Se avanza por rutas serpenteantes, flanqueadas aquí y allá por altos cipreses, matas silvestres salpicadas de flores amarillas y campos de amapolas que se divisan a lo lejos. Ya desde mucho antes de llegar comienzan a divisarse las crestas de imponentes montañas, que parecen colocadas allí por los dioses.
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El camino discurre entre ellas, como una cinta que apenas araña la geografía de montes escarpados nacidos entre peñascos monumentales y la desmesura de unos valles dilatados, surcados por hilos de agua, casi indistinguibles entre la espesura del follaje. Pero fue por el agua, entre otras manifestaciones geológicas consideradas milagrosas, que el santuario se haría famoso. Hubo allí tres fuentes: Kastalia, Delfousa y Kasotis, de las cuales hoy sólo resulta identificable la primera. Hicimos una parada en Aráchova, en la región de Beocia, un pueblo que parece, como tantos otros, colgarse de los abismos. Estábamos entrando en los dominios de los dioses.
El monte Parnaso exhibía con toda claridad sus cumbres, llenas de majestad y de misterio, y su espectáculo provocaba una sensación de pequeñez humana, emparentada con la insignificancia de un insecto, de un guijarro diminuto, de un suspiro de brisa entre los árboles. Una de esas sensaciones que habrán experimentado, multiplicadas al menos durante unos dos mil años (recordemos que el santuario dejó de funcionar por decreto, al prohibirse los cultos paganos, en el año 391 d. C.), millones de peregrinos que forjaron, paso a paso, el carácter y la naturaleza del santuario, al acudir al lugar una y otra vez. ¿Quiénes eran y por qué acudían? En sus orígenes, no eran propiamente griegos. Fueron primero pelasgos que no hablaban lenguas indoeuropeas, pero que rendían culto a la madre tierra y que conservaban instituciones matriarcales. Después llegaron los aqueos y los dorios, que adoraban a un dios masculino y cuyas instituciones eran patriarcales. El sitio del santuario fue convirtiéndose así en una verdadera amalgama de mitos entrelazados, de cultos y deidades, de los que nace una cosmogonía que no se limita al mundo helénico, sino que desborda sus fronteras. Además del oráculo, que ya era muy importante, realzaron la fama del lugar los juegos Pitios, segundos en trascendencia y en prestigio después de los Olímpicos.
Pero yo creo que el oráculo se lleva el premio mayor. Esa mezcla de religiosidad y de magia, de santidad y de imponencia, se advierte ya desde varios kilómetros antes de llegar. Se debe acaso a la grandiosidad del paisaje, a su belleza demasiado intensa como para asimilarla y expresarla en palabras. Todo lenguaje se queda corto y pobre frente a la exuberancia de una belleza que es, en cierto modo, terrible, por absoluta y abrumadora, e incluso perturbadora. Y lo es más aún para los turistas, esos seres que, aún sin quererlo, suelen convertirse en molestos e innobles seres que irrumpen en escenarios sagrados con sus cargas de snobismo, ignorancia y ansias de diversión y de espectáculo, con su descuido, con su apresuramiento, con su falta de sensibilidad. Y nosotros, mal que nos pesara, éramos parte de esos turistas, que acuden en rebaño en pos de quién sabe qué cosa, reñida en todo caso con cualquier asunto relacionado a lo espiritual, en el sentido más hondo e integral del término. Tal vez así habrá sido desde tiempos inmemoriales. Tal vez la pitonisa, advertida de semejantes bajos apetitos, les habrá lanzado a unos cuantos unos mensajes más inquietantes que consoladores, a pesar de los consabidos sobornos y complacencias de los sacerdotes con tal o cual personaje de campanillas.
En todo caso, nadie se atrevía a cuestionar las respuestas que, ya se sabía, eran siempre oscuras y ambiguas. Al suplicante quedaba reservada la engorrosa tarea de interpretar la profecía, cuestión que requería también de otras consideraciones, como por ejemplo el cultivo de la mesura, el equilibrio y el autoconocimiento. En suma, no era fácil para nadie el esclarecimiento de una profecía lanzada por Apolo, y transmitida por la pitonisa, una mujer de pueblo, por lo general de edad madura, que abandonaba su tarea de hilado, de recolección de leña, de cocina y de crianza de niños para acudir a cumplir con su labor de mensajera del dios. Una mujer. Vestigio inocultable de aquel matriarcado ancestral, que pervivió en Delfos, proveniente con toda seguridad de una anterior hermandad de sacerdotisas adoradoras de la diosa madre, la tierra, a la que los griegos llamarían Gea. El séptimo día de cada mes, desde la primavera hasta el otoño, el oráculo funcionaba, pero después, llegado el invierno, Apolo era sustituido por su hermano Dionisos, quien era amante de las danzas libertinas, la embriaguez y la locura báquica. Entonces la orgía y el desenfreno, además de las profecías por inspiración, que continuaron expresándose, se apoderaban del santuario, cosa que, en el fondo, no contradecía el espíritu del lugar, sino que más bien lo complementaba y lo hacía más atractivo, pues así se acercaba mucho más a la humana condición de los griegos, tan pasional, desbordante y eufórica, a las que no escapaban ni siquiera sus dioses.