ellos y no como parte-de ni con sus otros grupos de pertenencia. Una grupalidad nueva y más específica en determinados respectos ha nacido, y en Uruguay se les llamará ‘hinchas’, así como en Italia serán tifosi, en Brasil torcedores, u otros nombres según el espacio y tiempo donde surgen.

Quinto escalón: de hincha a barrabrava. Cuando esos hinchas no solo se reúnen para asistir como espectadores aficionados simpatizantes, sino que ocupan una porción de su tiempo mucho mayor que la mera asistencia a un partido más sus viajes de ida y vuelta, cuando hay confección de banderas y símbolos, ensayo de cánticos, preparación de instrumentos y percusión, lecturas, actividad en Internet, recolección de dinero para todo ello con más gastos y traslados más lejanos, reuniones para compartir combustibles sociales preparatorios, y una vociferada y semibélica asiduidad fiel a los partidos del equipo, sean donde sean y esté el clima como esté, los hinchas se agrupan en colectivos mayores que los de los meros hinchas que, en el Río de la Plata, han sido llamados de ‘barrabravas’, caracterizados por un compromiso mayor en cantidad de tiempo invertido, y en la calidad cuasi épica del contenido eventual de esa inversión del tiempo en espacios especialmente lejanos y desconocidos o riesgosos. Ya, cuando hay hinchas, y más aún cuando aparecen los barrabravas, la lógica de conflictividad se vuelve casi necesaria, pero graduable, entre los ‘establecidos’ territorialmente (en contextos ciudadanos y en estadios) y los otros, ellos, extranjeros, foráneos, sentidos no como ‘nosotros’ sino como ‘otros-ellos’, como invasores y cuestionadores del nosotros (tan agudamente estudiados por Norbert Elias); se producen sociabilidades nuevas, que se sistematizan dentro de los estudios sobre violencia en el deporte, aunque no solo en deportes suceden, sino también con subculturas juveniles y tribus urbanas varias.

Hoy día tenemos gente clasificable en una o más de las cinco categorías, pero no siempre las hubo, y fueron apareciendo más o menos sucesivamente, a distinta velocidad y con características particulares en el espacio-tiempo, aunque con determinadas similaridades básicas.

Ahora bien, ¿por qué se recorren algunos o todos esos ‘escalones’, desde una mera expectación a un involucramiento y compromiso tales como los de hinchas y barrabravas? ¿Por qué y para qué se asumen algunos o todos esos ‘estados’ psico-socio-culturales? ¿Son manifestaciones de egoísmo o de altruismo, o variedades mixtas?

¿Egoísmos, egoísmos ampliados, altruismos?

Cuando se festeja un gol, o se lamenta uno en contra, cuando se lagrimea ante un himno o una bandera, cuando se siente íntimo orgullo porque un atleta connacional se clasifica en un puesto distinguido y honorífico, cuando se llora por una derrota inesperada y abrupta, cuando se insulta a un jugador que falló en circunstancias favorables e importantes, cuando se insulta coralmente o se somete a bullying a un entrenador de un equipo propio que se considera debería tener mejores performances, cuando se decide pagar una entrada, una mensualidad social, ¿se hace algo que manifiesta o persigue objetivos meta-individuales, altruistas?; ¿o se manifiestan y buscan objetivos individuales, egoístas, enmascarados y especularmente expresados en agresivas grupalidades, erizadas como nosotros vs. otros-ellos, en realidad meros ‘egoísmos ampliados’, como les llamó Jorge Majfud a los nacionalismos, por ejemplo?

Cuando se celebra un gol o una clasificación, o se lamentan porque son en contra o se perdieron, se celebra-lamenta, elogia o critica ¿Por que hay un colectivo afectado que expresa su reacción a algo, o hay, más bien, un ego individual herido o acariciado porque puede o no usufructuar vicariamente de lo que esperaba ganar o disfrutar por intermedio de ese colectivo triunfante, o por lo que debe lamentar y perder personalmente por ese colectivo derrotado?

Creo que embellecemos interesadamente nuestras reacciones psico-sociales. Nuestras identidades y subjetividades son centros virtuales donde se anudan e intersectan materialidades y objetividades que combinamos y se combinan de modos tales que producen unicidades particulares más o menos irrepetibles, con mayores o menores comunalidades con otras. Tendemos a expresar esas particularidades y comunalidades a través de empatías, identificaciones y proyecciones (si no transferencias) en espacio-tiempos diversos y con ocasiones diversas de manifestación.

Cuando alguien pasa de espectador a aficionado, y de ahí a simpatizante o socio, y quizás a hincha y barrabrava, ¿por qué y para qué lo hace? Un primer nivel de profundidad, no descartable pero sí profundizable, diría que está expresando una colectividad, que más que un egoísmo individual está manifestando un altruísmo, una pertenencia a una colectividad, a algo que lo trasciende y a lo que pertenece, o querría pertenecer. Y sí; pero no solo ni principalmente eso.

