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Columnas de opinión | José Martí | Cuba |

Un adelantado

José Martí y el ser oculto de nuestra América

En el cementerio de Santiago hay no solamente un apóstol, sino un poeta, un filósofo, un periodista, un pensador y un revolucionario que llevó al último extremo el pensamiento liberador

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Santiago de Cuba a las diez de la mañana. Entro en el cementerio de Santa Ifigenia y acudo al Mausoleo de José Martí, que es para los cubanos el apóstol, o sea un nuevo dios o profeta integrado al panteón de lo sagrado, que habrá de figurar algún día (sea cual sea el destino de la vapuleada isla) en el modesto altar doméstico de los hogares, en una esquina de la sala, entre una imagen de la Virgen María y dos o tres deidades yorubas: Orula, Ozun y Ogun. Su tumba me evoca su muerte. Hay ciertos momentos preliminares, me dice el guía, un santiaguero alto y recio como una lanza de ébano. El 29 de enero de 1895 firmó, con los coroneles Mayía Rodríguez y Enrique Collazo, el plan de alzamiento en Cuba. El 15 de abril obtuvo el grado de mayor general. El 18 de mayo escribió su última carta, a su amigo Manuel Mercado (le escribió en total unas 150). Al día siguiente, 19 de mayo, lo mataron de tres balazos unos soldados españoles ocultos en la maleza, en la localidad de Dos Ríos, Cuba.

Yo no sé hasta qué punto los cubanos de hoy logran separar a Martí de la revolución de Fidel Castro, pero no hay duda de que la influencia del primero fue determinante en el segundo. Tampoco hay duda de que Martí trasciende ampliamente el puntual aspecto de una revolución armada, lo que no implica el menor desdén por esta. Pero es necesario reconocer a José Martí en sí mismo, con prescindencia de esta o aquella circunstancia histórica. Por algo su visión filosófica ha resultado insólitamente profética. Logró construir la más formidable denuncia a la opresión en nuestro continente a través de categorías de análisis universales, en el marco del carácter abierto y creativo que reclama el abordaje integral de su obra. Por eso, en el cementerio de Santiago hay no solamente un apóstol (en el sentido de culto), sino un poeta, un filósofo, un periodista, un pensador y un revolucionario que llevó al último extremo el pensamiento liberador, en sus más profundas facetas. No en vano se lo inscribe como uno de los grandes precursores de la filosofía de la liberación, amplio cuerpo de ideas y corrientes de pensamiento iniciado en Argentina en 1971. Pero es también uno de los principales pensadores de los que se ocupa la disciplina Historia de las Ideas en América, fundada en los años 40 del siglo XX por el mexicano Leopoldo Zea y por el uruguayo Arturo Ardao.

Entre las causas más profundas de la opresión, Martí distingue el imperialismo y la dicotomía civilización/barbarie, de la que derivan sucesivas intenciones opresoras basadas en criterios raciales e ideológicos. Su consecuente y sistemático antiimperialismo lo distingue de pensadores como Juan Bautista Alberdi (quien reclamaba purificar la sangre americana acogiendo inmigrantes europeos) o Domingo Sarmiento, que rendía un culto ciego al arquetipo europeo y norteamericano. José Enrique Rodó, uno de los primeros lectores de Nuestra América (1891) de José Martí, escribió nueve años después su Ariel, en el que realiza similares advertencias contra ese enemigo al que el cubano denominó gigante de siete leguas y tigre con zarpas de terciopelo: ese “Norte revuelto y brutal que nos desprecia”, dijo Martí; y Rodó agregará que en la imitación acrítica del modelo estadounidense, encuentra, además de un esfuerzo vano, “un no sé qué de innoble”, así como un “género de esnobismo político… (y) abdicación servil”. El genio y la obra de José Martí consistieron en señalar esa situación de opresión y de injusticia, por un lado; y un camino de liberación, por el otro, que no se reduce a la revolución como lucha de sujetos indignados y fuertes, dotados de capacidad de irrupción en una sociedad opresora, sino que se estructura en un verdadero sistema de pensamiento a escala universal. El peligro del imperialismo estaba claro. El desarrollo norteamericano (cuestión proclamada, ya desde la doctrina Monroe de 1823) implicaba casi fatalmente la agresión y sometimiento de la América latina. Y, sin embargo, ni Martí ni Rodó fueron demasiado escuchados en este aspecto. Incluso en Cuba, hoy en día, muchos no piensan siquiera en condenar el alevoso bloqueo, verdadero crimen de lesa humanidad, sino que suspiran por la introducción del capitalismo, por parte de quienes durante medio siglo los han condenado, a ellos, a sus padres y a sus abuelos, a un infierno mil veces peor que el pretendido comunismo.

