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Columnas de opinión | Chorros | Aparicio | Idiarte Borda

De espaldas a Aparicio

"Chorros, maquiavelos y estafaos"

Desde la construcción de ciudadanía en clave civilizatoria, la retórica oficialista empobrece, además de alejarse de Aparicio.

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De poncho blanco, Aparicio encabezaba la revuelta del paisanaje huérfano de líderes y de conductores. Aparicio encabezaba la rebelión contra los alambrados, reclamaba sufragio libre, respeto y dignidad en el manejo de la cosa pública. Esa era su patria.

Los gobiernos de finales del siglo XIX y del 900 Idiarte Borda y Lindolfo Cuestas estaban sacudidos por los acomodos y la corruptela. Aparicio era otra cosa. Tanto era así que ofreció sus propiedades para financiar las revueltas, frente a los timoratos “dotores” que le daban la espalda desde Montevideo.

El contexto definía a Aparicio. Sus ideales se construían al galope tendido por toda la frontera con Brasil y hasta Brasil adentro. “La patria la patria de Saravia es la dignidad arriba y el regocijo abajo”. Había visto cómo Idiarte Borda un gobierno sinuoso, maniobrero se estaba construyendo su palacio en Colón, con materiales y muebles traídos de Francia. Idiarte se la había creído, mientras Saravia ofrendaba sus propiedades. Pero Idiarte no pudo ocupar su palacio hijo de la corrupción de finales del siglo XIX: la bala disparada desde un antiguo revólver Lefaucheux empuñado por un joven llamado Avelino Arredondo. Aparicio se había levantado en armas contra el régimen de Idiarte Borda y todo lo que representaba.

Los gobiernos que se instalaron luego de la muerte de Saravia algunas muertes no son en vano tenían el desafío de pacificar el país y que la dignidad en el manejo de la cosa pública emergiera. El párrafo de Saravia que deambula en la historia blanca sigue ahí, mandatando: “La patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo”. Sobre ese piso y esa realidad, Uruguay fue saliendo de la barbarie. Hubo un afán superador.

Cambalache

Argentina estaba conmovida. La crisis económica emergente de la explosión de 1929 se sumaba al fraude, la corrupción y la desesperanza.

En esa Buenos Aires de piringundines, malevos y doctores de prosapia, Enrique Santos Discépolo miraba y masticaba. Desde su barrio de siempre, Balvanera, Discépolo transcurría sus angustias en plena “década infame”, ese período que se extendió desde el 6 de setiembre de 1930, cuando un golpe de Estado desalojó a Irigoyen.

El flaco narigón pintaba su aldea: “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé/ En el quinientos seis y en el dos mil también/ Que siempre ha habido chorros, Maquiavelos y estafaos/ Contentos y amargaos/ valores y dublé”.

Discépolo estaba resignado: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor/ Ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador/ Todo es igual, nada es mejor/ Lo mismo un burro que un gran profesor!”

“Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición/ da lo mismo que si es cura/ colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”, escribió Discépolo. Ese marco social y político que fue, como siempre, el pretexto de la sublevación militar de la “década infame dominaba las conversaciones. Cuando asumió Perón, Discépolo bicho que miraba lejos se adhirió, pero no con mucho entusiasmo.

Discépolo creyó que Perón era un redentor, que iba a definir y a promover un nuevo marco moral. Que iba a subir un escalón superador y el “Cambalache” de Discépolo sería cuestión del pasado.

Milonga para Da Silva

Los últimos hechos de corrupción en el gobierno del presidente Lacalle el libro de Lucas Silva sigue arrojando pistas insólitas provocó la semana pasada una retórica interesante del exsenador Sebastián Da Silva, acompañado de la senadora Graciela Bianchi. Ambos legisladores “dieron línea” desde sus apariciones públicas y la tropa nacionalista se alineó detrás de un insólito argumento propio de pelea de adolescentes: “No me vengas con eso porque vos también”. O sea: hicieron una lista de personas que en los gobiernos del Frente Amplio fueron procesadas por algún ilícito. O sea: no alcanzaba con Sendic que fueron hasta Bengoa. “No me vengas con Astesiano que vos también”.

Desde la construcción de ciudadanía en clave civilizatoria, la retórica oficialista empobrece, además de alejarse de Aparicio. Aquella promesa de “somos distintos”, dejó paso al “siga, siga” porque “ustedes también”. Nada de una búsqueda superadora en la sociedad. Están como diciendo: “Estamos exonerados de responsabilidad porque antes, Idiarte Borda o Lindolfo Cuestas también robaron”. Justifican corrupciones actuales faltaba más porque antes también las hubo. (Robert Silva va a proponer un cambio en los planes de Secundaria que contemple esta novedad educativa y transformadora…).

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