Las pertenencias son adscritas o naturales cuando no se puede no pertenecer a ellas, como ser uruguayo si se nació en el Uruguay, o extraordinariamente complejo y de incierto resultado identitario, en términos de identidad sentida o de identidad reconocida, como en un cambio de sexo o de identidad civil. Pero la mayoría de las identidades, y crecientemente en la historia, merced a los transportes, las comunicaciones y la densidad urbana, son pertenencias y referencias adquiridas, no adscritas o naturales (Simmel dixit).

Más allá de accesibilidades que filtran posibilidades, ¿por qué y para qué elegimos o rechazamos pertenencias? Por qué celebramos y lamentamos resultados e incidencias deportivas; por qué lloramos de alegría y de tristeza por ellos? ¿Porque ganó o perdió el colectivo de pertenencia o, más bien, porque nuestro ego adquirió o perdió con eso auto-estima y hetero-estima (prestigio), que pueden implicar ingreso, poder o estatus como productos?

El grado en que sentimos como algo individualmente propio una victoria, derrota o avatar deportivo colectivos lo muestra el claro exceso mimético en que se incurre cuando se dice, desde la tribuna o frente a la pantalla de TV, que ‘les hicimos 3’, mientras del otro bando alguien, con similar exceso, responderá: ‘pero el año pasado les hicimos 4’.

Las pertenencias voluntarias buscan conseguir satisfacciones con ellas, y adquirir autoestima y prestigio por la sola participación en un colectivo famoso, poderoso, victorioso; en razón directa de esos valores se obtienen las adhesiones reales o simbólicas, entre éstas el uso de camisetas y merchandising de ese equipo, etc. Los triunfadores, famosos y poderosos tienen más probabilidades de tener adherentes, porque hay una más atractiva y fácil identificación con tales colectivos, una mimesis más segura y remunerable.

Aunque es claro que las identidades naturales también generan adhesiones, y que en estos casos el grado de altruismo en la adhesión, y su grado, adquieren mayor verosimilitud que cuando las pertenencias son adquiridas o voluntarias. El barrio, la ciudad, el país, la región, así como otras características, promueven afición, simpatía, asociación, ‘hinchismo’ y ‘barrabravismo’, en estos casos con más cualidades de altruismo desinteresado del resultado que cuando un niño africano subsahariano viste una camiseta del Manchester City. El caso del ‘aguante’ de hinchas y barrabravas merecería atención más fina, porque es lo que se acercaría más a un altruismo; pero quizás sea poco más que una radicalización de la inversión que se hace y de la remuneración que se espera por su intermedio; es más complejo.

Cuando la pertenencia es adquirida y voluntaria quien la adopta busca obtener autoestima y prestigio, ya desde el momento en que eligió una pertenencia en sí prestigiosa y susceptible de generar más prestigio y autoestima. La necesidad de autoestima y de prestigio es quizás el gran motor de las pertenencias voluntarias; quien no es triunfador ni prestigioso adoptará frenéticamente una pertenencia prestigiosa porque está adquiriendo simbólicamente, vicariamente, casi totémicamente, el prestigio del colectivo al que adhiere. Por eso gente con bajos logros y prestigio personales se hacen hinchas y barrabravas tanto más furiosos que gente con más logros personales o con pertenencia a otros colectivos prestigiosos. A mayor necesidad de compartir algo valioso por carencia de otros valores adquiridos, mayor probabilidad de adhesión a colectivos valiosos y de probable triunfo inmediato. Alguien con poco prestigio y logros personales, adhiriendo a un gran club, se mimetiza con ese vencedor y con todos los adherentes más prestigiosos que él, e interactúa con ellos con una excusa que les permite hacerlo como no lo conseguiría en otra actividad social. Una escarapela, una banderita, un abrazo triunfante les permite un diálogo e intimidad que no tendrían con alguien de una esfera social superior; de cierto modo, esas pertenencias son niveladores sociales y esperanzas de satisfacción y autoestima personales vedados en otros ámbitos. La fuerza con que alguien con bajo nivel socioeconómico y cultural adhiere voluntariamente a un colectivo clubista prestigioso, o el furor con que defienden una pertenencia natural, está en razón directa a su necesidad y esperanza de que a través de los triunfos de ese colectivo, obtengan la autoestima, prestigio y satisfacciones íntimas que les son esquivas en otros sectores de la vida social.