¿Qué hay de malo en el capitalismo? Se preguntan. ¿Qué hay de malo en la abundancia, en la riqueza, en el shopping, en el carrito del supermercado lleno hasta los bordes? Hay que revolverse contra el comunismo, se dicen, y entonces se levantará el bloqueo, sobrevendrá la abundancia y todos seremos felices. Y, no obstante, la abundancia sigue siendo en América nada más que un relato mítico, reservado en el mejor de los casos a una casta o minoría de privilegiados. De punta a punta de América Latina, como Martí lo advirtió en su día, el imperialismo ha provocado el hambre, la desigualdad y el despotismo; una dependencia destructiva de la que ni un solo país ha quedado a salvo, que provoca el debilitamiento crónico de la democracia, el sofocamiento de la voz popular en todos los órdenes, y el florecimiento cíclico de caudillos y dictadores. Martí también denunció el viejo binomio civilización/barbarie, sobre el que se han pretendido justificar todas y cada una de las vejaciones, abusos, violencias y sometimientos imaginables, y lo sustituyó por la oposición “falsa erudición-naturaleza”.

La proclamada civilización no es más que un relato arbitrario, una narración del mundo basada en una supuesta verdad, contenida en unos libros determinados; una “falsa erudición”. ¿En qué reside su falsedad? En que sus postulados no guardan relación alguna con la realidad. Consisten en afirmaciones o negaciones arbitrarias extraídas de un “deber ser” (arquetipo europeo) ajeno al ser latinoamericano; abreva en idealizaciones y en formas europeas, que podrán ser muy atractivas, deslumbrantes, supremas y maravillosas, pero que no reflejan nuestra circunstancia y resultan difícilmente aplicables a nuestros particulares contextos, por lo que se tornan inútiles e inconducentes a la hora de elaborar proyectos sociales, económicos y políticos. Ejemplo: renegar masivamente de todo lo indio, lo mestizo y lo negro de América Latina (o sea, renegar del 99% de lo que somos) y entronizar costumbres y tipos occidentales. ¿Cómo operar semejante amputación cultural y étnica sin gravísimas consecuencias humanas, económicas y políticas? Y llegados a tan demencial propósito, ¿en nombre de qué lo haríamos? Frente a esa falsa erudición, Martí coloca a la naturaleza, que viene a ser nuestra real y auténtica condición. La opresión o la discriminación por la raza, entra en este contexto. Frente a esa supuesta “barbarie” de razas o etnias inferiores, se levanta la “naturaleza” del mestizaje integral de América, que no es sólo de sangre sino de culturas y de mentalidades, y que se proyecta desde el ayer hacia el mañana. No se corta. No se suprime. No se amputa.

Por el contrario. El destino americano no es el relato ficticio que estigmatiza a unos en detrimento de otros, sino el hombre y la mujer “naturales”, hijos de nuestra América, nuestra única, contante y sonante realidad. Por eso dice Martí que para gobernar es necesario conocer, y para conocer hay que ser capaz de ver lo propio. Quiero remarcar aquí (para evitar confusiones o a apresuradas conclusiones) que el énfasis en lo propio no significa el repudio de lo extranjero (en este caso lo europeo y lo norteamericano) como tal. A Martí no le interesa denostar lo extranjero, sino más bien develar lo enmascarado. Desmontar, pieza por pieza, el artificial andamiaje de los relatos que echan tierra sobre nuestra auténtica realidad americana. Se trata de algo parecido a despejar una incógnita. O proceder, como quería Descartes, de certeza en certeza. Limpiar el camino para ver cómo somos. Y sobre todo, para decidir qué queremos ser.