Si es posible observar que la gente más humilde defiende con mayor furor una pertenencia natural (país, ciudad, barrio) o una voluntaria (club, agrupación) no es por ninguna mágica virtud de pureza angelical con la que el ‘pueblo’ defiende lo suyo mientras los más pudientes, podridos por sus intereses materiales, secundarizan las nobles causas desinteresadas. Esta es una visión demagógica, populista e ingenua. Es la mayor necesidad de satisfacciones y prestigio lo que excita el furor adherente, y no una mayor espiritualidad y entrega intrínsecas a sus pertenencias sociales. Así también la entrega físico-anímica de un jugador en la cancha puede depender en parte de lo que necesite del triunfo y lo que le repugne una derrota; por eso a veces los entrenadores dicen preferir a los que tienen ‘hambre’, material y de gloria. Quizás es hasta lo contrario; el despojado y necesitado de logros, autoestima y prestigio necesita materialmente más de ese triunfo que el ya más satisfecho y prestigiado. El que tiene menos necesita más del triunfo y estatus del colectivo al que adhiere que el que tiene más; paradójicamente, la adhesión del menos necesitado de satisfacción y prestigio podría ser calificada como más pura, en profundidad, que la del que está condenado a esa esperanza. Así como un hincha puede festejar más un gol del colectivo propio porque lo necesita más que el que tiene otras satisfacciones, así también puede insultar y recriminar más a quien erró un gol o a quien cree o atribuye responsabilidad -hasta como chivo expiatorio desesperado- por una derrota. Un triunfo o una derrota son mucho más importantes para quien tiene menos alternativas de satisfacción y prestigio que para el que tiene más. Para quien tiene muy pocas identidades y pertenencias públicamente valorables para lucir y compartir, una derrota o un triunfo de un colectivo de pertenencia pesa mucho más en la economía psíquica.

Hay una identificación mimética, una grupalidad totémica, una especularidad reflectiva en los individuos del logro o fracaso colectivos, más fuerte en quienes las viven como más importantes; se miran en ese espejo colectivo y son mirados desde él. Pero no son altruismos, sino básicamente egoísmos enmascarados, que por vergüenza de reconocer su necesidad, son pintados como altruistas, espirituales e idealistas; son los egos individuales los que necesitan de los colectivos, triunfan o pierden en y con ellos. Un jugador o un entrenador pueden hacer gestualmente un corazón en el aire cuando hacen un gol, o tocarse significativamente el pecho a esa altura; parecen fieles y adictos a ese colectivo que honraron y que los honra en ese momento venturoso; pero pueden cambiar de club y hacer lo mismo en otro colectivo inmediatamente, si cambian de club; entonces, no es cada club como colectivo el que los moviliza sino ‘su’ pertenencia a ellos; pese a los gestos que señalan el nombre del club y dibujan corazones, lo que hay en común es un ego que festeja su éxito, y se da el lujo de atribuirle autoría al colectivo; reflejo especular, de nuevo; el ego se refleja en el colectivo y el colectivo se expresa especularmente en los egos; el dirigente triunfal, contento por su éxito, le agradece al jugador; y éste le devuelve el piropo; pero ambos están felices por sus propios logros individuales; y ambos, pudorosos y con falsa modestia oportuna, realzan el colectivo como si fuera lo que realmente les importa, que es, en realidad, cada ego. Se dice que, de una actuación o de un logro, lo que se aprecia es lo que le dio al colectivo, aunque en realidad lo que le importa es lo que le dio a cada ego, que enmascara su centralidad en el colectivo. Si un jugador o entrenador son tan festejados y acariciados si ganan es porque también serán tan insultados y acusados si pierden; los mismos que los erigen, por triunfadores, en fetiches esperanzados a futuro, los convertirán en chivos expiatorios si no cumplen con esas esperanzas, aunque fueran desmedidas. Cuanto más necesiten los egos de esos triunfos más erigirán fetiches y más inventarán chivos expiatorios que exorcicen el fracaso; un triunfo hace triunfantes a egos concretos, y perdedores también. Un atleta puede ser apreciado antes de una carrera porque hace sentir al espectador compatriota que se codea él con la crema del mundo; pero si no clasifica o entra último, se olvidarán de ese orgullo vicario y ahora sentirán vergüenza vicaria, que le achacarán al que perdió y los hizo sentirse así perdedores. La volubilidad de la gente y de los públicos masivos es, en realidad, producto de su egoísmo básico y fermental; festejo y elogio si me dieron satisfacciones y prestigio; insulto y pego si no me las dieron, y yo que las necesitaba tanto y me había hecho tantas esperanzas. En parte por eso, Jorge Majfud calificó a los nacionalismos y patriotismos como ‘egoísmos ampliados’, definiciones de un ‘nosotros- egos’ como ego ampliado, férreo oponente de ‘otros- ellos’; los triunfos y fracasos de esos colectivos funcionan con el mismo mecanismo que describimos antes en el juego de los egos y los colectivos de pertenencia, en especial los de pertenencia voluntaria, no natural, aunque sutilmente pueda decirse que es ‘natural’ (en el profundo sentido que Aristóteles y Marx le dan a la naturalidad) asumir pertenencias voluntarias además de las adscritas. Basta, bastante para pensar, discutir y autoanalizarse.

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